23.2.16

PARARRAYOS

Roland Topor, Rebonjour
Lo cierto es que la ciencia no tiene luz propia. El robo del fuego: primero por Prometeo, para el hogar; luego por los uránidas, en beneficio de Leviatán. Es indudable que nos hallamos ante el tercer peldaño: la transformación del fuego en espíritu. Pero entonces la tierra no podrá prescindir de los dioses.
Ernst JÜNGER
Eumeswil

En las retortas de toda composición literaria raramente deja de participar la destrucción de documentos y manuscritos, bien con la finalidad de purificar el estilo o por autocensura disciplinada en la táctica del disimulo que el ahorro de calamidades exige. En el primer caso, no puede hablarse de auténtico suicidio intelectual, sino de un desmochado bajo premisas artísticas; en el segundo, el sacrificio solo es parcial y a regañadientes —aun si el esfuerzo redunda en mayores arpegios—, una apoptosis que pretende preservar la inteligencia merced a la destreza para moverse por campos donde los muros derribados crecen como pozos y el espacio intermedio no es transitable sin adaptación a la atmósfera de miedos que los demasiados tienen por permanente festividad moral, dopante de cerrazones y puchero compartido de resentimientos. Al menos desde Sócrates y su inmortal condena, el pueblo está divorciado de la virtud, el poder instituido rivaliza con la autoridad y la fuerza se malquista contra la verdad que conoce el efecto sin valor de las coacciones. Ni los bárbaros con sus prejuicios rectilíneos, ni los decadentes que se inclinan con premeditación ante el amasador de trofeos, son tan preocupantes como los zombis, la carroña carroñera que va detrás. 

La escritura transfigura a la medida del autor un conglomerado de hallazgos anónimos que quisieran ser expresión de libertad antes que mera libertad de expresión; cuando la hora de acometerla suena más estridente de lo tolerado por el intérprete de estas voces orbitales, se ha de anotar en el cómputo de mutilaciones el hastío de mantener en pie de guerra el desacuerdo con la realidad, que en su fondo siempre revela el pleito con el uno mismo irreparable y supone, de suyo, el motivo embrionario entre los mencionados para hacerse callar: tiempo de emboscarse en el útero del silencio, lejos de los asedios que la publicación conlleva.

Se comienza por pensar sinuosamente y el desastre culmina lo pensado: cada sortilegio abre sus sendas. Quizá no me he soñado con la inmensidad justa para alumbrar mejor cosa que un despertar a mata candelas. «En el arrojar al fuego la mayor parte de la propia obra reside uno de los secretos de los grandes autores», indicia el peregrino de los templos vacíos, que es hombre de confesiones ganadas a las cumbres y sabe en nicho inherente lo que el papel, impreso o acristalado, debe a las llamas. Hasta posibilitar un enfoque interior más eufónico al que confiar mi regreso, desapareceré de estos manglares en los que también yo me engancho y termino por agotar la verticalidad. No necesito un búnker a prueba de espectros y fosores, de sobra tengo con curarme el alfabeto de visiones. La honestidad dirá.

21.2.16

HUMUS

Alphonse Inoue, Lunettes noires
Basta descreerse, desinventarse, para que la vida nos invada sin tumulto.
María ZAMBRANO
Delirio y destino

Se reconoce el humus porque en él las moléculas del pensar y ser pensado enrarecen la certeza de que uno no está hecho para el mundo, reverso subjetivo del mundo que viaja contrahecho a través de uno. Allí, los fragmentos reunidos en un amontonamiento no desprovisto de erotismo se abrazan, a la espera de adquirir una forma más sutil, e interpolados fermentan con la evidencia de una fuerza, tan amoral como atemporal, cuyo contacto hace soñar mucho con una síntesis que remite unas veces a la plenitud del origen y otras, las más, a la purificación del desenlace.

Obra aquí también una inextricable dispersión neurálgica, el cerebro brega por adherirse a todas partes sin que nadie tenga a fe sabida si esta es su forma de evolucionar o el espasmo de un invertebrado intentando escapar de su antiquísimo confinamiento. Si hay más hechos conectados entre sí en un instante cualquiera que neuronas en el encéfalo más desarrollado, ¿cómo vamos a captar la esencia de las cosas sin fundirnos a ellas más allá del devenir en que apenas vamos traslucidos los unos en los otros? La materia, acuñada por la psique, da la vida; la vida, después de haber recibido los estigmas del uso en el desgaste de los días, retorna a la fragua con una porción del secreto. Se acusa durante el proceso el eterno interrogante de la naturaleza, entidad de entidades carente de fines y de intenciones, mientras experimenta consigo el reactivo recreativo de nuestra especie, a la que acuden cifradas algunas respuestas por medio de imágenes residuales, reflejos superpuestos de la persecución mutua en que están involucrados del primero al último simio. Cada cual se destroza a su manera, y esta manera de destrozarse es la ley de cada cual.

Al semejante, en especial cuanto más distinto parece, se lo escruta mejor en la fantasía de sus deseos que en la verdad de sus necesidades. Un buen psicólogo —entendido como estudioso de la totalidad desde el microscopio del comportamiento humano— ha de saber cómo provocar la afluencia de esta clase de sueños en los demás; con un pellizco de suerte y una inteligencia calibrada en consonancia, su conocimiento será lo bastante fallido como para recaer en la humanidad, de la que tan a menudo se halla desplazado por la inmunidad adquirida frente al urente poder de las pasiones.

15.2.16

LA PLENITUD DEL CERO

Todos los defectos son iguales. No hay más que un defecto: carecer de la facultad de alimentarse de luz. Puesto que, abolida esa facultad, todos los defectos son posibles.
Simone WEIL
La gravedad y la gracia

Debemos a Oriente la idea de que el sujeto es un sueño teofánico (Brahmā), y a Occidente la inversión que aísla la totalidad en el sueño del sujeto (solipsismo). Ambos planteamientos, tan lógicos en su estructura interna que pueden ser rechazados, mas nunca refutados desde ópticas contrarias, me fascinan por el horror sedimentario que pensarlos deja. No conforme con el haz ni con el envés de tales entramados bizantinos, salto de uno a otro con la misma facilidad que los combino y vuelvo a extraviar, bien contra el arrecife del acto que interrumpe la fluxión de mi conciencia, bien por concretar la disquisición que desenfoca el centro del enigma con un tanteo de las repercusiones subjetivas: ¿es preferible ser una imagen onírica barrida por el aleteo de la sucesiva, o una divinidad atrapada en el mosaico de un trance cósmico?

Si el mundo es una alcazaba inescrutable defendida por un soñador que desconoce que está soñando; si la creación existe solo como una fantasía de la que uno es dios y profanador en hermética amalgama, acaso la muerte delata no la salida natural de este atolladero, cuya perspectiva final seguiría siendo una magnitud imaginaria dentro de la vorágine alucinatoria, sino la comprensible necesidad de que el ciclo temporal, y cuanto este transforma, aborte en algún momento. Sea inmerso en los estratos de la ensoñación o como pionero en un laberinto de despertares, ¿quién estaría tan loco para elegir pasar la eternidad, a cal y canto de solitud, en el algar de la propia mente? De repente, el terror cambia de configuración: ya no es que la vida personal resulte grotescamente vulnerable y la condición humana se ahuese en una tragedia incapaz de transponer el tedio con carcajadas superiores a sus taras, como que uno se descubra infinita puñalada en lo indestructible, boquete ajeno a la plenitud del cero, tajo que se quisiera atajo de padecimientos y conclusión de una historia donde el espíritu va manifestando su impotencia, e incluso su perversión, para armonizar los contenidos de una realidad que parece ampliar voluntades análogas a la del durmiente que azota su reposo con pesadillas.

No sé a vosotros cómo os sentará la carrera sobre esta cinta de Möbius, pero a mí cada tramo me estampa, más por la tácita revirada que por el mocosuena traído a escena, que cuando arrimamos demasiada luz a la verdad, nuestro reflejo nos quema.

Sobre La mort de Sardanapale, lienzo inspirado por un suceso que se funde en la bruma de lo legendario, su autor Delacroix comentó lo siguiente: «Los rebeldes sitiaron su palacio... Acostado en una cama magnífica, sobre la cima de una inmensa pira, Sardanápalo ordena a los esclavos y oficiales de palacio degollar a sus mujeres, a sus pajes, a sus caballos y perros favoritos; ninguno de los objetos que habían servido a sus placeres debían sobrevivirle».
 
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