9.12.07

CARTA DE UN SUICIDA


Nueve de diciembre, aniversario letal. Hoy hace exactamente 8760 horas que un amigo de tortuoso carácter y filósofo a su pesar se quitó la vida. Bien mirado, en realidad se concedió un alivio, porque no podía llamarse vida a la reducción al absurdo en la cual crispaba hasta el tormento sus noches insomnes con sus días exhaustos.

Por respeto al duelo que sufre la familia, no recordaré el modo que eligió para extinguirse ni mencionaré las asombrosas circunstancias que rodearon el caso. Baste decir que lo conocía desde pequeño y con suficiente profundidad para saber que se sentiría halagado al ver publicada su carta de despedida en este blog sin lamentar el aislamiento funcional en que se encuentra, pues son pocos los conocidos y aún menos los extraños que nos visitan.

En memoria de este amigo complicado y de todos los que como él acaban siendo acorralados por las crueldades gratuitas del mundo, despojado ya todo amago inútil de llanto o de reproche que oponer a la firmeza de su decisión, cedo la palabra al último destello de su existencia:

Me avergüenza el odioso peso de mi vergüenza. Todos me han abandonado por ser peligrosamente insoportable. Y es verdad, ni aun borracho yo mismo me asimilo.

A menudo he llegado a la conclusión de que no hay nada tan inocente como reconocerse ante la culpa; pero acto seguido mi propio remordimiento dilapidaba este argumento con algún inmaculado reproche relacionado con mis pésimas acciones, pues soy un inepto en todas las variedades de moral.

Tan poco valgo, que no me valgo para no valer en absoluto. No es precisamente por mérito que hoy estoy dispuesto a adjudicarme la muerte, sino por el empalogoso asco que me doy. Y no exagero; en modo alguno vanaglorio una desmesura por aliarme a una probable compasión que sólo incrementaría mi justo e insípido desasosiego.

La sociedad humana es vasta pero precisa, actúa globalmente como un gigante de proporciones matemáticas, y a mí me corresponde ser un vulgar excremento de su organismo... Que nadie se manche conmigo, tal vez resucite algún día como pieza maestra en el cerebro de ese gran coloso.

Os hago un voluminoso favor de necesario cumplimiento. A cambio, sólo pido no recibir el más humilde agradecimiento ni la mínima atención. Que mi cuerpo se pudra lejos de las ciudades sin mancillar un espacio en el camposanto que cualquier otro honraría mejor. Preferiría que las bestias carroñeras calmasen sus ansias conmigo... suponiendo que mis carnes detestables no les hagan vomitar.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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