13.6.09

EL ARTE DE LA FUGA


Evoca las formas. Cuando no tengas nada más inventa ceremonias e infúndeles vida.
Cormac McCARTHY
La carretera

En el silencio turbio de una noche privada de grillos y de estrellas, un perro ladra como si un borracho intentara ladrar como un perro. Una sombra veloz más opaca de lo habitual se aproxima y, antes de que pueda determinar su posición, el contacto brusco en la nuca con una sustancia tibia y animada que bien podría ser el saludo de una mano amiga o tal vez el hocico de una rata hambrienta del tamaño de un dogo. Sé que me muevo por terreno peligroso y, sin embargo, hago caso omiso del miedo porque llevo conmigo un poderoso talismán: el mismo pánico reflejado en la claridad de mis ojos mientras hierático lo contemplo atravesado por un bronce de estigmas. Quizá un instante atomizado; quizá la placenta de una experiencia absoluta. A quien ha visto el colapso de cerca sin abandonarse al delirio le serán cegados todos los refugios y el abismo lo perseguirá camuflado en los actos más frívolos, especialmente en las situaciones que se anuncian relajadas e inofensivas, de tal modo que un mínimo detalle que capte su atención en el tránsito de una distracción reanudará su angustioso tango con la muerte, cuya agilidad sobrehumana está muy por encima del bien y del mal; tanto, que durante esa danza macabra nadie ha conseguido propinarle un pisotón.

- ¿Ya te estás poniendo solemne?
- Vaya, otra vez tú.
- Querrás decir tú.
- ¿Yo?
- ¿Hay alguna diferencia?
- Sí. Al contrario que otros, yo sé quien soy, mas ignoro donde me dirijo y, cuanto menos lo sé, más me soy.
- Más me soy, más me soy... tonterías. Solamente se tiene lo que se da.
- De acuerdo, acato tu lógica: ¿qué acto puede equiparar en generosidad a la hermosa libertad de poder abandonarlo todo sin prisas ni dilación?
- El amor.
- Pensaba que te gustaba hablar de cuestiones menos mundanas.
- El conocimiento quema a quien lo toca, mientras que el amor vuelve intocable lo que quema.
- Entonces, ¿qué queda del amor al conocimiento?
- La perversión de querer hurgar en el dolor de ser carbonizado.
- Hubiera bastado con terminar la frase en un rotundo dolor de ser.
- Detecto cierto cansancio existencial en esa actitud preciosista.
- Puede. Nada me cansa tanto como el oficio de ser persona. No tengo vocación para ello. Incluso estoy dispuesto a concretar que nada humano me es ajeno porque todo lo propio me resulta sospechosamente inhumano.
- La receta es simple: ponte fin.
- Parece que cuando te hastías de ser lo consecuente es suicidarse, pero el deseo de abdicar revela que todavía se sufre de una conciencia deudora, puesto que nace y nos deja varados en lo más humano que hay en uno.
- Cuídate, muchacho. A la locura también se llega por un exceso de razón y, una vez allí, no hay razón que valga para escapar.
- Loco es quien comete locuras; el sabio solo las piensa.
- A mí me basta con sentir a través de lo que pienso y pienso que quizá esté sintiendo demasiado.
- ¿Demasiado? Te explicaré lo que es demasiado: el mundo gira a merced de la imaginación y la imaginación se expande alrededor del cerebro, donde florecen y se extinguen otros mundos que no tienen cabida en este.
- Vale... yo también te quiero.
- Tranquilo, no te voy a corresponder.
- Es una lástima. Al superponer nuestras respectivas ilusiones encontraríamos una materia perfecta para hacer realidad nuestros temores.
- Muy agudo. No seré yo quien impugne tu lindo epigrama. Y ya que tocas el tema, no estaría de más que te sincerases: ¿qué tal te ha ido con ella?
- He vuelto a comprobar que las mujeres son portadoras de un poder telúrico capaz de volver locos a los hombres. No es la tentación de llenarlas lo que conjura al varón, sino la pasión de vaciarse hasta perderse en ellas.
- Te comprendo. He padecido más a causa de mis amores que por la suma de mis dislates, accidentes y decepciones recolectadas en otros campos.
- Cuando la ilusión de conquistar a una mujer ataca el sistema nervioso, se requiere una inmensa voluntad de fuerza para no rendirse a la ebriedad de correr tras sus encantos, y un esfuerzo sostenido para lograr convivir serenamente con el ineludible proceso de idealización, de cuyos efectos adictivos lo menos que puede decirse es que actúan como una incubadora de estupidez.
- Bravo, me has quitado el párrafo de la boca.
- ¿Qué boca?
- ¡Ironía! Casi olvido que tengo una espada clavada en la frente con una inscripción que me recuerda que ni su acero ni mi cabeza existen.

Seguro que habéis identificado el talento de Edvard Munch en El asesino.

3 comentarios:

  1. Desaforador16/6/09 11:39

    Con esta especie de agonía a dos voces nos has vuelto a colar un caballo de Troya. Al principio se me pasó relacionar la sensación en la nuca con la frase final. Inquietante.

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  2. Anónimo9/7/09 08:05

    sin palabras... maestrooo

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  3. ¿Maestro? Alguien vaticinó que me volvería loco y, por mi calavera, juro que así ha sido. Loco aullador de amores caníbales, voraz amante de sirenas perdidas, tampoco puedo maldecir mi suerte sin traicionarme: la celebro como hombre de placer y criatura de espanto. Estoy hecho para arder en una pira con mis quimeras.

    Huid de mí ahora que soñáis despiertos dentro de este sueño inmundo; anticipaos al monstruo locuaz que intentará, no lo dudéis, poseer el alma de cuantos se acerquen. Soy un salvaje desterrado en un planeta ciego que grita a las estrellas moribundas mientras concibe un dios que todos los sensatos desearán lamer y nadie podrá adorar.

    Por supuesto, nada de lo dicho es cierto... recordad que estoy loco.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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