23.11.08

CONSEJO ESCATOLÓGICO




E
ntre emanaciones mefíticas, remanentes calcáreos de lo que pudieron ser polvos nasales y pringues de rastro inconfundible cuya catalogación excede los propósitos de este introito, la otra noche encontré rotulada en las paredes de un urinario esta lección clarividente:

«Reduce tus posibilidades de acción al mínimo y habrás logrado mitigar tus problemas en un 90 %. En cuanto al molesto 10 % restante, puedes despacharlo con herramientas simples: una soga, una cuchilla de afeitar o una ventana con amplias vistas».

19.11.08

CIELOS QUE TIRAN DE MÍ

Motete troposférico
Uno cree poder
alcanzar cuanto ve
y sólo emprende
la aproximación
cuando piensa en todo
lo que dista de ello,
empezando
por este mismo
pensamiento.

9.11.08

LA TENTACIÓN DE SER TENTADO


La matriz del deseo es el prójimo; si otros no poseyeran el objeto de nuestros deseos, estos se irían atenuando hasta quedar ubicados en un plano remoto donde, privados de la amenaza de competidores, llegarían a extinguirse. La rivalidad mueve el deseo y en esta emulación omnívora se localiza una fuente importante de la violencia interna que tiñe las relaciones humanas. Deseamos lo que no tenemos y lo que tenemos tendemos a no desearlo mientras no lo avive un tercero en discordia que aspira a reproducir nuestro modelo o, en casos extremos, a privarnos de él. «Saciadas las necesidades naturales, los hombres desean intensamente, pero sin saber con certeza qué, pues carecen de un instinto que los guíe. No tienen deseo propio. Lo propio del deseo es que no sea propio», comenta con su habitual soltura el antropólogo René Girard. En esta naturaleza imitativa y contagiosa del deseo radica la principal disfunción que aqueja a los más diversos tipos de sociedad, pero es una disfunción normal en tanto viene asociada de modo indeleble a todo aquello que las personas hacen. Con diferente grado de lucidez en la identificación del problema, las doctrinas morales conocidas han luchado contra la codicia que suscitan los bienes, el éxito o la buena estrella que pertenecen al patrimonio ajeno. Sin embargo, las censuras y prohibiciones que se han ensayado para evitarla flaquean en el cumplimiento de su papel, ya que estimulan el deseo contrario y permiten que la transgresión se convierta en un objeto deseable por sí mismo. Quizá no haya un método eficaz de prevenir la conducta violenta provocada por los rencores del deseo frustrado sin pagar el precio, asaz elevado, de arruinar la condición humana. Podríamos, por ejemplo, rehusar la excitación que nos inspira la idea de gozar con la mujer de otro, pero para ello sería preciso que fuéramos sometidos a una castración química... o algo peor.

Odios, celos, traiciones, angustia y ese sentimiento de alegría mezquina despertado por el fracaso de los demás que he bautizado en algún sitio como alevidia (de alegría más envidia), por mencionar sólo una parte del extenso repertorio de pasiones nefastas, son la consecuencia inexorable que hemos de sufrir por disponer de capacidad de elección, por ser bichos intrigantes del querer sin opción de renuncia al explosivo atributo de la voluntad.

5.11.08

¿QUIÉN OSARÁ CON OSAMA Y OBAMA?

Hoy me he resistido a leer y escuchar las noticias, pero resulta imposible abstraerse de la fuerza intoxicadora de los medios. Obama, corean algunos, es un fenómeno histórico sin parangón y rectificará los desastres de la administración precedente. Bien, como cada habitante de este planeta hago lo mismo por reponerme de la «guerra global contra el terror» y todavía nadie me ha felicitado por ello.

Corren tiempos revueltos que, en la sombra, podrían madurar revoltosos. Cuando las clases dominantes sienten tambelarse los cimientos de su éxito y el descontento popular crece hasta casi alcanzar ese punto de no retorno más allá del cual se desboca (sobran motivos), los gobiernos recurren a todo tipo de artimañas para ofrecer la apariencia de una alternativa salvífica (un plan B) que ponga a las masas en la tesitura de seleccionar entre dos opciones inocuas a fin de dejar intacta la verdadera elección: tumbar o tolerar el sistema. Obama es el recurso desesperado de un imperio en declive cuya credibilidad se erosiona, en primer lugar, dentro de sus fronteras. Si Obama no existiera, los grandes grupos financieros lo habrían inventado. Y aunque oficialmente sea el único afroamericano que ha logrado presidir la Casablanca, su homóloga racial Condoleezza Rice, asesora de seguridad durante la etapa Bush, demostró con creces al mundo que el poder es incoloro, pues poco importa el tinte del payaso si además de pan nos ponen circo.

4.11.08

ALGO SE ME ESCAPA


Entre la acogedora tiniebla invocada por la música de Matt Elliott, las promesas de una cafetera humeante y la resaca imprevista de una cerveza -solo una- mal digerida, he intentado aprovechar la tarde otoñal que puedo contemplar desde mi ventana para escribir a quemarropa sobre algo que se me escapa y encuentro que al hacerlo sólo consigo jirones de esa invitación astuta a lo misterioso que permite iniciar un argumento sin resultar monótono, lo cual, redundancias aparte, ya es algo. Me hubiera gustado incluir la expresión «digresiones difluyentes» que inmediatamente descarté por exceso de pedantería (una poca, de vez en cuando, me sale natural) y mencionar aspectos de mi descomposición íntima como esa pila inquisitiva de libros que con alta probabilidad no tendré ocasión de leer, la ristra de discos archivados pendientes de una audición justa, las fiestas a las que no asistí por una mezcla de pereza orgullosa y misantropía, los viajes que no llegué a emprender y quise compensar recorriéndome por dentro, los besos que me agriaron por no entregarlos a quien merecía recibirlos y, en fin, todas esas inmensas pequeñeces que gravitan alrededor de cada uno cuando repara en sus órbitas menos accesibles, que no siempre son las más distantes. En el artículo, hubiera incluido frases deslumbrantes que pondrían el acento en mi formidable capacidad de sarcasmo y algún que otro hallazgo retórico del estilo «el desconcierto de las ilusiones abandonadas me ha dejado como un predicado decapitado, convulso sin la guía del sujeto»; en lugar de eso, tras un titubeo cansino de pensamientos inconexos, he tomado impulso en dirección a los estantes de mi biblioteca, he sacado un volumen al azar y, abriéndolo por donde el dedo ciegamente ha sugerido, me he puesto a copiar con agradable sorpresa lo siguiente:

«Conozco mi suerte. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo monstruoso, de una crisis como jamás la hubo antes en la Tierra, de la más profunda colisión de conciencias, de una decisión tomada, mediante un conjuro, contra todo lo que hasta ese momento se ha creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita. Y a pesar de todo esto, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son asuntos de la plebe, yo siento la necesidad de lavarme las manos después de haber estado en contacto con personas religiosas... No quiero creyentes, pienso que soy demasiado maligno para creer en mí mismo, no hablo jamás a las masas... Tengo un miedo espantoso de que algún día se me declare santo: se adivinará la razón por la que publico este libro antes, tiende a evitar que se cometan abusos conmigo. No quiero ser un santo, antes prefiero ser un bufón... Quizá sea yo un bufón... Y a pesar de ello, o mejor, no a pesar de ello -puesto que nada ha habido hasta ahora más embustero que los santos-, la verdad habla en mí». Quien esto dijo no pudo ser otro que Nietzsche, el antiprofeta flamígero, con un explícito ejercicio de onanismo filosófico que lleva por título Por qué soy un destino y forma parte de su testamento visionario Ecce Homo.

Os aseguro que en la próxima entrega habrá más savia y menos injertos.
 
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