11.2.10

SER SIN SER DE NADIE


Si nos atenemos a la literalidad de lo biológicamente conocido, nuestros cuerpos no nos pertenecen, sino que se comportan como partes integrales de un sistema mayor cuyo dinamismo agota los conceptos demasiado humanos de propiedad; ahora bien, trasplantar este hecho al terreno jurídico y moral como una verdad axiomática representa un peligro nefasto para toda asociación de individuos que desee regularse por principios respetuosos con sus libertades, pues pone a expensas de los intérpretes de Dios o, en su caso, de los agentes médicos del Estado, la gestión del propio organismo, incluyendo sus estados de ánimo y sentimentales, hábitos, experiencias y aficiones. La salud, cuando está sujeta a control público, es una prueba palpable de esta confiscación que nos abrevia como órganos supervisados por una organización cuya labor de intoxicación ideológica malamente es disimulada por las acciones emprendidas para naturalizar sus competencias mediante discursos deudores de cierto paternalismo estabilizador en los que el uso de pretextos higiénicos delata por si solo su propósito capcioso, su origen bastardo. Y es que el bienestar, en su versión colectivizada (la más terapéutica y menos benigna de sus versiones), tiende con gran derroche de medios a la ruindad de fines, ya que no de otra forma puede llamarse la fabricación premeditada de enfermedades y el aprovechamiento de las existentes que sirve de embajada a los ataques dirigidos contra el bien más valioso que posee cada uno: su facultad para procurar adueñarse de sí mismo aun a riesgo de equivocarse. De ahí que las leyes, si fueran una expresión juiciosa de convivencia cívica en vez de una continuación sofisticada de la selva, antes que minarlo deberían facilitar el avance por este arriesgado itinerario de autoconquista.

La xilografía ha sido extraída del Heidelberg Totentanz, libro de autor desconocido impreso en 1488 donde se estructura visualmente la Danza de la muerte que tanta atención suscitó durante la Baja Edad Media.

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