23.5.15

MORDAZA DE REFLEXIÓN

La ocasión hace al ladrón, pero también a los grandes hombres.
Georg Christoph LICHTENBERG
Aforismos

Más dice en beneficio de la serenidad el empeño que han puesto todas las ideologías en hacer del aplomo frente a la agitación un estado inviable que el título honorífico que de ella obtenían los antiguos monarcas para limpiar los tiznes de su sangre fría, aunque se entiende mejor como inadherencia a los desfiles de las pasiones y, por ende, a la exaltación de las creencias, y es lógico que el distanciamiento anímico en que se traduce le confiera un potencial refractario al ruido de la jungla civilizada, ya que en vez de abogar por derramar nada en particular sobre nada en general, como es una consigna fervorosa o una papeleta electoral, supone un reposo de hondura que otorga horizonte a la turbación circunstancial, curvatura de duda a la rectitud convertida en deuda y fortaleza de razón allí donde las situaciones pretenden emparedarnos el corazón entre una causa vulgar y un efecto subyugante.

Con influencias distintas de las que inspiraron al pensador británico Michael Oakeshott los argumentos de su ensayo La política de la fe y la política del escepticismo, que no he leído, esbocé para mi uso personal un enfoque similar con el que puede abordarse una reflexión, exenta de servilismos, sobre las dos fuentes principales de las iniciativas de gobernanza:

1. La política dogmática, propia no solo de las teocracias tradicionales, sino de cualquier movimiento con aspiraciones utópicas. Su rasgo primordial está en la ambición de adaptar la realidad a los ideales, sean cuales sean, y entre sus resultados más logrados destacan el Santo Oficio, la Endlösung der Judenfrage, el Gulag o Lehman Brothers.

2. Si no niego que la desconfianza filosófica se torna desapego de las empresas colectivas e incluso inmovilismo siempre que estas exigen decisiones de mando o rigores de obediencia, creo que es legítimo señalar la existencia de una política escéptica acerca de la cual podría afirmarse, con palabras tomadas de Gómez Dávila, que «no es el arte de imponer las mejores soluciones, sino de estorbar las peores». Partiendo de esta óptica, se hace manifiesto que son las ideas las que deben subordinarse de forma pragmática y revocable a la realidad, el problema surge cuando las tendencias más pujantes del mundo considerado real se encaminan hacia un adocenamiento de todo punto indefendible a pocos escrúpulos que uno posea.

Sin mermar la suspicacia que me suscitan los nuevos actores de la farándula parlamentaria española, no es necesario ser politólogo para anticipar que de cara a la galería y por dotar de cierta credibilidad a eso de la regeneración democrática cabe esperar que su irrupción corregirá algunos desmanes previos, es lo mínimo. A buen seguro entraremos en una legislatura de paliativos que sus protagonistas nos venderán con quilates agigantados mientras dure la función, pues será necesario el agotamiento de varios años para que el electorado reencantado vuelva a descubrir que la supuesta alternativa fue solo alternancia, un relevo generacional de líderes visibles auspiciado por las oligarquías invisibles con objeto de recomponer los puntos ciegos de esa falacia, profundamente dañada por la crisis de expectativas, que por inercia cultural se denomina contrato social. Entretanto, padeceremos los tiras y aflojas de una tetrarquía que quizá ocasione más problemas de los que sea capaz de resolver, por no mencionar los estrechos límites que le queda a la acción gubernamental bajo la batuta de la troika financiera europea, a la que ninguna de las fuerzas emergentes osará desafiar por vencedora que se pavonee en casa. También el arribismo de los aficionados que se aprecia entre los caretos sobrevenidos es, mucho me temo, parte indeleble de la factoría de parásitos España S. A., y si hasta ahora la corrupción campaba por sus chanchullos mediante respetos heredados directamente de una estructura consolidada durante la administración franquista, en adelante los llamados a gestionar el sector público invertirán en ello una diligencia y preparación técnica cuyo rastro será más difuso, menos evidente comparado con las chapuzas de los arrogantes que los precedieron: ahí será donde demuestren cuán preparados están los garañones de Estado formados en el régimen del 78.

Ante los reñidos comicios que la agenda burocrática divide en dos tiempos como si de una disputa deportiva se tratara —una «carrera de caballos de Troya» llegó a opinar Stanislaw Lec de la política—, echo en falta mayores niveles de compromiso con el ennoblecimiento de las labores ejecutivas más allá de la declaración de buenas intenciones que traslucen, con trazo grueso, los programas concretos; medidas sencillas que podrían empezar, por ejemplo, promulgando imprescriptibles los delitos relacionados con el ejercicio del poder, proponiendo la desmilitarización de la Guardia Civil que soportamos como un sarcasmo del caciquismo rural u obligando a la Iglesia, como organización lucrativa que es, a atender sus responsabilidades patrimoniales con el fisco en el proceso de separación efectiva del poder religioso del civil, otra de las costosas asignaturas pendientes que arrastramos desde que las instituciones dictatoriales fueron remozadas según las líneas guías de la Constitución, el manual de reciclaje nacional a tener en cuenta por los sucesivos decoradores de felonías. Por contraste, me sobra la omnipresencia del plomo cruzado de dimes y dirites, las dos velocidades de la justicia cuando se trata de perseguir a encumbrados o apaleados, el borreguismo secular de jóvenes y viejos, la visión futbolística, binaria, pueril que se ha implantado entre la población cuando discute sobre la batalla por los escaños, que es multicéfala y supera, con mucho, la ineficiente dicotomía que prorroga el error de parcelar las actitudes en izquierdas y derechas. Al principio de irritación por lo expuesto, sumo mi alarma por el avance de la fusión corporativa entre la demagogia mediática, las redes sociales y la tecnocracia empresarial en una infraestructura paralela de control del usuario, en la onda preconizada por los misioneros de Silicon Valley, de la que no se sabe si la pesadilla de resistirlo como rehenes será más demencial que la de sufrirlo como prófugos...

En cuanto al cacareo de los gallos de Podemos, me canso de repetir que lo sobresaliente en este partido es la ausencia de contenido, salvo que se tenga por tal la maximización de la audiencia, propósito que embolsa como primer corolario el descenso del discurso al nivel más elemental a fin de acomodar el mensaje al receptor menos exigente. Con todo, el remiendo del sistema no vendrá solo de está formación, la contrapartida ofrecida por Ciudadanos parece haber sido diseñada específicamente para proporcionar sosiego al IBEX 35.

Para terminar, no necesito confesar a mis lectores un tipo de recato que llevo casi a presunción: soy virgen de voto —bendita homofonía—. Equivalente político de una ordalía, con el sufragio que el censado tiende sobre la urna pone la mano en el fuego por una camarilla que dispone a su favor de las herramientas idóneas para abusar de la confianza prestada sin incurrir en demasiadas complicaciones. No obstante, bien por el placer torcido de meter la pata con la mano contra los que nos meten mano a patadas, bien por la simpatía natural que los bichos de lidia y de jornal —como yo mismo— me imbuyen en este clima de zafiedad preponderante, quizá mañana me vea asumiendo la contradicción de jurar la bandera de mi ciudadanía por vez primera. ¡Qué penosa emoción!

La exultante y merecida jarana que a veces se hurta al vivir plasmada en Los fumadores de Adriaen Brouwer.

19.5.15

MENINOS Y MENINAS

No pido que gane el mejor, sólo que no gane el peor.
Félix de AZÚA
El gran momento de los enanos

Tras pasar no menos años de los que tárdase por ley en cursar la mayoría aparente de edad expuesto a las vicisitudes del adoctrinamiento interactivo en el estilo network del mundo (donde net podría funcionar en castellano como el acrónimo de la Nueva Empresa Total según el evangelio del consumo que predica publicidad y fabrica consumidores consumidos por una insatisfacción remozada hasta el infinito), mis arranques de alipori surgen incólumes cada vez que presencio a alguien atrapado en las escasas pulgadas de su celular porque, aun antes de que la digitalización masiva hiciera de estos artilugios el axis mundi de una necesidad tan absurda como imperiosa en ámbitos que no dejan de expandirse a costa de obturarnos la realidad inmediata, el rasgo que caracteriza con puntual fidelidad al hombre contemporáneo no va más arriba del ansia de rellenar con la prótesis perfecta la insuficiencia de valerse por sí mismo.

La ternura habitual que desprenden las ilustraciones de Garth Montgomery Williams desaparece en esta escena de pronóstico cruento titulada Charlotte's Web.

10.5.15

FALSARIOS QUE SIENTAN CÁTEDRA

Desconozco si la imagen fue diseñada por el autor del blog donde la hallé
El lenguaje del vencedor… no se habla impunemente. Ese lenguaje se respira y se vive según él.
Victor KLEMPERER
La lengua del Tercer Reich

Hoy carezco de vigor para extenderme sobre el asunto que me ocupa, pero no de ánimo que secunde la voluntad de aliviarlo por vía escueta, sin fintas poéticas ni conceptismos. Valiéndome de solo un par de ejemplos, quiero denunciar la manipulación emprendida por la RAE en las últimas ediciones del Diccionario de la lengua española, con el resultado de adulterar el sentido clásico de algunas palabras mediante la introducción de sesgos ideológicos que de ningún modo expresan el sentir usual de los hispanohablantes ni están justificados como desarrollo auxiliar de aspectos etimológicos larvados:

1. Curiosidad. Según la vigésimo segunda edición, disponible para consulta electrónica, las dos primeras acepciones son:


Muchos lodos intelectualoides se han formado entre este significado y el recogido por la misma institución en la duodécima edición del Diccionario de la lengua castellana, que causal y no casualmente tengo a mano, ya que en sus páginas queda priorizado el «deseo de saber y averiguar alguna cosa». Y análoga observación puede hacerse en relación con el Diccionario de Autoridades, culminado en 1739, donde el vocablo era identificado con el «deseo, gusto, apetencia de ver, saber y averiguar las cosas, como son, suceden, o han passado», o con el Panléxico de Juan Peñalver, que sintetiza el atributo examinado como un mero «deseo de saber». Tampoco el utilísimo Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares añade connotaciones negativas a la curiosidad en la primera de las cinco definiciones que desgrana, pues la ajusta al «deseo de saber y averiguar alguna cosa», ni desde luego hay mixtificación en el cada vez más nutrido fondo etimológico ofrecido por deChile, donde la entrada correspondiente se limita a exponer que «la palabra “curiosidad” viene del latín curiositas y significa “deseo de saber”. Sus componentes léxicos son: cura (cuidado, esmero, inquietud, ocupación), más el sufijo -dad (cualidad)». Quizá María Moliner, con su imprescindible Diccionario de uso del español, pierde parte del rigor que es pauta característica de su trabajo cuando escoge como primer ejemplo para dicho término «la curiosidad es un vicio», aunque pueda serlo, en efecto, según el parecer de aquellos adalides culturales que cifran la virtud en tener el mundo interior hecho un erial.

2. Desafección. Para la Real Academia Española, como puede comprobarse, se reduce a «mala voluntad»; no así en la primera acepción fijada por la duodécima edición que manejo en paralelo, cuya lectura remite a desafecto, adjetivo que puede aplicarse a quien «no siente estima por una cosa, ó muestra hacia ella desvío ó indiferencia». Julio Casares, antes que vincular con malquerencia alguna al que «muestra desapego o indiferencia», como pretenden nuestros ilustres idiotizadores de la lengua, parece ponerlo en sintonía con la neutralidad de Peñalver, que entendió al sujeto que experimenta desafección como «opuesto, contrario» al fenómeno que la suscita, dejando al usuario extraer sus propias conclusiones morales. Y en vano se buscará en María Moliner rastro de concepciones fraudulentas para esta voz al encontrarla situada en la «circunstancia de ser desafecto, particularmente a un régimen político». El espíritu de precisión obliga a dar cuenta que el desafecto lo asimila nuestra erudita al «no adicto, o contrario a cierta cosa; particularmente, al régimen político imperante»: en su obra, por tanto, la acusación de inquina vertida por el DRAE brilla por su ausencia. Habría que añadir, como es el caso, que todo régimen académico dispone en nómina de ingenieros del engaño, tan porfiados a menudo como poco ingeniosos y de sobra conocidos por sus cochinas huellas en el léxico.
 
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