22.12.16

DE LA OBSTRUCCIÓN DE SÍ: UN EJEMPLO

Jan Lievens, Naturaleza muerta con libros
A todos los que sufren por la inadaptación de un ser querido, empezando por la del ser no querido

Que bramen enfurecidos los vientos, agitando las olas sobre los restos del naufragio: tú, fiado en la firmeza de tu inconmovible atrincheramiento, verás fluir serenos tus días y podrás desafiar los elementos.
BOECIO
La consolación de la filosofía

Nunca me lamento con gracia delante de mí: habida cuenta de la cantidad de lectores desconocidos a quienes me confío, hacerlo sería escatimar el pacto de franqueza alcanzado entre los taciturnos aliados a ambos lados del vítreo. Pixelaciones mentales aparte en la captura confesada de mis contumacias, bien puede ser este tan mal momento como cualquier otro para evocar un recuerdo asaz significativo sobre mi temprano espíritu de deserción. No me obsta para ello que lustrando estos clavos trasnochados cometa contra el propósito inicial de firmeza la apariencia de impartir una lección de flaqueza. Con desvergüenza torera, pues, bajo mi traje vivo de cueros la faena va por ustedes...

Ya en la pubertad, cuando soplaba no más de trece años, empecé a desmembrarme del convencimiento necesario para hacer conmigo un proyecto de vida. ¡Cómo me hubiera encantado entonces evaporarme antes de cruzar el Rubicón de la mayoría de edad! Tanto me lo repetía de la noche al despertar confundiendo parodia de la adultez con prolepsis, y tanto del despertar a la noche buscando en el futuro negado un presente imposible, que no supe sino tentarme a dar por cumplido, con mi emergido desarraigo, un destino truncado en agraz. ¡Qué angustia y a la vez qué nivel de autonomía frente a mi biografía en aquel fuliginoso acceso a la adolescencia! Sólo acertaba a buscarle guasa a los estudios, a coquetear con el misterio terrible que me alejaba de las diversiones normales y a sentir como un insulto el chantaje insulso de las responsabilidades subordinadas al porvenir. Un principio de avidez por saber ora cobraba pujanza en mí, ora se desinflaba en forma de asco a la menor perseverancia, quizá porque la savia de mi atención se hallaba reconcentrada en esa providencia que de seguro, pronto, me barrería. ¿Reventaría en un accidente de moto? Rodado no demasiado el almanaque acabaría sobreviviendo ileso a varios, insuficientes para creerme invulnerable aunque sí lo bastante aparatosos para incitarme a explorar el cauce de mi obsesión necrológica en otras direcciones. ¿Me ahogaría en la tinta de jibia del río donde a diario nadaba en vacaciones? Ojalá un monstruo antediluviano me hubiera arrastrado al fondo con el amorucón de sus secretos. ¿O acaso entraría mi sangre en erupción mediante un paroxismo de entrega a las ménades escogidas dentro de un abanico de ofrecimientos intocables salvo por el arte tornadizo de la fantasía? Mis venas, resistentes, no admitían esa posibilidad; había otras, por supuesto, millones de posibilidades de ser aniquilado a las que no concedía un umbral mínimo de credibilidad, qué ingenuo, como si lo que yo estimara al respecto determinara automáticamente el engranaje de los acontecimientos. Ni elusivo ni adhesivo, me consternaba más la proximidad del atolladero impuesto por el mandato interior de una fecha límite de vida, ese peculiar contrato fáustico al que habría de responder atentando contra mí mismo sin la resolución de una causa previa de perecimiento. Y entretanto, qué bien deflagraba en mi circunstancia La misma vieja historia entonada por nuestro Luzbel santacrucero:

Un adolescente aburrido
es, ciertamente, un paisaje
muy triste
y aún más
sabiendo que hay mujeres
que duermen
con la boca abierta
y docenas de parejas
que se hacen el amor
en chino, francés, árabe
o en el idioma
de los delfines.
Por eso hay tantas butacas
en los cines
y tantas camas en las casas.
Y es que la inteligencia
es erótica
y el arte perfecto
el orgasmo.

Adriaen Coorte, Naturaleza muerta con fresas silvestres
Entre orgasmos, en efecto, hubiera querido extinguirme y nada más. Más que la muerte con su bacanal de reclamos, me aterraba que su promesa fuera un fraude, un desmantelamiento en falso, la prueba de tránsito debida al último paraje del desengaño. Dudaba de todo y todo dudaba de mí. Cuanto más quería cambiar el mundo en un sentido, más me cambiaba el mundo en el inverso. Soñaba que iba de ala y a la que iba en ascenso despertaba en caída libre. Vagaba, divagaba y aún me quedaba, sin embargo, una reserva de fascinación que compartir con aquellos seres dotados de una bondadosa capacidad para el recogimiento, seres a los que amaba sin esfuerzo y entre los cuales podría mencionar con honores de reina en el exilio a mi abuela materna, la única que conservaba la facultad de rezar en una casa donde la mesa solía ser bendecida con blasfemias no siempre para feliz digestión de las tribulaciones cotidianas. Personas como ella tenían lo que hay que tener para asentar el sentimiento antiguo y absoluto de la fe incluso a expensas del lastre que suponían sus creencias; una fe sentida por mí como una suerte de prótesis o como el truco chapucero de proyectar un constructo con el fin de hacerse ilusiones y brindar un tratamiento divino al misérrimo qué de cada quien; un consuelo, en síntesis, y en todo caso una aberración según la vara desmedida del temperamento virginal de mi rebeldía. Que pudiera existir un dios que, siendo parte, fuera además juez supremo vulneraba sobremanera mi noción terrenal de la equidad. Ulteriores experiencias me invitarían a descubrir que las explicaciones teológicas acerca de las realidades humanas tienen sobre las de otro tipo la ventaja de mantener a nuestra especie en el punto justo, un lugar intermedio entre el firmamento y el inframundo, así como el patrimonio simbólico de haber tendido puentes tenaces entre el mito y la historia por donde la inteligencia puede conectar la orilla de la imaginación a la orilla de la sustancia sin precipitarse en la maraña de los abismos. De los horrores vencidos obtiene la sabiduría el poder que irradian sus mejores formulaciones en concepto de grandeza, indicio cierto de que allí donde un templo se funda sólido en las almas sus raíces han recibido el don de ser alimentadas por un abismo contenido.

Cuanto más en verdad miraba dentro y fuera de mí, tanto más motivo hallaba para dolerme del mundo. Con frecuencia y con menos curiosidad que amargura concluía que mi deber moral consistía en suicidarme para impugnar mi determinación, seguidamente, con un raro orgullo de amortajado en vida. Y si por un flanco me reprochaba tener que morir sin haber peleado, acudía por otro a la objeción en mi descargo de estar bregando como un león enclaustrado contra las pautas encalomadas por los demás, convertidos a tal efecto en personificaciones de alguna clase de coacción y en trasuntos, también, de lo que hoy podría denominar invalidez ontológica. Que apuesten por uno, que otros esperen de uno aposturas ajustadas al ideario de las manías comunes, me parecía tan lamentable que decidido estaba a obviarlos a cualquier precio.

Placa de marfil procedente de Nimrud (siglos XIX-VII a. C.)
Un álgebra elemental establece que en el combate con y contra uno mismo, igual que en el trabado a cara y a sombra con la vertiente exterior de los hechos, quien se alza con la victoria no es otro que el perdedor. Dada mi falta de espejismo para el menor compromiso productivo seguí ensayando lo que mejor hacía desde niño: ficciones, expansiones figuradas que comenzaban a depararme nuevas formas de pensar la acción que me rehuía, es decir, los consabidos subterfugios pensados al aderezo de la irrealización personal. Desancorado en esos fabuladeros se me fue arremolinando el pensamiento como un adictivo pienso, como un sustento de gárgola —¡ay, la gargolidad!— que identifica a quienes poseen la nostalgia de no haber existido jamás. El pasado, al que nada podía añadir sin mentira ni quitar sin olvido, me parecía un género degenerado por su carácter irreparable, mientras que el futuro me suscitaba en paralelo una pereza tremenda y fatalista, equiparable al rechazo que un carácter no doblegado por el miedo a estarse quieto experimentaría al verse conminado a disputar una carrera de obstáculos en pos de un agujero negro. ¿Necesitaba yo correr tras el jadeo universal que ya tenía en mí? 

Repudiados con encono de réprobo todos los deberes, repudiados hasta descomponer el deseo de perseguir placeres de los que no sin desgarro me autoexcluía, apenas quedaba vigor en mí para el sufrimiento de elegir entre arrancarme de la escena o afianzarme en el montaje; a nada, por ende, me resistía más que a tomar ese arbitraje. En modo alguno quería ser voluntad y menos aún duración a voluntad. Segundo a segundo, demoraba en este dilema escueto mis eternidades de prisionero. Sujeto a la caverna de mi mente se agitaba la ferocidad de un animal de destierro cazado por la vida.

Así estridulaba yo y así callaba, cargado de profundidades que anhelaban saltar más allá del tiempo a través de lágrimas en las que nunca lograba persuadirme de la mucha ausencia invocada desde la escasa presencia que era. ¿Debería asombrarme por haber dedicado la energía de las cuatro décadas que atesoro a traicionar mi predisposición al abandono con el quebranto exacto transmitido por el pesaje de los actos? Ser una báscula de la Creación y no ser infiel mal que me pese, he ahí la tarea en que he fijado mi tara. 

6.12.16

¿PARA QUÉ MÁS?

Jan Matejko
Preguntaron a un asceta: «¿Cómo ves el tiempo?» Respondió: «Descompone los cuerpos y renueva las penas».
Yosef ben SABARRA
El libro de los entretenimientos

No debe tenerse en mucho la vida si dispuesta se la quiere a soportarse.

*

No te pierdas por ganar una posición más respetable, respétate por ganar tu posición más genuina, que como bien sabes no es otra que la de hallarte fuera de lugar.

*

Intimemos con el pesimismo sin sentirnos pésimos por no ser óptimos para creer con optimismo en las tribulaciones de los males logrados y de los bienes malogrados. Reconozcamos en el tenebrismo filosófico la manera menos fraudulenta de contemplar la desolladura de ser lo que somos entre bichos, sabandijas, quimeras y follajes.

*

El desdoblamiento es la trampa lógica de la mente porque también lo es del medio donde atrapado está el que cavila.

*

Pretender que fondo y forma sean a la par originales e inteligibles es algo reservado a los genios; quienes no lo somos, a trancas y barrancas le arrancamos algún espasmo reseñable a la mediocridad.

*

No estar por la labor de ser legible a toda costa, pero saber entregarle con luminosa pulcritud todo el significado a quien se decida a dar un salto de comprensión a la oscuridad.

*

El del libelo es un género en que se hacen digresiones impersonales en un tono que compromete en demasía lo personal; el autor de máximas y sentencias morales, en cambio, es brillante cuando tiene el acumen de hablar de sí mismo de una manera tan impersonal que resulta ineludible sentirse objeto de sus reflexiones.

*

Siéntese peregrino de la eternidad el genio humano cuando lo es sólo de la historia, y aunque por él se deslizan misterios infinitos viajan tan vacíos como el aliento que cada quien ha de llenar con la fecundidad de su imaginación.

*

Lo escucho de soslayo en una taberna: «Absolutamente todo conduce absolutamente a nada». Y me muerdo dando un trago las ganas de replicar: «¡Absolutamente indemostrable!». Por todo y por nada, mejor así.

*

A todos oigo demasiado alto, incluso enclaustrado en la distancia. Los kilómetros de soledad, más que silenciarlos, traen a rachas esquirlas de sus voces a los bagazos que de ellos llevo conmigo.

*

Nuestro apego a la ventriloquía del yo nos impide sufrir, como hacen otros animales, en silencio. Añádase como cargo a la causa general contra la especie humana.

*

Cuando alguien jactancioso abre la boca busco el punto débil de su exposición y ataco sin piedad sus reductos. Sería injusto que tuviera conmigo mayor deferencia.


«Las leyes se hicieron para los malos», he vuelto a leer en Zabaleta, quien procura dar a entender que la razón de las mismas está en favorecer la buena conducta. Quizá le faltara suspicacia para denunciar que las leyes han sido hechas, no en menor volumen, para que a ellos, los malos, no haya desvelo de ajena probidad que los debele. A la ley concebida como el orto de la negociación, como derecho, siempre la ha precedido la ley de Caín que honra al asesino, alaba las potencias eruptivas de la discordia y detesta la mesura.

*

Mejor que las leyes vigentes en un Estado explica el estado que allí reina el hecho de que acudan antes al siniestro la policía y los gacetilleros que las ambulancias.

*

Respetar la virtud de una exigencia ética en una situación en la que sería más rentable no tenerla en consideración o más fácil seguir el reclamo primario de la emoción, equivale a reservar una parte de la realidad a una perla de sentido insobornable por el yo y por el tú; representa una ofrenda a lo más acendrado y sutil que puede dar de sí la naturaleza humana: génesis creativa de la consagración, aptitud para el prurito de un hacer sacro, de hacerse venero de venerables detenimientos.

*

Cuanto más se posee materialmente tanto más fácil es arruinarse espiritualmente. Lo inverso, por supuesto, no es necesariamente cierto: a muchas miserias solo se ajusta el alma miserablemente.

*

Andar en busca de la aprobación de los demás ¿acaso no supone corromper el valor de la propia búsqueda de la verdad?

*

Bueno es que la conciencia de los desastres que acarrean las pasiones ocupe el trono donde se hacían obedecer.

*

Alto es el precio de mantener la coherencia, pero la incoherencia —uf— se puede pagar con la gloria.

*

Quien tras el éxito corre quiérelo todo menos el propio exĭtus, salir de todo.

*

No es fácil conquistar a otro si no se cree esperanzado.

*

Más allá de su propia conveniencia las personas inteligentes quieren aprender; las restantes se contentan con lo que saben, que suele ser menos de lo que piensan y aún menos de lo que les convendría pensar.

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Si en vez de redes las llamaran redadas sociales, ¿se sentirían más seguros los atrapados en ellas? Uno se permite rayar el desvarío al conjeturar que alguna clase fisgona de demiurgo creó unos cuantos espíritus libres y a los demás, sencillamente, los puso en línea.

*

Ya que tanto desdeñan las hordas directivas a los trabajadores, ¿por qué no desdeñan explotarlos igualmente?

*

Si supiéramos hasta qué punto exacerba la fe política o religiosa el anhelo de machacarnos y de machacar a otros, es muy probable que nadie depusiese por ello su furor, pero al menos se condenaría al ostracismo del pudor el exhibicionismo de tanta doctrina nociva.

*

Erigir monumentos a los déspotas u oponerse a su retirada cuando su mando funesto ha concluido es loar el fratricidio. En un perímetro que daría para varias horas de viaje desde el centro donde escribo todavía son muchos los monumentos de este tipo que quedan en pie y muchos más los tipos que siguen berreando himnos torvos a sus pies.

*

No adherirse al mundo, a ningún mundo, es la clave del dominio interior y de la valentía exterior.

*

No hacer planes tampoco evitará la experiencia de la decepción de sí mismo por no haberlos cumplido, pues siempre quedará latente y sin consuelo la incertidumbre de saber de qué hubiera sido uno capaz de tomarse un poco en serio su existencia.

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Las decisiones más reflexivas no pueden producir más que efectos incompletos, acordes por otra parte con nuestra incompleta composición de la realidad, mas una decisión desviada puede encerrar más justicia que una conveniente y un tropiezo revelar más esplendor que un avance.

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Muy excepcionalmente acompaña la grandeza a los humanos y nunca se la ha visto emparejada con quienes viven obsesionados con no ser pequeños.

*

La Tierra es maternal, por eso mismo no es de fiar. Gira y gira con el ansia de su vientre feraz, agitada por un hambre infernal de seres a los que solo puede abrazar en la tumba y amar como carburante.

*

¿Qué te hace pensar que la vida es mejor destino que la extinción? Por abismal que sea la verdad, es en la fragua de las profundidades presentes en cada ser humano donde el espíritu se descubre retado por los enigmas de la naturaleza, que son también los suyos, y asediado por las lacras de una trayectoria evolutiva demasiado vetusta para cambiar de programa y demasiado joven para dejar de batallar contra los númenes sublevados de la clarividencia.

*

Una característica del sentimiento temporal de lo inmutable es que a medida que los años empujan hacia delante generando un interés menguante por el futuro, la atención se desplaza simultáneamente hacia atrás en cuanto incumbe no solo al recorrido de las propias vivencias, sino al campo de las imantaciones históricas.

*

Permanecen más las huellas de las patadas que de las caricias recibidas. Habrá que acariciar más fuerte y golpear más flojo.

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«Atente al consejo de tu corazón, porque nadie te será más fiel», preconiza el nada mal percutido Eclesiástico. Que un coro puede arder en el pecho con cada repique es canto sabido; el error acusmático de quien escucha las varias voces de su corazón está en creerlo dividido en acúfenos cuando apenas rompe a multiplicar sus armonías.

*

Encuentro que la voluptuosidad de perder irremediablemente a la persona amada pertenece a un orden anímico muy superior no solo a la voluntad de conservarla, sino de mimarla, y no obstante, ¿qué superioridad cometería la bajeza de disuadirnos de cuidar a quien nos cuida?

*

Si a juicio del mordaz y habitualmente preciso lord Byron «el amor es lo único que hay que ganarse en la vida, todo lo demás se puede conseguir robando», ¿qué decir de robarse a sí mismo echando a perder el amor ganado? Al igual que se puede vivir sin ilusiones, todavía es posible amar cuando esa facultad funciona solo a expensas de conmover otras, entre las cuales alguna debe haber que contenga la gentileza de devolver más de lo que uno se sustrajo.

*

Ni siquiera en un sentido metafísico soy esposo de mí mismo, como a veces he bromeado aparentar. Para quienquiera que haya pretendido hacerme suyo —yo el primero—, he sido siempre lo que seré, un metal de aleación imposible.

*

Creo que mi existencia carente de propósito es el premio por la execrable afición a los trofeos que padecen mis coetáneos.

*

Hago del día el confesor de mis desilusiones y de la noche la magia de poseerlas.

*

Llevo conmigo el recuerdo de los abismos perdidos como una mancha en mi expediente de fracasos, como un triunfo por la espalda del instinto de preservación.

*

Solamente conozco un modo de ser indulgente con los demás: ser severo conmigo. También conozco los modos de muchos que son severos con los demás porque nada saben que no sea ser indulgentes consigo, lo que de ninguna manera constituye un hecho insólito: a quien no soporta la disciplina en el estrato interior de la conciencia no le resulta incómodo el ejercicio de la arbitrariedad en el exterior.

*

¿Qué dios me ayudará a creer en mí mismo? ¿Qué dios podría convertirme a esa misión sin destruirse? Estoy hecho para desatarme del acto, no para la responsabilidad que desde mico no he dejado de sentir como una empresa de lo más insidiosa.

*

«Trabaja ahora de vivir de tal manera, que en la hora de la muerte puedas antes gozar que temer». Con esta y otras meditaciones de Tomás de Kempis, hacederas como pocas en la adversidad, rizaría el rizo de mi calvicie si al desabrigo de lucirla entendiera que blasfemar contra la supuesta sacralidad de la existencia no es solo un hábito displicente o una especie de herejía contra la divina comedia de la biología, sino más bien un tónico para no doblegarse ante los vahídos pasajeros que comporta ser sensible al trasfondo del erroroso vivir.

*

Vivo en el frenesí de la esterilidad, de una vigorosa anulación de proyectos, del deseo de aprender a petrificarme sin tedio a cada instante y a humillarme ante el cansancio de un modo tan perfecto que ocasione, por sí solo, mi deserción de la materia.

*

Hay lágrimas en cada uno para coadyuvarlo en la disolución del propio ser, un terrón de sal abandonado a toda suerte de espejismos.

*

Soy duro, pero no duro tan solo. También soy tierno. El hueso sin carne no se sostiene.

5.12.16

CINCUENTA BOCADOS MÁS

Eyvind Earle, Hidden Valley
Concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.
Reinhold NIEBUHR
Plegaria de la serenidad

1

Si pude ser normal, no lo recuerdo; lo que difícilmente olvidaré es que la normalidad me ha perturbado desde que fui puesto en funcionamiento por un acto de lo más común.


Acaban teniendo dueño todos aquellos que no saben ignorar la coerción de sus propios deseos.

3

¡Cómo perdería el tiempo si dejara de dedicarlo a no hacer nada! 

4

A broma tómase uno de joven la misma dimensión temporal que lo abruma en tanto se va agotando. 

5

La presunción de inocencia para la natalidad es cualquier cosa menos un buen punto de partida para la concordia entre los nacidos.

6

Procuremos perfeccionar la moral, no abolirnos en ella ni abolirla en nosotros.

7

Aunque solo sea porque el mal es de una vulgaridad hiriente, debería uno distinguirse por la voluntad de ser bueno. 

8

La angustia del devenir humano ha de ser combatida con armas puras porque no hay angustia que pueda instalarse en el alma sin haberse intoxicado antes con algo impuro. 

9

Para ser excelsas, las buenas acciones han de ocultarse como pecados. 

10

El influjo lunar sigue actuando cuando la luz diurna opaca el astro que lo provoca. Así debe ser la inteligencia del sabio. 

11

A la sabiduría que no se siente trágica solo le queda el embozo del nombre para no saberse irrisoria. 

12

Puesto que en todos los climas éticos hace un tiempo pésimo, téngase a mano siempre un abrigo de impavidez.

13

Verdaderas riquezas son las que, lejos de agotarse, aumentan cuando son regaladas.

14

Quien aumenta su propia fama se venga de sí mismo creyendo vengarse de sus enemigos. 

15

Piensa como si fueras inmortal y actúa, en consecuencia, como si fueses a morir ya. 

16

Ningún hombre es pequeño cuando está solo ni grande cuando está en multitud.

17

Distinguir al necio del lúcido es el primer atisbo de inteligencia. Obrar sin semejanza con el primero, una señal de lucidez. Aceptar que la lucidez es tan voluble y perecedera como la necedad, casi puede llamarse sabiduría. «Y experiencia llamamos a descubrir que lucidez y necedad suelen ir con frecuencia y hasta con agrado de la mano».

18

Adquirir cultura única o principalmente como medio de engreírse es más propio de bárbaros, de libertos y de sujetos entroncados en linajes endogámicos que de espíritus dignos de ser cultivados. 

19

¿Duda metódica? Salvar al método de la mordedura de la duda es una canallada propia de intelectuales hipotecados, no de pensadores audaces. 

20

Sabe el filósofo por anticipado que no encontrará respuestas que satisfagan el disenso de sus interrogantes; sabe, antes de nada y después de todo, que su saber consiste en formular preguntas de manera que no caiga sobre ellas la losa de una conclusión.

21

Menospreciaba en público cada día un hombre prominente a otro de humilde oficio. Aguardó este la ocasión de confrontar jerarquías dirigiéndose a aquel cuando lo vio empavesado por los acólitos que solían lisonjearlo: «Mi trabajo es un defecto para ti, pero tú eres un defecto para la humanidad».

22

Descuidado habita en uno el valor de la felicidad cuando es feliz y añorado se aquilata contra uno cuando no lo es. 

23

Tan seguro del truismo que ahora lees debes estar de que la suerte sonriente también mostrará el diente.

24

Tanta soberbia hay en la renuncia a las ambiciones que solo por sarcasmo contra sí mismo puede el orgullo reconocerse superado por el orgullo de negarse. 

25

Cada invierno que pasa afloja una vuelta a la memoria y aprieta otra vuelta a la fatiga de seguir. 

26

Con la edad mi pensamiento se vuelve más flexible y mi corazón menos indulgente... ¿No sería lo contrario sino una mueca prolongada de la adolescencia?

27

Ingenuo a pesar de los pesares, quizá me consienta envejecer por averiguar si la vida, tras haber cruzado ciertos umbrales, empieza realmente a ser llevadera. 

28

Tan malo como estar enfermo es no poder estar a solas con la enfermedad. 

29

Morir es la razón última de la vida y perder la razón la primera razón de la existencia. 

30

Antes argumento que reglamento y mejor, sin condimento, la cruda percepción del momento. 

31

Ni edictos ni decretos, ni derechos ni deberes, son elementos necesarios para el espíritu que obra con justicia. 

32

Queremos burlarnos de la razón cuando la poseemos para poder burlarnos de nuestras burlas cuando la perdemos.

33

¿Qué científico se permite hoy entender su labor como una senda de iniciática desobediencia destinada a sacudir el sonambulismo de los pueblos, de ese vulgo que va donde lo lleva la usanza de una opinión, y a despertar la curiosidad entre las gentes por canales donde todo acatamiento de un poder transitorio conlleve traición al afán imperecedero de saber?

34

Los reinos invisibles del espíritu le han sido proporcionados al humano para poder visualizar en ellos su ruina como criatura y su grandeza como creador —su ruinosa grandeza, cabría decir.

35

Quien traza fronteras es el miedo, obstinado como está en crecer a costa de parcelar lo inaprensible.

36

La unión no hace la fuerza, sino la masa; la fortaleza solo se logra de la unión de uno consigo.

37

Poco importa lo que mucho importa si depende de que importe más su importe que lo incalculable de su importancia.

38

Las más valiosas experiencias solo terminan de adquirir entidad en la melancolía que sobrevive a su declive y las proclama suyas, justamente, porque las ha podido perder.

39

Las realidades que más empujan a la rebelión son aquellas que más emparentan al inconformista con su verdadera naturaleza.

40

También define a los dogmáticos el hecho de que resistan mejor el ataque furibundo de sus rivales que el desdén de los sabios.

41

No más que las causas victoriosas, a las que soy inmune, me convencen las causas perdidas: prefiero estar de parte de los perdedores sin causa.

42

«He orientado mi vida fuera del sentido que me ha prescrito. He invalidado mi futuro»: así pensaba de sí mismo el Cioran de los cuadernos póstumos y así es como he pensado yo desde mi negativa a recibir la primera comunión, cuando estrené con un inagotable sentimiento de agravio la obligación de fabricar una vida.

43

Cuanto más consciente se hace uno de los menores detalles de su ser, mayores motivos encuentra en sí mismo para desistir de una carne en la que nunca faltarán circunstancias para maldecir el error de haber nacido.

44

Tan fútil como perseguir una idea cuya expresión se nos escapa es darle al fin alcance con ayuda de la gramática. La competencia del estilo es embellecer el momento de la captura, proporcionarle su agógica, y si esta licencia creativa rige para las palabras, aún más para el encuentro fatal entre la conciencia y la existencia. 

45

Mejor que el terror que nos degrada es ceder a la impasibilidad donde el terror se degrada. 

46

La enormidad de los sacrificios humanos de la última centuria es apenas la llovizna que precede a la tormenta venidera de masacres cuyo espanto, antes que contradecir la condición de nuestra especie, ratificará en la historia que la depravación, con preferencia al aniquilamiento, constituye su más sibilino propósito, su egrégor.

47

Si los totalitarismos fueron en el siglo XX respuestas simplistas a problemas sociales complejos que se vieron magnificados hasta tener desenlaces funestos, en el siglo XXI la santificación de la democracia, el culto a la celeridad y el denominador cibernético global se adoptan como remedios fáciles frente a una clase de retos que la jurisdicción creciente de los ovillos humanos solo puede complicar de una forma que malamente conseguimos imaginar.

48

Cuando está exento de participación en el patrimonio nacional de envidias, el español tiene su mayor achaque en la propensión a conducirse, por activa y por pasiva, por hipertrofia del espíritu territorial y por atrofia del territorio espiritual, como un arrogante gilipollas, lo cual no significa que deje de serlo cuando padece, aunque lo llame de otra manera, el patriótico vicio de envidiar al vecino. Ganivet: «Hay que arrojar aunque sea un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos».

49

Mi ceño fruncido es más fuerte que mi sonrisa descosida. Soy un enamorado de la Serpiente, de la bicha que a veces baja del Caduceo y enrosca la lujuria de su conocimiento a la Cruz. Tres símbolos en los que veo a la inteligencia erguirse a través de la densa vastedad de los sufrimientos que ha recorrido para adquirir la iluminación.

50

Despedir el año más ligero de existencia será siempre una razón de peso para brindar por el comienzo del siguiente.

 
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