30.11.15

A TODO JOB

Y sollozas con la violencia del torturado para quien las mismas letras tiene un no que un sí.
Juan POZ
Lo inefable

Nada existente factura apoteosis libre de humillación; nada encumbrado por la existencia permanece fuera del dolor donde afirma sus apoyos y donde los perderá. La libertad frente al tormento no yace en un almadraque relleno de esperanzas, ni embozada está en el amor a las partes abofeteables del sí mismo; ni siquiera los heroicos mitigantes de laboratorio o alguno de sus análogos endógenos sirven para poco más que refrigerar el ánimo quemado y barnizar con impasibilidad los daños contraídos, pero es legítimo recurrir a todos ellos, y aun a otros de discutible catalogación y nombradía, mientras no se haya dispuesto atentar contra el padecimiento de vivir. A la fuerza, el primer acto de libertad coincide con el último.

No alientan por lo común las dichas un estado superior, en duración y en resistencia, al de una burbuja jabonosa que flota inconsciente del reventón que la busca. Sufrido indicador de que la realidad es la jugada maestra de la pesadilla lo proporciona el optimismo antropológico cada vez que intenta ajustarla al sueño de una utopía, sea en la política, en los negocios, en la moral, en el coto del hogar o en el pontón proscrito de la identidad personal, espacios cenagosos donde la gravedad de la materia y la fatuidad del ideal tienden a maridarse con métodos a los que debemos una prolífica historia de penuria y ajusticiamiento. Parece que el Demiurgo tuvo presentes en el estro de su alfarería directrices semejantes a las de Richelieu, quien opinaba que conviene hacer «caminar a la pena delante de la recompensa porque, si es menester privarse de una de las dos, será mejor deshacerse de la postrera que de la primera».

Pongo como un hecho inequívoco que nadie, por benévolo que se quiera, perdona los descalabros ajenos, si por perdonar se capitula la entrega del lamento y de su causa a un recipiente emocional no emparentado con el fastidio. Porque desgracias cercanas turban las propias y la empatía, leal en el infortunio, acusa también molestia en la premura por zanjar el mal, acciones dirigidas a asaltar a quien sufre para dedignarlo después de haber mosconeado a placer sus llagas, por no mencionar los gestos arrojados a competir en el papel de víctima cuando acezan modos gangrenados de envidia, no son estilos adicionales de respuesta, sino los corrientes, inconfundiblemente humanos procederes con el lastimado. La calamidad del otro atrae en un principio y termina por importunar. Si el sujeto estragado no encaja en el concluyente dictamen de que «algo habrá hecho para merecerlo», tiene a su favor una enorme probabilidad de que algo hará para desmerecer nuestra ayuda. No por capricho, los filtros biológicos y culturales de la selección han premiado a los serviciales solo en el caso de invertir sus esfuerzos en seres reconocibles como progenie; para el primado de los genes lo que cuenta es que las pendejadas del ciclo de la reproducción sean exitosas. Es trivial que revienten durante su labor, lo crucial es relevar a los remeros para que la galera prosiga su derrota.

Otra forma de contemplar la evolución es descifrando su astucia al haber afilado uñas con caricias y dientes con besos. Solo en ambientes muy restringidos la generosidad y el cuidado mutuo definen la norma, así que nada tiene de anómalo que una especie criada en la mentira lisonjera de hallarse en el ático de la cadena trófica dé pábulo a la industria criminal de la naturaleza. La vida sin relato es un cuento, puro terror que despedaza tantos personajes como autores... ¡Que el azar nos proteja de aquellos que trabajan por nuestro bien!

Cada uno pinta el paraíso a la medida de lo que le falta. No debía andar escaso de cabalgadas de alcoba el artista desconocido que entre músicas, manjares y coloquios galantes puso incluso un dragoncito panza arriba en este asexuado Edén. La obra está datada hacia 1410 y se conserva en el Städel Museum de Fráncfort del Meno.

28.11.15

OJOS DE VUESTROS OJOS

La ciencia, creada por los sabios, no exigía más que aquello que los sabios eran capaces de realizar. Ahora es la vida, que no piensa en los ideales, la que nos impone sus exigencias. Con una severidad enigmática, nos dice, en su lenguaje mudo, cosas que jamás habíamos oído, que ni siquiera habíamos sospechado.
Lev SHESTOV
Filosofía de la tragedia

Más allá de su capacidad para tejer continuidades aparentes a partir de cascotes de realidad, la tarea crucial de la conciencia no es sosegar a quien la alberga, sino perturbarlo. Sin la extensa panorámica que despliega su actividad fotosintética sobre las tinieblas circundantes, las cuestiones últimas de la existencia y de cuanto esta contiene se estancarían en las categorías de lo que ha sido mecanizado por el torno de las costumbres, dentro del cual es fácil ceder al hechizo de la pertenencia a un colectivo especial, privilegiado por la posesión de un acervo poco menos que sagrado, cuando lo único cierto que se adquiere bajo el contacto redundante con los lugares comunes es un intelecto en trance de paulatino amoldamiento.

Quienes hemos escogido a conciencia el bien de no hacer mal de progenie nos hallamos, en sociedad, abocados a ser destinatarios de unas atenciones tan amorosas que se aproximan a las dedicadas a cualquier desertor en una cultura imbuida de herrumbrosa prosapia castrense. Otra manera de decirlo es que las poblaciones nunca legislan pensando en aquellos que deciden omitir su tributo a la especie en concepto de aportación sacrificial al rito de la descendencia, una suerte de franquicia o alianza de sufridores que encarna como institución la supernova en la pléyade de actos que conforman los momentos estelares de acatamiento perruno del clan, pues su mayor triunfo consiste en la camada resultante de aparear el destino propio con los ajenos desatinos.

Demófobos, misántropos, antinatalistas y todos los espíritus delicados que saben lo que cuesta la hominización, no solo contribuimos con nuestro esfuerzo cotidiano al mantenimiento de servicios de los que jamás se beneficiarán los hijos que no tenemos y nada, salvo unas migajas, recibiremos cuando los hijos de los demás nos desplacen; en el mejor de los casos, somos y seremos catalogados como forasteros que merodean por la vida exentos de las cargas y complicaciones que conlleva comprometerse con una empresa de perpetuación filial. A tal punto esto es cierto, que en provecho del mismo espíritu de adhesión a la manada los integrados no atenuarán las ocasiones de cobrarse cara nuestra libertad. A modo, quizá, de respuesta adaptativa este menosprecio concertado responde a la doble misión de disuadir a quienes puedan sentirse tentados de reproducir el hábito de la esterilidad en vez de las cadenas de la fertilidad, al tiempo que se identifica una desviación de la norma útil para marcar las ventajas de prolongar la interdependencia grupal. La belleza estatuaria de no hacer, el dolce far niente, será siempre motivo de vergüenza para la mentalidad multiplicadora, que reprueba el comportamiento evasivo en la superficie porque, en el fondo, lo envidia.

Como las condiciones sociales no son, en propiedad, sino espejos mutantes de la condición humana, ninguna revolución, por sublimes que sean sus presupuestos y partidarios, eliminará la mortificación consustancial al ser lacrado de conciencia ni la explotación concomitante del dolor, así que no cabe esperar de las mudanzas de paradigmas un planteamiento más equilibrado de la cuestión, aunque sí medidas más resolutivas contra los renuentes a participar en la natalidad mientras este torcimiento sea cebado como un derecho natural. En cuanto al hipotético valor añadido que las nuevas generaciones, gestionadas como inversión de futuro, aportarán a la comunidad cuando se incorporen a las funciones exigidas en la etapa adulta de su desplome, causa pavor pensar en la profusión de niños malcriados, o simplemente malnacidos, que camparán convertidos en los abyectos del mañana. La posteridad es, en el presente, la apuesta más segura del débil; la pesadumbre, la debilidad que el fuerte ha de arrostrar sin otra seguridad que su extinción cerrada a las derivaciones, si bien puede hacerlo desde la ironía intemporal que le aporta entenderse con hombres de otras épocas, de cuyo ejemplo póstumo tomará no menor retribución mediante la facultad de mirar a sus coetáneos como seres subyugados por industrias despreciables condenadas a repetirse. La hormigonera evolutiva, ya se sabe, pide chicha.

Pese a sus graves delitos responsabilidades, la sociedad de los procreadores celebra a luces llenas sus homicidios diferidos y ha aprendido a realimentarse de relaciones simbióticas con entidades de distinta índole, sobre todo religiosas, que a cambio de siervos espirituales santifican sus propósitos: el cuarto mandamiento mosaico da serio testimonio de ello. Hecho significativo al respecto es que muchas familias no dudan en dejar a sus escolares en manos de sectarios que se ocupan, entre otras lindezas, de adoctrinar a los pequeños en la deuda que la humanidad tiene con un tipo andrajoso y ladrón de miradas, traumatizado por la glotonería del protagonismo, que se propuso redimirla de sus pecados y hubo de movilizar cielo y tierra hasta conseguir que lo asesinarán; no es prescindible que sea una concesión al absurdo si consideramos que la enseñanza confiada a estas madrigueras de exaltados también se encarga de inculcar la obligación de honrar con mansedumbre a los ascendientes, además de explicar la actividad sexual como un trámite asqueroso que debe subordinarse a la fecundidad.

Si se trata de valores que puedan ser amplificados con el fin de lograr una reanimación cualitativa de la convivencia, hablemos de lo que supone ser honrado fuera del productivismo incoado a pretensión de los imperativos bíblicos. A mi juicio, la honradez implica, junto con otras estimaciones proclives al incremento de la percepción, la firmeza necesaria para que la obra de conocerse a sí mismo comience por la base de no tolerarse añadir ladrillos a la casa de horrores que llamamos mundo; se domicilia, si es penetrante, en un celibato de raíz filosófica.

Por la riqueza de connotaciones me he decantado por la Niña con máscara de muerte (ella juega sola), de Frida Kahlo, después de comparar este óleo con la aporía despatarrada en Mi nacimiento, donde algunos críticos han querido ver una representación de Tlazolteotl, la Gran Madre de los aztecas, que aquí podemos apreciar disfrutando de las típicas cosquillas del parto. Como en mí no hay espacio para tanta crianza maldita, sacudo el retintín reprobatorio de mis letras con estos derrotes burlescos de Cab Calloway, el inigualable médium de la Cotton Club Orchestra:

 

26.11.15

POTESTAS CLAVIUM

¿Qué otra cosa sino la lágrima puede servir de espejo a quien perdió el paraíso?
Emil CIORAN
El libro de las quimeras

No soy contrario al uso reservado que pueda hacerse de las religiones porque me declaro abiertamente defensor de morder la manzana de las drogas, mas triste favor se habilita quien olvida el tipo de digestiones que producen los excesos a nuestra naturaleza larvaria. De escuálidos a rollizos según se torne la voz genérica del ansia en sus posibilidades particulares, somos gusanos de pomar podrido y, por ello, el ahínco consagrado a disociar el culmen devastador de la embriaguez teísta tiene ganada ya, como razón verídica, la impostura de querer ocultar todo lo que presentan de terrorífico los ideales cuando reciben el bautismo de la acción.

Cuanto menos se comprenden las máscaras de Dios, más caras hemos de penar las campañas de los encaramados a ellas.

Con esa vena confiada que a veces nace para regresar a sí misma en los espíritus bronceados por trombas de vísceras y obuses, Jünger recalcaba que «para el sabio, para el iniciado que la toma en su mano, la serpiente de la muerte se transforma en cayado, en cetro». Menos halagüeñas, aunque igualmente reveladoras, lucían en el morro algunas navajas españolas sus persuasivos oficios de ofidio: «Si esta víbora te pica no hay remedio en la botica». En la imagen, Vipera aspis, título y especie coinciden como un ejemplo perfecto de la armonía entre el protagonismo absoluto de los seres y la veneración visual que Guido Mocafico transmite a su obra.

24.11.15

MERIDIANO PARA LELOS

Edith Rimmington, The Decoy
La vida es una broma, como vemos en todo.
Así lo creía antes, ahora lo sé.
Epitafio de John GAY

Muchos de nuestros congéneres —los científicos también— no vacilarían en adjetivar como milagroso un fenómeno que denota de forma prolija su origen avieso a quien ha rebasado las estructuras convencionales de procesamiento mental: el cosmos ha instigado a una fracción autoconsciente a indagar el resto de la creación sin permitirle recabar otro resultado que el de figurarse atrapada en la maraña cambiante de sus propias realidades, acerca de las cuales nada esencial puede saber ni esquivar.

Tanto da que el pensamiento, dueño y servidor de sí mismo, sea el cuchillo del espíritu si la naturaleza es una carne que solo se deja trinchar haciéndonos picadillo.

22.11.15

COPAS, DAGAS Y CAMISAS DE ONCE VARAS

Pavel Titovich, Chess
Una señora envió a decir a un caballero que la requería, que en quien ella pusiese su afición había de tener estas cuatro eses: sabio, solo, secreto y solícito. Respondió el caballero que a la que él se aficionase le habían de faltar estas cuatro efes: que no sea fea, ni flaca, ni fría, ni floja.
Melchor de SANTA CRUZ
Floresta española

No hay más que una comunicación universal auténtica: el intercambio de los cuerpos por el lenguaje secreto de los signos corporales.
Pierre KLOSSOWSKI
La moneda viva

Chuck Norris no lo considera sexo si la mujer sobrevive. 
Hechos sagrados de Chuck Norris

Hecha la intención, no la garantía, de soslayar el peligro de incurrir en el simplismo o de abundar en la teatralidad que reina en el comportamiento mostrado por ambos sexos, debería aceptarse en sentido amplio, no exclusivamente anatómico, que las mujeres cogen y los hombres penetran. Dejemos de introducir homologaciones mentales donde no las hay y seamos francos con nuestras diferencias no menos que lo somos con nuestras equivalencias reconociendo que el derrotero evolutivo de nuestros organismos, al margen de la dimensión erótica de cada cual (que es precisamente aquello que la fantasía añade a la naturaleza con la esperanza de empujarla a perder la cabeza), ha consolidado oblicuidades de género que persisten sobre el principio de economía energética incardinado en forma de instituciones familiares y de capas de prejuicios concebidos para proteger el traspaso generacional de paquetes culturales.

Todos acudimos al mundo incompletos, una tara universal que incita a rastrear en los otros un horizonte de alivio, fascinación y exuberancia, aunque también a toparse con una fuente antropomórfica de monotonías, discordias y repugnancias, por decirlo en alto contraste. Descuidando el influjo de la complejidad de las relaciones llamadas humanas como si careciésemos de precedentes en los rigores de esta aborrecible empresa, hoy nos enseñan a creer que la solución a los conflictos latentes entre roles masculinos y femeninos está en la lima de sus rasgos distintivos conforme a un prototipo unisexualista que, en verdad, ha fracasado al querer reemplazar con propaganda la índole ahorquillada de nuestra herencia biológica. Y si para la nueva normalización de la conducta privada, que sigue las pautas técnicas de belleza sanitaria y económicamente correcta, la represión sexual obedece a códigos que ya no están a la altura de las circunstancias, «la sexualidad sigue perteneciendo ampliamente al orden de lo inconfesable; o se pregona con demasiada fanfarronería para ser creíble, o se oculta por miedo a parecer torpe en un tiempo en que la intimidad se ha convertido en un deporte de ostentación», según el diagnóstico que comparto con Pascal Bruckner.

Giovanni Boldini, Descansando en una cama de día
La práctica totalidad de las mujeres que conozco (lo bastante diversas en edad, peculio, condición social, educación, creencias y temperamento como para componer una muestra representativa), utilizan la sexualidad como puente para lograr alguno o varios de los objetivos que me limito a enunciar de un soplo: elevar la autoestima, afianzar sentimientos de implicación mutua, influir sobre el juicio de quienes toman como amantes y obtener gratificaciones, manutención o compromisos de seguridad, sin olvidar el insensato y más veterano oficio de esta cárcava; no el de puta, sino el de madre. Las huellas de su experiencia en el campo sexual parecen resaltar una idea recurrente desde épocas ancestrales: que el sexo, cuando se maneja la versatilidad de una vagina, es un medio adaptativo susceptible de ser aplicado estratégicamente antes que un fin en sí mismo autolimitado a satisfacer el apetito libidinoso. Así pues, no sorprende que con tales intereses recocidos entre las ingles las damas suelan tener en baja estima a los rijosos, que se sitúan en el extremo opuesto debido a su obsesión de perseguir el sexo por el sexo, sin menoscabo de que esta volatilidad los haga fáciles de muñir llegado el caso. A menudo el sátiro es juzgado a la ligera como un misógino porque no oculta el hastío que le produce frecuentar la compañía de una mujer si esta no es apta para suministrarle correrías abiertas a la voluptuosidad. En cambio, por tentador que sea el goce extraído del juego carnal, la expectativa que tiende a percibirse desde la cavidad del fuero femenino podría formularse en estos términos: ¿para qué entregarse sin materializar mejor conquista que un acto de conexión efímera expuesto a riesgos innecesarios?

Octavio Ocampo, Sueño de la sirena
Sugiere una comparación poco alentadora descubrir, que al contrario de lo que sucede en las comunidades de bonobos, la vida sexual entre humanos se haya desplazado hacia la clandestinidad en vez de funcionar como un bálsamo capaz de atenuar las tensiones de la vida social que aún confiamos al desastroso arbitraje de las inhibiciones morales. Pero más pintoresco es que dentro de nuestros atributos específicos las mujeres resulten virtualmente inagotables en potencia sexual frente a los hombres, demasiado falocéntricos pese a su ardiente capacidad para sobrevalorar las maniobras venéreas en la pura impregnación de su crudeza, sin necesidad de subordinar la física fruitiva a mayores propósitos que la excitación sensorial y sus correspondientes desenlaces.

La conciencia del lascivo que se adentra en el vacío forrado de caducidad del cuerpo receptivo es tan laxa como el pensamiento de quienes se aferran a la voluntad de imponer un orden trascendental a una existencia que continuamente se desbarata. De ahí que no encuentre inverosímil concluir con el supuesto de que la lujuria signifique servidumbre para el varón y dominio para la hembra más de lo que sus afectados están dispuestos a admitir...

La insolente Jantipa a lomos de Sócrates
Por descontado, este bluf comparece con la empinada razón de invitar a derribarlo. De favor es declarar que en él no subyace otro deseo que el de aguijar a las bragadas hasta hacerlas, con suerte, rezongar sobre mí: «Listillo, te vamos a joder únicamente por placer».

19.11.15

VIGOLEROS DE PARROQUIA

Carlos de Haes, Restos de un naufragio
El enemigo es la personificación de nuestro propio emblema.
Carl SCHMITT

Cunde en Occidente un prejuicio engañoso, fruto de esa manipulación que halla goloso combustible en el despiste, según el cual existe un islam moderado que es adverso a otro espurio e integrista, cuando lo cierto es que las escuelas musulmanas vinculadas a una lectura blanda o esotérica del Corán no refrendan los versículos que advierten contra la desfiguración del mensaje revelado por Alá. De ellas todo lo que puede admitirse en su descargo es la suposición de haber elaborado interpretaciones que proceden por reacción a la extenuante puerilidad del texto original, que yo he manejado a la sazón en la versión castellana de Isa García.

Y no mezclen la verdad con falsedades ni oculten la verdad a sabiendas (La Vaca 2, 42).

Insultante para el estudioso de la obra, salvo que entienda el objeto de su análisis como una confesión de sarcasmo, ha de resultar que la escritura dictada al iletrado Mahoma por el «Compasivo con toda la creación, el Misericordioso con los creyentes» (El Inicio 1, 1) contenga suficientes exhortaciones contra el infiel como para justificar, sin titubeos, cualquier iniciativa destinada al exterminio del disidente:

Den muerte donde quiera que los encuentren, y expúlsenlos de donde los han expulsado a ustedes, porque la opresión es más grave que combatirlos (La Vaca 2, 191).

A los que rechacen la verdad, de nada les servirán sus bienes materiales ni sus hijos ante Dios. Serán combustible del Fuego (La Familia de Imran 3, 10).

A quien desobedezca a Dios y a Su Mensajero y no cumpla con Sus leyes, Él lo introducirá en el Infierno donde morará por toda la eternidad y sufrirá un castigo humillante (La Mujer 4, 14).

Quien combata a Dios y a Su Mensajero sepa que Dios es severo en el castigo. Eso es lo que merecen recibir, y sepan que los que se niegan a creer recibirán el castigo del Infierno (Los Botines 8, 13-14)

Si se arrepienten será mejor para ustedes, pero si se rehúsan no podrán escapar de Dios. A los que se negaron a creer anúnciales que recibirán un castigo doloroso (El Arrepentimiento 9, 3)

¡Oh, Profeta! Lucha contra los incrédulos y los hipócritas, y se severo con ellos (El Arrepentimiento 9, 73) 

Dios ha comprado a los creyentes, a cambio del Paraíso, sus vidas y sus bienes materiales que ofrecen por la causa de Dios hasta vencer o morir (El Arrepentimiento 9, 111)

¡Oh, creyentes! Combatan a aquellos incrédulos enemigos que habitan a su alrededor, que comprueben su severidad (El Arrepentimiento 9, 123)

Quien obedezca a Dios y a Su Mensajero, Él lo introducirá en jardines por donde corren ríos. Pero a quien deserte, Dios le dará un castigo doloroso (La Victoria 48, 17).

Los verdaderos creyentes son quienes creen en Dios y en Su Mensajero, y luego no vacilan; quienes luchan por la causa de Dios con sus bienes materiales y sus personas (Las Moradas 49, 15).

¿Qué valor de antítesis conceder entonces a los momentos en que se vuelven explícitos los límites del encono?

Y combatan por la causa de Dios a quienes los agredan, pero no se excedan, porque Dios no ama a los agresores (La Vaca 2, 190).

Por otra parte, el integrismo de los yihadistas no es muy distinto del practicado fuera de sus fronteras por los sobrinos de Sam, nuestros amigos, en su piadoso empeño por globalizar la visión mercachiflada del mundo y una cultura que se asusta más del sexo que de los rifles. Entre la avaricia de las alianzas atlánticas y la ira de la fraternidad muslim, con la amenaza terrorista de fondo reinyectada como excusa preventiva para poner el funcionamiento del Estado en modo dictatorial, los espíritus menos inflamados de ardores dogmáticos nos vemos atrapados en la tenaza de dos concepciones fundamentalistas dignas de ganarse el desprecio de cualquier razonador independiente. ¿Fin de las ideologías? ¿Disolución de las ortodoxias? ¡Ojalá! Si el nihilismo fuese un punto de partida interior más popular, mínima audiencia tendría la fauna rezandera con su flora de idolatrías compitiendo por la hegemonía de esta malnacida peonza desprovista de apeadero. «Pensar es difícil; es por eso que la mayoría de la gente prefiere juzgar», podría ilustrar Jung. De las fuerzas que los humanos desplegamos como animales paradójicos obligados a actuar entre los problemáticos límites de nuestra naturaleza y las posibilidades ilimitadas del pensamiento, decisiva es la facilidad para abrazar un socorro de trascendencia, por absurdo que sea, antes que aceptar la ausencia de un sentido intrínseco al ser confrontado consigo mismo en todas sus variaciones de indigencia.

Transmisión profética de la kalima

Dentro del marco de la mentalidad monoteísta no debe obviarse que situación análoga a la señalada dentro del movimiento sarraceno ocurre en las filas del catolicismo, pues no son extraños los devotos de esta ficción clavada a dos tarugos que sienten honesta vergüenza cada vez que se traen a colación los crímenes impulsados de hecho o amparados en lo moral por la Iglesia, como fue el apoyo al genocidio liderado por Franco durante la represión postbélica en España, por no remontarnos demasiado en el historial delictivo del clero. Gente decente la hubo incluso en las porquerizas del nacionalsocialismo, pero eso no dice nada en favor de las creencias profesadas, solo ejemplifica que el buen temple subsiste a pesar de ellas. En el caso aludido, se trata de creyentes provistos de sensibilidad que representan, a lo sumo, una aventura por cuenta propia y de ninguna manera una demostración de que la Biblia carezca de ingredientes definidos por el odio sanguinario al hereje. Basten para dar contraste las siguientes perlas de fanatismo escogidas entre otros llamamientos a la barbarie:

Perseguiréis a vuestros enemigos, que caerán ante vosotros al filo de la espada (Levítico 26, 7).

Tomamos todas sus ciudades y dimos al anatema todos sus lugares de habitación, hombres, mujeres y niños, sin dejar con vida uno solo (Deuteronomio 2, 34)

Así hará también Yavé, tu Dios, con todos los pueblos que tú temes. Aun tábanos mandará Yavé, tu Dios, contra ellos, hasta hacer perecer a los sobrevivientes o a los que se escondiesen (Deuteronomio 7, 19-20)

Los hijos de Israel quemaron la ciudad con todo cuanto en ella había, salvo la plata y el oro y todos los objetos de bronce y de hierro, que pusieron en el tesoro de Yavé (Josué 6, 24).

No piensen que he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz, sino espada (Mateo 10, 34)

Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y aun a su propia vida, no puede ser mi discípulo (Lucas 14, 26).

A falta de perjurio que las disienta, las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo y mahometismo, por orden cronológico de invención) disponen de sobrados elementos doctrinales para fomentar la guerra santa contra quien se atreva a plantear resistencia a las actitudes canonizadas en sus respectivos manuales de ayuda a zelotes y pirómanos. No parece improcedente, en consecuencia, que Bergoglio haya calificado de blasfemos a quienes usan la violencia con fines propagandísticos y que el presidente de la Conferencia Episcopal Española, con ecolalia de papagayo, tampoco se haya demorado en subrayar las palabras del jesuita animando públicamente a no atribuir a los recientes atentados de París una motivación fervorosa, sino un acto de profanación, quizá por temor a que se aplique a su secta la misma lógica que podría dejar a sus jerarcas en la más bochornosa evidencia de culpabilidad si en la balanza, además de ponerlos como beneficiarios de negocios sucísimos relacionados con los cárteles de la droga y el tráfico de armas, se los muestra como los legítimos herederos materiales e intelectuales de matanzas cuya envergadura histórica bien quisieran ostentar como trofeo sus rivales más temerarios en la lucha por el monopolio de Dios. En compensación, honrado es reconocer que, privado de la astucia papal, jamás hubiese prosperado en los surcos de las centurias un régimen axiológico que se resume en menos de diez vocablos: «El que no está conmigo, está contra mí» (Mateo 12, 30).

Agitado en la explosiva confusión entre literariedad y literalidad, cuanto más incuestionable aspira a ser un culto menos solvencia espiritual desarrollan sus apologetas. En una sociedad consciente de la amplitud y perseverancia de la maldición humana, bajo el mérito buscado de que nadie sea dueño de nadie, debería ser un mínimo moral no añadir sufrimiento al sufrimiento. ¿Puede alguno de los credos mencionados ajustarse a este criterio elemental de convivencia?

14.11.15

ZOOTROPISMOS

Petar Meseldžija, The Bull Fight
Conozco a estos antropoides desde hace largo tiempo, y los veo como personalidades distintas. Ellos me conocen igualmente bien y me pagan con el mejor cumplido que puede anhelar un investigador: tratarme como a un mueble.
Frans de WAAL
El mono que llevamos dentro 

Mientras templo la magra carne de mis brazos asestándole cisuras de sable al respirable, mi gata me observa con la misma curiosidad desapasionada, casi desdeñosa, que yo dedicaría a los hinchas de dos equipos rivales matándose a golpes en las gradas. 

A buen seguro los humanos somos más monos de lo que pensamos, los monos más humanos de lo que sospechamos y, siendo como es un territorio abonado de mezquindades donde el sentido crítico ralea para mayor cosecha de celo, en la esfera de las decisiones políticas que toman los simios de nuestra especie contadas y diminutas se presentan las fisuras favorables a la intervención de la templanza y relatividad escépticas.

Entiendo que uno pueda ser demócrata si, cuando menos, está integrado en una mayoría social o adherido a la ilusión gregaria de construirla, pero de alguien que se declara pesimista porque siente atravesado el incorregible calvario de la condición humana y, por consiguiente, el desarraigo de cualquier proyecto político, lo más proselitista que debería escucharse son las concienzudas recusaciones propias de un misócrata capaz de escupir la flema de su desacato sobre todos los tronos, carnets y banderas no en clave de retador, sino como sujeto consciente hasta la indiferencia de lo que valen estos vulgares códigos y exhibiciones de poder. «Los mismos prejuicios que aplican antropoides y niños para organizar sus relaciones siguen en juego en el mundo humano adulto», explica el primatólogo citado en el acápite.

Como creo en los actos de fuerza tan nada como en los actos de fe, haría mejor en decir que no creo en la doble naturaleza de la voluntad política: ni en la fuerza que la funda, ni en la fe que la secunda (o a la inversa, que también sucede); tampoco en la nostalgia de una politeia ideal o en una supuesta Edad de Oro regenerada de cuya evocación activa, por inusitado que parezca, no estuve exento en mis pretéritas militancias, antes de que llegara a comprender en toda su hostilidad que la confrontación en el seno de los pueblos no se establece entre izquierdas y derechas, centros y periferias, ricos y pobres, élites inescrupulosas y masas prensadas por economías latrocidas. Sin negar la porción coyuntural de evidencia estructural que pueda darse bajo la óptica de estas dicotomías, la escisión por antonomasia dentro del orden de picoteo constatable en la barahúnda causada por los civilizados se manifiesta en la aplastante respuesta inmunitaria del sesgo mayoritario contra las expresiones minoritarias. Por eso el individuo acompañado de sí mismo en la certeza de su soledad, una de las pocas con que cuenta en su peregrinaje por tierra de sicarios, fanfarrones y lacayos, siempre será objeto de las embestidas de alguna multitud dispuesta a prodigar sabiduría por doquier.

Puesto que la evolución gira en torno al éxito reproductivo, un mecanismo que se revela más frío a medida que se ensancha su análisis de campo, ¿por qué condenada razón alguien como yo, que se niega a dar continuidad a sus genes, habría de estar interesado en las ventajas de acceder a una posición de prestigio e influencia en la jerarquía de una comunidad de la cual, inútil es ocultarlo, obtiene con sumo esfuerzo un repertorio de estímulos cada vez más deprimentes?

A diferencia de otros mamíferos dotados de pulgares oponibles, los humanos son muy propensos a pensar su conducta en términos de libertad sin variar en consonancia la forma de actuar basada en hábitos rudimentarios, como la procreación y la lucha por el rango, que los subordinan a pesadas servidumbres. Se enciende así el momento de recordar las benditas palabras de San Buenaventura, conocido en su ambiente como Doctor Seráfico: «Cuanto más alto sube un mono, más se le ve el culo».

12.11.15

MORIR DE FÁBULA

Teresa Esgaio, Water
Creo que nuestro cuerpo no es sino las heces de nuestra mejor parte.
Herman MELVILLE
Moby Dick 

Nado en compañía de otros bañistas, a quienes me une en holganza la concordia de una familiaridad perfecta para rasgar el vientre de un lago cuyas aguas, enmarcadas por un bosque de hoja perenne, son teñidas de serenidad por los pigmentos del mediodía. La caricia del fluido y su acogedora viscosidad, incrementada por el coloide de partículas aromáticas que la flora circundante derrama, confieren a la piel una sensación oleosa, placenteramente placentaria, que la incipiente brisa, ligera aún de fuerzas vespertinas para distorsionar las ondulaciones causadas por nuestros movimientos, bruñe en los volúmenes que dejamos asomar de nuestros cuerpos.

Con un gesto que quisiera concretar el abstracto sentimiento de alborozo me sumerjo describiendo una voltereta, pero el giro no se completa nunca y la gracia de la sacudida inicial se transforma en una pérdida completa de la facultad para discernir si subo hacia la luz o desciendo hacia la sombra. Durante este desplazamiento ajeno a la física de las coordenadas espaciales ya no pienso, soy sólo un envoltorio pensado y lo que piensa dentro de él me descubre que no necesito respirar. Tras la instintiva turbidez nerviosa provocada por el nuevo estado, cedo los conatos de tensión a las dimensiones elásticas de una quietud que volvería penosa, inacabable la menor acción de resistirse.

¿Qué será de mí? Nunca reprocharé que se diga, donde mejor flote la dicha, que sigo ahogado.

10.11.15

PASARÁN, CLARO QUE PASARÁN

¿Qué es un hombre en la naturaleza? Una nada frente al infinito, un todo frente a la nada, un medio entre nada y todo. Infinitamente alejado de comprender los extremos, el fin de las cosas y su principio le están invenciblemente ocultos en un secreto impenetrable, igualmente incapaz de ver la nada de donde ha sido sacado y el infinito en que se halla sumido.
Blaise PASCAL
Pensamientos

Entre los relámpagos de oscuridad que jalonan la existencia no hay pensamientos verdaderos ni falsos, solo grados de implicación entre visiones fatales e inanes fantasmagorías. ¿Hemos de encarecer que a lo largo de estos dos milenios Lovecraft haya sido el único autor de mérito capaz de imaginar nuevos dioses si, para ello, tuvo que zambullirse sin remilgos en un horror que se extiende, en efecto, más allá de la realidad convencional, pero siempre desde el más humano rapto de consciencia del acá? Con el cristianismo y su deidad trivalente el teatro del empíreo dejó de ser un espectáculo digno del hombre, quien hubo de replegarse sobre las convulsiones de su propia mente para colmar las necesidades derivadas de su incurable mitomanía. Considérese con rigor lo que hemos perdido a partir de entonces y, antes que acomodarse a la idea de que Dios se ha retirado de la función o reabsorbido en la escena, debería uno plantearse si tamaño engendro aún no ha nacido, o si acaso sus dolores de parto coinciden con la agonía de la interioridad a manos de la primera persona del plural. Secuelas o precuelas de un extraño gnosticismo a tenor del cual no puede renunciarse al teorema de que «vivimos en el sueño de un retrasado», tal como alega el compañero de nihilencias del heterónimo firmamente.

Frente a la imparable molienda del yermo y su reptante asedio de arena ni siquiera ya es factible contraatacar parapetado en la supuesta inviolabilidad del sujeto. Incluso para adaptarse a los sistemas de agregación que esta época exige el individuo ha de horadarse a sí mismo de talones a coronilla. No sorprende que los puentes que tendemos hacia los demás acaben siendo derruidos por quienes están llamados a transitar por ellos, es solo cuestión de tiempo que irrumpa la circunstancia favorable a tal desastre, de ahí que el sentido prístino de la fidelidad estribe en una infrecuente disposición para ir y venir a la intimidad del otro con delicadeza, actitud que se sitúa en las antípodas de la posesividad y de la absurda disipación de fuerzas que supone hacer de la prepotencia un principio normativo sobre el resto de los enfoques. ¿Puede darse noticia de una atmósfera más aborrecible que la de un espacio superpoblado de egos que se afanan en multiplicarse a través de medios virtuales después de haber polucionado a rebosar los cauces orgánicos de seres? Quizá haya una relación directa entre la ineptitud de los contemporáneos para crear dioses y su facilidad, ciertamente morbosa, para procrear pobres diablos. Abocados como estamos a lo último, donde nada vale nada y todo está en pugna de puja, la confianza en los cálculos de la racionalidad no es menos engañosa que la embriaguez de ir en pos de cualquier invitación a diluirse en lo irracional.

Corresponde al cuerdo ocuparse de ocultar con categorías como la unidad, la finalidad, la utilidad, la seguridad y la pervivencia los restos de una anquilosada concepción moral del mundo que el loco, en plena fosforescencia extática, no puede renunciar a constatar de modo controvertible, pues sabe como ninguno que somos hijos del yerro y no se le escapa que nadie anda más equivocado que quien se siente ufano en sus fueros por la filiación a un patrimonio de poderes incuestionados. Hablando en plata, plomo: la aversión y la adoración mantienen a cada uno larvado dentro de su cráneo así como la Tierra, calavera nodriza, contiene en un abrazo invisible la totalidad de las cabezas, rehenes crujientes a la espera de ser aplastados. ¿Qué somos sino un estrato geológico ambulante próximo a quedar sepultado tras el frenesí de la movilización planetaria que ha pretendido optimizar hasta el colapso el rendimiento de cada minucia en provecho de una noción triunfalista del devenir? Nadie podrá decir que como fenómeno histórico fuimos admirables porque como modelo evolutivo somos un descalabro que el conocimiento, en tanto que ambiciosa topología del vacío, solo puede conducir al suicidio de una rebelión estéril. Nadie descifrará la piedra de los vestigios humanos porque nuestro futuro es tan apodíctico como el olvido del olvido que lo vaticina...

Más fácil es vencer con deshonor que perder con altura. Lo importante no es haber tirado la toalla, todos debemos hacerlo por mandato cósmico; importa la gracia de caer componiendo una figura donde se aprecie que allí se muere sin culpa porque se ha vivido sin miedo, porque se asume que bien puede ser este el instante postrero y hoy no toca espantarse por cosa tan rancia.

Hace más de quince vidas, cuando todavía escarbaba pictogramas en la médula de lo inconcebible, di color a esta Momia, que se asemeja en estilo a otras incursiones gráficas que guardo en el desván, como son las presentadas en Susurros y libaciones y en el Glosario.
 
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