20.6.10

EL HONORABLE OFICIO DEL AJUSTICIADO


Si la naturaleza fuera tan equitativa zanjando las riñas humanas como parece serlo dirimiendo la agresividad ocasional de las abejas, después de matar por su propia mano el hombre tendría que morir, pero dedos no son rejos, así que lo natural en el humano es la venganza en cualesquiera de sus extremos: brava en la gestión directa del odio, o disipada por delegación a través de los órganos que se presumen de justicia. Aun sabiéndolo, nada de esto me importa, pues he afianzado bien mis reglas y puedo, desde la confianza que me dan, en modo alguno por inane moralidad sino por un sentido congruente de reciprocidad en el antagonismo, mantener hasta el final una visión del homicidio que depara al criminal una suerte pareja a la que corren las desafortunadas obreras melíferas. Como no hay por qué ser melindroso, declararé que si yo fuera un asesino –cosa que no descarto– preferiría que me matasen en caso de ser capturado y sufrir una reacción proporcional al daño que he causado, antes que aceptar pudrirme en una jaula custodiada por mis enemigos con la seguridad de igualar mi condición a la de un animal exótico en un zoológico. Al ser culpable a voluntad, sin contrición, por haber ejercido la violencia por mi cuenta y riesgo, exigiría de mis rivales un tratamiento similar al que le corresponde al oficial al mando de una tropa caída durante la contienda, y lejos de pedir misericordia vería con orgullo el no ser tolerado por quienes desprecio. Me reiría, además, de las instituciones que procurasen estropear mi conducta con programas de rehabilitación dedicados a glorificar un concepto de civilización que, siendo un matador, me ha de resultar ajeno y siempre malquisto. Incluso si pudiera ser uno de esos taumaturgos que solo existen en las sagas legendarias y los evangelios, agotaría las ganas de devolver la vida a mis cadáveres antes de mover un párpado: ningún artista destruye su obra cuando a través de ella experimenta la forja de su identidad. Hombre de guerra al fin y al cabo, ¿qué respeto voy a reconocerle al Estado que se pregona soberano y ni siquiera es capaz de suprimir con diligencia a sus reos más fieros? Para mí, lo inhumano sigue siendo predicar caricias a cambio de ultrajes; por ello, si alguna vez soy atroz con mis congéneres y sufro a consecuencia cautiverio, lo que humanamente espero de los agraviados no es benevolencia ni una celda digna con tres ranchos al día, atención psiquiátrica y varias horas tontas de televisión; espero, como poco, que me dediquen la misma aversión que les inspiro.

Nunca he asumido como mías palabras más oportunas que aquellas de Francisco Chaves acerca del peligro en su Retrato del héroe sumiso: «Es mejor que le peguen a uno un tiro por decir lo que piensa que morirse de asco».

1 comentario:

  1. "Más vale morir parado que vivir de rodillas", dijo el célebre Emiliano Zapata.

    Un gran abrazo

    ResponderEliminar

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons