20.10.16

ESCOLIO A LA TIMOCRACIA

James Tissot, The Ruins (Inner Voices)
Vergüenza, di, ¿dónde está tu sonrojo?
William SHAKESPEARE
Hamlet

Todo el mundo se queja de la corrupción en el ámbito de la política nacional porque todo el mundo (menos el casi) la practica en la política particular de sus ámbitos. La idea de que el funcionario de medios y altos vuelos no enriquezca su patrimonio con mordidas es, bien lo sabemos, un escrúpulo moderno frente a la viva impronta dejada en los usos y costumbres oficiales por una forma de gestión que se remonta al influyente Imperio romano. La propia fiscalidad, en ausencia de un contrato revisable y revocable entre el Estado y el individuo, tendría que ser considerada ya en concepto, ya en acción, como la madre de la corruptela, pero su funcionamiento draconiano (prerrogativa del fisco es confiscar) va tan clavado en los contribuyentes que incluso, escogiendo un par de gotas en un mar muerto de vivos ejemplos, se acepta como algo lícito pagar un canon anual a la autoridad constituida por la vivienda donde uno habita en propiedad, o abonar por las ondas de la conversación el infame quinto real del latrocinio: he ahí otra victoria del músculo legal sobre el sentido moral.

Si la carcoma institucional del peculado fuera en verdad tan insólita para nuestros coetáneos, no se haría de ello el escarmiento mediático del personaje corrupto que permite al votante no solo balitar su indignación frente al escándalo, sino desviar puntualmente hacia otro la censura que debería hacer de sí mismo, máxime cuando los parlamentarios son engendrados por la ilusión colectiva (o mandato popular, según los optimistas) que los ciudadanos han inseminado en las urnas en un contexto donde la malversación de fondos públicos, el cohecho, el cabildeo y la prevaricación son cualquier cosa antes que posibilidades imprevistas. Para erradicar este conjunto de lacras de la actividad política, preciso es poner de manifiesto que el primer corruptor es la persona que responde a la movilización del censo con su derecho al sufragio. Y como medida auxiliar a otras de tipo penal, que ningún voto sea secreto con el fin de que pueda hacerse responsable a su emisor de abonar la parte alícuota del erario defraudado por los representantes electos de su partida, quienes nunca hubiesen llegado a estar donde están sin el aval de la complicidad con los de abajo.

La fatalidad de la timocracia es repetirse, si bien justo es reconocer que unas veces se repite peor que otras. 
 
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