30.9.14

DE LA ASUNCIÓN

Lúcido es aquel que sabe ver a través de la trama, y no solamente la trama.
Eise OSMAN
Aforismos del beduino errante

Durante la vida el cuerpo está deportado del alma, que se asoma en él al mundo como una proyección huidiza mechada de sentimientos antagónicos, fatales y fetales, respecto al cese de su actividad biológica: la victoria eterna o la derrota de la identidad.

No sólo la muerte escogida, también la que vuelve insostenible el pulso con la enfermedad, la accidental que ataca infame por la espalda —la más y la menos natural de las muertes— e incluso la criminal que se ensaña con el occiso desde el repajo del otro, exigen del sujeto que se disuelve el rendimiento de un último acto de voluntad. A tenor de este arcano necrológico del que no aporto más prueba que el hurto a los presagios, el nunca resuelto temor a los muertos confirmaría la sospecha de que el espanto no atañe tanto al reintegro ignoto que la aniquilación depara como a la complicidad que el difunto parece confesar a los vivos mediante el perfecto silencio de su anuencia definitiva.

Uno no muere: uno se mata.

El granadino Paseo de los tristes junto al Darro en un lamento sobre lienzo de Darío de Regoyos.

28.9.14

LLAMAMIENTO A LA RECOLECCIÓN

La historia es una pesadilla de la que intento despertar.
James JOYCE
Ulises

Caídos del Árbol del Edén en la espiral aterradora de la historia, hemos heredado el impulso luciferino de volver a ingerir el fruto prohibido en busca de una vía para ascender hasta la rama más elevada del conocimiento; encaramados a ella como simios que empiezan a recobrar la experiencia extendida de su visión y la certeza de no poder regresar al punto de partida, tenemos por delante el desafío de saltar por encima de nuestros cerebros o perder el alma en el vacío antes de quebrarnos, sin mito ni gloria, contra el suelo, esporas rotas en el camposanto.

Escena del momento crítico que marcó el cambio de régimen neuroquímico de la especie humana. Esta excepcional pintura mural, de la que muestro un detalle, perteneció al ábside de la iglesia de Sant Sadurní d'Osormort y lo que de ella queda se conserva en el Museo Episcopal de Vich.

25.9.14

ADIÓS, MALNACIDO

Si el aborto es un homicidio, habrá al menos el atenuante de la legítima defensa.
Guido CERONETTI
El silencio del cuerpo

Del legajo de alegatos que juntapalabreé cuando Gallardón concibió su abortado engendro de ley contra la libertad de las grávidas, hubo uno que no me sentí en sazón de publicar y hoy me apetece agitar a modo de pendón contra los fanáticos del control:

No dudo que mi advertencia sonará demagógica a los apocados que por ser incapaces de emprender desafueros difícilmente los ven venir, pero entre la reivindicación de la natalidad forzosa y la matanza de herejes sólo encuentro una diferencia de grado y no a causa de que los arrojados a la existencia estén condenados a morir por naturaleza tras un probable mal vivir nunca elegido, que también. Si se permite a los dictadores uterinos legislar contra las mujeres para amputarles la propiedad de sus cuerpos, no os extrañe que con el tropezar de los años su moral de conejera, infatuada de consentimiento institucional y enmarañada en lo cotidiano gracias a la infiltración en el sistema educativo, exhorte a lapidar adúlteras al salir de misa como anexo ritual de la eucaristía.

Cuidado con las aspiraciones de esta gente, sería un grave error de estimación minimizar la pujanza que supone para ellos amanecer cada día sintiéndose tasadores de la vida por la gracia de Dios: herederos de la tradición inquisitorial española y entrenados para organizarse en la sombra cuando la luz de los acontecimientos los contraría, uno de los capítulos de su yihad apostólica exige la dominación de las hembras, a quienes desean ver convertidas en madres, en monjas o en putas.

Meterse al Vaticano en el vientre y alzar el martillo de orejas contra la ligereza ajena puede formar parte de la misma secuencia. Gravity of regret de Troy Brooks.

24.9.14

EL OSO EN SU MADRIGUERA

Obligados a un origen, nunca tenemos un comienzo real.
Ramón ANDRÉS
Los extremos

Allí donde me engendro está mi patria... incluso si aborto.

*

Me he subido en Dios como en una canoa sin remos desde la que oigo el rugido creciente de una catarata. Así me va.

*

En lo que siento, me confieso; en lo que confieso, me olvido de cuanto siento.

*

Divisar en todas direcciones y no decidirse sino por la que solamente se presume, por la inmensidad que recela ser mirada.

*

Baile de los decapitados. No más ilusoria que el control verdadero, la verdadera libertad está en la dicha de saberse arrastrado por el vórtice del destino lejos de las cosas que nos anclan al mundo conocido.

*

Apretar o soltar el cíngulo. ¿Luz, aunque alumbre hechos horribles, u oscuridad, aunque empañe experiencias sublimes?

*

En los sufrimientos que preceden al estallido de la iluminación, muerde y se convulsiona una belleza escabrosa cuyos tentáculos invaden sin clemencia del núcleo a los confines nuestra naturaleza. Una vez se ha producido la epifanía y la energía rompiente ha sido desplazada por la primacía de lo armónico, más brilla el silencio del alumbrado como testimonio de su génesis que escucharlo salmodiar, inmaculado, las recetas anestésicas de un santo.

*

Sólo las ilusiones hechas de verdades nos parecen increíbles.

*

¿Puede alguien señalarme algún acontecimiento histórico que admirado en la distancia como un episodio estelar no se manifieste ridículo al ser observado de cerca?

*

Realidades vestigiales. Existen tantos hechos sobre un hecho como testigos lo presencian, y no siendo sino versadores de un temblor que se disipa en la superficie del tiempo, ni la suma de todas sus versiones basta para cruzar la nada que viaja a través del hecho en sí.

*

Un principio de orden consiste en aceptar el caos inherente a la existencia por la cual fluye y se reformula nunca idéntico a sí mismo; el comienzo de la sabiduría, sin embargo, exige sacudirse el temor a la incertidumbre que tal desconcierto elemental imprime a la polvareda de nuestros cimientos.

*

Si los sueños de la razón producen monstruos, ¿significa que los sueños de los monstruos son razonables? Quizá llamamos monstruosidad a la repugnancia que nos causa dar a luz una sombra de conciencia para la que no vale ni un esputo recuperar la razón que tanto nos asusta perder.

*

Disminuidos. ¿Un ser que carece de toda medida como medida de todas las cosas? Imbuido de orgullo racionalista, al que confunde con su centro ontológico, el humanismo antes que absurdo pasará a la historia como un gesto de arrogancia juvenil.

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Desafíos disolventes. Ganar en vida no es acumular responsabilidades, no es perderla en ataduras, sino librarse del propósito bien miserable de merecerla y aun amar el equilibrio en el trastorno que lo impugna.

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Uno vive de sobrepasar sus límites o se pudre viviendo dentro de las fronteras que los miedos comunitarios alzan contra las desviaciones.

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Mutilados por su propia ambición de distinguirse, los vanguardistas terminan por conducirse hasta el barracón de una previsible falta de imaginación.

*

Una moda que no parece perecer bajo ningún régimen es aquella que se sirve de catecismos transgresores para excusar la insuficiencia de su visión. Con ella corre pareja la perseverancia del poder para fingir que no existe o ha quedado desfasada la lucidez que conculca las estrechas lindes de su hegemonía.

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Cameos prostibularios. En democracia, el ciudadano reclama libertad para poder elegir al proxeneta que mejor lo halague mientras lo explota.

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Cuanto más se invocan beneficios multitudinarios, mayores son los sacrificios individuales que conllevan. Desconfío de cuanto es festejado en masa por mis coetáneos, pero no hasta el grado que me impida celebrar sobre el común la feliz evacuación de mis divergencias.

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Aunque por intromisión imperativa inciten a ello, las normas no están hechas para ser desobedecidas: desobedecer es la norma para poner en forma el carácter.

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La clase espiritual no se demuestra en el éxito con el que a veces concuerda expresiones cabales: muéstrase neta en el fracaso porque es tocando fondo cuando uno es más proclive a la bajeza de identificarse con la humanidad.

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Nadie sabe ser lo que le ha tocado en suerte: ni el enriquecido está a la altura de su opulencia, ni el empobrecido aprende a traducir con un énfasis de desapego su aligeramiento de posesiones. Y como si este ansioso despiste que en ambos se detecta fuera escaso parentesco de enajenación por venir a más, añádase a la ventura de sus roles que los primeros se hicieron sobre los segundos, aunque a veces los asistan con limosna de subsidios, segundos que por supuesto lo son a rebufo del afán de igualarse con los primeros.

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Patrimoniotas de corazón. El amor a la patria de los poderosos no llega sino a devoción, celoso fervor por el patrimonio que amasan a costa de quienes realmente la sostienen con las alas del esfuerzo y las arras de la constricción.

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Más que tensarnos entre los polos definidos por intereses que van de la arbitrariedad a la anomia y a los que prestan su repertorio de coartadas las ideas políticas, los descreídos hacemos chanza de todos ellos, empezando por cuestionar cuantos nos involucran como animales sometidos a cautividad civil con una actitud centrípeta que pone el índice en la llaga que los extremos, raramente, osan tocar.

*

No hay placer más sutil que darlo sin el cálculo de hallarlo en el rostro donde nos espera multiplicado; placer equiparable al alivio de no sufrirse de la soledad que otros sufren por compañía.

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Ante lo bello toda alma, el alma toda, se desnuda.

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Si me quitaran la llovizna de los grillos en las concisas noches estivales y el canto de las llamas en las estaciones frías, tendría que inventarme una locura donde volver a ceñirme la tiara crujiente de sus coros.

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He visto el vivo retrato de Felipe II en el esmalte irregular de una baldosa del aseo. Nos hemos saludado sin despuntar en estridencias la suspicacia mutua, más comedidos que justos, como dos leones enjaulados con el estómago lleno y las sementeras vacías.

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El universo nos queda demasiado grande y tenerlo presente nos precipita en un angosto desasosiego que quisiéramos trascender imperturbables. Suspende así el juicio el tonto escarmentado que afirmó y negó alegremente; un tonto  —yo mismo— que anima a contemplar la realidad ordinaria como una prótesis desencajada y a sus fieles como tullidos.

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La guerra impone vilezas con las que trafican los pacíficos en busca de argumentos insobornables.

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Quien conoce los prejuicios que condicionan su inteligencia no es más libre que quien los ignora, pero aventaja en claridad a quien simplemente piensa que carece de ellos.

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El valor del hecho no está en el criterio que lo motiva; el criterio está en el valor que motivan los hechos.

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Todo es cuestionable en este mundo y, lo que más, aquello que parece a los mortales una cordillera de cumbres inamovible.

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Abjuración de vehementi. Entre los refuerzos negativos de la conducta (la escuela de las espuelas), existen dos tradiciones paralelas y a menudo simultáneas que se han revelado desde antiguo tan útiles para amedrentar a la población como eficaces en la mutilación del desarrollo mental: me refiero a la inoculación sistemática del sentimiento de culpa y al adoctrinamiento en la vergüenza ante el vejatorio escarnio público. Conozco mejor la segunda, pues mis progenitores más que cristianamente me encauzaron a la japonesa un poco por instinto gregario y un mucho por prevención contra los intransigentes detritos morales de mi tierra natal, cuyo corsé cultural, desgarrado ya en mi bisoñez pubescente, me facilitó en la edad adulta la comprensión de que aún puede suceder algo peor en cuanto a métodos de malcrianza del ganado humano: la actual combinación de cinismo y acibarada complacencia en los espejismos del ego.

*

Tritón trasquilado. Me enamoré de mi sombra y creí entonces ser un romántico; después descubrí las llamas de mi astro interior y me convertí en un místico; cuando al fin comprobé que el entramado de mis luces y sombras apenas era una mueca de autor anónimo, adveré la raspa de estar muerto; ahora, cual síntoma, testigo y colibrí de mi época, me pregunto por la pregunta que perdí en la caverna donde me inmolé con mis despertares. Tampoco importa ya: no sé cómo, sé que vuelvo a salir de la espesura en la que junté todas las noches de una vida. El desdoblamiento ha comenzado.


Como un nagual o animal de poder que los chamanes avezados se atreven a encarnar durante el trance, la Bicha de Balazote nos contempla desde la solera del siglo VI antes de nuestro infundio. Buscando una correspondencia secreta que me llevaría ancho tedio glosar, en la parte inferior he situado uno de los más sofisticados círculos de los cultivos de los que nadie, ni escépticos ni versados en eventos paranormales, ha logrado proporcionar una explicación satisfactoria.

4.9.14

DISUÉLVASE SEGÚN ARTE

A quien me besa

El hombre debe despertar de su sueño milenario para descubrir su total soledad, su aislamiento fundamental. Debe darse cuenta de que, como un gitano, vive en el límite de un mundo extraño; un mundo sordo a su música y tan indiferente ante sus esperanzas como ante sus sufrimientos y crímenes.
Jacques MONOD
El azar y la necesidad

Aborígenes concéntricos. Frente a los hechos que no pueden ser probados, la opción menos precaria para atraerlos al entendimiento pasa por extraer hipótesis susceptibles de ser recorridas sin descartar la introspección, el éxtasis y el sueño como fuentes válidas de las mismas —¿acaso no está todo cifrado en todo y uno mismo no es sino un sistema menor que refleja los sistemas mayores que lo comprenden?—. Desde esta premisa, puede avizorarse que los antiguos humanos de la Edad de Piedra, más despiertos que nosotros en la esfera sensorial, y desde luego menos contaminados por las connotaciones culturales y las exigencias aplanadoras que implica habitar en el vertedero de una sociedad tan estridente y opresiva como la contemporánea, reconocían en los objetos y espacios de su entorno la presencia anímica de quienes habían entrado en contacto con ellos. Receptáculos o memorias interactivas de cuantos seres, no sólo humanos, vinculaban sus experiencias a tales espacios y objetos, la representación colectiva del mundo para un individuo del Paleolítico bien podría estar caracterizada por la impronta de fluidez entre especies y permeabilidad entre mente y materia que el paleontólogo Jean Clottes, especulando a la luz de los descubrimientos pictóricos de la cueva de Chauvet, indicó como rasgos antropológicos fundamentales de los creadores-cazadores-recolectores pertenecientes a aquella época tan impenetrable para nosotros. Decenas de miles de años después, cubierto por arcaicos abrojos mentales, aquí estoy yo para corroborarlo con las expoliciones de mi pensamiento salvaje...

*

De los antiguos agoradores a los modernos científicos, las técnicas y los ritos se han transformado, pero el esquema supersticioso prevalece como una causa común: donde antes había mistagogos, teólogos y especialistas de lo sobrenatural con una retórica especializada en estructurar con soberbio aparato imaginario los cánones religiosos afines a su cultura, ahora encontramos expertos que, desde sus respectivos campos de investigación, contribuyen al sumo pontificado de la ciencia por medio de la regla que la instituye como método por antonomasia para la tasación y verificación de la realidad; como dogma, en definitiva.

*

En una era cuyo conocimiento está dominado por el procesamiento omnívoro de datos y la ingeniería sistemática, lo inexplicable abre sus puertas a los espíritus libres como un refugio de piedra contra el bombardeo falaz de las razones instrumentales.

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Lo único que sabemos con relativa seguridad acerca del funcionamiento de la naturaleza es que los modelos precedentes que trataban de explicarla se han demostrado erróneos, que sus leyes aparentes no son sino hábitos sometidos, como todo lo existente, a un proceso mutante de proporciones cósmicas cuyo fin es indiscernible, y que nuestras certidumbres objetivas, ese nebuloso pastel de complicidades cognitivas, probablemente agoten la vigencia de su significado en escenarios futuros, si es que no son meras ilusiones pasajeras adaptadas al estado accidental del momento.

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Hacia el Ragnarök, ámbito cero. Si la naturaleza evoluciona, ¿a qué se reducen alora las leyes eternas postuladas por la interpretación mecanicista de la física canónica? Y si estas supuestas leyes no son permanentes, ¿de dónde proceden si no?, ¿a qué se deben las regularidades observadas en los fenómenos? A semejanza de un organismo en crecimiento dentro del cual se originan nuevas formas de organización de la materia y de la energía, el cosmos dispone de una memoria acumulativa a partir de la cual se desarrollan esos patrones imitativos como campos de refuerzo de lo manifestado. Sin embargo, si el universo actúa como un sistema de ciclos cambiantes regidos por tendencias, ¿cuál es el ingrediente clave que favorece la aparición de un hábito?, ¿qué factores, códigos o fórmulas decisivas subyacen en los procesos creativos de cuanto contiene? Es preciso acercarse a la conclusión, y a la vez punto de partida, de que en cada escala de la realidad interviene activamente una clase de imaginación de la cual la humana es sólo una muestra, una rama del inmenso árbol del devenir cuya savia se mueve en virtud de la asociación caótica de elementos, del puro juego de explorarse en todas sus dimensiones y propiedades, conjetura que explicaría el impulso rebosante por concretar mayores expresiones que afiancen las perturbaciones aleatorias mediante modelos dinámicos de complejidad sinérgica a múltiples niveles hasta culminar, he aquí mi visión, en un profundo evento escatológico: el vacío final del pozo que nos succiona desde hace miles de millones de años.

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Los astrofísicos estiman que alrededor del noventa por ciento de la masa del universo es oscura... y nosotros estamos en medio. Lejos de poder demostrarlo, no ignoramos que en calidad de humanos nuestro papel, probablemente, sea asimilable al de agentes enzimáticos en el contexto de una mente telúrica en la que participamos a través de diversos canales con toda la exuberancia de nuestro ingenio y todo la devastación de nuestras interferencias. La proposición es tentadora: somos drogas planetarias, emisores de radiaciones psicodélicas en sintonía con el anima mundi.

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Ley de la gravitación de las conciencias. Cada ser consciente de sí mismo atrae a sus congéneres con una fuerza proporcional a su singularidad que no disminuye con la distancia y resulta operativa más allá de la muerte. Las ideas que un pensador de relieve deposita por escrito, por ejemplo, siguen estando activas muchas generaciones después de haber sido disgregada la última molécula del más tenaz de sus huesos; a veces, incluso multiplican su influencia a medida que las fluctuaciones históricas adquieren amplitud.

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Ley tecnófila de la enajenación. Toda tecnología que impregne las costumbres privadas creará con la propagación del uso las condiciones propicias para seleccionar rutinas según criterios tecnológicos o, en otras palabras, para que el cerebro transfiera paulatinamente sus funciones a los artefactos en los que halla asiento.

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El cálculo cabal de acciones y reacciones que suscitan las relaciones humanas debe tener en cuenta la ausencia de cálculo que rige la conducta de una parte sustancial de los actores sociales, de ahí que las ciencias que procuran efectuarlo obedezcan a un propósito no menos irracional que cualesquiera de los exhibidos por quienes son objetos de su estudio.

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Al humano sólo le cabe percibir la irreductible inconsistencia que lo constituye.

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Desviaciones. De igual forma que las creencias ahorran energía al acto de pensar que merman y hasta suprimen, los pequeños problemas emocionales sirven para soslayar las grandes incógnitas espirituales que debemos asumir frente al desenlace inminente de nuestra materia.

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Nuestra patria está en los acontecimientos emocionales, que sólo en contadas ocasiones coinciden con los otros, llamados con deslealtad verdaderos. Hecha de sueños, la casa de los afectos vierte sus desechos en las vigilias, que a su vez desemboca en el horizonte onírico donde el alma se despliega y la onda del tiempo se deshace.

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El hombre es una pesadilla para el hombre... para el hombre que quizá sea al despertar de mi sueño ontológico...

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Están más cerca de la naturaleza quienes sueñan que quienes la estudian con la prótesis de sofisticadas herramientas. Nada se relaciona tan intensamente con el principio imaginativo de la realidad como la experiencia creativa del inconsciente.

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Titilaciones. Si, como se ha proclamado, Dios ha muerto, la muerte es Dios y la vida un gusano que sueña sobre la momia de un despertar.

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Y aún tenemos fe viva en la muerte los que creemos vivir, pues morimos de perder la fe en lo que vivimos.

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La noche impone un respeto ancestral que no es producto del miedo a las oscuridades envolventes, sino del acatamiento de penumbras que con uno se desvelan.

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El día en que sólo vea un órgano en un coño, estaré sexualmente perdido; hasta que ese improbable ataque de materialismo me someta, viviré coronado de tangas en un imperio de voluptuosidad construido sobre la adicción a la melancolía bajo rostros distintos.

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Vestida de burdeos. Una mosca cayó en mi copa y, antes de ahogarse en la embriaguez, me confesó cosas tremendas. Aseguró, muy ufana, que los humanos la habían frecuentado hasta lo microscópico con el empeño de conocerse mejor a sí mismos.

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El estado de las tripas, respaldado fisiológicamente por el sistema nervioso entérico, modula buena parte de nuestros sentimientos y, por extensión, condiciona la ligereza o pesantez de nuestros razonamientos, pues malamente circulará la vida interior si el aparato digestivo se declara adverso. De esto no se habla públicamente porque se considera de mal gusto, pero nadie que ame su calidad puede atenderla sin escuchar la hedionda voz de sus intestinos.

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Sumo mis extremos para que, al confrontarse, me dividan por el justo medio.

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Saudade del escéptico. Aprendiendo a vivir sin la falsa moneda con cara de esperanza y cruz de miedo, perdí la motivación para querer sin esperanza y me ganó la tristeza de llorar sin miedo por todo, por nada de nada.

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Para el totalitario, sólo existen dos caminos: el conmigo y el contra mí; para la democracia decorativa o parlamentaria, hostil a la independencia que osa cuestionar la función de los partidos, tampoco son viables otras opciones fuera del carril del me votas, salvo si acaban en el barranco del no cuentas.

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Muchos se creen libres porque al votar se abstienen de palpar los muros de la prisión en que se hallan.

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Así como cualquiera puede adoptar en sociedad una opinión normalizada y emitir sin impedimentos un voto en el circo político, los pocos que se arriesgan a despegarse del resto con las alas del pensamiento saben que posarse en el atrio de la idea común, donde la voz se diluye en la muchedumbre, los expone a ser abatidos por el plomo de la ortodoxia conformista.

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Entre tanto meapilas y votante abducido por los periódicos cantos de sirena de la cleptocracia, cada vez cuesta más legitimar las razones que nos llegan como el eco de una conciencia realmente aristocrática contra demasiadas realezas sin conciencia.

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Acuidad cronológica. Detrás de nosotros está la historia; delante, también. Que al corte secuencial del instante el futuro se esconda cual si no fuese, sugiere el indicio de un tabú cuya credibilidad es la censura que pesa sobre lo que ha sido ya.

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El mayor deber de un gobierno no es hacer felices a los ciudadanos, que es una típica ambición tiránica, sino evitar que su labor se convierta en un tormento.

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Geodas. La búsqueda de una droga perfecta, satisfactoria a la medida de cada gusto pero exenta de peajes para el ánimo y para el soma, comparte su origen con la vieja ambición de diseñar una sociedad ideal: el desamparo, la menudencia de la criatura que las concibe desde su incapacidad para amar la vida o entregarse a la muerte.

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Por el nudismo de los populacheros. Si aún hay comunistas que ignoran las atrocidades cometidas por el socialismo científico, lo apropiado es acusarlos de desinformados e instarles a que amplíen sus estudios sobre este cataclismo. En cambio, si demuestran tener conocimiento del altísimo coste que supuso la experiencia colectiva de esta especie de monoteísmo proletario de Estado, un mínimo sentido de lo ecuo impone rechazarlos, como a sus homólogos nazis, por su irreparable laya de malnacidos.

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Mientras el pueblo soberano admira sin reservas a quien traslada sus más bajas pasiones a lo más alto, al triunfador que es admirado de esta guisa no se le escapa el deleite de otra pasión cuando se acomoda en la cima: achicar al mismo pueblo que lo ha encumbrado.


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No es áureo todo lo que reluce. Torrero casi torrado en la disputada república de las artes y del pensamiento, mal que no me pese soy un meteco, aunque meteco al que su olfato basta para detectar el rastro de una imbecilidad intolerable en los privilegiados de la cultura, que de la aparente excelencia de sus dotes obtienen todavía un pretexto para preservar su posición aventajada.

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Puesto que toda ideología está animada por los intereses de alguna pasión dudosamente confesable, la opción menos mezquina para el detractor del fanatismo es la indiferencia frente a las pasiones.

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Quien se muestra reacio a dudar de sí mismo, se condena a perdurar como el verdugo que ha de aniquilar aquello que lo cuestiona.

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Bárbaro es quien ama el espejismo de una trascendencia —Dios, Patria, Verdad y Revolución están entre sus predilectas— para odiar con la conciencia tranquila y afirmar sin necesidad de pensar; al peligro y la claustrofobia de tenerlos cerca, hay que sumarle el daño provocado por los idiotas que se creen civilizados siempre que dan pábulo de lenidad con aquellos.

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Más altura hay en perder por negarse a cometer una vileza que en la victoria lograda sin miramientos.

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Nadie convence a nadie que no comparta de antemano la propensión a vicios similares.

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Sostuvo la brasa infamante del sonrojo hasta ser desollado por la conciencia que, escaldada, se resistía a encallecer con la tautología de los yerros. Y echando a un lado sus andróminas, cansado más que circunspecto tras sus andanzas de sarabaíta, resaca ayuso se preguntó qué puede haber hecho bien quien nunca se ha sentido horadado por el escrúpulo de haber hecho todo mal desde la raíz.

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El afán de dominio es el combustible, mas no el motor de la historia, que debe buscarse en los subterráneos de la indigente condición humana.

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Las musas, o su equivalente psicológico en el don, escogen a los rapsodas sin conceder a ninguno la potestad del genio, y mal poeta será quien no constate al transcribir el fulgor de versos memorables cuán inalcanzable es explotar a voluntad la mina de sus hallazgos.

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Sucede que el talento es tan inevitable como la estupidez, y eso que no pocas veces consiste el talento en volverse tan evitable como el estúpido, descubierto, se quisiera. A las duras y a las maduras, el creador honesto siempre podrá argumentar en su defensa que las tonterías le nacen tan involuntarias como la inspiración.

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Ladillas del chirumen. Los grandes autores, cuando son genuinamente grandes en sus obras —«mezcla intrincada de generosidad y vanidad», en el préstamo de un amigo— eluden tener descendencia; su némesis, sus engendros torcidos, son los dómines que los secundan.

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Cosidos como mundos inasibles a la propia experiencia del mundo que el lector lleva consigo, para el autor que lo alumbra un libro es una criatura imaginaria dotada del sentido que le falta a la vida.

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No se me ocurre peor antinomia que la inclinación a buscar la popularidad entre aquellos a quienes se desprecia.

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En toda vida inteligente se estremece un rey destronado que se ríe de sí mismo.

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Atesora la vida más evidencias de las que puede confirmar al escudriñar las apariencias de las que no puede desprenderse.

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El orden que importa en el caos se supera.

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Como un flujo de sublime tensión que une la naturaleza con la creatividad, la materia con el mito y el caos con el valor, o quizá como una ceremonia en el límite homeostático de la vivencia, imaginamos porque somos imaginados.

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Elaborando la genealogía de sus propios valores, el individuo sucumbe al hechizo de la historia creyendo revalidarse ante la memoria.

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Las palabras, que apenas valen nada, valen un mundo cuando el mundo olvida el valor de las palabras.

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El error no está en errar, sino en errar con la creencia de que el error puede soslayarse.

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Maduración. Después del descubrimiento de sí mismo, el primer gran acto es el entusiasmo por tomar el control del territorio; el segundo y más afinado dolor, admitir que es muy poco lo que puede controlarse de lo poco que somos según nos vamos descubriendo.

*

Se necesita mucha vida para morir; para sobrevivir, con negarse la vida es suficiente.

Flotando sobre mis derramamientos, Cielo de agua del fotógrafo Anatoly Toor.
 
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