21.4.15

ABANDONAD TODA ESPERANZA QUIENES AQUÍ ENTRÁIS

Salvator Rosa, Lo spirito di Samuele evocato davanti a Saul dalla strega di Endor
¿Qué lágrima no has helado en mis ojos al brotar?
Esteban ECHEVERRÍA
Himno al dolor

En cada espíritu hay un eje alrededor del cual quisiera hacer girar las estrellas: no se culpe al ahorcado por los caprichos de la soga.

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Todo lo más, el mundo se muestra generoso para fecundarnos con irrealidades que nos abortan lo habido por lo imposible.

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La necedad acompaña al ser humano no tanto para simplificarle la travesía como para cerrarle los ojos al abismo que lo rodea.

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Como en todo gesto de misericordia, lo más repugnante de la limosna es que obliga a arrodillarse a quien la pide y a inclinarse a quien la da.

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Lo que Dios quiere limpiar con el perdón del hombre es su propia imagen; justo lo que el hombre, consciente de ser un mal plagio, no puede perdonarle.

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Dios ha sido siempre la invención del Maligno; que se pueda pensar lo contrario es ya en sí mismo un acto diabólico.

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Nadie perdona a los conversos su cambio de rumbo, excepto los dioses que se renuevan con el furor de los recién fichados.

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La virulencia de su fe radicaba en no perdonar a Dios por haberlo creado, virulencia que Él contemplaba ufano como el ganadero que ordena ordeñar a sus reses rendimientos de bravura.

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Tan sólida era su rectitud, que por amor a la verdad creía sus propios engaños antes de divulgarlos.

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Creer y conocer son conceptos inversamente proporcionales hasta que quienes conocen creen conocer sin creer.

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Todo lo que vemos con los ojos puede cegarse con un par de monedas.

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El amor al lucro no respeta el amor a otra cosa; no ama otra cosa que una productiva privación de respeto.

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Modeladoras de la nuestra son las miradas de los demás que ora con esto, ora con aquello, nos van poniendo en la cara el culo del disimulo.

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Para la miseria alimentaria se habilitan comedores sociales; para la indigencia moral, palacios.

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Todos los infiernos nacieron siendo ideales, de ahí que detentar un cargo en algún infierno sea un ideal imperecedero.

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Ni robo ni derecho: la propiedad es un cebo.

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Que la riqueza no la generan los ricos es evidente, pues solo a los que no lo son se les hace pagar por todo.

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Izquierdistas y derechistas participan por unanimidad en la estrechez bipolar de un mismo juego trucado: mientras la izquierda sirve para que quienes tienen poco crean que pueden llegar a mandar, la derecha procura convencer a quienes tienen mucho de que lo perderán todo si no gobiernan contra los desposeídos.

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Nunca faltarán calvos que digan a los melenudos cómo deben peinarse.

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El profesor lo llamaba estúpido por no saber leer, y el estúpido era él por pedírselo a un sordomudo.

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Bajo el hechizo de una mentira perfecta todo cuanto es veraz parece rotundamente falso.

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El único modo de sacar una chispa de verdad consiste en empuñar dos mentiras y hacerlas chocar.

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¿Su fallo? Acertar demasiado en el ajeno.

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El lugar de un hombre libre no está en la sociedad, sino en las leyendas, las fosas comunes o las cavernas.

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La libertad que no duda de sí misma se asemeja sospechosamente al conformismo; la que ni siquiera puede albergar dudas es, sin duda, el disfraz de lo opuesto.

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No te extrañe oír balidos en las calles si desde que vienen al mundo los transeúntes son esquilados.

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Incluso un cuchillo embotado es tajante para la espalda donde penetra.

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Dotarse de amplias visiones se expía con la cortedad de quienes al mirar lo mismo que vemos nada ven más que sus sombras.

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Hay terrícolas tan invidentes que con el cielo raso no ven la noche que envuelve al Sol en pleno día.

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Si en la religión halló el pueblo su botica de opiáceos, en la democracia tiene su tasca.

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¿En virtud de qué añagaza sofística se ha llegado a persuadir a tantos de que estar sometido a una mayoría de amos es más justo que padecer el absolutismo de unos pocos?

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Los siervos convocados para elegir a sus señores no son menos siervos, solo menos irresponsables de serlo.

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Nada mejor que la democracia para trasplantar dictaduras sin que el tirano se manche de barro.

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Ningún sistema democrático se resiente por las extravagancias políticas de sus ciudadanos, incluso podría pensarse que forman parte de su código de distracciones siempre y cuando no se prodiguen adversas al club económico que succiona los beneficios e impone las pérdidas al resto.

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Quizá sea exagerado hablar de ingeniería financiera para referirse a los banquetes bancarios y, sin embargo, en ningún otro festín logra el ingenio que las resacas e indigestiones de los que se atiborran sean sufridas únicamente por los excluidos del sarao.

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Luchar contra la pobreza no es tratar de destruir a los ricos según el fiero propósito que exhiben los arrollados cuando los pintan sus verdugos, sino crear las condiciones necesarias para disolver el terrorismo organizado que encumbra a los arrolladores.

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La justicia nada tiene de proverbial, salvo la maldición en que se convierte para quienes no pueden comprarla.

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La cultura nunca ha estado en los libros, que a lo sumo la condensan, nace de la actitud con que los autores hallan, desmontándose a sí mismos, las claves de los otros.

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Dado que en este mundo todo anda del revés, la ignorancia bien puede ser laureada con erudición y la sensibilidad desarrollarse sin el bautismo de las letras.

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Inmenso es el poder acumulado en los libros, un poder que igual pone peldaños al espíritu en su ascenso que le hace una cama ensoñadora para adormecerlo del mundo, mas todo su poder es insuficiente si se compara con el ganado a las alturas por quien escala la montaña de la experiencia sin confiarse a otros oráculos que el rastro, aún legible, de los héroes caídos que partieron antes que él.

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Vivir es todo lo que uno hace consigo cuando no tiene tiempo para trabajar.

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También mientras dormimos hacemos callo.

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A la llamarada de lucidez le sobran todas las palabras, menos aquellas que la propagan de un cerebro a otro a través de la oscuridad.

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Multiplicar no los genes, sino los memes, hasta que no haya cabeza humana que los meta en categoría.

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¿Qué opinión cabe formarse de esa moral tan extendida que reprueba la posesión de armas y carece de reparos para homenajear a cualquiera que añada la carga de su prole a la bomba demográfica?

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Para muchos, el individuo vale como eslabón de una cadena ancestral; es decir, que el valor de uno resulta ser, exactamente, cero sumado a muchos ceros.

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Que algo se preste a usos potencialmente peligrosos no establece nada en favor de su prohibición. Y si estoy equivocado, a todos los usuarios de lápices y objetos punzantes, entre otros innumerables ejemplos, se los debería condenar por conducirse temerariamente contra la salud pública. A tenor de estas providencias, los calabozos pronto acabarían llenos de gente honrada; para los promotores del horror y la chusma que lo ejecuta, su sitio estaría, respectivamente, en el gobierno y a sus órdenes directas... más o menos como ahora.

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La diferencia que media entre los partidarios de la civilización y sus detractores se ciñe a una cuestión de fechas: mientras los primeros quieren dilatar a cualquier precio la extensión temporal de la humanidad, los segundos abominan demorar su hundimiento de manera tan catastrófica, pero ambos realizan su juicio desde un presagio compartido: el ser humano no sobrevivirá a los desvaríos que define como progreso.

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¿Cuántas veces veremos al optimismo conceder el nihil obstat a los proyectos monstruosos que nos empujarán de la mediocridad al exterminio?

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El origen nunca ha abandonado su presencia en nosotros y remite desde siempre a un final pavoroso.

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El progreso no ha hecho nada para evitar las carnicerías humanas en aras de una ambición mezquina o tras el botín de un ideario bárbaro, pero ha vestido a sus oficiantes con alta costura y edificado con cánones tan asépticos como impersonales los templos donde se deciden las masacres.

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Cada ideología escoge herramientas de martirio a su medida y algunas hasta el cinismo de ostentarlas en sus banderas como símbolos honrosos del trabajo manual.

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En esta época que ha elevado el cotilleo al rango de mito y cultiva la denuncia como en otros tiempos se celebró la epopeya, las huellas más profundas no la dejan las mentes de mayor hondura, sino los bestias que cargan con mayores crímenes.

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Primero perdí la cabeza por amor y luego perdí el amor por traerlo de cabeza.

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Dicen que la distancia mata el amor y yo lo despedí en la cercanía. Tanto nos juntó la pasión, que no hubo más aire que respirar entre nosotros.

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Le ofrecí un café con la exclusiva, gloriosa intención de convertirme poso en sus labios.

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Por bueno que sea el afecto, lo mejor que podemos obtener de él es una esposa con quien traicionar a la bella dama, que algunos llaman libertad, con quien podíamos retozar solteros y estériles.

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¿Para qué abrasar a un hereje si con la misma cantidad de madera se pueden empapelar más disidentes bajo un alud de acusaciones infamantes?

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Ante el hallazgo que estremece escandaloso, no temo que me lo roben, prevengo que me lo imputen.

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Las marionetas del presente son más fáciles de manejar que las de antaño: en lugar de cuerdas, están sujetas a las ondas de sus teléfonos.

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La impotencia difícilmente engendrará valores que la superen, pero sin su intervención las pretensiones humanas serían menos espantosas.

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Con el mucho mundo le menguó el alma; no esperaba menos de un nómada compulsivo encaramado a la cima de una pirámide cuya base flotaba en un hervidero de cocodrilos.

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Era un hombre tan chiquito, que para verse grande reducía a los demás hasta dejarlos hechos unos votantes.

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Aun en sus ronquidos había arranques tan despóticos y reveladores de la acritud de su temperamento, que lo más amable que podía hacerse por su persona era silenciar su respiración con la suavidad de una almohada.

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Desear que una dictadura implante su mano de hierro solo para darle a nuestras obras la oportunidad de delatarnos.

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No se puede tener independencia de ánimo sin militar en el ostracismo.

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Cuando los arrabales se cubren de un espeso silencio que las moradas de los mortales, cerradas por dentro, mantendrán intacto durante horas, el eco de sus propias pisadas es causa de acojone para el merodeador que anticipa a otros insomnes su rastro.

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Si abres tu hogar a quien no has invitado creerá que tiene permiso para quedarse cuanto desee con cuanto quiera. La hospitalidad que no empieza por uno mismo es un timo.

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Con la realidad uno nunca sabe a qué atenerse: encarándola, el impacto frontal nos romperá hasta las muelas; dándole la espalda, nos sodomizará a traición; presentándole el costado, la acometida de soslayo está asegurada.

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Cuando los pilares de la convivencia se derrumban y afloran sin restricciones las heces acumuladas en sociedad, la consideración a detalles de orden mínimo —descargar el retrete público, apagar la colilla en el cenicero, hacer uso de los intermitentes, etc— adquieren una resonancia mística que nos devuelve a fragmentos una confianza en la condición humana que acaso nunca tuvimos; son momentos cristalinos en que uno, sin dejar de dar por perdida la guerra contra las tinieblas, carece de razones para permitirse perder la paz.

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Entre los motivos de raigambre que se arguyen para ser cívico, rara vez se menciona el sabotaje nacional que ser bien educado comporta en un país donde la villanía hace coz y mendrugo del reino nuestro de cada día.

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En vano acusarás a la mierda de ser mierda, como en vano esperarás de ella respuestas limpias; averigua quién la produjo y muéstrale el camino de regreso.

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Toda sandez supone una amenaza para la inteligencia... para la ajena, claro.

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Que la exuberancia de tus frutos no te haga olvidar las ramas desnudas que los sostienen.

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Si nuestro reflejo cobrara vida más allá del espejo, nadie en sus cabales retrasaría el armisticio con su doble.

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Somos todo lo que arroja leña al fuego de nuestro drama interior.

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No todas las alboradas aportan bastante luz para despejar las brumas de la víspera, ni todos los crepúsculos extinguen los fulgores que el día más lúgubre intentó ocultarnos.

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No olvidéis, queridos míos, despertar antes de soñar.

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Si para el piojo el paraíso es disponer a su antojo de caballeras mansas e infinitas, ¿a qué fabulosa criatura se aferra el ser humano para haberse figurado la redención como una beatitud inmarcesible en un vergel celestial?

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¡Qué inmensidad la del que escapa por el ojo de la cerradura!

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Estar vivo no demuestra que no se haya muerto; como la inocencia, solo es algo que se presume...

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El tiempo nunca pasó; lo que pasó fue el tiempo de contarlo.

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No hablaré más del eterno retorno, sino de simultaneidad velada en vida de los tiempos cruzados por la proa de un ahora que nos mantiene ocupados tras el mismo instante que no abarcamos.

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La realidad es una chincheta dentro del zapato cuando hay que seguirle el ritmo con el pensamiento.

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El corazón es horadado por el pensamiento de una forma que ningún sentimiento, real o simulado, puede llenar.

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El pensamiento que no hace añicos la razón solo es un simulacro de emergencia tras el cual se desactivan las alarmas de la conciencia.

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Después de todo, no es de asombrar que se batalle por ser los últimos Aquí antes que los primeros Allí. La naturaleza se hace más fuerte en la rata de alcantarilla que en el león de circo.

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De la mañana a la noche, las rutas de la soledad son patrulladas por milicianos del pensamiento unidireccional. De la noche a la mañana, el solitario prosigue su túnel sabiendo que alguien lo escucha escarbar un laberinto.

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Comodoro en la tragedia, el delirio es útil para que el extraviado en el desierto desfallezca antes que el sensato incapaz de divisar un horizonte que acelere su agonía.

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El insecto suspira por la belleza de la flor donde se posa sin vislumbrar que su anfitriona anhela seguir con su fragancia el vuelo itinerante del plectro que la tañe.

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En las charcas de mi arte las musas, como el prudente Pilatos, se lavan las manos. ¿Qué veo en tales espejos, después de haber sido revueltas sus aguas con caricias tan desdeñosas, sino la conciencia diciéndose a sí misma que necesitaría varias vidas para poder vivir una sola?

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Veneno de veneros en los que zambullirse, hay que perder la vida para ganar al hombre que perdimos en ella.

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¿Hay futuro? También piensa en lo que hará mañana quien ha de morir hoy.

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Somos, fundamentalmente, una especie excretora: poco aptos para encajar en algún hábitat natural, necesitamos vertederos que digieran cada metro civilizado y cárceles donde vomitar a quienes recorren el artificio con el paso cambiado.

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Conocí a un paisano al que le crecieron unos hongos en el glande que las mujeres se disputaban por lamer en busca de sus efectos prodigiosos como rejuvenecedor facial, pero a diferencia del manido cuento, de él nunca salió un príncipe porque las ranas encantadas eran ellas.

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Patria y tapiar comparten, en nuestra lengua, los mismos ladrillos, pero la arquitectura es la misma en cualquier idioma.

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El odio al foráneo no manifiesta un excesivo apego a lo propio, sino un indiscutible desconocimiento de lo diferente... cuando no el temor inconfeso a reconocerse en aquel a quien se detesta.

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Solo en la profusión de comodidades que auxilian el hastío de sus pueblos aventajan los países occidentales a las naciones aplastadas en la carrera global hacia el patíbulo.

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Del viento esperamos que se lleve nuestras palabras taradas y deposite en suelo fértil las que sentimos memorables aun a sabiendas de que nadie ha verificado jamás que sepa distinguirlas del incansable ulular con que barre la historia.

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¡Qué triste y grotesco espectáculo escuchar al más infeliz de los esclavos maldecir el absentismo de quien renuncia voluntariamente a todos los amaneceres!

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Ni la siega de la muerte nos iguala como el llanto descarnado del nacimiento. En la muerte, unos y otros se ajustan a lo que en verdad son, y si el hombre de acción se acongoja por lo que no ha sido, en el hombre clarividente se atisbará la gratitud de una sonrisa por lo que no será.

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Fantaseo con un bostezo que me transforme en agujero negro...

16.4.15

EL KAFIR

Hay que morir unas cuantas veces antes de poder vivir de verdad.
Charles BUKOWSKI
La gente parece flores al fin

Hablo sin asidero de alquibla: clávense en ella los bizcos deudores de dioses rencorosos, a mí me basta un horizonte despejado de razones y miedos humanos para hundirle la mirada al pantano de los absurdos.

Mientras los dogmáticos hacen violencias para lograr que la realidad coincida con el sesgo preconcebido que tienen de las cosas y deben a su debe ser el comienzo por la negación de lo que es, este infiel, que ni siquiera se ha formado una idea cabal de la torre de corazones despoblados que viene alzando para insertarle amplitud a la hibernación, comprueba cómo esa misma realidad que nunca ha coincidido con él lo persigue, reiterando sus grutas, cada vez que la acusa de no haberlo persuadido jamás. ¡Menudos adhesivos gasta la bífida!

Un náufrago rodeado por cordilleras de espejismos que escala hasta donde emerge el paso en falso, colono solitario de una isla mental cuyos accidentes nadie ha pronunciado en voz audible para el pensamiento, no se hallaría en el incógnito paradero donde he venido a libar, con lentitud de besos secos, los silencios del denuedo que hoy marchito en pago por el ayer inverecundo. He sido responsable de acciones feas, pero en ninguna de ellas he invocado en vano al Grande —la gente impía solo tiene fe—; también he tallado un grial de hazañas nobles y a todas las uní en la intimidad de la vorágine con mi lamento por carecer de un Señor de altura a quien honrárselas.

«Somos burbujas de eternidad, ecuaciones de espuma en la muerte», recuerdo haber escuchado orar, con la nariz en las grietas de sus cimientos, a Diego Rayo, una de mis pieles en el palimpsesto caligráfico. Tiempo es ya de admitir que el quizá se ha vuelto y que un sí sumado al viento de estos andurriales absolutos es admitir que estoy perdido en el bosque porque el bosque, previamente, se perdió en mí...

Por mis iris, esta vez no permitiré que las cosechas de mi lobreguez se malogren tras las birrias de una alegría.

Krishna, que significa Negro o Supremo Atractivo según la fuente consultada, danza sobre el nagá Kaliya, semidiós irascible con cuerpo de ofidio al que acompañan sus ocho esposas rogando clemencia. La ilustración procede del manuscrito Bhagavata-purana.

15.4.15

COITOS TRASROSCADOS

August Brömse, La vida que huye
San Pedro Damián, en el siglo XI, en De bono religiosi status et variorum animatium tropologia, relata el caso del Conde Gulielmus, quien tenía un querido mono que se convirtió en amante de su esposa. Un día el mono se puso «enfadado de celos» al ver que el conde se quedaba con su esposa y por ello lo atacó fatalmente. Damián afirmó que le fue narrado este incidente por el papa Alejandro II y se le mostró una criatura nombrada Maimo, que, según ellos, era la descendencia de la condesa y el mono.
Leído en la entrada Humancé de la Wikipedia.

A todo aquel que, como este corruptor de mayores, se repiense híbrido ñeque que deambula entre un aborto frustrado y un suicidio por consumar, lo llevará a mal traer que los salvavotos vuelvan a estrechar la esclerótica atención pública con embriones inseminados de episcopado. ¡Qué fetos ni qué niños muertos! En una sociedad que se quiera respetuosa con la soberanía individual, tendrían que habilitarse las garantías necesarias para que nadie pueda usar la fuerza de la ley con el propósito de imponer a otros el deber de gestar contra su voluntad, mandato que cuando se produce allí donde solo prospera el más vulgar fanatismo —es decir, aquí mismo— resulta moralmente equiparable a la violación e implica, además, la peor de las calumnias si, para colmo, se perpetra en nombre de un principio superior al fundamental de disponer del propio cuerpo, o si la intromisión en útero ajeno se exculpa, con mentalidad farisea, como una acción prioritaria en defensa de la vida. El derecho no está en el acto de fulminar el desarrollo de un ser sobrevenido, sino en impedir que una mujer pierda los suyos cada vez que las circunstancias la conviertan en sujeto de un embarazo no elegido. Lisiado el reconocimiento civil de la potestad de sí, la vida por cuya multiplicación indiscriminada tanto babean los progenitores del Estado Católico se ve reducida a un contenedor pasivo, a un trámite biológico fiscalizado dentro de las sucesiones y herencias.

Con este criterio en la retaguardia, a la pregunta que algunos, no sé si necios o maliciosos, me han lanzado acerca de la bondad o maldad intrínseca del aborto, cabe responder con otra cuestión, no más retórica, aplicable a situaciones que exhiben trayectos similares de alarma, aun a pesar de lo insensata que pueda parecer la comparación a primera vista: un ataque de apendicitis, ¿es bueno o malo? Masoquistas excluidos, nadie dirá que es bueno en el sentido de que protagonizar este episodio doloroso sea deseable, pero quien lo sufre genera una urgencia sanitaria cuyo pronóstico, en el más traumático de los casos, se resuelve con la extirpación, y el hecho de que este tratamiento exista como una opción segura y normal no es malo, salvo que se prefiera dejar el asunto en manos de curanderos clandestinos o castigar al enfermo de manera ejemplar por su decisión de renunciar a un gajo de su organismo que compromete todas sus perspectivas.

A lo largo de esta polarizante línea roja del posicionamiento de actitudes que, como en la eutanasia, divide la óptica entre los partidarios del control moral de la población y los que abogan por incentivar la autodeterminación de las conciencias, he bailado en numerosas ocasiones de las cuales mencionaré tres, escogidas entre las más recientes, para evitar sobrecargas: «Ni imprimir ni quemar», «Adiós, malnacido» y «Del horrendo cruce entre fertilidad y estupidez».

13.4.15

APAÑOS MENORES

Soy como un niño distraído
que arrastran de la mano
por la fiesta del mundo.
Los ojos se me cuelgan, tristes,
de las cosas...
¡Y qué dolor cuando me tiran de ellos!
Juan Ramón JIMÉNEZ
Eternidades

Al humano no le ha sido permitido resolver problema alguno sin generar otra miríada.

*

Dividimos sin mayor dificultad el mundo en realidades y ficciones como si las segundas fueran más irrelevantes y las primeras menos engañosas.

*

El observador condiciona el experimento porque acaso este reproduce a su escala la burla camuflada que se cierne con perdurable gravedad sobre la curiosidad de aquel.

*

Performatividad. Por increíble que sea, lo creído cría y lo criado se exime de dar cuentas de su creación porque ninguna verdad puede mirarse fijamente a sí misma sin sucumbir.

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El engaño, cierta ceguera selectiva bajo la impronta de lo irrenunciable, dota a la vida de la funcionalidad necesaria para satisfacerse a sí misma sin desviarse demasiado del marco instintivo donde ha evolucionado. Abierta al conocimiento exacto de los azares transfigurados como voluntad y consciente del porvenir que nace con ella censurado, la existencia sería insufrible, horrorosa hasta un grado de saturación paralizante y, con todo, la única opción válida de vislumbre para quien ha truncado para siempre su conformidad con las apariencias.

*

Entender los mecanismos de la mentira puede, en efecto, llegar a comprometerla, lo cual no significa que ayude a constatar la autenticidad de una verdad como acto de entrega a los requerimientos epistemológicos del indagador; investigar la mentira contribuye, antes bien, a realimentar la sustantividad fáctica de la invención, que tiene a su favor el privilegio de ser la primera elaboración semiótica provista de mecanismos que se sublevan, inaprehensibles, contra el intelecto que la interroga.

*

¿Tan opaco es el ruido ambiental evacuado por las ocupaciones humanas que ya no se escucha en la conveniencia de atenerse a los hechos los vítores que aclaman el embuste vencedor?

*

El pulso de los pregoneros define la velocidad del curso histórico, pero la Historia, ultrajada por la locuacidad acelerada de cronistas tan exiguos, toma en últimas la revancha de la mayúscula contra quienes propalan con insolencia los melindres y ruindades que pretenden retratarla como la memorable canallada que siempre ha sido para nosotros, sus cautivos.

*

Armado con su plétora de claridades y su ineludible sarro de brumas, así lluevan ranas o caigan imperios centenarios no bien se desata el pensamiento tíñese de una vocación decapante propia de ociosos y forajidos, de tímidos desertores e indecisos temerarios en los que brota más como obra de reacción frente al tedio que en calidad de tarea al servicio de un propósito externo al discurrir por las revesas de lo ignoto.

*

Lo malo del pensamiento propio es que pronto intoxica como la propia jeta cuando es contemplada de cerca, cansada de plagiarse un día sí y otro también desde que se tiene consciencia; y si uno puede eludir concentrarse en su reflejo al hallarlo en el raso de las superficies que se lo brindan pelmazo, nada nos libra de ese ingrediente terebrante al que damos vueltas y revueltas como un chicle mascado que no podemos sino tragar negligentemente o escupir con afectación en un intento de conferirle el asomo de gracia que lo justifique.

*

Ningún pensamiento arrojado se pronuncia en vano y ningún arrojo pensado se entabla sin exigir un peaje carnal.

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Todas las cosas, hasta el gránulo de polen que nadie vio ahogarse en el relente, deberían tener nombre propio; si no se lo damos no es por insuficiencia creativa o mnemotécnica, pues más tontos empleos sientan cátedra, ni tan siquiera por la escasez de tiempo para atenderlas con que excusamos nuestros paulatinos desdenes, como por indulgencia con la grosería de encerrarlas dentro de un apodo genérico, féretro de su mismidad, en detrimento de los atributos ontológicos sentenciados por nuestros sentidos a convertirse en un amasijo indiferenciado de hechos cómodos de relegar a la inconsciencia.

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Magisterio sin disciplina huye en el viento; disciplina sin magisterio, azote fraudulento.

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La palabra fue un don adjudicado al hombre para distinguirlo del resto de los animales que, como él, abrevan con su sangre caliente la risa helada de los dioses; con la palabra nuestra especie aprendió a mentir, es indudable, pero también a suplicar y maldecir, acciones ambas a las que debe en inmensa medida su habilidad para sobrevivirse donde otros seres, de poder hablar, gritarían «¡basta!».

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Se es esclavo de cualquier temor cuando todo importa y señor de la propia entereza cuando nada importante arredra.

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Como el buen cemento, recio echará manto en la fragua de un carácter el rigor sin ajetreos de las roñas transpiradas a lo luengo de muchos cambios de estación, más de las que tarda una vida en arruinarse a sí misma tras el dolor de varias mudas.

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Investida de confianza aun embestida a traición, signo franco de grandeza y flanco descubierto en ella es perdonar las ofensas de los pequeños que estos agradecen con mayores agravios.

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Importa la obra, no la fama; la forma libre del formol con que el autor se emborracha en la celebridad, y que nadie hurte con chabacano realismo de éxitos y fracasos los sueños que quien se desvela de la modorra común regala en un desgarro a la memoria de los durmientes.

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Lo que el nido roto de las golondrinas calla sin remedio es lo que la mano que lo derribó envidia con descaro.

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El más formidable falo empequeñece al hombre que no piensa más allá de él, pero ¿a qué hombre, por grande que sea su espíritu, no le apasiona jugar con la despreocupación de un ser elemental?

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En estos tiempos de fideizante activismo, el motivo de inquietud para embestir es secundario, casi accesorio, lo crucial es que haya una perentoria movilización en la superficie sobre la inamovible perpetuación del sustrato de convicciones consanguinarias destinadas a fomentar el crecimiento estructural del aparato social contra las fuerzas díscolas o unífugas que pueden disgregarlo. Más que agentes hechos a sí mismos, proliferan los fautores miméticos y adoradores inerciales, todos ellos pacientes de la necesidad de intervenir, de producir, de renovar, de extender o de multiplicar algo y de tal manera sujetos subalternos, que solamente en la contemplación encuentra su actitud de inoperancia deliberada la insurgencia, máxime cuando se hace patente en las transacciones cognitivas cotidianas que hasta los ateos han caído en la trampa de creer que la inexistencia debe ser probada, ¡como si existir no fuera la demostración cumplida de la blasfemia contra la conciencia que representa el túnel sin salida de una matriz real!

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Semana Santa. «La sangre sin fuego hierve», previene el refranero, y con esta idea en el cargador animo a que el feligrés ruegue a su credo bondad con los suyos en un sentido restrictivo, privativo, felizmente excluyente para los foráneos. No corto sufrimiento evitarían de esta guisa los histéricos a los heréticos que desprecian adherirse a su rebaño; solo a un verdugo de remate se le escapa cuán enriquecedor ha sido el celo de los idólatras para quienes preferimos ir hacia la muerte sin remolcar instrumentos de tormento ni otras venerables reliquias rezumantes de instrucciones nulas para vivir con honra.

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Si a las personas se las juzga por sus actos y sobre el veredicto final poco o nada pesan las intenciones que aducen en su descargo cuando los efectos son de todo punto dañinos, asombra que con las creencias ocurra lo contrario incluso en los casos que no han sido favorecidos por la asimetría de un dominio secular ganado piadosamente a palos. Por escandalosas que sean las consecuencias de sus postulados, en lugar de denunciar el disparate que supone otorgar a cualquier doctrina ejemplar el beneplácito de respetabilidad para ponerla en práctica, nunca faltarán fiscales de matadero que culpen a la debilidad humana de no estar a la altura y blancura de unos principios indebidamente aplicados, como si tales cagarrutas intelectuales no fueran hijas del sarcasmo que la naturaleza comete con el espíritu al dejarlo en el vacío a merced de sus artefactos ideológicos.

*

Cuando la valía se limita a destacar como continuador de los axiomas consagrados por la cultura, solo al rebelde sin guión cabe la prerrogativa de descarriarse fuera del derecho de cualquiera a cargarse de razones consabidas.

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Primero fue el castigo; después, el juicio: las fracturas, mutilaciones y hemorragias preceden al logos. Si hubiésemos de esclarecer el nacimiento de las instituciones mejor reputadas en materia de justicia y moral, ninguna nos evitaría la arcada de descender a los antros donde progresaron las técnicas de tortura.

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Quien esté exento de deuda que expiar, que arroje la primera piedra contra sí mismo.

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Concesionario de filfas en vestiduras menguantes, al constitucionalismo le hieden todas las flexuras. No derechos, sino siniestros, letra zurda de leyes mancas y jactancia de giñadero entre los farsantes que las figuraron, habrían de llamarse las ventajas sociales que van directas a la cloaca del reajuste presupuestario favorecidas por una laxitud civil que recapitula la evidencia de haber sido reconocidas sin una conquista que las avalara, en su momento, con el mérito de la victoria o, posteriormente, con la organización de un frente presto a vindicarlas cada vez que son vulneradas por las mismas cúpulas que, convencidas de que el espíritu de reforma posee virtudes lenitivas, consintieron algunos momios populares mediante decisiones que revelaron tener su verdadera directriz en no darse jamás por vencidas... ¡y ni por estas abjuran del remiendo los hijos de la inopia que las padecen!

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Neocanibalismo. Mejor nos irá si la industria médica no llega a descubrir el medio de incrementar de forma considerable la esperanza de vida útil: lo único que puede hacer de la longevidad una apuesta respaldada por los poderes públicos es la voluntad de exprimirnos veinte, cincuenta, cien años más, con el bienestar asegurado.

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No temo la decrepitud que espera al que se espera de más; temo que el miedo a alcanzarla me nuble la capacidad de advertir que mis momentos de nitidez se han disipado sin arrastrar consigo el estorbo de un cuerpo empecinado en prolongar la calamidad.

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Tener a mano todo lo esencial y ningún quehacer a la vista que empañe la divagación: otros, menos dichosos, lo llamarían aburrimiento; yo, que deshojo abulias a pellizcos y me desgano desde que echo el pie a tierra, estoy por dispensar que un tal Dios existe y me quiere de verdad.

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Domesticación recíproca. Si la conducta civilizada —que en este presente, lejos de ser mordaz, encarezco— puede sintetizarse en la máxima de mínimos que ante una situación conflictiva estimula a compartir los recursos en vez de pelear por ellos, los practicantes del poliamor dentro de la respetuosa esterilidad convenida, libres al fin de la posesividad afectiva, sexual y reproductiva, deberían ser sus primeros apóstoles, no los diplomáticos de modales grandilocuentes a quienes solo debemos escabechinas y la receta de algún cóctel ingenioso.


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Carnívoros. Si dijera «aprendamos de los monos a ser menos inhumanos», como hace un instante me relajé a opinar en la intimidad, la hippiada estaría servida y, de palabra, mi más sentido ridículo. Aprendamos, ahora sí, de todos los ariscos y peludos animales causantes de pavor no a ser más humanos, que plaga el mundo es de ellos, sino menos maquinales, más duros para la programación añadida a la maldición genética.

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Me enorgullece que la epidermis de mi casa sea deseable como refugio para avispas, arañas y otras bestezuelas envenenadoras con las que mantengo un entendimiento tácito urdido alrededor de polémicas en las cuales mi humanidad es señalada como una razón de incertidumbre permanente por los invertebrados de la campiña.

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Como al inicio, últimamente escribo para glosarme trasfondos de los que sé mejor lo que no puedo saber; como ayer, hoy descubro que en el sistema radicular de mis textos hay más conexiones ocultas de las que yo mismo suscito mientras los creo. Ciencia infusa o auxilio de reverberaciones subliminales, de algún modo que no me arriesgo a concebir con la desenvoltura capada, voy alumbrando conceptos bajo luces reflexivas más potentes que las mías.


He tomado la imagen de un libro de pinturas japonesas del siglo XIX que perteneció a Luis Araújo, anticuario de amplio espectro cultural y amigo proclive a una clase de liberalidad tan insólita como digna de quien ha curtido las batallas de su suerte, que son también las de un carácter resuelto, en la independencia vital que esta época nos frunce.

5.4.15

TRASLUCES DEL OJO CLÍNICO

Tanto la vida corporal como la psíquica cometen la indiscreción de arreglarse mucho mejor y de estar más sanas sin la moral convencional.
Carl Gustav JUNG
Arquetipos e inconsciente colectivo

Fabulada hasta en las fimbrias del reflejo pertinente donde yace obturada la presciencia, la flaqueza de unos acarrea la grandeza de otros. A despecho de su brillantez pesquisidora y sin sombra de demérito para su alta capacidad intelectual cocainizada en forma de trabajo inventivo a la par que profanador, Freud hubiera sido un señor don nadie, ignorado también por sus coetáneos, si en el cualquiera que uno es no existiera un oído dispuesto a auscultar lo peor de sí mismo con tal de adquirir importancia. El psicoanálisis jamás se hubiera convertido en la religión laica que ha llegado a ser en polémica sustitución de las precedentes de no haberse activado en un medio de cultivo como la escasez de identidad que aqueja a todos, grandes y pequeños, desde que el tótem dinero, y no la moral de una deidad decrépita o irremediablemente embalsamada en la falacia, define la regla universal según la cual se calcula en términos indefectibles el valor de una persona, esa máscara que habita en la caracola de su actuación como señora de la conciencia mientras los remolinos e irisaciones que no advierte en derredor la agitan a expensas de procurarle la satisfacción de un orden sentido.

Tanto de cara a la galería como en el diván del moderno confesionario, resulta más consolador reconocerse hospedador de hostilidades en busca de aceptación o instintivo capataz capaz de dar rienda laxa a actos terribles, aun como mero vicario de un inconsciente complejo, que mirarse en el espejo interior y no ver nada, salvo la mudez hueca del anónimo que nos devuelve, ojo por ojo, el testigo de una tediosa insignificancia.

Primeros dilemas del alma humanizada en Eva de Rita Vega.

4.4.15

EL OTRO HOMBRE EN EL CASTILLO

La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de creerlo.
Philip K. DICK
Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después

El conocimiento de la historia no evita por sí solo la repetición de errores funestos; a menudo traicionero, el precedente abona el tentador estímulo para amplificarlos. Anticípese lo que hubiera hecho Hitler de haber considerado premonitoria la desastrosa expedición napoleónica en Rusia, que había estudiado con detalle, por encima de la urgencia innecesaria de humillar a Stalin tras la búsqueda de una oportunidad gloriosa de culminar la ambición frustrada del caudillo corso; en lugar de avanzar penosamente por infinitos campos helados y pueblos cuyo único botín consistía en recibir a las tropas del Reich con la desesperación del oprimido convertida en odio, el Führer hubiera concentrado su campaña bélica en el frente occidental sin quebrar el pacto de no agresión alcanzado en 1939 con el régimen soviético, una línea de acción que, favorecida por la combinación de otros factores, le podría haber permitido adelantar al imperialismo americano en la carrera por poner a Europa en veinte uñas y culipompa.

A varias generaciones de este hipotético cambio de rumbo que tomaré por cierto en igual medida que nuestra versión de la historia, en la que vencen los aliados, es ofrecida como alternativa en el argumento de La langosta se ha posado, el libro clandestino que aparece dentro de la ucronía del profeta Dick El hombre en el castillo y plantea una visión de la Segunda Guerra Mundial donde se invierte, como en una imagen en negativo, la circunstancia geopolítica en la que viven los personajes, hoy podríamos especular sobre lo que hubiera supuesto la victoria de las barras y estrellas sobre las cruces gamadas que dominan el mundo y, quizá, desovillaríamos una inquietante sospecha que apuntaría a la producción, tras el fin del conflicto, de una obra maestra de suplantación cultural: la realidad bajo el nacionalsocialismo tardío y la presumible bajo el régimen plutocrático de factura anglosajona, que podríamos llamar capitalismo de ficción según la expresión acuñada por Vicente Verdú, presentan similitudes harto significativas para obviarlas sin escrúpulos y asegurar sin rubor de falseamiento cuál fue la mentalidad que perdió verdaderamente la contienda...

Por opacos que sean sus efectos cotidianos, a nadie despunta el intelecto que quien escribe el relato de los hechos configura la lectura que hacen de ellos las generaciones sucesivas. En los primeros siglos medievales, época trazada por contubernios entre obispos y belicosos terratenientes, los clérigos ostentaban el monopolio de la escritura que la Edad Media renaciente, caracterizada por su estilo tecnodemagógico, cede a los programadores informáticos, los publicistas y los traficantes de noticias, quienes subordinan la especialidad de sus diversos oficios en el uso de códigos semánticos a entramados corporativos que ocupan el lugar antaño reservado a los feudos. En simétrica mediocridad, por presiones económicas, señuelos narcisistas y otros cebos predeterminados más fáciles de morder que de rehusar, se nos apresura desde las principales fuentes de referencias a contraer hábitos homogéneos para interpretar la realidad en un sentido convergente y sucumbir, progresivamente, al descerebramiento generalizado.

Si por un lado es innegable que existe un auge de los estamentos profesionales ligados a la masificación del analfabetismo introspectivo, téngase presente, por otro, que pensar por sí mismo es una posesión preciosa, el auténtico arte narrativo del ser, y uno de los pocos recursos remisos a comparecer sin plantear dificultades de primer nivel a la hora de formatear el contenido de la psique en aras de las nuevas latrías de un planeta rendido a los tramoyistas.

No se lamente llevar las propias dudas con altura hasta en los apuros que a nada conducen, pues el torrente de su fuerza no emerge para guiar al indeciso entre los continentes que ha venido a categorizar como sujeto y objeto, territorios de límites borrosos y datos fluctuantes por necesidad, sino para romper lo que fue unido en falso así dentro como fuera de sus dominios. No se soslayen las anfibologías y tortuosidades que pueda despertar la irrupción transgresora de otras ópticas, porque la incertidumbre ha sido siempre la piedra de toque de la realidad. Y tampoco se olvide que los científicos e intelectuales, promocionados como lumbreras del discernimiento allí donde son creídos con tanto o más prestigio del que gozaban en otro tiempo los teólogos, rara vez han dejado de ser cómplices e indulgentes con las barbaries promisorias de poderes delirantes por dos motivos que no pueden disociarse y se añaden a su probado gusto por la prebenda: admiran a los hombres de acción que les hubiera gustado ser y, en su defecto, abundan entre ellos quienes militan en el anhelo de erigir sus sacristías académicas en tutorías de la manipulación masiva que por sí solos, dada la enormidad del cometido y los riesgos que conlleva cederle el rostro, son demasiado enclenques para liderar por muy prohombres que se sientan.

Permanentemente amenazada, en riesgo continuo de convertirse en la rabiza de la que abusa por capricho hasta el bípedo menos digno de pisar el pellejo terrestre, la libertad de conciencia nunca ha estado tan encorsetada, vigilada y adulterada como en la actualidad, sobre todo por parte de aquellas organizaciones de ampuloso discurso que se proponen protegerla por nuestro bien.

Líbreme Ananké, regidora de cuanto acaece insoslayable, de los sumos benefactores, que de los déspotas de afrenta diaria me libraré yo.

De capos a capones, como si nunca les fuera a llegar su larga comedia de chirigota, los cabecillas más prominentes del ahora parecen despreciar que el porvenir, exento de padecer los humos de aquellos que fueron grandes, antes ensalza lo que tuvieron de mamarrachos y deposita sobre sus honras la soberbia que, al ganar en perspectiva, los transforma en adefesios. Aunque la estampa que traigo haya sido compuesta por Paul Delaroche sin otro testificador que la imaginación, es imposible rememorar a Napoleón en excelso después de haberlo visto inutilizado en un saloncito donde rumiaba escorias la víspera de su abdicación.

1.4.15

LA CONJURA DE LOS CHUCHOS

El género humano cree siempre, no la verdad, sino lo que es, o parece ser, más a su propósito. El género humano, que ha creído y creerá tantas bobadas, no creerá nunca ni no saber nada, ni no ser nada, ni no tener nada que esperar. Ningún filósofo que enseñase una de estas tres cosas tendría fortuna ni crearía secta, especialmente entre el pueblo: porque además de que las tres son poco a propósito para quien quiera vivir, las dos primeras ofenden la soberbia de los hombres, la tercera, aunque después de las otras, requiere coraje y fortaleza de ánimo para ser creída. Y los hombres son cobardes, débiles, de ánimo innoble y angosto.
Giacomo LEOPARDI
Diálogo de Tristán y un amigo

A la pandemia de las ideologías —y quien predica su defunción se acoge, lo sepa o no, a otro foco doctrinario— cabe darle como explicación parcial que los impedidos para generar ideas propias y fraguar, con ellas, la capacidad de independizarse de su entorno y aun de sí mismos, tienden a atrincherarse en los códigos y señas de identidad compartidos dentro de la comunidad de valores, taxones axiomáticos o categorías de confinamiento mental que caracterizan a sus miembros de acuerdo con lotes estancados de miedos y manías asumidos a modo de aprobación intragrupal.

Quizá una de las funciones prioritarias de las ideologías sea la de ayudar a que sus adeptos se absuelvan de la amargura de pensar en solitario a cambio de conchabarse en la exaltación de un catálogo común de complejos racionalizados y tics intelectuales propicios para atenuar el desasosiego de transitar sin rumbo cierto por los laberínticos vericuetos humanos y, de paso, afear el panorama de los que prescindimos de honrar con pedestales tales disparates —en el combate de las ideas muere gente, apuntaba el poeta—, pero sin duda la utilidad decisiva a la que deben su éxito es de naturaleza menos refinada y, por ello, más difícil de contrarrestar con argumentos críticos, ya que guarda una similitud atávica con el obsequio recíproco que los perros se procuran, siguiendo una impulsividad incorregible, cuando acuden con retozona fruición a olisquearse el ojete.

La persecución y clausura de las múltiples dimensiones de la fronda espiritual hace muchas generaciones que dejó de ser patrimonio de la sinrazón a cuyo recaudo prosperaban los inquisidores de casulla que prometían suplicios perennes. A golpes de revolución y modernidad, la faz de los tormentos públicos, como la de los placeres privados, también se ha visto desfigurada si se la contrasta con las morfologías usuales en los rigores de antaño. Hija primogénita del progreso, una devastadora razón bulle en los fundamentos de los últimos credos que definen la pesadilla histórica de nuestra especie, condenada a padecer el sueño de sus utopías como una realización constante del infierno en la Tierra.

En el imperio de los deslumbrados por el triunfo de las semejanzas que cada ideología propugna para sí, la presbicia de los que todavía conservan la videncia llameando en un quinqué de cansancio es tan escasa como digna de recibir un panegírico. No en vano, agotada el aura mediática de los vampiros, que concordaban bien con el gusto romántico por las actitudes crepusculares, hoy son los zombis el icono de moda que mejor se aviene con la realidad dominante, descaradamente adicta al mogollón de putrefacciones en tumulto de acartonados.

Nunca temáis a los fanáticos, pues equivale a provocarlos y acabar envuelto sin remisión en la alambrada de sus convulsiones, sino culebrear entre las dos grandes facciones de alucinados que compiten por el mundo: la de aquellos que solo ven lo que creen y la de los que creen solo en aquello que ven.

A exclamar estas bondades obligan los proselitistas y otros portadores de humanidad que, con atuendo de gañán, uniforme de escopetero cebón o autoinflingiéndose sudorosos castigos deportivos, merodean cerca de mi abadía.
 
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