15.8.09

DE NADA SIRVEN BLASFEMIAS


Motivado por la delicada argumentación que un pensador amigo ha trazado a raíz de la reciente ilegalización de la blasfemia en Irlanda, quería discutir los análisis al uso del fenómeno en su dimensión social cuando a punto he estado de escribir «dimensión moral» advirtiendo al vuelo la inercia que me conducía al error: esa clase de dimensión solo existe como proyección mental, no es intrínseca a los hechos sino que atañe a la interpretación de los mismos y, si bien el acto eisegético no deja de constituir otro acontecimiento cuya importancia es relevante dentro del imaginario e incluso insinúa la más amplia cuestión de si la realidad puede ser aprehendida salvo como un sistema de interpretaciones entrelazadas, se encuadra dentro de una moral que se quiere dimensionada porque desde un punto de vista material carece de todo fundamento estructural y a duras penas se presta a ser objetivada filosóficamente. Salvada esta digresión, y con ella mi desgana estival, proseguiré con el discurrir blasfematorio.

Para un panteísta, que es la forma más coherente de vivir la incoherencia de creer en Dios, condenar la blasfemia puede entenderse como una irreverencia doblemente grave que tiene su explicación en que la condena de una parte de la Creación, aun tratándose del suceso renegador, equivale a abjurar del Todo, ya que microcosmos y macrocosmos, voluntad y representación, son un continuo en su visión compacta de la trascendencia. Por el contrario, para alguien que no cree en las ofensas cometidas contra las poluciones abstractas que algunos consideran absolutas ni, menos aún, contra las entidades categóricas indemostrables y, no obstante, se siente dispuesto a admitir ciertos convencionalismos sea por comodidad, por discreción o por hipocresía (acaso una actitud tricéfala), resultará oportuno recordar el sentido utilitario que los antiguos conferían a las blasfemias gracias a su arraigado politeísmo, en cuyo espléndido panorama había dioses que convenían y se amoldaban prácticamente a cualquier situación anímica. A modo de ilustración, relataré que hoy he tenido un problema con un aparato doméstico que ha venido a manifestarse justo cuando había reparado otra avería sin ninguna relación entre sí a excepción de la contigüidad temporal; un problema tan molesto como tonto, no es preciso que me extienda facilitando pormenores. De haber tenido un daimon específico de los estropicios, el aparato sin duda seguiría roto, pero al menos podría haber cultivado cierto desahogo litúrgico vituperándolo a pleno pulmón sin ofender a nadie; como no es el caso y mi frustración iba en aumento a medida que subía la temperatura exterior y menguaba el tiempo para efectuar la reparación, en un momento dado la he emprendido a golpes con el cacharro hasta chafarlo por completo. Ha sido una distensión brusca sin catarsis ni alternativa, una estúpida falta de paciencia del sujeto con el objeto, un alienante ¡basta! y así lo admito: esto me pasa por ser un escéptico contumaz. Al animal místico que uno lleva dentro no hay forma sensata de alimentarlo como merece.

Hacía tiempo que buscaba una ocasión propicia para insertar la Cabeza de Medusa concebida a imagen de su espejo por el irreductible vividor que fue Caravaggio. Y puesto que la entrada tiene lugar el 15 de agosto coincidiendo con la festividad de la Asunción de María que celebran numerosas localidades sometidas al santoral católico, animo a los más lanzados fetichistas a secuestrar la Santa Patrona que tengan más cerca para pedir rescate a sus devotos no sin antes haberle ofrendado en las mejillas portentosos lagrimones de semen que deberían ser vitoreados como una afectuosa muestra de fervor religioso.

2 comentarios:

  1. Lagrimones de semen... puro Lautréamont.

    Me parece acertada tu digresión y, como siempre, gratamente literaria.

    Me parece fundamental el conceto de eiségesis que apuntas de pasada: no es posible cuidarse de no ofender el dios de nadie porque cualquiera puede ver un dios en cualquier parte. Yo veo a mis dioses constantemente blasfemados, pero claro, no son dioses al uso, nada de omnipotencias y de sobrenaturalidades. Simplemente ver la programación televisiva diaria supone un sacrilegio para contra mis ídolos estéticos, que también son los éticos... Estoy seguro de que entiendes lo que digo.

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  2. Con varios días de retraso he recordado que Antonio Machado, en su Juan de Mairena, dedicaba algunas líneas a la blasfemia y, por ello, lo incluyo a modo de apéndice en los comentarios. Cito:

    "La blasfemia forma parte de la religión popular. Desconfiad de un pueblo donde no se blasfema: lo popular allí es el ateísmo. Prohibir la blasfemia con leyes punitivas, más o menos severas, es envenenar el corazón del pueblo, obligándole a ser insincero en su diálogo con la divinidad. Dios, que lee en los corazones, ¿se dejará engañar? Antes perdona Él –no lo dudéis– la blasfemia proferida, que aquella otra hipócritamente guardada en el fondo del alma, o, más hipócritamente todavía, trocada en oración.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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