31.12.14

EL EXORCISMO DEL HOMBRE

Absorto e incierto
y sin conocer
floto en el mar muerto
de mi propio ser.
Fernando PESSOA
Cancionero

Para hacer habitable el mundo a sus ocupantes, estos deberían deshabituarse de repoblarlo con seres inhabitables para sí mismos; para hacer habitable el ser que se reconoce mundo inhabitable, se necesitaría proceder al exorcismo del hombre por el hombre, trasto del creador y pena de la criatura.

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Amar al Hombre, no ha habido empresa más indigesta después del empacho milenario de Dios.

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Atascados en la bicéfala imposibilidad de ser dioses o simplemente animales, e incapaces, en consecuencia, de experimentar la animalidad divina en el núcleo mismo de la naturaleza humana, la civilización recurre a los últimos sortilegios de la racionalidad científica con la ilusión de pergeñar el recambio para una condición que hemos agotado mucho antes de haber comprendido.

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Todo hombre se defiende por instinto de lo que le sale al paso, y lo primero que le sale al hombre en cualquier parte es ir al paso de nadie mismo.

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La morada del hombre se asienta en el sentimiento de sus sentinas. Se ha hablado hasta la angustia de la náusea aparejada al accidente de ser, pero como la bomba de vacío intrínseca a la divagación del vivirse se percibe agudizada con la pesantez que nos jala hacia el nicho más pedestre, el de la panza acuñadora de excrementos, ¿no hubiera sido más apropiado designar pujo existencial al desasosiego inconmutable del ser que se devora en la demora de su evacuación? Bajo esta luz colonoscópica ha de entenderse la razón original del seppuku: destripándose el cuerpo queda expedita el alma de las deudas contraídas desde el homúnculo.

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No ya la muerte heroica, sino la pureza del sufrimiento es lo que dota de trascendencia a la vida de un descorazonado mientras aguarda que un acontecimiento tremendo y burlador de los juicios mortales libere su alma o lo libere de ella.

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Hice mías algunas verdades despegándome de cuanto es cierto. Dejo así de tener razón para tener verdad y no detenerme ante la falsedad de soñar que estoy despierto entre sueños verdaderamente inciertos.

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Si al dormir lo llamamos conciliar el sueño, despertar significa declararle la guerra a todo lo que el sueño contiene: el alma misma.

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Virtudes virtuales o defectos sobrantes, de todos los propósitos he vacilado, excepto del propósito de explotar los matices de mis vacilaciones.

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Quisiera esmerarme en mi desprecio con la sutileza justa para ser despreciado únicamente por los despreciables.

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Misión no menos audaz que dificultosa, escandalizar a nuestros coetáneos es un síntoma inequívoco de no andar tan errado como ellos; mas ofendiendo a los congéneres de todo tiempo y lugar, el acierto se revela completo.

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Cocina de vanguardia. Al calor de la muchedumbre congregada alrededor de una pasión, los grandes estrategas de nuestro tiempo elaboran su menú de degustación con el cadáver de la singularidad.

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El arte deviene social por el mero hecho de ser un acto de transposiciones comunicativas, no por rendir pleitesía a determinadas creencias colectivas a las que el artista, como una isla autocéntrica rodeada de náufragos y corsarios, no debe más que la amenaza de ser engullido por las ambiciones de sus contemporáneos.

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Recibido lúcidamente, sin doblegarse menesteroso a la notoriedad que suscita, el aplauso multitudinario en modo alguno certifica la calidad de las obras que lo motivan, pero es cualidad que transmite al autor la invitación impostergable a claudicar.

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El mejor talento es inútil si no se echa a perder por conservar la más seráfica inutilidad.

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Lo que sé no lo digo, digo lo que voy sabiendo para que lo que no sé me contradiga menos de lo que callo.

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Puede que sin ánimo de hacer voto de anatema Píndaro sentenciara su imperecedero «aprende a ser el que eres»; de ser así, no yunque, ni martillo, ni hoja batida de metal incandescente, sino antes que nada el herrero de la propia fragua.


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La única especie de orgullo que me consiento es la de ir al propio avío: no vislumbro mejor modo de esclarecer la ruta de la vida, aunque no se arribe a tierra firme cuando uno sigue fielmente la suya. Con toda seguridad, si se me diera bien hacer el bien que tan mal defienden los altruistas dedicaría a este amable pasatiempo lo más florido de mis fuerzas; sin embargo, mi mayor contribución al otro exige aplicarme a lo mío con entereza, una de cuyas galanuras consiste en negar las prerrogativas morales de la comunidad sobre mí. No vacilo en decir que soy un tipo estupendo para que me dejen en paz: amén de mi tronío, he ahí el principio verdadero de mi bondad.

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Si por ventura la totalidad de los seres humanos se consagraran al bien, lo bueno habría de ser malo por necesidad y lo malo bueno por moralidad.

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Siempre que choca en mis oídos la solemne invocación del bien común me preparo para recibir un asalto a la hacienda, moral y material, de mi bienestar.

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¡Cuán frecuente es ver a la brutalidad más ciega ataviada de valor por el hábito de infligir mejoras a los demás!

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El bien que se impone abdica en el mal de la arbitrariedad, mientras que el bien que no se impone al mal impuesto lo transige en sus efectos. Así pues, la moral tiene en la política un atolladero que la iguala en invalidez con la política que pretende moralizar.

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La sede sublime del perdedor. Dado que detrás de cualquier iniciativa moralizadora anida el pueril, aunque genuino, afán de mando, la mayor hazaña ética e inigualable demostración de poder sobre la especie radica, paradójicamente, en aprender a perderlo todo por uno mismo más allá de los mandatos pegadizos de la voluntad.

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Si en aquellos que claman contra los aprovechados del presente se anulara la codicia por sacar provecho de futuras injusticias, el silencio y no el tumulto agitaría las pancartas de los manifestantes.

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Cada vez que se comparte un entusiasmo gregario, la libertad se apaga en el pensamiento que las mejillas del señero alumbran de bochorno.

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Compara el tiempo que ha supuesto realizar una mercancía con el que te ha costado inmolar en concepto de trabajo al precio pagado por ella y sabrás, en cifras relativas, si pierdes o ganas respecto a su productor, que para el recuento absoluto vale el canto que recuerda:

«Unos pierden por mucho
y otros se pierden por nada
que al fin y al cabo los hombres
juegan siempre y nunca ganan». 

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No hace ni tres trasnoches que un amigo me confesó llevar oculto en un estuche de lápices un duendecico al que recurre de tanto en tanto para consultarle algunas dudas pertinaces, que en su caso son infinitas como las torturas del báratro. Vulnerable y diminuto, el oráculo suele crecerse improvisando pláticas con humor socarrón, y en lugar de tomarse la molestia de estropear los interrogantes oponiéndoles respuestas concluyentes, prefiere anonadar unas pesquisas con otras. Enigmático y voluble como es honor sabido entre los de su estirpe, a menudo desarma al interlocutor impertinente por medio de ironías que se incrustan en el tuétano de la realidad: «¿Me ves o crees que me ves? Una cadencia de veinticuatro escenas por segundo son suficientes para embelesar la mente humana, luego si eres hombre, suspenderás tu juicio».

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Ante el ignaro, por eminente que sea su instrucción académica, que proclama alborozado el triunfo de la civilización sobre la barbarie de los tiempos pretéritos, el espíritu culto, capaz de combinar múltiples puntos de vista y apóstata, por ello mismo, de todas las ortodoxias y  herejías, transmite en forma de silencio la objeción de los seres que contemplarán nuestros males lejos del empaque que los caciques del ahora promocionan cual tesoro de ventajas incuestionables.

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¿Quieres encararte con las raíces? Acude a las ramas, que son su atuendo visible, y quítales la peluca.

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Cuando estés dispuesto a conocer el valor de la vida, no preguntes al autor del firmamento, observa el borrador arrojado a la historia.

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Siempre y nunca son palabras terribles que procuro no emplear ni cuando me desangro de eternidad. Me sobrellevo en un tropiezo presente, que es el tiempo escalonado de los vivos, de los precipitados en el fallo de haber vuelto a nacer por un desvelo.

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Llevo el alma en los huesos, marfiles de tumba viva, porque he puesto mi fianza en los pellejos que la predican sin deberle nada, nada que no sea una patraña de vida.

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Desovillar el pensamiento es enredarlo en la existencia como una araña que cae sobre el insecto que vuela desprevenido.

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Entregar la juventud a la construcción de una familia es tratar de enmendar un problema que la vida aún no ha planteado mediante otro para el que no existen soluciones a este lado del camposanto. Peor que no hallar solución a un problema acuciante es encontrarla antes de tiempo, sin la claridad que aporta el planteamiento cansado de la cuestión. Para ganarse la vida, primero hay que perderla.

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La perfección comienza por admitir las imperfecciones para rematarse, tras dos alientos, en el paredón de su reconocimiento.

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Puzzles redentores. Como una momia en constructiva duermevela frente al presagio de los milenios que la acechan, cada vez que publico una insignificancia siento recuperar una pieza de la catástrofe definitiva. Un año más, gracias por profanarme.


En el batel, al desgaire de su preludio de amnesia selectiva, The lotus gatherers de John Atkinson Grimshaw.

29.12.14

UNA MIRADA A LA MORGUE

A Pablo Martínez, católico y disidente

El Cielo le dijo al Infierno:  Tú eres mi prójimo. Y el Infierno le contestó: pues aléjate un poco de mí para que te vea: y para que te crea.
José BERGAMÍN
Aforismos de la cabeza parlante

Recurriendo a la abnegación, el fanático chechucristiano creía hacerse valedor de una presencia inmarcesible en la eternidad reservada a los elegidos: de esta enardecida guisa se reclutaban militancias y seguridades en épocas expuestas al encarnizamiento de otras descomposiciones, marcadas por el choque a víscera partida de campañas neurotransgresoras, que demandaban a Oriente y Occidente una intransigencia permanente y bidireccional, porfiada a la ofensiva no menos que a la defensiva. Como quiera que el moderno feligrés se ha relajado a merced de la cómoda absolución de la liturgia dominical que cura el pecado del mundo y procura sin sobresaltos el vaciado de la caché de sus faltas, ¿dónde hay hoy hombres de fe, Señor mío, si hasta tus clérigos hacen de su oficio tu mayor desprestigio? En nombre de la autopsia que el victimario merece, de buen grado me convertiría en el azote quirúrgico de esta caterva de monolibristas si no tuviera por cierto que sus ganaderos anhelan la aparición de enemigos vigorosos que los reactiven. Sin que el hecho urda sombra a las fáculas de la duda, desde el anticlericalismo —religioso, naturalmente— en el que durante los inviernos de mi exilio interior he entrenado mi fibra camorrista he de admitir, al fin, las señales que revelan en la inopia de la complacencia moral autoinducida la causa que barrerá a los crédulos, que a la sazón de esta diatriba identifico con aquellos que, frente al terrorismo ontológico de la existencia, se acogen con mansedumbre a los apaños bendecidos por el charcutero de almas en la casquería del acá. Para finiquitar el testarudo poder de la tiara sobre las conciencias, basta dejar a sus adeptos transitar hacia la morgue que ellos mismos han abierto a los peregrinos de la confusión. Se pudrirán como surgieron, entre las larvas que con godeo necrófilo han diseminado por doquier desde la fundación de sus agencias publicitarias en las catacumbas. Oremos:


Ni más ni menos que el Finis Gloriae Mundi de Valdés Leal.

22.12.14

ESTA SUERTE ESTÁ TRUCADA

El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas ni las esferas giratorias que lo revelan.
Jorge Luis BORGES
La lotería en Babilonia

Todo nos es dado, salvo quizá la lotería, que es un darse a recompensas peregrinas para ser refundido de seguido con el óxido de la decepción, nuestro seguro destino por mucho que se invoque su impugnación a las bambas de la fortuna. Para empezar, creernos dignos de un premio debido solamente al azar no tiene ningún valor de mérito, sobre todo cuando el desgraciado que lo ansía ni siquiera se molesta en recapacitar que su participación en el sorteo lo convierte en un accionista de su propia ruina, porque cada euro invertido en este juego ceba a un Estado que, lejos de amparar los derechos civiles, de fortalecer la soberanía de los contribuyentes o de ejercer, en su defecto, el arbitraje necesario entre las facciones económicamente enfrentadas de la sociedad, ha sido saboteado desde dentro por sucesivos gobiernos títere que funcionan al servicio de camarillas de belitres, castuza dicho en castizo, enemigas por ambición y función del bienestar popular a cuya merma deben su bulímica opulencia. Para continuar, el asfixiado por la miseria material y la falta de expectativas que acude a la rifa tras el lazarillo de su desesperación en busca de un oasis exterior no podría aliviar en la improbable zambullida lucrativa, deducción de impuestos mediante, el desierto que lleva en su interior, pues ambas naturalezas —el bofetón de la ganancia pecuniaria y la amargura indisoluble de la desilusión— pertenecen a estados de ánimo incompatibles. 

«Perder una ilusión es enriquecerse con una verdad», observa en un reluciente aforismo Ramón Andrés, con quien convengo, también, que «creerse trascendentes nos hace fatuos». Es certidumbre no escrita que el plomo sueña con el oro y recibe en su pesado despertar el troquel de la moneda corriente, calderilla de almas arrojadas a las fosas del devenir. Las alquimias del hogar, así como la intemperie que las revoca, nacen y mueren en uno, y si no se está por la entereza de relativizar el éxito y el fracaso según los acata el vulgo —vulgo que prolifera tanto en las cimas como en las cloacas, las ratas no hacen distingos—, el tiempo se ocupará de hacerlo con la saña de las lecciones irreversibles. No hay cosa más baladí que ceder la prioridad a lo que carece de importancia, ni más grave vicio que quitársela a lo que nos la quita, pero al margen de estas medias filosofías que improviso con más sangre bajo el diafragma que en el amasijo neuronal —repárese con olvido lo irreparable de mi alocución—, no estaría de más que el Ministerio de Hacienda, o el organismo competente en hacer el mondongo, publicara al pormenor el destino de las rentas obtenidas de la tómbola nacional, como en verdad sería un gesto de orden y buen juicio entre los pingües desatinos acumulados ofrecer a los ciudadanos la oportunidad de decidir en qué tipo de obras conviene gastar los emolumentos procedentes de tales ceremonias.

Meanwhile, inside the lamp del ilustrador Tolagunestro.

8.12.14

SUSURROS Y LIBACIONES

Gea se había quejado a Zeus de que estaba sobrecargada por todos los mortales que pululaban por su superficie y que no sólo eran demasiado numerosos, sino además irreverentes; y después de mitigar hasta cierto punto el problema incitando las Guerras Tebanas, Zeus había planeado causar una matanza aún mayor mediante rayos y diluvios. Pero Momo, personificación del desprecio, criticó sus planes y propuso una vía de acción más sutil, sugiriendo que provocara por medios indirectos una guerra destructiva entre Europa y Asia.
Robin HARD
El gran libro de la mitología griega

Qué insolente es mi libreta con el baile caligráfico que me piden sus libreas de celulosa en medio de la tensión constante entre el vivir y el escribir, que es el trance incontenible entre un llenarse y un vaciarse.

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El escritor piensa desde los sujetos la realidad que el pensador transcribe desde los objetos, entre los que él mismo se incluye junto al resto de los seres a los que tienta las costuras.

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Soy ambos y ninguno, el pensador que a ratos vive en mí vengándose del escritor que a cada instante lo delata con las palabras en cuyo embrujo se decanta. Mas después de ellos soy otro, el otro por otro que recoge los escombros de la sintaxis tras haber hecho estallar la dinamita de las ideas.

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Cada vez sé menos de lo que sé, y lo que sé cada vez me sabe más al cada vez menos.

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Saber cómo son las cosas no las mejora, solo las hace cosas, y eso es cosa que mejora aunque nunca se sepa qué son las cosas.

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No hay como necesitar saber para no saber lo que se necesita.

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Cuando empezamos a entender como almas, ¡cuánto se desentiende de nosotros como organismos!

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No sé si puedo sentirme culto, pero sé que no padezco la incultura de festejar la matanza de animales que sienten como el hombre más instruido.

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La experiencia que recorrimos de un trazo, envejeciendo la volvemos surco y, finalmente, precipicio.

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Alguien que no dispone de más tiempo para sí mismo que los fragmentos furtivos sisados al trabajo y las ocupaciones domésticas puede, con todo el derecho, obsequiarse la licencia de sentirse esclavo.

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La creación es una flor tardía de la reacción; la reacción, una concreción incendiaria de la contemplación.

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No se difame a las sustancias sacramentales en cuyo campo de conocimiento el mundo vertical y el horizontal se interceptan; háblese antes como merece de los profanadores que acuden a ellas en busca de mayores espejos para el ego.

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Los dioses se transforman en humanos cuando los humanos se transforman en dioses.

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El individualismo propende a encapsularse en los límites angostos que van desde la suspicacia a la deserción social, pero ¡caray! al menos sus contornos no son los definidos por otros para almacenar mentiras colectivas.

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He de moverme dentro de las líneas enemigas de una sociedad que arrincona las extrañezas que la cuestionan y, sin embargo, debo reconocer que encontraría más odioso estar en otra donde yo fuera la norma.

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Nadie es dueño de sus pensamientos, nadie, y menos que nadie quien se piensa en función de lo que piensan otros.

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Eutrapelia. Todo individuo digno de tal nombre debería ser lo bastante rico para poder renunciar a la opulencia y recio en la justa mesura para encabezar, sin rebajarse, el valor de su renuncia.

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La verdad que necesita de una ley moral para su defensa es tan falsa como la ley que se erige en verdad moral para consolidarse.

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El privilegio de la verdad como reverso de realidades consagradas siempre estuvo en boca de locos y contrahechos, entre los cuales la conciencia alcanza su estado más cáustico en los bufones, esos seres de figura desgarbada y moral desgarradorra, encofradores de chanzas e ironías, a quienes los monarcas por voluntad divina consentían las salidas luciferinas de ingenio a cambio de relegar su deformidad anatómica a la exhibición permanente de prendas y ademanes irrisorios. Cuando obedecía, el albardán ridiculizaba la autoridad y hasta el más excelso caballero perdía lustre cada vez que recibía sus respetos; al humillado por la naturaleza se le concedía la gracia de escarnecer a los encumbrados por la fortuna, promoviendo así un comercio con las sombras que instalaba en el seno de la corte una versión grotesca del trono, antítesis o trasunto inverso del rey... para mayor gloria de la corona, habituada a examinar sus debilidades desde el índice histriónico que las señalaba. ¿Qué mandamasario contemporáneo tendría la magnificencia de acoger en su séquito a esperpentos especializados en el oficio de la mordacidad? A fuerza de seguir dinámicas erróneas, el poder político ha claudicado frente a la aristocracia del dinero, que lo utiliza para obtener legislaciones favorables a sus intereses y administrar el control social mediante técnicas que no cesa de perfeccionar. Convertidos en marionetas de los centros económicos, los gobernantes son una caricatura repulsiva ante la que el sarcasmo, más que retroceder, elige hoy el armamento de la indiferencia.

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Si un hombre con peluca y el adobo de ostentar signos solares tuvo la arrogancia nada brillante de proclamar «el Estado soy yo», lo natural es que un juglar de las penumbras con cuatro folículos rapados declare, conmigo, «yo nunca seré el Estado».

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A diferencia de la buena conciencia instintiva para la que ninguna injusticia merece ser procesada con la justicia que no respeta, para la buena conciencia moral ninguna injusticia merece quitar a la justicia la oportunidad de respetarse a sí misma.

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Para quienes se complacen ensalzando sus propios defectos en las taras del mundo que los rodea, cualquier agujero es trinchera. Nada en común con aquellos que montan guardia desde la fragua de sus virtudes en la tundra que otros bendicen como escenario absoluto, pues ni el más confortable refugio les ofrece descanso: frente a la dialéctica presión de las pulsiones internas y los apremios externos, tenebrosas las unas y embrutecedores los otros, su sosiego no está en descuidarse sobre melosas blanduras, sino en templarse a través de los contrastes acentuados entre la subjetividad y la sociedad.

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La evolución debe su éxito como teoría a la solidez argumental para disimular barbaridades compartidas, entre las que no es un descubrimiento menor el hecho de que, con escasas excepciones, por sistema se reproducen los peores.

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Si, como plantea el optimista Jacques Attali, «Asia pretende liberar al ser humano de sus deseos, mientras que Occidente desea que sea libre de realizarlos», ¿en qué continente fundar un ecosistema anímico quienes discrepamos de las ilusiones de la acción con el mismo rigor que percibimos la inviabilidad espiritual de la liberación?

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Cualquier sitio habitado, por escasa que sea su densidad de población, encierra ingentes formas de agobio y prometedores altercados para el espíritu distante que ha decidido prescindir de las tribulaciones que comporta encasillarse entre sus congéneres.

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De la misma forma que no se puede confiar en el sentido poético de los políticos, tampoco hay que creer en el sentido político de los poetas: son tan hábiles para dotar de musicalidad a las imágenes poderosas que nos transmiten, como proclives a confundir los sentimientos elevados con las ideologías reptantes que suben por ellos.

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Un impacto me hunde, otro me saca a flote; el primero fue real, el siguiente imaginario... ¿o sucedió al revés?, ¿altera el orden de los factores el producto? «El mundo se hace sueño, el sueño mundo», poetizó Novalis. ¿Y qué sería de los actos si abjurásemos del anhelo de trocar en realidad nuestras fantasías? La realidad, que bien parece fruto de la potencia mental, materializa la impotencia del alma para recrearse consigo.

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¿Una tesitura indeclinable? Decelerar mientras los demás aprietan el culo por no retrasarse en la asimilación de nuevos fetiches. ¿Un gesto de elocuencia para los espectadores? Dedicar un día entero a romper a golpe de cráneo cuantas pantallas encuentre a mi paso.

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Estamos en una situación donde los sujetos, indistinguibles ya de los objetos, se ven recluidos en un sistema que los divide entre cosas poseídas y cosas poseedoras. Y así como en los artículos con los que especula el mercader la calidad del contenido no es sino un elemento accesorio del reclamo publicitario cuyo único fin es aumentar el volumen de ventas, la calidad de las experiencias ha dejado de ser el motivo central para buscarlas en beneficio de la cantidad atesorada de momentos de los que uno puede alardear en sociedad.


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Entramados estupefacientes. El poder que habita en la retícula de estados múltiples que contiene una biblioteca es, precisamente, la clase invisible y emancipada de poder que no existe en el Estado militante tejido por las redes sociales.

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La imagen de un navío construido con las uñas de los muertos que roturará los mares cuando los dioses sean destruidos resulta épica, como salida del estrambote de una pesadilla monumental, de una pesadaza. Los antiguos pueblos nórdicos lo llamaban Naglfar y pensando, tal vez, en retrasar la botadura que inauguraría el fin de los tiempos, se esmeraban en no despedir a los difuntos sin haberles recortado debidamente las garras. ¿Qué imagen escatológica proporcionará nuestra revuelta cultura global a los anales de la fantasía mitológica? ¿La de un ovni fabricado con los perfiles de los internautas obnubilados?

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La vida puede tomarse como un talismán o indigestarse como un maleficio, pero la visión que se deduzca de ella a nadie libra de excavar su propia tumba en el tiempo, ni cambia el hado que enhebra a cada uno en la penitencia de ser quien es.

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Querer cambiar el mundo implica la premisa de negarse a aceptar que todo muta sin que lo queramos y nada permanece por más que lo queramos.

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¿Qué cara uso cuando admito que uso caras que no admito? Sabedor de que puedo creer en mí cuando no creo que me creo, juego a disfrazarme de quien soy para no parecerlo al padecerlo.

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De una u otra forma, con violencias desatadas o sin exceder la rumiación de indirectas, raro es el día que algún mangui no desea medirse conmigo. Sea por la actitud soberana que me arde incombustible en la mirada, por el porte anguloso de mis facciones de semita errante o, quizá, por las muestras de solvencia crítica que agito ante el más ufano, el caso es que tales trápalas parecen estar de acuerdo en dejar a expensas de retarme la causa de su autoestima, que diríase hipotecada a la purga de los complejos que no osan encarar por vías pacíficas.

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Así como tuve enemigos que sólo pude vencer ganándolos como amigos, no me faltan amigos a quienes sólo puedo querer conociéndolos como enemigos.

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Para vencer fácilmente a un enemigo que desespera, abastécelo de una dádiva que haga suya y tema perder: la necesidad de asegurarla mitigará sus ganas de luchar y antes justificará un mal pacto que un gran riesgo. Evalúese la génesis del Estado del bienestar bajo este prisma.

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Aunque el hombre pierda su razón al detentarla con orgullo, sin orgullo que la defienda la razón de un hombre está perdida. Así pues, con toda la razón a su favor, el hombre pierde por la simple razón que no puede tener sin complicarse.

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La sustancia vivificante de la realidad fluye lejos de los hechos que, como un exoesqueleto, crecen para circundarla sin contenerla jamás.

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En la tierra de las últimas ruinas, cuando la historia se haya derrumbado sobre nuestras cabezas y estas queden varadas en el espesor de las reminiscencias, los únicos que podrán mantener en alto la antorcha del sentido serán quienes comprendan, más allá de las necesidades inmediatas, la nomenclatura perenne de los símbolos que transpiran las apariencias. A ellos les corresponderá dotar de significado y dirección a la supervivencia frente al dolor y la enfermedad, el acoso de los sanguinarios y las sugestiones amnésicas, la inmensidad del desamparo y las carcajadas fétidas de la muerte.


La ilustración fue un encargo que me hizo la librería Un cuarto propio para su colección de marcapáginas. Está inspirada en los bibliópteros, bichejos succionadores de materia gris que suelen proliferar cuando uno anda inmerso en varias tramas literarias. La vectorización del dibujo original corrió a cargo del diseñador Marino Muñoz, quien con más apego que imparcialidad no se cansa de animarme a retomar los rotuladores.

2.12.14

TRES TRAZOS SOBRE EL PLANISFERIO

El progresismo, arrasando los fundamentos culturales y metafísicos de la tradición, ha dinamitado un mundo reduciéndolo a cenizas y pretende ahora fabricar otro a golpe de ciencia y tecnología, de productividad y principios democráticos, ignorando que un mundo no se inventa, pues no es un cacharro sino un ser vivo.
Agustín LÓPEZ TOBAJAS
Manifiesto contra el progreso

1. Primero perdió el respeto por la obra hecha a conciencia; después, por el animal de míticos claroscuros al que puso en la doble trampa de trabajar como engranaje y consumir sin descanso por toda razón de su valía. En su carrera por inflar el reino de las rentas absolutas, ha faltado también a la naturaleza, de la que insiste en ignorar lo relevante, excepto el modo de saquearla para obtener mayores rendimientos en menores cuotas de tiempo. Estas son las tres grandes negaciones del capitalismo, que empezó siendo un sistema abierto de producción de bienes y servicios —y así debió quedarse— para acabar fabricando un modo de vida cerrado donde el valor del intercambio tiende a ocuparlo todo y todo lo que no es ocupado por él tiende a carecer de valor.

2. Cuando los depredadores económicos se acomodan a su triunfo, entran en estado parasitario. Para una sociedad orquestada por el parasitismo económico, el ser humano funciona mejor como accesorio auxiliar de la máquina, la máquina como sistema de racionalización integral de la realidad y la realidad como simulación de una feria global en la guerra incesante impuesta por los mercados, que acabarán devorándose a sí mismos o sintetizándose en una sola compañía investida de poderes supremos.

3. Porque nadie crece conformándose sin propagar el conformismo, las líneas más calientes de esta guerra se localizan en las preferencias del ser individual, cuya personalidad es minada desde dentro para enfeudar sus facultades. Los ataques son diseñados según la información recabada de innumerables fuentes acerca de los sujetos, que componen un territorio trashumante de conquista donde la ingravidez de los estratos psicológicos debe fijarse de inmediato como materia convertible en combustible financiero.

En la mente humana coexisten cinco esferas primordiales: la instintiva, la emocional, la intelectual, la imaginaria y, por último, la espiritual, quintaesencia de las anteriores, pero las cinco están contaminadas en nuestra civilización por igual número de pandemias: economicismo (culto prioritario al lucro), humanismo (creencia en la fusión moral de todos los seres humanos), tecnologismo o tecnocentrismo (fascinación por someterse a los ritmos y procesos de las prestaciones tecnológicas), progresismo (dogma que identifica prosperidad con innovación y bienestar con crecimiento) y universalismo (superstición que de los axiomas anteriores extrae una idea del mundo restrictiva que considera cimera en la evolución histórica, la más acabada y única digna de ostentar la supremacía cultural).

Lucifer en el folio 48r del Codex Altonensis, siglo XIV.
 
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