30.3.15

PEROS PARA PERROS

Con el hecho de un alma animal que se volvía contra sí misma, que tomaba partido contra sí misma, había aparecido en la tierra algo tan nuevo, profundo, inaudito, enigmático, contradictorio y lleno de futuro, que con ello el aspecto de la tierra se modificó de manera esencial. De hecho hubo necesidad de espectadores divinos para apreciar en lo justo el espectáculo que entonces se inició y cuyo final es aún completamente imprevisible.
Friedrich NIETZSCHE
La genealogía de la moral

Los dioses, esos mirones sempiternos de los que apenas presentimos los rayos de su mando a distancia horadándonos la glándula pineal, solo aman de los hombres las cúspides de locura y se sienten insultados cada vez que una decisión tomada por un simio lenguaraz lo eleva sobre su facultad de enajenación.

No es la vida la que empuja el alma a correazos de nucleótidos, sino la muerte la que tira celosona de nosotros hacia el vaya usted a saber qué simas; entretanto, una jauría de pasiones se disputan a mandíbulas espumajosas la carnaza de nuestros instintos y, de los múltiples azoramientos que provocan, hay dos, opuestos entre sí, cuya aparición debería guardarse en solitario, con zálamo y dogal si es preciso, hasta que concluya la parábola de su imperativo canino: la fascinante iniquidad de odiar desinteresadamente a todo prójimo como un florecido retoño del deseo de aniquilamiento universal, y la humillación, no menos injusta por indiscriminada, de querer lamer los pies del primer condegenerado que incurra en la amabilidad de sonreírnos.

Flotando en una sublimada intrepidez virginal propia de la alcurnia de Atenea, una nínfula logra sin esfuerzo contener a las bestias en Black dog de James Jean.

26.3.15

LA EMERGENCIA SUBNORMALIZADA

Manuel López-Villaseñor, Conejo desollado
Un poder bienhechor velará sobre cada hombre desde la cuna hasta la tumba, reparando los accidentes que le sucedan, aunque dependan de él mismo, dirigiendo su desarrollo individual y orientándolo hacia el empleo más conveniente de su actividad. Como consecuencia lógica, este poder dispondrá de todos los recursos de la sociedad con el fin de darles el más alto rendimiento y multiplicar los beneficios que confiere.
Bertrand de JOUVENEL
Sobre el poder. Historia natural de su crecimiento

Se nos ha acostumbrado a dividir en varias categorías formales las libertades civiles para enturbiarnos o hacernos olvidar que constituyen una polifonía compleja de relaciones espontáneas, con uno mismo y con los otros, de tal manera entrópicas e inseparables que la merma de alguna de sus funciones compromete seriamente las demás. ¿De qué sirve la libertad de expresión, podemos preguntarnos, si el pensamiento puede verse en cualquier momento sometido a una intensa vigilancia policial? Y a la inversa, ¿de qué vale el pensamiento si darle expresión implica un alto riesgo de ser investigado, perseguido y castigado por ello? Frente a escándalos de pantallita como los tuits que se mofaban de los catalanes fallecidos en el vuelo del pajarraco de Germanwings, convendría recordar una sentencia que no por haber sido atribuida falsamente a Voltaire —pertenece en realidad a Evelyn Beatrice Hall, una biógrafa británica del autor francés— es menos adecuada para ilustrar la actitud propia que diferencia a un espíritu libre de los resabios totalitarios al uso: «Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».

Por ofensivos que puedan ser los insultos difundidos en las redes sociales por cuatro energúmenos desaprensivos, lo preocupante es aprovechar una circunstancia luctuosa que mantiene a los espectadores con la guardia baja para incrementar el control de las comunicaciones so pretexto de impedir la propagación de opiniones constitutivas de delito. Ahora bien, si para los celosos defensores del Código Penal las opiniones incómodas son equiparables a actos punibles, ¿por qué no las llaman crimentales en atención a la claridad del concepto y de acuerdo con lo apuntado en la novela archisabida 1984? Como es digno de mezquinos, y más si son dirigentes, temer en cada matiz al semejante, por efecto de un avión de pasajeros estrellado obtenemos del gobierno, siempre tan dadivoso, un atentado contra la libertad de los que todavía pateamos esta tierra, incluidos quienes padecen honestamente esta abrupta pérdida de vidas. A cualquier observador no condicionado por la polución de las emisoras podría parecerle que el señorazo que ostenta el Ministerio del Interior, en un ataque de vanidad gansteril, desea quedarse por encima de la gravedad del suceso. Con todo, puede que a juicio de muchos teletragones estas medidas represivas no sean susceptibles de interpretarse como un conato de ese terrorismo de Estado embutido en los anales de la vergüenza ibérica hasta la traquea; ¿qué dirán entonces de la Cruzada Nacional, que fueron cosquillas de Dios enviadas para consuelo de los supervivientes vencidos? 

No es una doctrina laudable inculpar a alguien por tener mal criterio y peor gusto; si así fuera, el 99 % de la humanidad debería pudrirse en campos de concentración con toda su descendencia. Los estúpidos aman las banderas y las banderas necesitan estúpidos que excusen las tragedias que provocan sus apologistas, pero en un país en vías de descomposición como España lo catastrófico adquiere un relieve adicional: el verdadero drama es que se haga barra libre de dolor a tiempo completo tras el rastro de una kamikazada mientras sigue alzándose un muro de silencio alrededor del suicidio íntimo, el que extingue solo a su ejecutor, la primera causa de muerte violenta aquí y en el resto del mundo. Los medios de masas rebobinan de forma incesante la inmensa variedad de escenas macabras que el microbio humano es proclive a producir a la vez que niegan espacio en los noticieros a realidades tan desafiantes para la sociedad como la muerte voluntaria, que debido a su fuerza corrosiva para las sumisiones ordinarias representa el mayor tabú dentro de la gestión de desastres que compete a los poderes públicos, fieles a la máxima de no permitir que la contundencia de una verdad les ensucie el montaje y, claro está, más preocupados de borrar de la memoria compartida hechos imposibles de rentabilizar que preparados para asumir su fracaso en la tarea de administrar del modo menos lastimoso el caudal que la gente enrollada denomina bien común —¿de quién?

¡Qué crueldad agotadora exhiben las cadencias del destino y cuán generoso hubiera sido, puestos a fantasear, llenando el pasaje con ese centenar largo de vips de la política chusquera que tanto se hacen querer por las calamidades evitables que provocan!

Declino culminando la impresión de que la malevolencia es una constante histórica en todas las culturas, problema de imposible remisión que se acentúa en nuestra civilización porque la especie se ha disparado demográficamente. De cara a esta compresiva certeza, ¿qué puede hacer el intelecto racional sino declararse impotente? La razón se equivoca demasiado, unas veces por cortedad de visión, otras por exceso de cálculo y, las más, por la chulería de creerse superior a otras facultades. Palabra de instinto.

DE LA CARIES IDEALISTA

Solo el hombre que nada espera es verdaderamente libre.
Edward YOUNG
Lamento nocturno o meditaciones

Más importante que las ideas son quienes las aplican, de modo que el principio que no tenga presente la tara insalvable del factor humano nunca será una buena idea, excepto si el propósito subrepticio de la bondad consiste en incorporar otro instrumento de pesar al repertorio innato de congojas y diastrofias existenciales. Cabe preguntarse, en tal caso, quién puede ser tan desalmado para querer propulsar ideales o tan bobo para creer que una catástrofe como el mundo se corrige con el injerto de un delirio suplementario.

Satan I de H. R. Giger, artista de quien ya tomé prestada otra obra. Aun tratándose de una ilustración trillada por las retinas de muchos congéneres, ¿verdad que su concepto no ha perdido expresividad?

25.3.15

TRINCHERA PARA UN NICTÁLOPE

Habla sabiamente, el enemigo escucha.
Stanislaw Jerzy LEC
Pensamientos despeinados

Para perderme en el reencuentro de cada día, invoco a los eones impepinables libros que me sueñen, ruiseñores que me hablen y hembras acogedoras que no falten al reclamo de mi llamada intempestiva. He fecundado de visiones mi trono de retruécanos votivos y ningún placer birlado a la amargura me ha deparado más refugio que la solombra de un arte irrestañable como el mismo caos. Nada tengo bajo control y nada importa que así sea: en el loco azar he firmado las señales que acompañan al sinsentido de oxidarse con el oleaje de este universo indiferente a las suertes de una especie tan fallida como cualquier otra.

Comen como larvas, cagan como gallinas, fornican como ratas, trabajan como burros y, a la maligna instrucción del Programador Desaparecido, ceguera de multitudes y picota de lúcidos, van poblando de excrecencias los registros del censo mundial donde también se los encierra cuando mueren como chinches. Mirándolos —y no soy mejor que ellos, salvo por aquello de lo que me he apartado—, debo contener la bocanada que inunda mis células de un protoplasma de reacciones para las que no se han suspirado aún etimologías capaces de contenerlas.

Subestancia ontológica bajo acoso permanente, mi conciencia está sucia porque la uso en todo tiempo aunque la dureza del terreno me aventaje avejentándola. La armo de fe y me desarma; la mando marchar y me trae la montaña de actos necesarios para hacerse la vida y descontarse a manos buenas el cuento de cuanto cuenta. Por si a sus señorías les quedaban dudas al respecto, añado que jamás he pretendido escribir por hablar, mis palabras solo me contentan removiendo avisperos y lo que de ellos salga no siempre es cosa mía...

¡Oh borrador de monstruosidades!, ¡oh calma de campiña minada!, hoy quisiera que me asesinaran por la justa virulencia de lo que pienso y, mientras imagino el agraz tiro de gracia tras los certámenes de la rutina, no comprendo sino derivadamente, por el puro irse a lo derribo, que tendré que empeñarlo a mi antojo. Si fuera perfecto, no sería.

En atención al decoro de las costumbres, uno debería ser el primero en ocuparse de sacar su propia basura antes de que apeste la comunidad o subleve el pasto a los gusanos, no vaya entrarles el jaleo de un despertar roñica que nos pille desprevenidos entre las comisuras de la insaciable y hasta lasciva calígine original.

Se barruntan humos de cadalso y, sin datos que despejen al incógnito autor de la barbacoa ni ganas de ponerme delante por pedante, conjeturo que se trata de una xilografía de Franz Masereel o de alguno de sus epígonos.

23.3.15

¿POR QUÉ NO SOY DEMÓCRATA?

El éxito de un gobierno requiere la aceptación de ficciones, requiere la suspensión voluntaria de la incredulidad, requiere que nosotros creamos que el emperador está vestido, aunque podamos ver que no lo está. Y la magia se extiende a los gobiernos más libres y populares, así como a los más despóticos y más militares.
Edmund MORGAN
La invención del pueblo

Aceptaría como válidas las más verosímiles teorías conspiranoicas de la historia si una inspección minuciosa de las grandes empresas humanas, en la trayectoria de sus líderes no menos que en la de sus secuaces, demostrara haber estado dirigida por propósitos de una altura intelectual bien distinta de las ambiciones insignificantes y encarnizadas porfías que los caracterizan. Se decanta en los principales artífices de los acontecimientos un guión no sé si revocable para el destino sociopolítico de la especie, aunque desde luego reiterativo tras la mudanza superficial de actores y discursos que lo adornan; persiste como una pauta transversal de mediocridad a tenor de la cual la implantación de las democracias occidentales no puede considerarse un fenómeno de excepción cuando se asume el sambenito de diseccionarlas hasta averiguar las directrices que las sustentan: además de haberse erigido en una supuesta regla de oro para el adiestramiento o potabilización de la vida pública, constituyen el sistema normativo que permite anular las desviaciones minoritarias con menores riesgos de impopularidad.

Mención aparte de los reductos de inspiración misantrópica a los que solo puedo adherir mi simpatía, las críticas más acres a las democracias proceden de hiperactivismos que extreman, precisamente, códigos y reflejos heredados de la tradición demagógica, cual es el gusto por el sometimiento a un rasero común, la agitación permanente de las masas y un itinerario de pensamiento predefinido que aspira a incardinar la dispersión natural de las inclinaciones particulares; entre estos focos de oposición hostiles, en apariencia, a las tendencias democráticas, merecen especial reseña por su pujanza el fascismo y el anarquismo, mas del primero de estos movimientos desdeño hablar porque lo encuentro carente de profundidad ideológica y, sobre todo, porque hoy no me sale de los seminarios dedicarles un ápice de atención —siempre he sido favorable a la actitud de aplicar a los totalitarios dosis generosas de su propia medicina, tratamiento que antes estoy dispuesto a administrar de puño que de letra—, de modo que con un somero enfoque abordaré sin más dilación el segundo de ellos con la intención de sacar a la luz sus deficiencias en cuanto a compromisos de liberación atañe.

A pesar de llevar algunas propuestas barbianas bajo su capa, en la evolución de la doctrina anarquista ha tenido más peso específico el socialismo que la libertad individual, que así designada parece un eufemismo timorato de la potencia que en verdad alberga: el don de sí, la potestad de ser uno para uno. Ya en el siglo XIX, la alcahuetería que celebró juntar en un mismo jergón los principios de socialismo y libertad dieron sus partidarios en llamarla comunismo libertario, oxímoron más que paradoja bendecido por el insurrecto maestre de ceremonias que fue Bakunin, quien procuraba encandilar a sus dispares feligreses cuando declaraba, dizque convencido, «que libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia y que Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad» —las mayúsculas son literales—. Era previsible, por tanto, que el aparato analítico de la visión anarquista, de sólito tan implacable en su lucha contra los gobiernos de cualquier índole, no haya sido capaz de afinarse desde entonces más allá de la distinción entre democracia asamblearia y democracia parlamentaria, como si el problema fundamental en lo que a procedimientos democráticos se refiere estuviera en la gestión de la representatividad, que también, y no en el concepto básico que apuesta por resolver toda deliberación relevante en términos numéricos o sufragistas, que son los que otorgan la fuerza legitimadora al vulgo, tan hambriento en toda ocasión de espectáculos groseros como necesitado de autos de fe contra los disidentes que rechazan la inercia de sus hábitos y creencias. Si un hombre pésimo en posición ventajosa puede hacer sin ayuda mucho mal, y si no es falso que estos hombres prosperan gracias a un contexto donde la excelencia escasea, ¿qué no harán muchos hombres pésimos al frente de los asuntos generales? No repruebo que los pésimos se junten si de sus juntas no salen escaldados los que con otro criterio rehúsan unirse a sus proyectos, pero ¿acaso puede obviarse que la democracia —directa o diferida, masiva o elitista, de comuna o de mercado— interviene en cada circunstancia como un mecanismo exponencial no solo para facilitar la difusión de una mentalidad parroquial decidida a consagrar lotes de mentiras colectivas sobre las evidencias singulares que las cuestionan, sino que ha servido, por activa y por coactiva, para instaurar con el prestigio de lo ineludible el postulado de que todos los hombres valen igual y concentran la expresión suprema de ese valor en el voto? De esta bulliciosa manera, se confiere empaque de solidez moral a un patrón de reincidencias que apela a la complicidad abstracta de muchos para preterir en lo concreto las irregularidades incómodas, expulsar hacia los márgenes de lo posible las alternativas que se apartan de las convenciones triunfantes, descalificar los climas mentales demasiado complejos para integrarse en la realidad instrumental, asimilar los testimonios rebeldes de la memoria a relatos anacrónicos y torpedear el papel desestabilizador de los sujetos extraordinarios que logran abrir grietas en su ámbito de acción.

Si algo se desprende del estudio de los mitemas políticos modernos es que cuanto más democrática es la organización formal de un grupo, menos oportunidades y espacios de autodeterminación existen de hecho para las diferencias que manifiestan sus componentes. En democracia, como en dictadura, tan importante es seguir la corriente como sospechoso salirse de ella; a quienquiera que se muestre reacio a ser conducido se le granjean al instante zancadillas infinitas en cada capítulo de su relación con los demás. Con un ejercicio pleno de impudencia, ninguna democracia conocida tiene a mérito conceder la posibilidad jurídica de lo que en algunos feudos medievales se denominaba diffidamentum, la fórmula de desafío a instancias de la cual señor y vasallo rompían el homenaje que los vinculaba, porque en teoría no hay lugar para semejantes ataduras en el vientre de un Estado donde el pueblo manda y, sin embargo, avaladas democráticamente, proliferan nuevas modalidades de opresión, como el chantaje laboral que conforma en la práctica, junto con el bombardeo mediático de sandeces, un menú diario de serviles masoquismos sin parangón para estragar la conciencia. Puede que dentro de este escenario, y no merced a la democracia, perduren reservas de experiencia insumisa con la que brindar alegremente, pero comulgar con la fealdad cotidiana que lo ocupa y aplaudirla como un logro resulta humillante para cualquiera que posea una veta de sensibilidad.

Tomada como modelo, la democracia no debería ser aceptable para un enemigo de las tiranías por la perturbadora razón de que su funcionalidad exige atacar como cuerpos extraños los planteamientos que osan poner al descubierto los intereses, contrarios al desenvolvimiento autónomo de la individualidad, que animan la toma de decisiones allí donde sus dogmas hacen ley. Aclarado este punto, soy el primero en admitir que las democracias actuales, desde su pluralismo de vitrina, han aprendido a descomprimir con relativa eficacia la creciente presión del malestar civil, provocado en parte por sus abusos, mediante recursos impensables dentro de otros regímenes políticos; entre otras argucias propagandísticas, se han esmerado en seducir a los que acusan al emperador de deambular desnudo —y quien dice imperator piensa, asimismo, en secretarios generales, presidentes, primeros ministros, delegados sindicales, portavoces o el pelafustán adelantado que se tercie— para evitar que otros adviertan que los pies del aludido, lejos de caminar descalzos, pisan la piel secuestrada de cuantos han participado, por voluntad rastrera o a regañadientes, en los rituales de una investidura periódica.

Con la elección al alcance de la mano, un traicionero efecto psicológico induce a figurarse que se tiene a los candidatos asidos por las orejas en vez de discernir el cheque en blanco que se les otorga, aturdimiento pasajero que facilita sobremanera el trámite de dar curso de normalidad a ideas infecciosas como la soberanía popular, cuyo éxito es comparable al de la gripe. A propósito de engañifas y metástasis sectarias, así como el dinero fiat sería solo el dislate que realmente es sin una red de expertos en codicia obcecados en hacer forzoso el chanchullo, la opinión pública que insufla calorías a la democracia e ilusión de longitud a la cadena de las libertades sería inconcebible sin una remesa abundante de comisariejos de andar por casa muy hechos a identificar sus horizontes encogidos con el celo de cooperar en la causa sumarísima de proteger los derechos sociales... contra el vecino si es necesario. Alguacil alguacilado, ¿juego de niños o de villanos?

Como tajo al gaznate me viene este Finis o El fin de todas las cosas de Maximilián Pirner, pues oportuno es terminar y no quisiera hacerlo sin sacudirme con una salida profética el demonio panfletario que me ha empalabrado el tono:

En cada fracción de su entidad los dioses son para incinerar, sin exclusión del dios interior que uno lleva consigo. De la fe en mí mismo, incluso renegada, extraigo mi sacramento; de saber que uno está minado de trampas que conducen a otros unos donde uno ya es otro, aventuro mi peregrinación a tierra por santificar. ¡Ay de aquellos que no acierten a inventarse un credo flamígero en los tiempos de sermón y patíbulo que nos esperan!

10.3.15

LLUEVE SOBRE LLORADO

No ha de extrañar que el ánimo en que me pone la mañana sea, cada día más decididamente, el de correr en el acto a presentar mi dimisión irrevocable. Pero no puedo darme tal satisfacción, porque no existe el organismo idóneo para una dimisión como la mía.
Rafael SÁNCHEZ FERLOSIO
Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Cuando el gorila se vio desnudo, cubrió de vanidad sus primitivas pudibundeces. Las desvergüenzas que cometió a partir de entonces hicieron historia.

*

Una vez se ha descubierto materia magna para la disolución, del vivir hacia la muerte hace el ser su mayor obra.

*

Saber es una forma impersonal de creer que se tiene parte esencial en este entierro.

*

Todo conocimiento cierto es inseguro y falsas todas las verdades seguras que atraen como boñigas al tropel incuestionable de moscas.

*

Como quiera que los palos, en sintonía con la fuerza que hace la lluvia, caen por su propio peso, aprendemos desde niños a ser indulgentes con los malvados porque su crueldad remeda, del modo más diligente y natural, las atrocidades sustantivas de la vida. Claudicar ante el dilema moral, ganga de victoria lógica para la cobardía.

*

La desesperación puede disculpar cualquier acto que presida, excepto el acto que consintió volverse desesperación.

*

Al tiempo que la fauna toma el artificio por atajo, el hombre hace de sí laberintos por naturaleza. Y tanto se enreda consigo, que cuando el poso de las acciones le niega el descanso que carcome en su lugar la conciencia, mejor sería proceder como bestia bravía que como intelecto racional: solo será viable la opción que menos cueste al instinto.

*

Si yo fuera creyente, nunca nublado por objeciones falsables y otros resquemores epistemológicos, entendería con beata filautía que todos mis actos, buenos y malos, pertenecen al Creador, en cuyo árbol cósmico me sentiría confortablemente subsumido. Nadie podría censurarme mi actitud integradora alegando que atenta contra el orden natural de las cosas, salvo si acepta que ese orden quiere atentar contra sí mismo porque puede, porque nada se debe.

*

El orden comienza por la adaptación a lo desconocido, para lo cual es perentorio poner fin a las adaptaciones exigidas por la ordenación conocida.

*

Disimulado entre un aluvión de fórmulas manidas y nomenclaturas menores, descubrí un rastro de tiza que rezaba lo que parecía ser un conato de código binario: «Dios único, pensamiento cero».

*

Ser Supremo o ser extremo, he ahí la fisura del recinto destinado a la extinción de los dioses que es la historia.

*

Los anales han puesto en evidencia que los dioses sobrepujan a los humanos en las iniquidades derivadas de creerse dueño de una razón absoluta ante cuyo reinado los dedos que la señalan desnuda se le hacen intrusos.

*

¿A qué misteriosa entidad sustituyó ese dios monocromo que, lejos de haber muerto con el advenimiento de la modernidad, ha sido relevado de sus funciones por un elenco de ídolos menores tan nocivos o más que el precedente para el experimento de campo que es el hombre? No creo que pueda esbozarse un retrato congruente de la entidad referida porque la consustancial tendencia humana hacia el vacío carece de rostro...

*

Cripsis. Dios de mi abstracción y disconformidad, cuna y sudario de mis límites, a imagen de nadie nos representamos y, quizá por ello, nos hemos descubierto saqueando las provincias del significado en interminables guerras sin preces. Comodín inasible, llama que llama por la oblicua de mirón a lo zaino, ¿debo nombrarte... ¡mi doble!?

*

No es difícil engañar a la decepción con alguna alegría fortuita, el desafío estriba en despertar después sin el desaliento abrazado al cuello.

*

Tengo a malquista posesión de mí mismo incontables fiascos que no voy a comentar porque la obscenidad no se cuenta entre ellos.

*

No quiero encontrar el amor de un ideal ni lanzarme al ideal de un amor; tampoco busco el ascenso con las alas enceradas de la notoriedad ni me mueve apurar más cálices emponzoñados de ilusiones; ni siquiera espero mientras aguardo la efeméride propicia para estallar como mi carga enrevesada merece.

*

Sé de buena sangre que la realidad es problemática de por sí y el conflicto, en consecuencia, va inscrito hasta el delirio en nuestro código genético, mas no hay tensión sin resolver que desbarate el nexo existente entre el instinto levitador que me impulsa hacia una vida espiritual donde las glándulas tienen cada vez menos voz, y el apetito salvaje de una vida entregada a la efusión de sus plétoras: ambos polos me enriquecen a su peculiar e irreemplazable modo y de uno no más que del otro me declaro equidistante como Salomón ante las dos versiones antagónicas de un suceso destinado a desafiar en facultades a quien lo encara.

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Te dejé marchar por no hacerle daño a mi calma y ahora me dueles en la fantasía con el tormento que yo más quiero por regalo de verdad. Nunca ensartamos palabra, ni siquiera fuimos presentados, aunque sostuve contigo mil traviesas complicaciones imaginarias por las cuales calibré quién eras antes de seguirte al aseo de aquel aburrimiento de taberna donde besé, como tus ojos requerían, el tajo voraz de tu feminidad.

*

La percepción de la belleza, como la de otros eximios sucedáneos, muta con las épocas, mientras que la reacción ante el sufrimiento se revela ajena a las cronologías estéticas. Solo por la desventura que se reinicia con cada ser, solo el ser se escinde con cada calamidad, podemos sentir al humano gritar a coro con uno mismo.

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Porfiaba en vano como un jabalí malherido de venablo. Se le había metido entre las mollas la punzante idea de ser feliz.

*

Una dosis de dolor moral bien encajado embellece más a quien sabe tratar la falta de tratamiento de su mal que el abandono a las actitudes complacientes. Cierto es que no cabe esgrimir argumentos de consideración contra el gusto fisiológico por vivir plácidamente y, sin embargo, el ser que se abre a la sensualidad de su pesar sin oprobio ni pérdida de autonomía halla tan digno de superación el hedonismo como el atoramiento de sacrificios, llevaderos solo con una soberbia desmedida, que impone la vía ascética.

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El amor propio es la única inversión que puede mantenernos en pie cuando fracasan las demás y una disciplina capital para que el éxito, soñado o alcanzado, no se enseñoree de nuestro discernimiento.

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No perdona la envidia al que vive sin trabajar porque del vivir para penar —y todo trabajar para vivir lo es en alguna medida— ha hecho la necesidad norma de necedad.

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Atribuida —no sé si con rigor— a Alejandro Dumas, más célebre que celebrada es la frase que afirma «no estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo». Comparto su parecer, y más por hacerle honor que por tomarlo a la devota, creo oportuno añadir que la pobreza nunca es más despótica que cuando sirve, nunca más servicial que cuando es dispensada con largueza.

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Aquello que nadie perdona a nadie, ni aun si ese nadie es uno mismo, se concentra en la pureza de la visión que el mundo nos devuelve emponzoñada.

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El aforismo es un perfume para el pensamiento que se impregna con su propia forma de sentirse destilado cuando lo recibe.

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Contra caspas y modas, por todos y para nadie, sin concesiones a las concreciones de la realidad, el pensamiento me invade a través de las mismas llagas, viene como se va por esas conexiones ulceradas en las cuales me reconozco veneno y antídoto del tiempo a despecho de todas sus amnesias.

*

«Los que hoy vivimos, no tenemos a quien imitar, sino a quien sufrir», atiza Torres Villarroel. Y en efecto, las seguridades que hemos inventado al albur de los cambios introducidos en la sociedad por las industrias desarrolladas bajo el estímulo de la racionalidad técnica aportan, desde luego, persuasivos paliativos a título práctico —¿quién soportaría los días con sus noches sin suministro eléctrico ni cuarto de baño?—, pero comportan un defecto enorme más allá del deterioro, a todos los niveles, que produce su adopción como sistema único de vida: el incremento del miedo que ha proporcionado a la estirpe humana la intemperie donde escenifica su relación crispada con la realidad.

*

Si tuviéramos en perspectiva la posibilidad cercana del holocausto súbito mundial, aún existiría para nosotros, carcamales postedénicos, un sentido final al que aferrarse, el derecho escatológico de desaparecer para estupor y coronación a ultranza de la especie. Por desgracia, ni a crecientes desencantos admite el porvenir ser dibujado en un tono tan drástico: las élites que definen el ritmo histórico de las naciones emergentes están demasiado empeñadas en el superávit para tolerar que intereses opuestos a sus proyectos masoquistas pongan en peligro las ocasiones de progresar a semejanza del Occidente agotado que entona, desde hace décadas, su atronador canto de cisne.

*

Desuncirse. Si somos enfermos de vida incapaces de distinguir entre las ficciones y las veras de sus síntomas, tan lícito es darle fin al pulso como errado dilatarlo más allá de lo soportable. Matarse, ser automatado, morir por sí y porque sí: trinidad pendiente de promesas para darse por cumplido.


La contemplación del grabado Gin Lane de William Hogarth me hace retornar al Ferlosio que, con clemente desilusión, tañía negros acordes como este: «Babilonios somos; no nos vuelva la tentación de levantar ninguna torre juntos. Más bien ¡dejémonos ya de una vez por imposibles los unos a los otros, como buenos hermanos!». 

6.3.15

NI IMPRIMIR NI QUEMAR

Un adagio atribuido al legendario Sileno, preceptor vínico del dios Dioniso, asesora que «el mayor bien del hombre es no nacer, y el segundo, morir cuanto antes».

Ante la imposibilidad de la ley para castigar a quien se ha procurado alivio de extinción por sí mismo, la moral de la docilidad, ávida de siervos productivos, ha encontrado en los automatismos biológicos un modo de hacer penar a los ausentes con la instigación a procrear que ejerce sobre los presentes.

Quizá no anden errados quienes piensan que el acto de fecundar no es fruto de la elección humana, sino fogonazo divino, tanto si juega o no a los hexaedros con nosotros el gran promotor de incertidumbres al que atribuyen la faena tras escalfar la concupiscencia. Allá ellos con las futesas del parentesco trascendente que arrea su grupa de genes, se perciben más claramente las trazas familiares del diablo, su pertinaz incitación a la odisea del escarmiento, en la expulsión del paraíso que supone cada concepción.

Los politizados derechos del nasciturus no son nada con la nada que habrían de alumbrar los derechos superiores de los ingénitos, de los no concebidos; en un mundo más consciente de las cuitas del ser donde cundiera, además, la delicadeza de inhibirse frente a sus vicios menos recomendables, reproducirse seguiría siendo una apuesta personal, pero no sería legítimo ni bello para la sensibilidad adquirida que alguien impusiera a otro el deber de vivir, incluso si ese otro no existe.

Vanitas de Barthel o Bartholomäus Bruyn. Repárese en el mechón que se aferra al hueso como un grotesco vestigio de lozanía, por no mencionar el descaro a lametones del moscón o el rótulo donde puede leerse la sentencia, no apta para espantadizos, «Omnia morte cadunt, mors ultima linia rerum» (todo pasa con la muerte, la muerte es el límite último de todas las cosas). ¡Ojalá fuese cierta!

4.3.15

¿SUJETOS DE DERECHO O DE DESECHO?

Bartolomeo Ammannati, Alegoría del invierno
La abundancia y el consumo ilimitado son los ideales de los pobres; son el espejismo en el desierto de la miseria. En este sentido, abundancia y miseria son sólo dos caras de la misma moneda; los lazos de la necesidad no necesitan ser de hierro, pueden ser de seda.
Hannah ARENDT
Sobre la revolución

La democracia se basa en la igualdad y esta propende al absolutismo, pues como forma de organización interesada en maximizar la hegemonía de la colectividad sobre otros órdenes no se pronuncia sobre cuáles deben ser los límites del poder político, hecho este que ocupa, por el contrario, un tema central en aquellas concepciones que postulan la libertad individual como un bastión irrenunciable desde el que confeccionar el marco jurídico de lo social. ¿Acaso significan más los derechos nominales distribuidos en comanditario garrafón que el respeto efectivo a la jurisdicción de sí en cuya ausencia y quebrantamiento la soberanía digna de franqueo constituyente, la que no unce la potestad a modas gregarias ni instituciones abstractas, se ve condenada a la inoperancia? Sabido es, por desgracia, que con independencia de quién maneje los asuntos de Estado, de cómo se adjetive su penetración en las conciencias o de bajo qué supercherías legitimadoras pretenda justificarse su acción —legitimación que depende, en último extremo, de su capacidad disuasoria—, a fuerza de democracia se construyen imponentes tiranías que presentan una ventaja innegable respecto a las dictaduras de viejo cuño: gustan a un segmento muy amplio de la ciudadanía, que ni siquiera las llega a reconocer como tales. Ostentosas hasta en los ademanes victimistas de sus paranoias, las proclamaciones democráticas reservan su eficacia gestora a la dotación de instrumentos autorizados a sus feligreses para ridiculizar, silenciar o incriminar, según convenga, las voces discordantes, como si un gobierno sometido al control de la mayoría volviera prescindibles el resto de las garantías contra el dictado de estas, fenómeno inquietante que se agrava toda vez que urge la necesidad de recordar que democracia y populismo, o sus equivalentes menos divulgados oclocracia y demagogia, son términos que etimológicamente designan una misma realidad por más que numerosos periodistas y otros apesebrados de la confusión lingüística, no siempre cómica y raramente inocua, hagan por sistema un uso antitético de ellos para salvar ante el público la supuesta honorabilidad de un determinado régimen de valores que procura lamerle el culo a la plebe para sodomizar a fondo, parlamento mediante, a cada uno de los sujetos que se hallan en la desventura de componer la población de votantes —se me ocurre un sarcasmo tontorrón a cobijo de dos de las varias acepciones de censo...

En estos tiempos de administraciones armadas con poderes reticulares y competiciones televisivas por el agiotaje de la demolatría, la característica definitiva que diferencia a un verdadero demócrata, por usar la locución en alza, de la voluntad de dominio de un sátrapa no puede pasar desapercibida a poco que se comparen sus respectivas bulimias ideológicas: mientras el segundo, allí donde manda, suele saciarse acaparando privilegios a costa de sacrificios ajenos tan desmedidos como la jactancia que hace de su continuo expolio, el primero renuncia a considerar que el sosiego y un relativo bienestar civil sean posibles sin compartir visiones idénticas sobre principios, medios y fines. Por si la distinción no fuera alarmante desde cualquier óptica que se la juzgue, salvo la despótica, el rasgo que iguala a ambos, al demagogo y al reyezuelo, es su afán por elevar a rango de norma general irreprochable la estrechez ética de su sentido común. Frente a esta calaña de enamorados del pueblo, a mi nada moralizador criterio parécele inmoral no que uno haga de su capa un sayo, aun si ese hábito lo convierte en monje, sino que otros, en nombre de un patrón superior, se adjudiquen la aptitud de introducirse en los feudos particulares con la facilidad del aire envenenado que respiramos. Por supuesto, el simio vanidoso nunca ha sido libre por naturaleza, pero lo mejor que puede hacer por sí mismo sin negar su malparada condición es desarrollar la disciplina, perfectamente excepcional, de la libertad. Para Hayek, a quien nunca se relee en vano cuando diestras o siniestras, encastadas o desgreñadas, las masas asoman por el horizonte con vocación revuelta de enema, «el liberal, en abierta contraposición a conservadores y socialistas, en ningún caso admite que alguien tenga que ser coaccionado por razones de moral o religión. Pienso con frecuencia que la nota que tipifica al liberal, distinguiéndole tanto del conservador como del socialista, es precisamente esa su postura de total inhibición ante las conductas que los demás adopten siguiendo sus creencias, siempre y cuando no invadan ajenas esferas de actuación».
 
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