10.4.10

PÉSIMO ENJAMBRE DE ILUSOS, CONTENTADIZOS Y OPTIMISTAS


La felicidad no demuestra ni refuta nada, se trata de una desviación particular de la norma que establece el sufrimiento y deterioro paulatino de todo lo viviente. La obtención de la dicha, además, nunca ha sido una cualidad objetiva y solo a costa de perderse a sí misma alcanza el umbral de la consciencia, lo que para desventura de incrédulos rara vez ocurre, así que su lógica alucinatoria no cesará hasta provocar un desastre que en el acervo popular se halla codificado como el hostión necesario contra la dura realidad. Un mal menor, porque lo verdaderamente peligroso de este choque es que tiende superar los rendimientos exclusivos al afectar con su onda expansiva a terceros que de primeras ni siquiera lo advierten, pues si de una persona resentida esperamos que incube humores malignos y con buen criterio nos apartamos de su influencia, las acciones de una persona feliz reservan la sorpresa de perjuicios efectivos que favorecen sin saberlo cuando contagian a otros su dichoso estado, que por el gusto de verse reflejado transforma lo que en origen era un conato privado de estupidez en una epidemia de insensateces que hará concebir falsas esperanzas a quienes la padezcan y cuyas consecuencias, en último término, serán alarmantes en lo que se refiere al aliento de optimismo que anima a procrear en un mundo ya bastante apretado y, por ende, a confiar en un futuro que nadie conoce; dos rutas paralelas hacia el abismo que complacidos y desengañados hemos de lamentar en nefasta igualdad porque todos, sin excepción, confluiremos en la matanza...

Dudo en lo más profundo que pueda aprenderse algo de los errores históricos y aún más de los avances reputados como tales, pero entre los escasos aciertos que se han salvado del olvido y los que convendría recordar con energía, ninguno más pertinente que esa vieja admonición de los habitantes de la Hélade donde plasmaron el genio de su sensibilidad para descubrir el ingrediente funesto empotrado en lo cotidiano: increpaban a los risueños que quien es demasiado feliz debe temer la envidia de los dioses.

De finales del siglo XV nos llega este alegre fiestorro de putrefacciones a ritmo de tibias que los impresores de la Crónica de Nuremberg utilizaron, junto a otras interesantes ilustraciones, para dotar de énfasis a una obra de carácter moralizante que ponía en latín y alemán algunos de los grandes temas bíblicos.

1 comentario:

  1. Siempre ha habido lotófagos, sea tal vez esa una fuente de felicidad inagotable y acaso asequible para todos. Si bien no puede ser un estado permanente, bien se agradece una pequeña vacación de los dolores cotidianos.
    Un abrazo.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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