12.5.10

UNA MEDIDA SIMBÓLICA CONTRA MI CRISIS





Al igual que otros españoles descreídos de buena fe, hago extensivo el hábito de escepticismo que me caracteriza a mi propia voluntad de discrepancia, bifurcada, más que repartida, entre noches de intensa gana e irrespirables días de desencanto. Además, como ateo de penúltima generación, llevo con más solemnidad que desazón la circunstancia irredenta de haber perdido el vínculo con la divinidad (no en vano, siempre he preferido crearla dentro que creerla fuera), tampoco me duelen prendas en admitir públicamente que he apostatado cuando la ocasión merece combate y rara vez vacilo en urdir mi enemistad contra cualquier manifestación organizada de cristianismo. Por todo ello, me he visto en la necesidad de plantarle cara al Ayuntamiento de mi ciudad natal, tremendamente favorable a la jerarquía católica, pidiéndole con amabilidad que rehaga las cuentas de los tributos que abono para circular sin castigo por las calles del municipio, que para colmo no sólo están descuidadas y mal pavimentadas, sino que son objeto de constante especulación (una prueba es la zona azul, telaraña infinita de la cual se benefician ciertos carguitos) y son invadidas a capricho por cuanto bípedo en actitud oferente, intoxicado por los trastornos compartidos en el establo al que llama cofradía, sale a exhibir en bizarro cortejo su repertorio de tótems y tabúes, que por si fuera pobre desatino son promocionados con dinero público alegando un pretexto muy chic: espectáculo de interés turístico, cultural y no sé que más... será que soy un insensible. En fin, que por más que considere deseable la imposición de un recato urbanístico de severo sentido laico, no es mi intención exigir que prohiban las procesiones (entre otras cosas, porque hay que precaverse de las leyes contra crímenes de pensamiento englobadas en la dudosa figura de «enaltecimiento del terrorismo»); me conformo con sugerir que los fieles aficionados a tales desvergüenzas disponen de opciones menos molestas para sus paisanos más cabales, como la de concentrarse en polígonos industriales fuera del horario comercial, alquilar el pabellón ferial o reunirse en alguno de los solares deshabitados que aún conserva por la jeta esa gran inmobiliaria exenta de impuestos que es la Iglesia.

Al objeto de ilustrar lo antedicho, copio y pego el contenido de la instancia que he preparado:

EXPONE:
La reiterada vulneración de mi libertad deambulatoria por la zona céntrica del casco urbano como consecuencia de la ocupación que determinadas agrupaciones religiosas realizan periódicamente con motivo de sus actos y desfiles procesionales.

SOLICITA:
A la autoridad competente la devolución de la parte proporcional del IVTM en función del cómputo de horas totales durante las cuales los referidos eventos religiosos monopolizan la vía pública impidiendo el tránsito por la misma a los conductores que pagamos por hacerlo. También considero oportuno reseñar que, aun desconociendo el criterio que debe adoptarse para establecer la cantidad que me corresponde, es previsible que no será significativa en el plano económico, pero constará como un gesto de honradez recaudatoria y coherencia administrativa en perfecto acuerdo con los principios de transparencia y equidad asumidos por las instituciones públicas. Por idénticas razones, en caso de desestimarla, exhorto a los responsables que la fundamenten conforme a derecho.

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Según mis propios cálculos, el importe solicitado no llegará al euro, una fortuna que de ser reembolsada quizá me gaste en ponerle una vela a la patrona local, Nuestra Señora del Prado (sin calificativos, basta verla para caer de rodillas). A tenor de mis pecados, sería un modo apócrifo de rizar el rizo, pero puesto que conozco mis reacciones puedo anticipar que la sensatez me asistirá: devolveré cada céntimo a la entidad recaudadora con la intención de compensar el sueldo de sus funcionarios, reducido en un 5 % a partir de junio según la poda de escarmiento anunciada por el gobierno, cuyas medidas contra el déficit no voy a valorar a pesar de que me afectan de lleno, pues resultan empequeñecidas frente a la humillación de comprobar cuán intervenidos estamos por los tentáculos que extiende la bolsa de Nueva York.

Tenga o no éxito el empeño, después de registrar mi solicitud me quedaré más aliviado que el falsario Thomas Chatterton imaginado por Henry Wallis en el momento de entregarse a una dosis letal de opio. Por cauces que no llego a dilucidar, cuenta la leyenda que este joven suicida inspiró al Bartleby de Herman Melville, un personaje tan obstinado en su abstracción que incansablemente elegía no hacer nada.

2 comentarios:

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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