7.7.07

LO QUE NECESITA ESTE PAÍS

De igual modo que ser ateo no es tanto una posición ideológica como una premisa de rigor intelectual, puesto que no se pueden pensar con claridad los grandes problemas del mundo cuando un dios está en el punto de partida o en la meta final, el estudio de los asuntos de Estado requiere un tratamiento libre de compromisos con tradiciones cerriles y la garantía de no estar condicionado por mitos políticos más propios de periodos históricos anteriores al cultivo —no al culto— de la razón, un atributo que pese a encarecerse de ilustrado no constituye una panacea contra la gigantesca imbecilidad humana, pero es indispensable para promover un análisis desvinculado del oscurantismo que prolifera cuando se renuncia al ejercicio de un sano y bien informado escepticismo.

Este país, con sus reliquias de odios añejos y sus sagas de mentiras oficiales útiles a los feudos arraigados,* necesita que quien sepa diga a las claras la verdad, sobre todo la verdad reciente, aunque a muchos acobarden los inescrutables caminos de la represalia, o los hechos enterrados hagan reventar para siempre el campo minado que otros, los menos, han pactado cuidadosamente en llamar orden social y legalidad. Uno de los documentos que contribuyen a este esclarecimiento es la biografía no autorizada del actual monarca, publicada bajo seudónimo en el año 2000 por la editorial Arakatzen y hoy prácticamente imposible de conseguir a causa del boicot que ha recibido por parte de las distribuidoras de material impreso, lo que de ningún modo interrumpe nuestro propósito: uno de los rasgos que todavía hacen interesante la vida en este alucinado rincón del orbe es que la picaresca cuenta con recursos que los gobiernos tardan en detectar, acotar y censurar. Prueba de ello es que el libro al que aludo puede descargarse aquí en una fracción de tiempo menor que la empleada en leer estas líneas. Buen provecho.

NOTAS
* Según el diccionario de la RAE, un feudo es un «contrato por el cual los soberanos y los grandes señores concedían en la Edad Media tierras o rentas en usufructo, obligándose quien las recibía a guardar fidelidad de vasallo al donante, prestarle el servicio militar y acudir a las asambleas políticas y judiciales que el señor convocaba», definición que puede ser adaptada a las circunstancias presentes sin cambios sustanciales: «Contrato por el cual los entramados estatales y financieros conceden salarios e hipotecas, obligándose quien los recibe a pagar impuestos al donante, acatar sus leyes, prestarle juramento en forma de educación obligatoria, ser identificado mediante un número, exhibir sus insignias (bien llamadas marcas) incluso en las prendas íntimas, acudir a las elecciones que convoquen y soportar el sarcasmo de tener que admitir que todo ello no son deberes, sino derechos».

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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