19.7.11

A TUS PIES, MI OFRENDA FULMINADA

Grabado de Aegidius Sadeler II donde se representa el tormento de un hombre rico en el infierno.
Acompaña el canto de la sirena varada

El dilema del individuo es que le gustaría ser la base de sí mismo pero busca con angustia la aprobación de sus semejantes.
Pascal BRUCKNER
La paradoja del amor

Si fuésemos capaces de mirar con el nivel adecuado de perspicacia antropológica, nadie resultaría culpable porque cada uno saldría víctima de sus propias ilusiones, mas es llamativo, cual santo y seña de una condena, que las defendería con celo tanto más ardiente cuanto más prisionero de ellas se hallare. Quizá el prójimo que nos reprocha sus carencias encubiertas transporte en su error unas moléculas de exactitud —ni el yerro ni el acierto perfecto existen—, y una vez evaluada su oposición a interés juicioso, nos ahorraremos sin tacha el desasosiego de un enfrentamiento desprovisto de enseñanza e inteligencia concediéndole la ventaja de creerse más sabio, aunque nos expongamos desde ese instante a ser bombardearnos con lo que cree pensar cuando no piensa en absoluto; sus trapicheos con la moneda falsa del autoengaño, que es el comercio más viejo del mundo, en nada nos incrementa ni disminuye: tan lejos llega nuestra incorruptible circunstancia de ser hombres viciados para la vida en común.

Aceptar no como un reto, sino mejor como una pesadilla trasoñada de elocuentes vigilias, que frente al conglomerado de experiencias truncadas que es uno la mayoría se entregue desesperada al sueño gregario de domesticar a la bestia que las acecha a través de sus conciencias adormecidas; el lobo, de continuo insomne y solitario, atento siempre al menor movimiento desde su permanente lecho de espinas, no se molestará en despertarlos con sus aullidos mientras pueda celebrar el estudio distante de sus probables presas a las que amará incluso antes de tocarlas, pues gran parte de su soberanía procede de haber declinado en su alma dentada la vanidad de morder sin necesidad. Sabe, como saben los que no quieren saber más, que también los instintos acatan por conductos subterráneos el sortilegio de un espejismo.

Al igual que tú me adelantas porque te sigo, yo, merodeador desnudo en el bosque de las máscaras rotas, sólo busco poder disolverme en los momentos veraces donde nos sabemos eternos y fulgurar sumergido en la virginidad recuperada de la unión que desdeña la conquista. Lobuno innato al ciento por ciento, la obsesión de completarse en la duración, del compromiso renovado a base de censuras, de los proyectos vitales compartidos hasta la saciedad y constantemente amenazados por la miseria, me ponen cada vez más cadavérico. ¿Debo sentirlo siendo así la sombra que sigue a mi sentimiento? No quiero el poder que ya tengo cuando aún puedo el querer que reina con locura sobre la esclava razón, y si bien no me jacto de hacer daño —detestable afán sería—, declaro que estar vivo es hacerse pupa con o sin los otros; otros que son el temblor, no mi temor. Doy carta blanca de cultura a la naturaleza. Y dado que a buen seguro vivo como pienso, lo terrible es no dejar de pensar mal...

Al principio quise cambiar el mundo; después quería destruirlo; ahora me vale que el mundo no cuente conmigo para nada: ni para sobrevivir cambiando, ni para ser destruido en su medra.

6.5.11

LA POTENCIA INCUMPLIDA


No sin mencionar la estoica indiferencia que de sólito me produce la teatralidad difusa de las modernas campañas imperiales, en todo este relato con múltiples versiones acerca de la caza y captura de Bin Laden no dejo de echar en falta algo más de señorío al estilo romano y algo menos de hipocresía perfumada de moralismo puritano (esa grosera ética bifocal que permite visitar por sorpresa a alguien para darle un susto de espanto cuidándose a continuación de no difundir las imágenes del mortalmente sorprendido anfitrión para no vulnerar sensibilidades, por ejemplo). Ignoro quién será realmente este sujeto hirsuto premiado con aplausos de plomo por la democracia más prestigiosa del mundo antes de ser masajeado por una caricia de rítmicas dimensiones oceánicas: bien podría ser el artífice de una carrera frustrada hacia los Óscar, el oportuno chivo expiatorio de las conjuras conjeturables que se ofician en despachos ovales o quizá, por qué no, un amienemigo con rango de títere multiusos puesto en nómina por el incuestionable club de los magníficos, pero a fin de no enredar aún más mi observación, supondré que es quien dicen los corifeos que es, la bestia parda temida desde 2001 por el mérito feroz de haber rubricado el mayor atentado terrorista que registra la historia reciente.

Asegura el Príncipe Negro que dar publicidad a la carroña de su triunfito equivaldría a incitar a las Furias, encarnadas en la red de células de fanáticos islámicos, contra los intereses americanos, pero yo no dudo que tal reacción sea justamente el efecto deseado por quienes orquestan la globalidad de los desastres pánicos. Si el gobierno estadounidense ha preferido ocultar su trofeo seguro que no es tanto por miedo a las consecuencias de enarbolar tal arrogancia como por incubar el pretexto adecuado para que su franquicia Al Qaeda, prefabricada con humanoides reciclados procedentes de toda la hez mundial, pueda seguir operativa en las regiones que está previsto invadir, bloquear o desestabilizar (lo hicieron con fines similares en Madrid y en Londres; lo están haciendo ahora por razones distintas en Libia).

Me pregunto que hubieran hecho los antiguos emperadores paganos de estar en la situación del soberano, que no majestuoso, Obama. Con toda probabilidad, un Augusto hubiera capturado vivo al iracundo y lo hubiera conducido, con gran espectáculo de fieras exóticas y bronces litúrgicos, hasta el mismísimo centro de la Zona Cero, donde se procedería a su crucifixión ante la voraz mirada del vulgo. Cabe incluso imaginar que adelantándose al último aliento del ajusticiado, con un gesto de auténtico poder, le concediese la gracia de un indulto trocando su suerte por la de una especie de mascota áulica condenada a vegetar convertida en una reliquia canija de los sótanos de la White House. ¿Qué hace, sin embargo, este Nobel pistolero encumbrado por la etnia elegida? Esconde la presa cual perro furtivo y ni siquiera se da el placer de relamer en público la osamenta del difunto (tal vez en privado se atreva a emprender cosas peores). Sin duda avergonzado por las recurrentes exigencias del guión, y carente de argumentos humanitarios para justificar la secuencia completa de su cólera vindicativa, logra al fin que el asesinato del cómplice número uno del fundamentalismo neoliberal deje inmortalizado a ambos lados del eje al personaje bárbaro que fue, pues su efigie sirvió en Occidente de retostado y necesario icono satánico tras el no menos necesario óbito divino. Y sin una foto que nos estampe en la retina sus despojos, a fuerza de ausencia seremos mayoría quienes lo recordaremos exhibiendo galas de farruco con su turbante blanco mientras arenga a los suyos en la lengua franca del AK-47.

Benito Mussolini y su amante Clara Petacci vistos por el pueblo.

18.4.11

ARRULLOS DE PENUMBRA



Todo lo que me duele es mío.
Fritz ZORN
Bajo el signo de Marte

Escindidos entre la ironía demoniaca y las paradojas cósmicas de las que somos hijos pródigos, cuando ya no hay forma posible de hacer los sueños realidad empieza a volverse inevitable hacer de la realidad un sueño que resulte, al menos, anímicamente tangible. Cierto que no es función de la vida aportar sentido a los seres que la experimentan, no consta como requisito biológico en el laboratorio de lo engendrado, pero una falta recurrente de ficción en el tinglado puede impedir que funcione cuando esos seres, además de tolerar la existencia en condiciones que no han elegido, deben ocuparse de vivir sabiendo que morirán en vano hasta agotar intención, memoria y pensamiento contra un mundo cerrado a las preguntas eternas o eternamente abierto en canal frente a inquisiciones desconocidas.

La instantánea me salió al paso en una vereda que se perdía hilvanando una cadencia pantanosa de malezas, líneas palpitantes de alta tensión y cigüeñas lánguidas. Al pulsar el disparador, tuve la reminiscencia de este disco:

 
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