12.5.16

MÁS HUMUS

Caspar David Friedrich, El soñador
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón, así
en toda la tierra la echaste a perder.
Constantinos CAVAFIS
La ciudad

Como ser hundido en el humus, vibra en mí la contienda fermentada por tierra, mar y aire y oigo gemir ya rebaños de extraviados que huyen de sangres actuales hacia futuros mataderos. Larvada para la acción en su misma actividad, de mi vida anterior nada me servirá tanto como la impasibilidad ganada a pulso con las pasiones. El guardián de todos los templos advierte que «habrá que cuidarse, entonces, de los delirios demasiado agitados. Habrá que centrarse en la visión luminosa, en la pacificación unificadora de la naturaleza, en los acordes sutiles de la lira cósmica, y escudriñar a los demonios que susurran en forma de acúfenos y embotan las almas de los paladines extraviados con imágenes tenebrosas y suicidas».

No muchas décadas atrás era razonable excluirse echándose al monte o usando un sótano a modo de búnker, pero eso ya no es posible, las reglas de la guerra han cambiado y con ella las estrategias. Volver a la masa madre, enterrarse en el telúrico abrazo donde las simientes se saben dueñas de un poder que nadie puede sustraerles. Es el exilio interior de los notables llegados al reino de Hades con el deber en ristre de no servir a nadie. Albert Camus volverá a estar entre los espejos de mano y Jünger, que siempre sonrió en el reflejo plutónico, completará el neceser para esta partida junto a Font Quer y otros viejos aliados cuyo nombre invoco en silencio. La verdadera aventura es la impuesta por las circunstancias; el verdadero aventurero, el que a sí mismo se impone en ellas. Ya se barruntan los ímpetus de las tormentas y los signos del choque crecen por doquier. Todos, en la medida de nuestras aptitudes y dignidades, estamos llamados a ser curanderos, cronistas, guerreros, profesores, ladrones, jugadores, caníbales, enterradores y alquimistas. Después de que estallen los miedos, lo que veáis es lo que habrá. El realismo de saldo dominará cada palmo, el romanticismo se buscará en el combate. Tendrá más posibilidades de no degradarse quien sea sedoso por dentro y correoso por fuera; el modelo invertebrado que el orden social necesita para adquirir la resistencia, estructura y durabilidad del hueso será reemplazado por la sagacidad e independencia del gato. Presenciaremos acontecimientos que solo podrán ser creídos desde la máxima incredulidad y ello supondrá una revolución, mas no social ni biolítica, como algunos quisieran, sino antibiótica y subrepticia: «Mientras tengan ganas de matar —subraya Ceronetti—, no perderán el gusto de engendrar».

Cuando la funesta carga acumulada se materialice, la gente correrá tras el espíritu hasta las mismas fosas en que se habrán transformado las torres hundidas bajo el dombo de la historia. «El heredero del último hombre no es el primitivo, sino el espectro», preludia el anarca. Los últimos hombres se extinguieron ya, porque solo una generación de espectros estancados entre pantallas proyecta en la carroña carroñera de los zombis el advenimiento del siguiente eslabón evolutivo. Nuestro centro yace momificado y se volatilizará una vez alcanzado. Coito al polvo: lo que vino de las estrellas, a ellas regresará.

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