28.11.11

PIENSO, LUEGO MIENTO



Nunca juega el tahúr la pieza que el contrario presume, y menos la que desea.
Baltasar GRACIÁN
Oráculo manual y arte de prudencia

Si la hipocresía, en palabras del incisivo duque, «es un homenaje que el vicio rinde a la virtud», entonces la sinceridad es una ofrenda que la virtud hace al vicio; no solo porque la transparencia impuesta o autoimpuesta como regla de urbanidad supone una deplorable insolencia por sus efectos sobre los demás —el capcioso «te enseño mis secretos para que me descubras lo tuyos»—; ni porque el esfuerzo de revelarnos en público como espíritus capaces de sincerarse consigo mismos esté concebido para demostrar a los otros que somos dignos merecedores de su confianza; tampoco porque el ejercicio habilidoso de la sospecha dirigida hacia sí obedezca a la oscura intención de establecer la pauta de un nivel de juego más complejo donde se toma la ventaja de desarmar los presumibles recelos ajenos gracias a la nebulosa anticipación de los defectos manifestados a expensas de los callados, de los inconfesables; la sinceridad es virtud plegada al vicio, sobre todo, porque rara vez advertimos que tiene, como mínimo, dos caras: una visible y otra oculta que crecen, se entrelazan y menguan en función de los intereses propios, de tal forma que cuando se enseña un territorio de la personalidad el resto forzosamente queda eclipsado. Nadie puede ser sincero aunque lo pretenda; nadie que lo sea lo pretende. Regla a la excepción, al extender los apéndices de la conciencia se expande también la ambigüedad acerca de quien se cree ser, una situación desde la cual resulta más arbitrario que inmediato discernir los límites para no aparentar lo que no se es. Se adentra uno en las honduras del conocimiento y en menos de lo que tarda en ponerse a prueba termina por desdibujarse entre el ser y el no ser sin estar seguro de nada, salvo de que el testimonio de su existencia no reside ni en un lado ni en el otro de su arenosa ecuación. Bien cierto que la sombra nunca miente, pero por definición está condicionada a huir de la luz, y dado que no puede representarse a sí misma directamente, siempre que habla lo hace a través de símbolos y de conductas alteradas, como las fobias, que constituyen sus dialectos metafóricos. En el mejor de los casos, la traducción que se haga nunca podrá realzar la elocuencia manteniéndose fiel al sentido del mensaje original: por franco que sea, el desciframiento de la literalidad exige un acto poético, una poiesis o invención, el inevitable sesgo literario que he calificado de vicio.

La sinceridad no es el antónimo de la mentira, sino el instrumento para dotar de mayores prestigios a la realidad, lo que no es necesariamente sinónimo de falsedad... ni, por supuesto, de verdad. Sincerarse es descender a la cripta inhóspita de lo que somos, donde todo lo imaginable es susceptible de ser superado por lo inesperado que nos aguarda enterrado. La sinceridad absoluta es el encuentro con la muerte: lo más cerca que se está de expresarla en vida es el aullido, así que ruego a los presentes que no me tomen por mendaz si tiendo a conceder más mérito a las respuestas ingeniosas que a las honestas, cuya sinceridad se destila en el avispado manejo de la forma y los contrastes, no en los impúdicos registros del contenido. No poco arte exhibe quien sabe disfrazarse a medida que se desnuda, y hay que advertir al respecto que es más fácil engañarse que engañar cuando de mentir se trata. Sincerarse con lealtad es reconocerse engañado, en primer lugar, por los sistemas de compensación que se activan frente la enorme dificultad para aceptar la insignificancia personal. Verbigracia de esta futilidad transversal disimulada a título individual contra el sufrimiento que dicta la evidencia, los ricos elogian las aptitudes descollantes como el factor determinante del éxito para cubrir de grandeza su parasitismo social, mientras los pobres prefieren hablar de la importancia de la suerte para excusar ante el mundo su impotencia. Es obvio que ambos tienen razón porque ninguno es sincero.

Come closer mister, la certeza que acecha al final del túnel según Jenn Violetta.

21.11.11

DE GANOSOS Y ABRUMADOS



El interés habla toda clase de lenguajes, y representa toda clase de personajes, incluso el del desinteresado.
François de LA ROCHEFOUCAULD
Máximas

Codificada la apetencia en la reanudación de las necesidades, el mayor recurso con que cuenta un hombre son sus ganas: ganas para lo que sea, para ganar a la desgana, para todo y para nada, para perseverar o desistir o únicamente estar. Ganas son plétora de confianza autoenfocada, y el éxito de la misma, en el mejor de los casos, se añade a la motivación inicial como un complemento circunstancial. Hay falsas ganas que parecen partir el mundo a su paso a fin de resultar creíbles al fantoche que las escenifica, y verdaderas ganas de no parecer entusiasmado por otra causa que humillar las propias fuerzas en un ejercicio figurado de astenia. Ningún forcejeo con las sombras es comparable, sin embargo, a la angustia de haber abatido los últimos ánimos sin que la actividad fisiológica de los órganos secunde la disfunción. Con la pérdida de las ganas también el cuerpo huye renuente y ninguna realidad logra méritos de vigencia tolerable, pues hasta ganas hacen falta para inventarse el refugio imaginario de un consuelo en la adversidad, razón por la que juzgo la impericia para consolarse no más digna de confortación que de lástima, aunque la emoción piadosa, que no siempre actúa como un disimulado reproche, con frecuencia solo es el triste consuelo que obtienen quienes la buscan ante el espectáculo no menos triste que les ofrece quien la recibe.

Contemplando la foto e.v335 del portafolio de Elena & Vitaly Vasilieva soy más consciente de lo que mis ganas reclaman...

18.11.11

SOBRE EL VOLCÁN



La vida es una tragedia para los que sienten, y una comedia para los que piensan.
Jean de LA BRUYÈRE
Los caracteres o las costumbres de este siglo

Traslado a continuación con algunos retoques el comentario que despeñé en una entrada reciente de la bitácora de Ángel Romera, hombre de personalidad compleja y suculenta erudición de quien tuve el lujo de recibir clases de literatura hace dos décadas. Un lujo capitaneado como sagaz llamamiento a la heterodoxia que contribuyó a transmutar mi negligente desprecio juvenil por las responsabilidades académicas en reflexivo interés por el conocimiento...

Mi suicidio es una vocación frustrada que muy conveniente o inconvenientemente se actualiza por sí sola; delirio o congruente cordura, bien no lo sé, que puede darme una nota de polémica extravagancia sin dejar de estar arraigada en una amarga condición cuya fuerza motriz y avería es el dilema, con el que me avejento en prisionero concubinato: aunque no lo tengo por aderezo, tampoco me avergüenza mi precoz inclinación a meterme en ese indescriptible agujero negro... En efecto, llevo desde los catorce años dándome plazos, y si los he acabado incumpliendo ha sido, más que nada, por la capacidad de intuir en el momento crucial la forma de contrarrestar la trascendencia de mis penas dándole la vuelta a lo que parecía un atolladero. Cuando se está decidido a perderlo todo de una vez, la proximidad de la tragedia puede inspirar un milagroso efecto contrario y servir como lenitivo para aliviar la carga de males hasta poder desdeñarlos por completo, empezando por la propia necesidad de morir con urgencia. Muy sabiamente dijo Cioran –quien murió de viejo– que «no necesitamos matarnos. Necesitamos saber que podemos matarnos». Qué duda cabe de que el dolor de dañar a otros con nuestra brusca deserción se interpone siempre, pero no lo considero un factor clave para impedir la determinación destructiva: cuando todo te sobra, nada ni nadie te importa. Frente al abismo, cuenta más la naturalidad de tutearse con la muerte, ese estoico hábito de cultivar la serenidad de vivir sin ansia para morir sin prisa. Llegados a este punto, considero precioso hacer la precisa distinción entre el suicidio a la desesperada, del que ningún humano es virtualmente ajeno, y el suicidio tempestivo, que como acto de audaz y meditada soberanía inviste de hermosura a quien lo realiza... He ahí también una de las causas principales del tabú que la sociedad impone a la conducta autolítica: quien se atreve a disponer de su muerte puede hacer lo que quiera con su vida.

Recomiendo a todo bibliófilo aficionado a los subterráneos de la cultura que consiga el número 3 de la revista Vacaciones en Polonia, dedicado íntegramente a la exploración de los escritores que, como el inconsolable Jean Améry, osaron levantar la mano contra sí mismos.
 
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