15.4.16

ALMA DE LLANTO

Lawrence Alma-Tadema, In the Tepidarium
Casi todas las vidas pueden ser resumidas en unas pocas palabras: al hombre le han mostrado el cielo y lo arrojaron al barro.
Lev SHESTOV
Apoteosis de lo infundado

He soñado un conciliábulo de amigos en la afinidad de cultivar inmersiones donde mana con lirismo de sigilos el lucero originario del despertar. Manteníamos veladas regulares en un jardín ubicado junto a un estanque a cuyas lumbres se descendía, con gracia uterina, a lo largo de una escalinata flanqueada por pérgolas de yedra. Bruñido al soplo tamizado por las rosaledas, quedaba casi perfectamente sellado el remanso del pedestre centrifugado del mundo por un muro que exhibía, en mitad de su solidez basáltica, la trepanada hechura de un protón portón de cuarterones. Conjugaba el paraje, pues, todos los requisitos para convertirse en un locus amoenus, si bien lo que allí ocurría distaba eones de las conjunciones tumultuosas tan buscadas por esas sectas de reprimidos que gustan de enclaves no menos recoletos para cifrar sus berreas.

Las fronteras de la identidad, que en efecto llegábamos a verter en entidades mayores, contaban para ser trascendidas con canales y carnales más firmes que el arrebato histérico, la autohipnosis rezandera y las libaciones de azúcares fermentados. No se excluía nada que fuera en incremento de la mirada ampliada donde el crecimiento interior y el exterior, lo micro y lo macro del Bicho cósmico, se fusionan en una escala holográfica, pero era importante que el desbordamiento no se propiciara a expensas de triturar ciertas amalgamas previas. Por desgracia, nuestro solapado prestigio también recaló fuera del pentáculo de quienes formábamos la arquitectura medular de estas alianzas espirituales. No puede afirmarse, en consecuencia, que hubiera elementos imprevisibles en el asalto sufrido durante el transcurso de un gaudeamus.

Hubo puños, burlas, saqueo, destrucción de símbolos, mancillamiento de ofrendas y expulsión de nuestros merecidos dominios. Divulgados los artífices de la fechoría por la firma bronca de ecománticos, su predilección estaba en amar después de apisonar. Tras la diáspora instantánea, con los recoldos del templo profanado hiriéndome aún la visión, encontré a la salida del vergel una dama de hermosura sin igual cuyo tablado componía un juego de facciones por completo desconocido para mí y, no obstante, íntimo en virtud de un atractivo irresistible, como si la hubiera gozado hasta la extenuación antes de mi propio nacimiento. Parecía estar implicada en la agresión, que vigilaba con serenidad desde la retaguardia, muy cerca de un sarcófago suntuoso equipado con alas de titanio que en ese momento faroleaban desplegadas. Mi recelo le atribuyó el papel de instigadora a partir del hermetismo altivo de su figura, aunque nada había en ella que justificara intuirlo así: inescrutable, tan gratuito hubiera sido acusarla de ejercer funciones de senescal en la retaguardia del comando de fanáticos, que imaginarla operando un secreto favor como emisaria de auspicios inesperados. Negándome el desatino de sentenciarla, me atravesó el imperativo instinto de aproximarme cuanto la radiación de su belleza permitiera. Sus ojos de ave mitológica ensalzados por el baluarte de los pómulos, la delgadez prieta en los volúmenes de un tacto que presagiaba embriagador, el cabello a medio desdén en un recogido que invitaba a la llama de una melena inasible... una verdadera sinfonía de hechizos donde su presencia se abría prodigiosa como un agujero negro. ¿Quién sería esta criatura? ¿Acaso nadie más la percibía? Tallar palabras era superfluo, el aguijón de sus pupilas impuso de inmediato un comercio ancestral de glosolalias telepáticas. Hizo de mi pensamiento su don y, sin pensarlo, di en anunciarle a voz quebrada que a punto me tenía de prorrumpir en llanto.

¡Lujosa puerilidad! Braseando astros en el singulto, sangrientas fueron mis lágrimas y ninguna apagó el frío que desde entonces empaña mis venas.

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