24.1.18

AUTOGENARIA

Jeremy Enecio, Maelstrom
No hay nada menos razonable que la verdad ni más verdadero para el hombre que perder su razón por ella. Y si la verdad nos parece que no suele tener razón, aunque tenga razones, ¿no será porque esa razón, que quiere ganarse a sí misma, y no perderse por sí misma, no es una razón verdadera? El hombre de veras lo es de burlas; y no suele ser, ni parecer, muy razonable.
José BERGAMÍN
El pozo de la angustia

Ante el atractor hacia donde los rumbos de la vida se decantan en el temido y anhelado Misterio según el anticipo paradójico que caracolea con todo aquello que es y no es a este lado del trasmundo, se distinguen las mismas fases que las substancias todogámicas, propiciadoras de un trance de óbito recuperable —que otros autores no vacilan en etiquetar de enteogénico en virtud de lo que su intrínseco arte de extinguirse capacita—, permiten recorrer en una versión reducida, propedéutica, cuyo desenlace solo hace sucumbir al yo durante un lapso variable que disuelve al psiconauta en una especie de coloide semántico, transversal a la estructura de las apariencias; esas fases son: cisura, resistencia, capitulación, asunción de la derrota y plenitud de reconocimiento. Por lo que tengo descifrado en los vestigios de la decrepitud ajena, son etapas que coinciden, punto por punto, con las experimentadas por el enfermo terminal en su peregrinaje por la dolencia a partir del meteoro de inexorabilidad que impacta contra la conciencia de su mal.

Así las vías, el primer destello de vacío sacude la imagen de sí como si la percepción implosionara dentro de un remolino de perspectivas; hace falta caer por ese vórtice de referencias hasta el ombligo de la agonía para verificar que el estado fundamental del cosmos es propiamente el vacío y descubrir que su sentido no radica en el ahínco de destriparlo, sino en la forma de recrearlo, de intercambiar contenidos con él. No en vano, el romanticismo se ocupó de recordarnos que para salir al universo nada más fiel que escarbar el camino de la interioridad.

Más allá del sistema métrico injertado en las almas por la psiquiatría, reformulación científica de la batida de caza que antes mantuvieron contra los discrepantes las religiones de redil, uno puede a prosa caliente exagerar la nota tétrica de cuanto revive pereciendo a través de sus peculiares y muy cuestionables transcripciones del Liber Mundi, mas el campo sobre el que ha de batirse su ingenio y serpentear hecho un zoospermo con el pensamiento es un tapiz de terra nullius en el que cada uno, lo sepa o no, lleva enredados los zarcillos de una reliquia soñolienta, corona de acasos que los ocasos lían y despabilar quisiera el instinto de preservación como estadía de invariable bienaventuranza.

Moon Patrol Art
Desde esta y cuantas alocuciones abismáticas he dado al rito etérico de la predicación, os animo a capitular en confianza autogenaria, a la vez que comprometo en el ademán ofrendado elementos de reasignación para asumir sin maniobras dilatorias ni elongaciones periféricas, liberada de los estigmas aprendidos, la estela subjetiva de la derrota; respecto a la plenitud, queridos míos, es competencia que florece a vuestra suerte revelar.

Aun llegados por accidente a las últimas peleas del hado, no amarrar sincera la manera menos imperfecta de amar y aligera el desgarro, pues la vida es una fracción, la poca que usamos, de la muerte que nos corresponderá. Frente a las postrimerías siempre seremos lo que siendo fuimos: principiantes adventicios, materia vulnerada de novísimos, descalabrados proyectiles de eternidad.

Nuestro lugar está, después de todo, allí donde el suicida ataja los vericuetos por los que son conducidos los demás como mansos corderitos. Reservemos hasta entonces nuestro «vale» para que «así sea».

18.1.18

MALHADADOS A MANADAS

Nicolas Monterrat, What’s Lies Beneath
Aún se mantiene atento a las enseñanzas del totalitarismo quien piense que el Bien está totalmente en un lado, y el Mal en el otro. 
Alain de BENOIST
Comunismo y nazismo

El mayor descubrimiento de los totalitarismos del siglo XX —y pluralizo el término porque aun en la tortura existe variedad— no fueron los gulags ni las duchas de gas; tampoco la disciplina de partido único ni la utilización procaz de las técnicas audiovisuales de propaganda, sino un hecho psicológico de naturaleza nuclear que abrió un potencial inconmensurable a los mamporreros de la razón de Estado avezados en orientar a su favor el nuevo nicho de desamparo que el advenimiento de la sociedad de masas magnificó: la mayor parte de la gente prefiere ser canalizada hacia actividades colectivas que descarguen al individuo de la responsabilidad de dirigir su vida privada y lo mantengan distraído de los riesgos específicos, como el tedio y el sentimiento de desarraigo, que conlleva replegarse hacia una solitaria introspección, una apacible contemplación o el mero gusto de realizar algo sin un propósito ulterior, libre del cálculo enfocado al rendimiento pleno en el plano externo.

Con la deidad bíblica añascada en los regüeldos de una mojama indigerible y la aceleración de la temporalidad endemoniada sin los trastes de la trascendencia, el desencanto de la población quedaba suspendido en el anhelo de aliviar su angustiosa reclusión en el absurdo de circunstancias para las que el clásico panem et circenses de las tiranías pretéritas resultaba desde cualquier racionamiento mental insuficiente. Todo estaba listo para implicar a las masas en un proyecto cautivador, capaz de movilizar el ímpetu de sus pasiones y contorsiones ideológicas en un sentido frente al cual otras direcciones parecieran inconcebibles. La pelota de carne, el homogéneo y chutable conglomerado de monos, rodaba ya por el campo arisco de la historia.

Mal conformado estará el entendimiento, no obstante, si creyera que en el siglo XXI la situación ha cambiado en esencia, pues gracias a la poderosa alianza entre cibernética, comunidades virtuales y economización maníaca de los dominios antes reservados a la intimidad, se ha dado un paso de gigante hacia el abismo de un simulacro de identidad que sustraiga al sujeto de su inconsolable inanidad existencial, tanto da que lo llamen Jaula 2.0, Chabola Global o Cuarto Reich. Para los humanos contemporáneos es más fácil diluirse en un evento multitudinario que soportarse en su malhadada mismidad, y si antes uno aún debía tomarse el esfuerzo de ir a la cita con la grey, la multimediación ha permitido que la grey vaya al encuentro de uno en todo momento y latitud.

Ningún indicio excluye que mediante la prosperidad de medios incruentos y sofisticadas supercherías se pueda conseguir el nivel óptimo de adoctrinamiento en la conformidad que antaño malamente procuraban las purgas del terror institucionalizado y otros procedimientos expeditivos. «No hay razón alguna para que el nuevo totalitarismo se parezca al antiguo —predijo Aldous Huxley—. El Gobierno, por medio de porras y piquetes de ejecución, hambre artificialmente provocada, encarcelamientos en masa y deportación también en masa no es solamente inhumano (a nadie, hoy día, le importa demasiado este hecho); se ha comprobado que es ineficaz, y en una época de tecnología avanzada la ineficacia es un pecado contra el Espíritu Santo».

14.1.18

EL MUNDO POR UNA FRASE

Tianhua Xu, 201506
Se ha de sentenciar después de ser oído, y no de ligero, sino desprovisto de criterios el juez, sin separar los ojos de lo puesto en tela de juicio, no sea que razonemos con­forme a nuestro saber entender, que no es jamás leal ni noble por ser de nosotros, sino cuando es engendrado por el hábito despojarse de idearios ante lo que escudriñamos. 
Eugenio NOEL
Señoritos chulos, fenómenos, gitanos y flamencos

Amanece. El caos se reconstruye y con él la intersección por donde vuelvo a pasar al mando del féretro motorizado que conecta el espacio a las directrices de mi caja negra, cementerio de pensamientos desmembrados a la sazón de tan tempranas calibraciones. Nada es igual a sí mismo y todo espejea idéntico, hasta que el impacto de otro sueño abortado por la premura de llegar al tajo lanza su despiste contra el batiscafo rodante que me hago la costumbre de pilotar a falta de pies alados como los del divino Psicopompo. De golpe, «sin saber cómo y por qué» —Fary dixit—, en manos y privado del uso de las mías me veo ante un tribunal.

Los cuatro vocales del sínodo ocultan a testa completa el semblante de su alma con sendas máscaras que semejan el aspecto de huevos de gallina en los cuales, a la luz de una tea exhausta, distingo un mismo código estampado cuyo dígito inicial es el cero: ¿jueces ecológicos? Se comunican conmigo mediante algún procedimiento acusmático y solo gracias a la discretísima, casi imperceptible gesticulación que acompaña el timbre de cada locución, puedo identificar el riguroso turno de palabra que van tomando sus aparentes emisores.

CÁSCARA 1: Este hombre ha escrito cosas terribles y es menester que reciba la debida reconvención por los daños causados con esta lengua que a todos ordena la salud pública mantener limpia de malas artes.

CÁSCARA 2: Cosas terribles son para las que no sirve de atenuante que las haya escrito bien.

CÁSCARA 3: Hacer bien el mal no lo mejora.

CÁSCARA 4: Ni es bueno que se digan bien las cosas que hacen mal en conocimiento de todos.

REO: Me he limitado a dar lustre verbal a los horrores que el mundo me ha enseñado e incurriría en la cobardía propia de alguien mendaz si me retractase de haber expresado con su misma fuerza la dialéctica negativa suscitada por la realidad a poco que uno se sumerge en ella. ¿O debo tener por falso que la más notable labor de un hombre unido en gravedad al espíritu de la letra le exige separar el oro de la escoria, y no quedar bien hallado hasta haberlo donado al idioma? Más razonable me parecería que se pusiera en entredicho la elocuencia con que he intentado componer el remolino de conceptos que azotaban mi discernimiento, o que se cuestionasen mis aproximaciones a una visión inmortal desde el avatar reducido a la condición de lactante y mortífera criatura que soy, pero infiero que no ha debido ser tan escasa la ventura de mis prosas cuando el asunto que aquí me trae se dirime entre la clemencia y la penitencia.

CÁSCARA 1: ¡Aún no se le ha pedido que haga ostentación de la palabra! Tiene la obligación de permanecer callado en esta sala y en su propio beneficio le aconsejo que se abstenga de hacernos perder la paciencia con sus demostraciones de soberbia.

CÁSCARA 2: No lo puede evitar, tiene el vicio incurable de querer llamar a las cosas por su nombre.

CÁSCARA 3: Lo pueda o no evitar, sería muy capaz de vender el mundo por una frase. Las palabras se transforman en desvaríos amenazantes en su poder.

CÁSCARA 4: Razón de más para instruirlo en el valor del silencio completo; un silencio no solo de voz, sino de pensamiento. Solo así podría dejar de constituir una ofensa para la sociedad.

REO: Con la venia del prepollo que presida este ceremonial: ¿«ofensa para la sociedad»?, ¿de qué sociedad me habla? Hasta la fecha, y ustedes son la prueba fehaciente de lo que digo, la sociedad que me ha tenido por coetáneo solo se ha dignado hostigarme cuando ya no le era posible seguir ignorando las conclusiones que he extraído del reverso de sus hábitos y paradigmas dominantes.

CÁSCARA 1: Su insolencia solo es superada por su cerrazón para cerciorarse del peligro en que se pone a sí mismo cada vez que obra por boca del error.

CÁSCARA 2: Mayor valor habría en saber acatar las consecuencias de su actitud que en abundar en el insana convicción de que insultar a los demás es un derecho.

CÁSCARA 3: ¿En virtud de qué derecho puede nadie justificar una agresión?

CÁSCARA 4: Es de todo punto imprescindible proteger a los inocentes de sus injurias.

REO: Las únicas que corren peligro conmigo son sus calumnias. Para incriminarme podrían haberse ahorrado este ritual de infundios. Y si me permiten decirlo, y si no también, lo que mejor les sentaría a sus señorías es un falazo de elefante en plena caperuza que les desbaratase la ridícula puesta en escena con que pretenden intimidarme. Háganse el favor de salir de sus oquedades y comprenderán lo improcedente que es arrastrarme a la asfixia que reina dentro de sus corazas. Acuérdense de lo que son, de lo precarios que somos los humanos para atribuirnos alguna clase de preeminencia moral sobre nadie. ¿Dónde parará la belleza, entre tanto dolor fiero, con ese amor denodado por implantar la vileza? A fe mía es la beldad la rara y justa verdad que atañe al hombre inventar.

CÁSCARA 1: Entre todas sus equivocaciones la peor es la arrogancia de creerse inocente. En lo tocante a esta audiencia, se ha condenado usted solo de antemano y la exasperación que asume ahora como una suerte de gracieta únicamente puede agravar el proceso en curso.

CÁSCARA 2: No tenga la desfachatez de culpar de sus desmanes a quienes velan por el cumplimiento de la ley y el respeto al interés general.

REO: De sus intereses particulares legal y sistemáticamente generalizados, querrá decir.

CÁSCARA 3: ¡Basta!

CÁSCARA 4: Le recuerdo que está bajo juramento y todo lo que diga podría dar lugar de oficio a nuevos cargos contra su persona.

CÁSCARA 1: Acabemos con esto, es hora de almorzar.

REO: Me zamparía unos huevos revueltos.
 
Licencia Creative Commons
Esta obra, protegida por derechos de autor, está bajo una Licencia Creative Commons