27.1.15

SOCALIÑA

En la casa del hombre cuerdo más cosas se han de disimular que castigar.
Antonio de GUEVARA
Menosprecio de corte y alabanza de aldea

Frescura y testimonio de honradez entre gentiles, la sinceridad se torna insultante escaparate, cuando no arma arrojadiza, en los viles que con ella escaldan el trato convencidos de que velar el juicio ante otros daría la nota de una falsedad intolerable. De agradecer es que se inculque a tales desmañados el gusto mundano de la hipocresía aun bajo la censura de ocultarles por objeto de la misma el ahorro de los sinsabores adunia que su deslenguamiento supone para el resto.

La preferencia de la soledad no es óbice para saber gozar de una Merry company como la representada por Gerry van Honthorst.

23.1.15

DEL ARTE DE CONTAR NADA

Siempre me habían reprochado la extravagante imaginación que me había llevado a argumentos insólitos y tan distantes de mi experiencia como mis facultades de darles buen fin. De nada servía lo impecable de mi argumentación: crear es inventar, asacar un mundo verosímil en su propia atmósfera, sin deudas, esas sí que inverosímiles, con algo tan ajeno como la realidad nuestra de cada día.
Dimas MAS
Poliantea

Imprecisas coladas son los contornos del estilo cuya ausencia, en la investigación piromántica que lo persigue, implora ese reencuentro armonioso con la forma de la que supo gozarse agraciado al acariciar su perfil, huidizo juego de encajes como la experiencia del rostro amado antes de evolucionar en la distancia nebulosa hacia el olíbano de un momento perdido.

Accedo con mis lecturas a tales colmos de belleza, que mis pequeños textos se achican aún más tras el cursor parturiento. Creo que si me hiciera justiciero aristotélico habría de blandir el implacable I would prefer not to de Bartleby a fin de restañarme la incontinencia mental derramada en estos desencantamientos de dudoso conjuro. Puedo exhortarme a dejar que sean otros curiosos, acaso extemporáneos para que me hurten con la generosidad que no me debo, los que decidan si hay valores dignos de ser invocados entre las brumas permanentes de su génesis imperfecta. A nadie desengaño, sin embargo, colgando tulipanes de hápax entre los pliegues del velo de Maya o componiendo con las suertes y fragancias de mis obras marchitas el palafito impertinente de una suerte acibarada sobre las corrientes del hallazgo, que ya ni la espuma lúgubre de los abortos creativos llega a desembocar en la desmantelada Brautigan Library, una biblioteca consagrada al fiasco donde hasta no hace demasiado flotaban reunidos en azarosa hermandad los manuscritos rechazados por las editoriales y donados por los autores, supongo que inoperantes para guiarse con sus criaturas a imitación de Abraham con Isaac, su respectivo gazapo.

La tragedia, bayadera fatal, reserva un contoneo feroz a cada espectador involucrado en los misterios y peripecias de la danza humana. Pensando en ella me tocaré a rebato, para que luego digan mis fementidos mengues, francos en las pullas de sus medias mentiras, que el alma se me escapa por el rabo...

Me topé con el cabriseñor del cuadro en esta galería de Bill Mayer.

19.1.15

DISERTINAS Y CONFIDENCIAS

La verdad es que la vida
no es una línea derecha
sino una línea torcida.
Preso de su laberinto
el corazón es un monstruo
que se devora a sí mismo.
José BERGAMÍN
Velado desvelo

Sobre la conciencia del filósofo onanista —en pomposo, autodidacto—, no adscrito a otra corriente que la surgida entre dos luces de la experiencia de su pensamiento, planea un ave borrascosa que le recuerda, con graznidos no siempre templados al oído que la atiende, la prudencia de tomar sus ideas por tonterías, como son cuantas me siguen:


Toda aventura creativa es un viaje pronominal a las partes ningunas que el creador lleva consigo, y si os contara cuánto del personaje autopoiético y autoamnésico con el que escribo hay en el autor, sabríais más de lo que puedo discurrir mientras recorro el velo que todo ser vívido precisa descubrir para ser vivido: poderse mirar de hito en hito o de hito en hito poderse, a poder ver, reconocido.

*

Contención de sí en las caligrafías del ser. Autor heteróclito, protagonista coral y lector forzoso de la novela de sus días, en cuya trama de vaivenes perderse y encontrarse se interpolan como el adentro y el afuera por el filo sinuoso del transcurrir, uno está de ida a la vuelta de cada paso y une al paso de cada vuelta la reescritura de su alma, a la que infunde una voz que se funde a los hechos como el peregrino a la ruta introspectiva con la que, paralelamente, el viaje se confunde.

*

Quien relee a sus favoritos después de mucho tiempo sin frecuentar su compañía vuelve a pasar por sí mismo sacudiéndose la vista que calzó con el polvo de otros caminos, senderos que otros trazaron con la médula errática de sus ficciones cardinales.

*

Hay un artista en todo aquel que halla el modo de contagiar sus inspiraciones y un pensador en quien sólo busca el modo de recuperarse de ellas.

*

Ni remotamente lineal, como pretende la lógica, el pensamiento tiene el estigma y la incertidumbre envolvente de lo circular, como una serie de campos orbitales que, dispuestos en abigarradas posibilidades de lucubración alrededor de quien medita, describen trayectorias por las que el intelecto valeroso se desliza probándose en todas sin amoldarse a ninguna.

*

Para hacer negocio hay que hacerse negocio, y movidos por este principio de promiscuidad algunos que sin pensar piensan por todos se quieren protagonistas sin interrupción: esa es su mayor apariencia de fuerza y la mayor evidencia de su flaqueza. Pero se propagan como la peste.

*

Los recursos que el hombre atisba en la mujer difieren de los que la mujer avista en el hombre, diferencia que los iguala en la percepción del mundo como un espacio de poder disputado de uno a otro confín.

*

Cuando uno es invitado a sentarse, sobre todo en un contexto formal como puede ser el despacho de una autoridad, una sala de conferencias o en casa de unos anfitriones desconocidos, se le pide, en realidad, una prueba de sumisión a los dignatarios del lugar que sobrepasa las correspondencias de la amabilidad, señuelo destinado de ordinario a reforzar la asimilación dócil del gesto requerido.

*

Peaje de la evolución de las lenguas que los pueblos atrincheran en sus costumbres es el recelo, hecho de dificultad, para designar aquello que contraviene los prejuicios heredados mediante omisiones que no por prósperas dejan de delatar a quienes de ellas se valen para convivir con las tachas sin enmendarlas, cual ocurre en castellano, lengua predilecta de los descendientes de Caín, cuando la envidia entronca con un sentimiento asaz ponzoñoso que disfruta de los avales del uso sin haber recibido jamás el sacramento bautismal del léxico: la alegría por el infortunio ajeno que propuse llamar alevidia, porque rara vez presencian sin molestia la ventaja del otro los vecinos de estos cortijos donde a todo menda «hyere la censura, como el rayo, los más empinados realces» (Gracián).

*

Insólito es que haya algo más demostrativo del subyugamiento de una época a la tecnología que el hecho de que no exista ninguna palabra consagrada en los principales idiomas de los afectados por ella para definir a quienes extenúan su tiempo como colonias ambulantes de los satélites. Cronocupados cual extensiones de los adminículos que les procuran el espejismo de lo contrario, toda la esencia visionaria de los desenchufados parecerá un túmulo de letra muerta a estos depravados del último grito que, cautivos de la conexión perpetua con la manada, se comportan como hordas expatriadas del aquí, clanes vaporosos, moléculas de identidad inmersas en una nube de placebos audiovisuales desde los cuales cuesta advertir el hedor de la podredumbre actualizada que se proclama victoriosa comunicación a través de altares digitales o sepulturas itinerantes, tanto da.

*

Telextrudidos. La aceleración de los flujos de información comprime seres y enseres al tiempo que disuelve la perspectiva en la inmediatez ajustada a los circuitos de una subcultura mundial en la que todo tiene cabida como despojo y todo despojo encuentra salida como renovación de la necesidad bajo el arbitraje viral de la velocidad, premisa maximizadora para lubricar las mentalidades abocadas a consumirse en el chiringuito total.


*

En las sociedades con mercado, el comercio aún se mantiene fiel a los límites que le otorgan su razón de ser funcional, razón desbocada contra el ser en las sociedades de mercado donde lo que otrora fue un atributo orgánico se convierte en una disfunción imperativa, limitada solo por su propia flexibilidad embolsadora, que de ninguna manera consiente la existencia de cualidades inalienables.


*

Contrapunto de etiologías. Concebidos por el cosmos, nuestras concepciones generan a su vez un microcosmos que cambia de continuo el modo discontinuo que tiene el universo de concebirse a sí mismo. Si el orden es la forma provisional de adaptarse al caos en lo menudo, el caos podría ser un intento permanente de adaptación al vacío en la vastedad.

*

Ontoflexia. Recuerdo haber vivido que soñaba recordar haber soñado que vivía en un recuerdo haber vivido... ¿Comienzo por el cuento del nunca acabarnos de hacer o prosigo por el sueño del nunca acabarse de contar?

*

La experiencia hermética de un hombre está en sus fracasos, y estos dan la clave de lo que vale, humanamente, la experiencia.

*

Tierra por tierra. No tener ya nada por lo que luchar, desfallecer de victoria en la salida improcedente que con vista fustiga la vista de los rendidos a luchar por cualquier cosa.

*

Toda mirada certera está destinada a hacerse ciscos sobre aquello donde siente la fatiga de posarse.

*

Independencia de criterio en medio de la confusión reinante, valor para empuñar las propias decisiones frente al bureo que atocina las fuerzas, entereza de ánimo para sobreponerse a los golpes que se han de padecer y un lance a la vida que me allane el tránsito de abandonarla sin más impedimentos que los ofrecidos al ser tomada, ¿acaso pido lo imposible?

*

Cuando la realidad se antoja razonable las evidencias que la desmienten son tomadas por quimeras, fenómeno que guarda simetría con los actos opacos del soñador, habituado a componer entramados de invenciones que asume como sólidas realidades mientras dura el sopor.

*

El mito tiene sus razones de igual modo que la razón tiene sus mitos, entre los cuales destaca la habilidad para desmitificar cualquier creencia, excepto la suya.

*

¡Que te crees tú eso! La razón no pertenece a las víctimas ni a los culpables: se debe en exclusiva a sus adoradores, quienes no creen deberle nada a aquellos que, con razones que no caben en la razón, se la quitan.

*

Como bien sabía Adolf, inadaptado social y analista de la conducta de las masas antes que orador experto en cinésica, la propaganda debe adecuarse al nivel de inteligencia más ínfimo del auditorio al que se dirige porque la altura del discurso está en relación inversa al tamaño del público que pretende seducir. Solo el pensador que eleva en el ostracismo voluntario de su ombligo la torre de sus ideas puede permitirse la libertad de ser rechazado por la multitud sin la restricción cognitiva que exige concitar la popularidad del mensaje; puede, incluso, alzar la voz de la insumisión antes que ceder a la extorsión moral del respeto debido a sus congéneres: por encima de cualquier compromiso con su época, escribe para aquellos que no temen templarse y contemplarse en los contrastes, aunque haya de buscarlos en la inexistencia.

*

El candor. Cuando juego con mi sobrina, de apenas cinco años cumplidos, acabo siendo reprobado por mis salidas imaginarias: ella quiere «una vida real» para sus muñecos...

*

No me avergüenzo de los palos que no me han dado, ni me duelen los que adjudico en mi defensa contra aquellos que quieren ponerme firme en sus filas, ni dejo de pensar que los merecen férreos quienes han logrado secuestrar los estímulos en una pantalla en detrimento de los tirachinas, rabos de lagartija y cuanta profusión de iconos prístinos se concedía la imaginación sin trucajes ni intermediarios.

*

Los autores que admiramos forman la aristocracia natural a la que reconocemos su irresistible ascendencia sobre el modo de interpretar el desvarío de existir y cuya influencia quisieran igualar esos mamones eminentes que aspiran a gobernarnos.

*

Recuerdo que cuando era joven y me creía rebelde hasta en los andares ardía en las paredes callejeras un apóstrofe que exclamaba «los políticos no se hunden porque la mierda flota», elocuente descripción metafórica de una calamidad que dejaba sin alusión el quid del problema: los zurullos políticos persisten porque permitimos a los comensales de más altas instancias evacuarlos sobre nosotros.

*

Plantearse las opciones políticas en términos de costes y beneficios sociales puede ser interesante de cara al mercadeo de miedos y esperanzas, pero en modo alguno apunta interés por la cuestión radical que subyace bajo la apariencia de un contrato social. Si la noción de poder propio adquiere forma con la construcción de uno mismo y la consecuente búsqueda de sintonía con la sociedad, el pensador autónomo debe considerar prioritario desentrañar qué sistemas empecen menos al sujeto la virtud de servirse mejor de sí mismo y cuáles excluyen para corroborarse el menor propósito de apoderamiento individual.

*

Ironías de la isocracia, a medida que los actos individuales fueron tomando cuerpo de libertad civil en el ideario constituyente de los Estados, todo aquello que causaba discrepancias respecto al modelo surgido fue puesto bajo sospecha, en nombre de la racionalidad contractual de los derechos admitidos, como una vulneración de las bases sociales del orden político. Absorbida por la legislación, la libertad se vuelve dogmática y termina refinando el oscurantismo que finge combatir desde la ley.

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Aquello que no beneficia a la abeja tampoco beneficia al enjambre. ¿Por qué, entonces, se ha señalado una conspiración contra la colmena en el vuelo que una abeja hace a su amor? Quizá porque quien así lo lastra de puro miedo atenta contra la naturaleza original de las alas, contra la misma posibilidad del vuelo.

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En el hipogeo. Más nutritivos y cruciales que el entretenimiento de andarse por las ramas, los vericuetos radiculares son también más duros y tenebrosos. Entendido sabiamente, lo primero que desecha el amor propio es el orgullo con su fárrago de ostentaciones, entre las cuales puede haber ademanes cariñosos hacia la corteza vana del sí mismo, mas no el acceso a la savia que es causa y ensayo constante del conjunto que uno forma consigo cuando se quiere de veras.

*

Hágase lo que se deba sin temor a deber lo que se haga: desde el salto irreversible del pensamiento, todo acto es anticipo de una retribución imaginaria que se derrama por los bordes de lo concreto.

*

No se tenga a presunción el saber buscarse los defectos que la lisonja disimula, pues defecto inequívoco es el erguido entre los demás para hacerse prenda de virtud con el acopio de los fallos que no remedia por saber enumerar.

*

Síntoma de madurarse a lo inhumano —es decir, sin venir al menos de los más—, todo cuanto parecía evidente deja de ser obvio y lo que antes era romo adquiere una prominencia que solo un desgaste de las entendederas puede hacer tolerable tras la ruptura con las convenciones de las convicciones.

*

«El yo es un promontorio en la nada que sueña con un espectáculo de realidad», comprendió un santo frustrado en la descomposición que tuvo por aderezo ilustrar. Quizá uno pueda hacer de su vida una catedral de armoniosos y cautivadores elementos arquitectónicos, mas será un templo erigido en el laberinto que la experiencia humana representa para sí misma de acuerdo con las dos grandes tendencias que concurren en ella, la de quienes se descarrían de dentro hacia fuera y la de aquellos que lo hacen en sentido inverso, a expensas siempre de olvidar que no hay dos mapas idénticos ni brújula que funcione sin el magnetismo de un extravío mayor.

*

Más que por haber decepcionado a quien se estima, se duele uno de su decepción por tener que desvalorizarse a escala del desengaño ajeno, que si no se ha espantado de curar habrá de sumarse como fustigamiento a la certeza fallida de no haber aprendido que decepcionarse de sí mismo es una disciplina que nunca defrauda.

*

Según los Evangelios de la insolencia cuya catequesis no he querido moderar con el arte apócrifo del olvido, las últimas palabras escupidas por el alborotador que subido a dos palos chantajeó al mundo fueron: «Ya me jodo yo por todos vosotros, ¡so mandrias!»... Sabed que también este protosuicida que lo reseña fue católico, rogó a Dios de niño para impulsar epifanías zoomórficas bajo las piedras y creyó ver en el amor de llegar a ser lo peor que se puede ser el testamento de espinas clavado al hombre. Por ello, mientras aguardo alevoso mis próximos desvelos, me guardo de los sonámbulos.

*

Dios, que nace en la oración y muere en la adoración, resucita en la blasfemia.

*

Tahúr de roles. «¡Arderás en la hoguera por hereje!», maldijo el monje creyéndose portavoz de una razón divina a la que replicó el aludido: «Acepto: encenderás el pedestal de mi muerte con este ramo de flores y tu cráneo, tocado de humos, se abrirá finalmente como un higo que dará festín a muchos picos hambrientos y fertilizante a las tierras donde mis cenizas, dispersas, te saludarán hasta que sea consumada la unión de nuestros elementos en la desgracia de otro ser, acaso menos inclemente y desatinado que tú».

*

Discrepante vocacional y escéptico por vicio, hago ruinas sin derribar el sentido práctico de catalogarlas ni desdeñar la sobriedad que entre ellas tengo, como cualquier delineante de estados alterados, por pulcritud indispensable del temperamento sobre la derrota que, retándolo, lo perfila.

*

Asilo y celada del distante. En mi retiro horaciano de las urbes, que bien podría asemejarme por la estampa de hidalgo lunar a un fugado de las telas del Greco —así me lo fabula, y acierta, el conceptuoso señor Mas—, experimento la necesidad depurativa de chapotear sin melindres en el barro. Lanzar mis autolíticos libelos al mundo me proporciona ese nexo alternativo con la tierra sucia y ensangrentada sobre la que desfalleceré, antes de que me adelante la soñera carcamal, con las fauces abiertas como un pendón desafiante. Me previenen los avisados que «en boca cerrada no entran moscas», besuconas volantes que devoran al regalado que en su obra, no es mi caso, vierte cálices de miel. «Por la boca muere el pez», en efecto, y la mía va llena de cicatrices por los anzuelos que han hecho empeño de atraparme. ¿Quién, si no yo, me ha metido en la red de este beatus ille?

*

Yo, que sólo sé ponerle nombre a las cosas, no sé cómo nombrar esta cosa sola que soy a contra ser.


Dusk de Kim Cogan, arúspice de la paleta que se revela poseedor de una destreza magistral para captar la belleza emergida como un puñetazo anónimo de los parajes, en principio anodinos, que concuerdan con la desolación cotidiana. Oteando sus lienzos uno se siente masacrado por una emoción estética que me trasmina a algunos panoramas de la película Enter the void.

15.1.15

MONUMENTO AL VERBO FUTURO, II


Ceñidas las sienes por el abrazo de las nieblas que me rodearon juguetonas en la noche precedente, amplío la lista de proyectos creativos que anticipé en 2008 sin sustraerme a un adarme de sentimiento abortivo —deberían ser toneladas a tenor de lo incumplido— y sin enfundar del todo los temores infundados de arriesgarme a ser objeto de un latrocinio literario que solo podría colmarme de gratitud hacia sus emprendedores. No se me ocurre mejor ni mayor homenaje que ser plagiado, aunque sea en las minucias del empujón que intento hallar consignando la simiente de estas obras. Por otra parte, las ideas no pertenecen a nadie, salvo a quien las usa o las descarta en la ordalía constante que pone a prueba cuanto de fortuito hay en un conocimiento nunca exento de criptomnesia e intertextualidad. El pensamiento es tanto de quien lo provoca como de quien lo sabe hospedar, y de ninguno cuando acostumbra a creerlo suyo. En contraste con la arrogancia de quienes gustan de atribuirse en propiedad las ideas, las ocurrencias que pueda yo reseñar vienen, principalmente, a fingirme el alivio de consumarse una vez colgadas junto al marbete de mi casa, mudanza que las eximirá de vegetar en la bodega de silencio donde hasta la fecha de airearlas se malcriaban.

En el ínterin que media entre lo que anuncié y lo que anuncio, he dejado apagarse a medio trayecto Llamamiento a los caídos, una novela que como nadie leerá aventuro a calificar de negrísima y psicodélica distopía; me vi atascado junto a Goran Negus, su antiprotagonista, cuando lo tenía dispuesto a iniciar, nada menos, que una cruzada alrededor del mundo. Él la denominaba Marcha sobre la Humanidad y, consciente de que «cada vez hay más gente deseando abrazar una excusa para arrojarse al fuego y refulgir con los destellos de una muerte heroica», pretendía convertir al lumpen, «la turba extraviada de los desencantados e inaprensibles», en una nación de andariegos, «una potencia transversal a las coordenadas geográficas y ajena a los entramados políticos, potencia feroz sin dueños ni mendigos, potencia irreprimible por quererse móvil y errante». Tampoco han escaseado tiernos pétalos en la vereda, y al tiempo que menguaba mi ingenio durante estos años tortuosos he podido satisfacer, gracias a las antojadizas musas del tálamo, una fracción de mi palabra al reunir en un caos de inocencia y experiencia los Piropos agorados. Quizá no sean tan perdurables como ese Glosario para superhombres y otras bestias de artificio que abono, muy de subrepticio, con un amor puntual por la radicalidad que presiento risible a ojos de los morbosos que se asoman por estos riscos; locura innecesaria sería interrogarse acerca de lo que buscan tales benditos, mas la intuición de la que todavía no he renegado me insinúa que en la distancia pintan apuestos como ha de serlo quien se sabe pervertido por la voluptuosidad del ocaso. Sean quienes sean, pasen y revuelvan:

- Homo erecto, narración que podría subtitularse «El vacío, las mujeres y yo» o «Andanzas y tropiezos de un polinizador estéril». Debe reunir la dosis justa de especulación antropológica y una buena carga de ironía para describir las luces y sombras, el auge y la caída, de un galán que pretende escribir una novela sobre una secta de mujeres que aspira a dominar el mundo por medio de un credo pansexualista. A fin de documentarse, como un trabajo de campo decide impregnar de principios parecidos la relación que mantiene con el círculo de sus amantes y antiguas conjuntas, quienes desatan una serie de reacciones impredecibles que acaban sumiéndolo en un laberinto emocional responsable de su derrumbe vital. Para el pórtico de la historia escogeré una cita alusiva a la muerte de Orfeo, despedazado a manos de las bacantes, entre las más expresivas que pueda hallar en los autores clásicos que han hecho relato del suceso. Y emulando la mejor tradición cervantina, también podría intercalar varias novelillas ejemplares que funcionarían como una segunda melodía en torno al tema central del instrumento de dominio que va ligado en esplendores y confusiones al altar de la sexualidad. Pienso a tal efecto en El fornicador compasivo, fábula en la que una mujerona pocha y fea como un demonio orondo, metida en la fase terminal de una enfermedad incurable, le suplica a un buen amigo de pimpante presencia y ostentador de una reputada pericia como amante, que yazga con ella para no ser expulsada de la escena sin haber accedido a un placer del que ignora casi todo. El apuesto, más por poner a prueba sus facultades viriles que por una decisión condicionada por afectos generosos, corresponde a la petición y, para su sorpresa, vencido el asco inicial del brete, en el cuerpo de la ajada se descubre embriagado como nunca en su larga trayectoria copulatoria, contrariedad de la que en vano buscará reponerse en la belleza de los cuerpos que siguieron honrando su fama, que no su gozo, tras la pérdida de la amiga. Mientras esbozo estas líneas, una remembranza súbita me advierte del lejano parentesco con un cuento de Manuel Vicent que leí en la adolescencia.

- La descoñá, crónica satírica en la que describiré con profusión de detalles cómo me introduje bajo el manto de la Virgen del Rocío, de cuyo vientre figurado emergí en plena Romería como un recién nacido para demostrar a los incrédulos que, incluso en efigie y privada de órganos sexuales, la Blanca Paloma sigue gozando de fertilidad. Una chorrada.

- Mucho estudio de galénica necesitaré para componer Venenario, un vademécum de fármacos y sustancias imaginarias.

- Más amena cabe representarse la lectura del Diccionario de oficios por inventar, cual el de agitador ambulante de azucarillos.

- Con los magic fingers de mi amigo Víctor a la guitarra y yo a los trastes de una voz malpensante, desarrollar un espectáculo cuyo soporte textual provenga de una selección de los monólogos, epigramas y poesías más descalabrantes que he llegado a segregar. Podríamos llamarnos Dúo Tragicósmico y titular nuestra función Agradezco que seáis pocos. Humor metafísico sin red.

- Diseñar los arcanos mayores de una baraja alternativa de tarot con misterios de mi propia cosecha, como el análogo en correspondencias simbólicas al Emperador, que sustituiría por El Biseñor de los Gusanos Tristes, un personaje entronado en la espuma formada por la marea de su eyaculación infinita y portador de una cabeza siamesa que le permitiría contemplar Cielo y Tierra bajo la luz cinérea emitida por una aureola de larvas hambrientas.

San Jerónimo empuñando un pedrulo, como si al sopesarlo pudiera cerciorar el pulso de su propio corazón, según el pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen.

12.1.15

ÚLTIMA PERSONA DEL SINGULAR

No sufrir, no escribir, no pagar cuentas, 

y vivir como un noble arruinado 
entre las ruinas de mi inteligencia.
Jaime GIL DE BIEDMA
De vita beata

Literariamente estoy entre dos espejos: el de mi fe, saber que no sé escribir, y el de mi ley, saber que no sé tener fe; me cuento literalmente escindido entre la virginidad anticuada de creer que tengo algo que contar, y el autoengaño de contarlo para integrar las identidades amotinadas en la construcción demoledora de mi propio reflejo, de cuya palabra no me fío porque la conozco en toda su esquelética desnudez.

Detalle de El rapto de Proserpina de Bernini en cuyo realismo brujo son conjugadas carne y piedra a mayor excelsitud de ambas. Después de confabularme conmigo, necesito el apoyo estatuario de un clásico que me sujete el artesonado. Me ponga como me ponga de adventicio, por las dobleces y tripleces sintácticas de cada despertar me ronda el Kranog.

10.1.15

RITO DE IMPROVISACIÓN

Yo, artista refinado, cauto y tímido, estupefacto ante tanta carne viva y palpitante, ofrenda al morbo y a la muerte, ante tanta carne dolorosa y alegre, ante tanta belleza imperfecta y amable, exclamo acongojado: —He aquí la belleza que no podrás abrazar nunca.
Rafael CANSINOS ASSENS
El divino fracaso

Ardiendo en sus adentros nos volvemos fluidos; fuera, negligentes y voraces. Pioneras de su posesión en el movimiento coordinado de las formas venidas en suerte y dueñas como el nunca que pone el destino en jaque con el baile que las desdibuja para descifrarlas mejor a través de los visajes, brotados de la hondura atávica, mientras comulgan con la difusión inconquistable del reclamo; autoras consabidas de devociones subyugadoras cuando no se las palpa en la verdad y aún más si se las acaricia en la beldad que no reservan, las mujeres que deseamos no pertenecen jamás a los ojos que las admiran. Son ellas antes presas para sí mismas que uno puede amar en la quietud palpitante de la media sombra, como mucho en la lentitud que las posa al alcance de los instintos, donde jugamos a modelarlas de nuevo como el vicio por natura que siempre han sido hasta poder abandonarlas a los eclipses parciales del reconocimiento que las traiciona solo por cumplir el oráculo de rasgar el velo en cada una, intriga interesante en tanto nace empeñada al canto, muy quedo, de lo indiferenciado.

Roto ya el tabernáculo de los universos detenidos en el aborto del tiempo, la belleza revoltosa de la tentación se aproxima al absoluto si, segura incluso en la inseguridad que lustra por un éxtasis o un exterminio, quiere, cuando acepta querer, ser escarbada con más belleza, con la belleza desbocada de todos sus múltiplos y paradojas. Se tiene así por adusta periferia en el centro mismo de la indiferencia hacia el eterno crac del cras y llega postergándose con el devenir devengado en un espasmo que, de lindo pero taxativo abordaje, proporciona la afinación del juicio que expulsará a sus adeptos a las llamas francas del codicilio, en cuyas palabras vencidas confesaremos ser soles ensartados a las arterias del último desaliento.

Y seguimos matándonos mediante la obra de un artista anónimo, conocido como Maestro de la Santa Sangre, que representa a Lucrecia, modelo de virtud ultrajada. Cuenta Tito Livio que Tarquinio, hijo del último rey de Roma, se enamoró de ella y, al verse rechazado, pues era fiel a su marido, consiguió gozar de sus encantos valiéndose de la malevolencia: de resistirse a yacer con él la pasaría por la espada y dejaría junto al suyo el cadáver de un esclavo que le permitiría argumentar haber hecho justicia al descubrirla en un acto de infidelidad a Colatino, que además de su esposo era amigo del violador. Lucrecia, asqueada, cedió al chantaje, pero en cuanto pudo confió lo ocurrido tanto a su padre, el prócer Lucrecio Tricipitino, como a su cónyuge, a quienes rogó el desquite de su honor. Descargada de este fardo su conciencia, se dio muerte sin dilación con un cuchillo.

8.1.15

DIME CÓMO MATAS... Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Si la pluma es más poderosa que la espada, es de esperar que quienes manejen las espadas deseen enfundar las plumas de sus adversarios.
Friedrich NIETZSCHE
El Estado griego

Ayer me planteaba escribir una glosa sobre los previsibles efectos secundarios de la matanza en la sede de la revista Charlie Hebdo en París (incremento de la presión policial sobre la población con el pretexto de aumentar la seguridad, recorte de las libertades civiles, ofuscación patriótica, oleada empalagosa de solidaridad, etc), sin obviar la insidiosa criminalidad inherente a los monoteísmos organizados (no vayan a pensar los cristianos que su secta se conduce de forma menos beligerante cuando se siente amenazada, si incluso lejos de estarlo esgrime amagos en el artículo 525 del Código Penal), además de poner de relieve la escandalosa disparidad existente entre el valor mediático concedido a los muertos por causas violentas en los continentes ricos y los aplastados por sistema (desde frentes oenegeros, mercenarios e industriales) en las extensas zonas depauperadas del orbe, por no especular con el probable papel de los States como principal instigador del choque de civilizaciones en aquellos escenarios donde pueden arrogarse el derecho, con aspiraciones cosmopolitas, de rentabilizar la guerra contra el terrorismo y difundirla como una maniobra de remodelación psicológica sobre una premisa no por rudimentaria menos asumida para la generalidad de la audiencia: quien mueve el miedo, mueve el mundo; todo esto escardaba ayer cuando al transcribir hoy a mi hipomenata o colección de citas las frases que marqué en un opúsculo de José Bergamín, encuentro esta gema que parece tallada para la ocasión y vuelve prescindible mi argumentario:

«El crimen no lo comete sólo el criminal —dice Séneca— sino el que se aprovecha de él; o de ellos, del criminal y de su crimen. Parecería entonces que el policía, el fiscal, el juez, el carcelero y el verdugo... Y hasta el abogado y el médico. Y, ni que decir tiene, el periodista. Todos los que ganan su vida de levantar muertos. En una palabra, que quien lo comete, porque lo aprovecha del todo, es la sociedad que lo organiza».

Aunque parezca un exabrupto de innecesaria mala leche, no quiero despedirme sin aludir a la enhorabuena que supone el atentado para los jerarcas de la Iglesia Católica y los teolépticos de la comunidad de judíos ortodoxos: sin recibir la ominosa unción de una mota de sangre se han librado de iconoclastas incómodos para sus respectivos credos, a la vez que asisten a una reactivación del desprestigio que merecen sus rivales yihadistas. Eso es derribar dos pájaros de un tiro sin apretar el gatillo. Y así les alcance la gangrena de la podredumbre tras el parapeto triunfal, aquí detento mis palabras armadas de fuegos fatuos; flaco favor haría a la causa de la libertad de conciencia, quizá el único engendro digno que ha parido Occidente, si me obstinara con los sobejos como un vulgar carroñero de los que opinan, con Vitelio, que «el enemigo muerto siempre huele bien».

Crudita y elocuente, La mort de Sénèque de Claude Vignon.

4.1.15

LA ENERVADURA

Los peligros visibles nos causan menos espanto que los terrores imaginarios.
William SHAKESPEARE
Macbeth

La relación imaginaria que uno establece consigo no obedece a un rapto del ánimo, alteración más propia de la enajenación con su pléyade de estados paroxísticos, sino al cultivo del desdoblamiento como artesanía —arte y remedio— de estar en sí. Téngase en cuenta que un conato de locura es preciso para descifrar, siquiera a rasgos gruesos, el mundo de las apariencias cuya fuerza motriz reside en el desvarío de sus estructuras imperceptibles. Y tras este atributo se despliega, qué disloque cabe, el velamen de la perdición.

Siempre que me he confiado a la lógica de introducir un germen de orden en lo numinoso, la cara oculta de la realidad me ha respondido rebelándose a través de los canales que conectan las selvas nocturnas de la mente con el lado inhóspito de las cosas. Conmigo, cobra pulso de forma salvaje la certeza de que habito a merced de una corriente fantasmal, traspasado de gen a gen por un fluido siniestro que recorre cuanto puede ser comunicado de pánico. Remedando a Cioran, autor a quien tengo por amuleto sobre todo en las auroras de la dicha, no puedo sentir el orgullo de ser hombre porque he vivido el fenómeno del miedo hasta sus últimas consecuencias. Así ha sido desde antes incluso de aprender a contar las miradas chispeantes de horror que me interpelaban asomándose a la oscuridad por donde erraba conjurado lejos de mi ser, ni dentro ni fuera de sus límites oníricos, en una irrisoria suspensión de facultades que extasiaba el pensamiento desatado a la omnipotencia de sus más desgarradoras combinaciones figurativas. «La ficción abre al sentimiento ominoso nuevas posibilidades», dice Freud, y yo lo verifico a partir de entonces con hirviente nitidez de tinieblas, en las que me rehogo sin terminar de cocerme. La jindama amorfa, privada de concreción fáctica —al contrario de la que abunda en la trinchera, en la mazmorra, en la esclavitud del burdel—, crece en densidad sin salir del molde interior que pone en mientes una lucha mitigada solo por la extenuación, y bueno es que la haya, porque la plétora que no remite por agotamiento podría dar en la truculencia de un Eresictón de Tesalia, que según Ovidio «él mismo, su organismo, con lacerante mordisco a desgarrar  empezó, e, infeliz, minorándolo, su cuerpo alimentaba». ¡Qué no daría el atenazado por la angustia de un temor intransferible a cambio de verse cercado por las atrocidades de una evidencia compartida! ¡Cuánto más leve no le parecerá temer la crueldad del adversario que el frenesí del pavor inmanente! Ser también es ser para sí un sicario, sufrirse verdugo endógeno.

Conozco el acto puro de temblar y soy conocido en su feroz gama de intensidades por el zarpazo de la nada que es veta de la materia junto a eso otro que se pronuncia estremeciendo los terrores absortos del más allá abismado en el más acá sensorial. Hay un animismo irredento que se resiste a desaparecer no menos que a dejar de intervenir cuando la soledad lo desacata y el intelecto pretende expulsarlo de sí con elementos racionalizadores; se trata de un poder intemporal que lo mismo extrae voces abandonadas de los objetos dispuestos en derredor que propicia estelas de presagios en la presencia replegada, preexistente, que desfila por las capas insondables del delirio hecho mamífero, pasto predilecto de su gula y síntoma —intuyo— de su falta de entidad, pues persigue con saña a los vivos desde que estos galopan la necesidad de conjugar el tiempo para creerlo sustancia o disfunción antes que desacreditarse sabiéndose difuntos sometidos a la repetición de un simulacro. No hay pacto franqueable con esta clase de paranormalidad, hasta mi gata cuando se eriza bajo su influencia comprende, del rabo a los bigotes, que son impuestas las condiciones mediante las cuales somos abordados por las grutas de su naturaleza electrizante, gozosa de una autonomía ininteligible contra la que, espantados, con el vello clavado en la conciencia trémula, el factor humano desiste de aprehenderse prendiéndose a las debilidades de vaporosos artificios, como el de encender una lámpara —sarcasmo de luz—, por humillante que resulte el alivio después de haberle concedido credibilidad a la flaqueza donde cada partícula lo calumniaba.

Nada desnuda tanto el espíritu como pasar una noche, «capa de pecadores», en el nadir de la expectativa, acechado por la tabarra de la intriga que monta guardia desde la inmovilidad frente a cualquier perturbación de lo minúsculo.

Anoche tuve mi primer episodio anual de parálisis del sueño..., pero estaba despierto.

Bonitas sugestiones en Le Rêve de Henri Rousseau.
 
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