25.6.14

ALACRANES EN LOS BOLSILLOS

Conociendo que eres nada, que puedes nada y que vales nada, abrazarás con quietud las pasivas sequedades, tolerarás las horribles desolaciones, sufrirás los espirituales martirios e interiores tormentos.
Miguel de MOLINOS
Guía espiritual

A medida que envejecemos, nos hundimos con galopante certeza en los surcos de zozobras que hemos trazado desde que descubrimos lo que no podíamos ser.

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Entre las cuerdas. Cuando escasea la acción, el pensamiento se adelanta para ponerle trampas; cuando el pensamiento no acude, la acción tiende a precipitarse y pronto se desmorona al tropezar con el menor obstáculo.

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Echarse de menos a más. Necesito oscurecer mis ideas para pensar con claridad, esto es, para que mi propia vitalidad acorralada no se revuelva contra mí.

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Mi soledad nunca se iría con otro que la trate como yo: ¿con quién podría sentirse menos acompañada que conmigo?

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Autoinopia. La coherencia es fragmentaria, como el alma lo es en el tiempo que no es y los demás en el uno que uno es en los demás.

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Agraciarse expulsando agraces. Madura quien abandona la obstinación por llenar de frutos su vida para alcanzar, sin premuras ni reticencias, la sazón de desprenderse del peso muerto que no quiere cargar con ella.

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¿Respiro? En efecto, aún es pronto para incinerarme. Necesitaría varias vidas para recuperarme de esta, en la que constato que no se destruye uno más que a trompicones, con poca dicha y mucho amago de necrótica parcialidad. Fiel a una vocación de encuentro con lo inconcebible anterior en experiencia a las eclosiones de amargura que la confirman, va dejándose mutilar en lo que ha sido por lo que no será sin desdeñar oportunidad de acumular el nivel de hastío propicio para salir del mundo, al que ya no puede pertenecer salvo por lo que sobrevive en su fatalidad como expresión fulgurante de un percance.

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No me daré por vencido hasta que se considere como muerte natural por antonomasia la elección del momento justo para abandonar esta cuenta regresiva que resta honorabilidad al desenlace a medida que transcurre sin que se produzca.

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Que todo haya de permanecer inalterable tras haber tomado la decisión de matarse sólo puede ser un impedimento para el frívolo que no se ha molestado en expandir su conciencia fuera de la sordidez que supone tomar en serio el decorado de una obra cuyo argumento merece, por sí solo, la virulencia de nuestras ironías.

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Si fuésemos conscientes de lo irreconocibles que se vuelven los propósitos realizados cuando el tiempo donde se diluyen los deforma, habríamos de concluir que, por encima del sentido puntual que puedan tener nuestras decisiones mientras creemos ser dueños de ellas, nada hay tan puro e inatacable como concederse el viático; mas la misma sensación de irrealidad que nos hace distanciarnos de nuestros males al vislumbrar la asequible cercanía de esta pureza, es responsable también, después de todo, de que no sepamos resolvernos a morir con ganas ni a vivir con convicción. 

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Casi palpable por la sinergia de las evocaciones constantes y las sucesivas prórrogas, la idea del suicidio me ha dejado de consolar, se ha vuelto tan sospechosa como cualquier otro acto que tenga por protagonista a un engendro pasajero del delirio universal.

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¿Cómo dotar de valor a los actos de un gran hombre si, pudiendo retirarse antes de su declive, se aferra a sus carnes gemebundas como un molusco a su concha? Y, ¿cómo no celebrar la desenvoltura del hombre anodino que, contra todo pronóstico, logra transfigurar su destino mediante la determinación de deshacerse de sí mismo una vez ha comprendido que la existencia sólo puede empeorarlo?

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Póngome a escribir sobre el atractivo inmanente del autocidio cuando me encuentro con ella, embellecida por los años que parece cumplir a la inversa. Contemplarla es suficiente para sacar de mí al yo más apegado a la vida y dispuesto a comulgar con el deseo donde se prolongan las cadenas presididas por la noción pueril de una recompensa...

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Reconozco abundantes signos de superioridad, aunque a ninguno soy tan sensible como a la nobleza, perfectamente hermosa y prescindible, de quien sin tener necesidad de ser bueno ni de parecerlo sabe irradiar calma y confianza a su alrededor.

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Para ser civilizado hay que saberse estar quebrado; al apostar por la civilización uno se compele a adoptar una actitud circunfleja que lo mantenga en guardia contra las pasiones humanas y fiel a la complejidad de los acontecimientos.

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El precursor. Si hasta el más bondadoso de los humanos es un monstruo que crece al echar raíces y siempre que se estresa, ¿qué grandeza puede haber en multiplicarlos? Lejos de entenderlo así, el estado general de los espíritus sigue siendo tan precario que, en sociedad, el rechazado como contrahecho soy yo debido a mi insistencia en querer desvincular por completo la sexualidad de la función reproductora, a lo que se suma mi denuncia del oprobio que implica proclamar como derecho la gravedad de un acto que, en las circunstancias actuales, no es sino garantía de matanzas sin parangón. Mi pensamiento, hijo legítimo de mis horrores, nace marcado por un presagio visionario: todo cuanto ha sido escasamente cuestionado durante la historia se convertirá, a fuerza de catástrofes y conmociones, en lo más digno de ser impugnado, como la exigencia de unanimidad para tomar por realidad una ilusión, la devota sumisión a la existencia, la probidad de la procreación, el culto a la celeridad, la utilidad de la industrialización y el respeto al mando, entre otras imposturas.

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La ciencia emite una luz que oscurece todo aquello que no puede explicar, relegándolo a un estado de subrealidad comparable al rechazo con que el fanático monoteísta expulsa de su grey cualquier vestigio de paganismo.

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Dicen que «nada convierte el pasado en un lugar más dulce de visitar que la inminencia de la muerte», pero pensar a la retrospectiva me ahoga y, en cuanto al futuro, no me juzgo tan importante como para hallar acicate en proyectarlo más allá de la sima inevitable que abre delante de cada uno. Entre el sofoco, pues, y la indiferencia, me desplazo como una aguja que ha perdido el hilo y da puntadas de nada a nada.


Las dos orillas abismales en Closer de Enzo Barrena.

21.6.14

EL MANDAMASATO

En la abadía aún están marcando los lugares en los libros de himnos, sin saber que mañana nos habremos olvidado de leer.
Lawrence DURRELL
El cuaderno negro

Mucho, y con pobre sustancia de meninges, se cacarea últimamente en este terruño o telarañuño sometido a transición perpetua acerca de la conveniencia de decidir entre la opción monárquica o la republicana, como si el resto de alternativas a estos formatos tan agónicos no reunieran suficientes requisitos de decencia democrática; mucho se farda y se cloquea, decía, porque en este país de chismosos la fuerza indispensable para imprimir cambios se desmaterializa en la charla inane, privada de la esencia medular que debería ser blanco de la cuestión. Empecemos despejando de rastrojos el solar, que ya me canso de hacerles caso: ni monárquicos, ni republicanos. Para mí, pues no represento a nadie más ni lo deseo, la forma que adopte el Estado es un asunto de importancia secundaria frente al hecho, inadvertido por los analistas de vista gruesa, de que cualquier gobierno, por definición, se alza en el polo opuesto a las libertades individuales. Dentro de los sistemas políticos conocidos, trucados y truncados todos, en diferente pero irreductible medida, por el mal común que imanta a guiados y guiadores, escogeré como el menos lesivo aquel que sea más respetuoso con mi soberanía. Puede darse la circunstancia de que en una república ornada en los tabernáculos de la letra impresa con leyes encomiables, los derechos civiles estén, en la práctica, más limitados que en una monarquía secular, donde por principio hay una voluntad casposa de reforzar los baluartes normativos que velan por salvaguardar privilegios contrarios a los intereses de la unidad social básica, que no es la familia nuclear de los católicos ni la monoparental de los progres, sino cada sujeto o fulanito, con independencia de si sus gametos tienen la proterva fortuna de arraigar. Ahora bien, si me centrara en el análisis de la genealogía del poder y considerase, a tal efecto, ilegítima la potestad que no está participada por los integrantes de una comunidad fuera de las maniobras legales que pretenden darle visos de consenso y moralidad pública al producto de sucesivos atropellos, fraudes y temores populares reconducidos en beneficio de la clase dirigente, la existencia de un poder dinástico que garantiza la inmunidad de un rey, así como la facultad de transmitir su mandamasato a quien tenga el gusto de designar, resalta con toda lógica en su rimbombancia como el más falso de los dominios instituidos.

Tengamos la elegancia de ser salvajemente felinos, como el Jaguar attaquant un cavalier de Delacroix.

16.6.14

RABOS DE LAGARTIJA

El día sigue siendo parte de la noche.
Proverbio sioux

El uso civilizado de las situaciones humanas es posible porque hay individuos que no desdeñan comerciar con su lado más superfluo y artificioso, desarrollando para la ocasión su perfil menos humano.

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Del polvo original al polvo de cementerio, las estrellas y los huesos declaran el cataclismo de la verdad a la que dieron refugio durante algún tiempo.

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Detectar problemas sociales y revelarlos es la única didáctica que el docto puede instruir sin contaminar la ignorancia general con el afán, nada sabio, de orientarla.

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Cierto desorden e inversión de nociones son necesarios para que la purificación surta efecto. Aprender por debilidad constituye la lección más dura para el guerrero en busca de su fortaleza.

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Amarse en la deidad que nace y muere en uno. Para el sujeto falto de confianza, la fe es el consuelo al que acude contra el infortunio, mientras que para el dichoso es una manera de no aburrirse con la inevitable estrechez de la existencia. Solamente alguien seguro de sí puede apearse en la desgracia y elevarse en el gozo sin recurrir a otra fidelidad que la ganada cinegéticamente, duda a duda, en la visión de no ser sino una vana pero noble quimera divina.

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Nada más disparatado que ser normal. Como cada hombre que aún lo sea, me quiero heroico o réprobo, excelso en las nubes sin dueño o indomable en las cloacas, antes que ser un pellejo hinchado de estereotipos cuando no un mono amaestrado con las sinalefas de los actos moralmente correctos que son la honrilla del sirviente. Voluptuoso e indócil, los hitos que han marcado mi cronología rescatándome de la nimiedad básica de cualquier destino, son las mujeres que acertaron a herniarme el corazón y las coyunturas donde elegí no querer la vida que no llevo.

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Alborotadores por naturaleza, en lo que cada uno quiere del otro radica el motor acelerado del deseo, el principio nebuloso de la política y el fin seguro de la tranquilidad.

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Todos tenemos cosas que nos quitan el sueño quizá porque soñar bastaría para remediarlas.

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No hay peor forma de experimentar el vacío interior que tratar de llenarlo.

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En tanto que obra viva, la naturaleza nos obsequia genuinas verdades. Según una de ellas, sería erróneo inferir que todo lo natural es verdadero y verdadero todo lo natural.

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Las procaces inflorescencias de la materia. Si el universo se exhibe sin avergonzarse de nada cuanto contiene, tú, que eres una espina de sueño y de conciencia en la eternidad, ¿por qué albergas temores que te ruborizan?, ¿desconoces acaso el pavoneo consustancial a la vida, que parece instituida para el ojo, y en cuyos actores incapaces de recato hasta la muerte prolonga el espectáculo?

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Por las fauces del demagogo no cesan de salir elogios a la libertad... hasta que se encuentra con alguien que actúa libremente.

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De la cúspide de la autorrealización a los rudimentos necesarios para entretener el tiempo y la barriga, la Pirámide de Maslow se presta en sentido inverso a ilustrar la decadencia histórica de los señuelos y demandas sociales que rigen las relaciones entre embaucadores y descontentos.

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Más que en cualquier otro segmento histórico donde haya intervenido, hoy la democracia es un modo de cohonestar fracturas civiles que admite todas las servidumbres a condición de que no pongan de manifiesto la tiranía y asuman como propia la retórica humanista a la que con tan escaso margen de discrepancia se han adaptado los pueblos más diversos.

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Los incendiarios del presente serán los celadores del futuro; con sus salivazos, se redactarán las constituciones ignífugas de las próximas dictaduras.

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Lo que distingue al lúcido del cretino no es su inteligencia ni su cultura, que pueden ser atributos equiparables entre ambos, sino la agudeza del olfato: nariz para descubrir el hedor de la condición humana sin necesidad de hallarse decrépito, hundido en la más cochambrosa miseria o atenazado por una enfermedad grave.

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El individuo paga la curda de la explosión demográfica con una resaca donde las peores catástrofes imaginables tienen cabida, salvo la de ahogarse en la abundancia.

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Si ni siquiera tengo definido el valor último que le asigno a mi vida, ¿cómo voy a imponérsela a otro? Ni concentrando toda mi voluntad de arrogancia en ser altivo podría igualar el indetectable respeto por la criatura que demuestran los procreadores.

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Quien acepte la validez del concepto delito ecológico, tiene la obligación de admitir que el principal desmán, del cual el resto de agresiones contra el medio ambiente son ramificaciones, es la reproducción. Desde la arenga que diera Elohim a Noé, la forma socialmente estipulada de destruir es multiplicarse. En vez de los tiernos juguetitos inspiradores de mimos que parecen, los bebés deberían ser tan horribles y asquerosos como las consecuencias que producirá su paso por el mundo, así los progenitores se encararían con evidencias indelebles de la gravedad que conlleva tener descendencia en un planeta superpoblado.

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Con la misma desfachatez que la gente mata culebras creyéndolas peligrosas, da el voto fácilmente a quien percibe inofensivo y llena de puñeteros hijos este lodazal cual si fueran regalos de la providencia.

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Así como la soledad en compañía de multitudes se está convirtiendo en uno de los venenos más amargos segregados por la plaga humana, el imperativo de la sonrisa renovada es la tortura más retorcida que los amos de la oferta prescriben a los súbditos del consumo.

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El intercambio de pensamientos sólo tiene lugar entre espíritus escépticos; en quienes no lo son, la fuerza del intelecto está subordinada a hilvanar pretextos que concedan empaque de elocuencia y credenciales de sensatez a las supercherías que toman por convicciones.

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Hay tanto cafre suelto que hasta una ventosidad proferida entre aplausos sienta cátedra. A esto, cuando está en connivencia con lo que al vulgo le place, todavía lo llaman opinión pública.

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Sólo en virtud de un sinsentido o de una corrupción recalcitrante de lo que significa ser ciudadano, puede considerarse que la razón gana con la mayoría. El axioma no declarado del demócrata, que agita en lo más profundo su vocación chantajista, es la preferencia de la contabilidad sobre la calidad. Incluso el asambleario, que representa la versión purista del anterior, encuentra inaceptable que el criterio de un solo individuo sobresalga con mayores luces que el sostenido por los demás cuando entre ellos hay consenso para estar equivocados.

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A todos esos cándidos que alimentan con ilusiones reformistas la vorágine actual, pero apuntando a quienes de ellos hacen réditos con sus trapisondas, les sugiero que se planteen de qué sirve obstinarse en aumentar los servicios disponibles a bordo de un avión de pasajeros que ha entrado en barrena y, de un momento a otro, se estrellará.

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En las bajezas celebradas que el pobre envidia al rico delata su carácter perdulario; el acaudalado, por su parte, se disminuye al hacer ostentación de sí mismo como de un accesorio del dinero que en verdad no necesita adorar, pero del que se vale para que otros lo veneren.

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Escribo pensando en cómo me leerán quienes me superan en talento y sabiduría. Si lo hiciera pensando en otros, escribiría con la condescendencia propia de un farsante o adulterado por el rencor de los modregos que sufren mis argumentos como un ataque a su orgullo.

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En todo aquello que conmueve a un adulto aflora el niño que hay en él sobre la comunidad de seres que estructuran su psiquismo. Desde mis años de arrapiezo, siempre me ha sublevado tener conciencia de los seres cuyo sistema nervioso está lo bastante desarrollado para morir de pena, la más larga y sofocante de las agonías, tras ser arrancados de sí mismos por el cautiverio que los condena a consumirse de atrofia en alguna clase de impotencia. Remiten mis inquietudes, directa o indirectamente, a la presencia negra de este dolor tan terrenal e imperecedero, y se entenderá, por ende, que no pueda dar mi aprobación a ninguna empresa, organización o filosofía que necesite fabricar pesadumbres para funcionar. Mi peor enemigo no es otro que la ausencia cotidiana de sensibilidad que está detrás de la coerción y de sus aberrantes secuelas.


Tom Bagshaw nos invita a interrogar los misterios de Hallowed Age. Yo me mantendré en el tono de aflicción que obtengo por respuesta desde que hace varios días un emisario del señor Celsius, de visita por mis axilas, reincide en marcar 39 º.

12.6.14

DE LOS PERVERSOS INDISPENSABLES

¿Cómo se vengará uno de sus enemigos? Aumentando las buenas cualidades propias.
Ibn GABIROL
Selección de perlas

El mayor ejercicio de cinismo del que recuerdo haber tomado nota en los últimos meses es la reciente decisión gubernamental de fiscalizar, de momento a título de contabilidad, las principales actividades ilegales del reino, aunque legítimas si nos atenemos a la oferta y demanda natural que las precede, tal es el caso del tráfico de drogas y la prostitución, sin que exista en paralelo intención alguna de despenalizarlas aun conociendo los beneficios innegables que una iniciativa de esta índole comportaría sobre el actual sistema de hipocresía institucionalizada basado en la prohibición de conductas que implican un intercambio voluntario de bienes y servicios entre adultos. Es evidente que no existe voluntad política de acabar con las mafias que controlan en la sombra de los hechos estos mercados, y brilla por su ausencia el interés por dotar de garantías civiles a quien carece de ellas tanto en la dimensión profesional como en la de usuario; lo que importa es redondear las cuentas públicas de la crisis sin alterar el modelo productivo de un sector muy lucrativo en el que es de suponer a no pocos cargos electos y autoridades próximas al gremio metidos hasta las trancas, por no hablar de las variadas y siempre oportunas formas de lubricar el herrumbroso aparato económico gracias a este y otros flujos clandestinos de dinero.

La verdad, no sé por qué me molesto en glosar el nuevo detonante de mi enfado: del caudillaje católico uno puede esperar de todo, salvo altura moral.

Sustituiría la bandera nacional por The Kama Sutra de Malika Favre.

11.6.14

EL PRETENCIOSO

Fallar es otra manera de hallar.

Con sencillez:

En los límites continentales del mundo habitable, un páramo de cenizas grumosas cual limaduras de manganeso amasadas con cuajos menstruales, acoge entre carámbanos grisucios y vientos polares una montaña que, vista desde el llano, parece un calco del Monte Fuji tras una retina caliginosa. Desde una plataforma que lo iguala en altura a la distancia más favorable para divisarla, puedo apreciar que la cumbre no es obra de la naturaleza, sino un complejo y antiquísimo mecanismo telúrico de factura desconocida que, según los ingenieros dedicados a su estudio, presumiblemente sirvió para modular la inclinación planetaria y el movimiento de rotación en edades que precedieron a nuestra historia. Desde mi posición, distingo asimismo un castillo de basalto labrado que se extiende como una bestia fabulosa sobre buena parte de la falda del otero, a la que se aferra mediante una estructura de pilares y contrafuertes donde el observador menos ampuloso devanaría semejanzas con los tentáculos lascivos de un pulpo, o los colmillos de una migala glotona almorzándose un colibrí ahíto de néctares.

Cuando, tal como profetizaron los priores misoneístas, la mole de aspecto pétreo comienza a girar de manera espontánea alrededor de su eje vertical, la peña de sectarios que se había arracimado en espera de una señal durante siete noches de ascesis y humo de banga, empieza a expeler los cánticos reservados para la ocasión. A pesar de que el espectáculo, más allá de los misterios intrínsecos a la programación milenaria de un automatismo geológico, cautiva por el imponente efecto sensorial desencadenado y nada sería más fácil que dejarse llevar por el entusiasmo estético, persiste en mí la condición de estar fuera de lugar, desubicación que intento compensar trovando un himno improvisado de desasimiento cuyo propósito naufraga a escasos versos en las turbulencias de un canturreo histriónico que suscita la hostilidad de quienes, a mi lado, se esfuerzan por sincronizar densidades y anhelos al ritmo hueco de la meditación guiada. Conminado a interrumpirme por mi propio sentido del pudor, la reacción inmediata que consagro es fingir la guasa vindicativa de un bostezo de desdén; mientras lo ejecuto, descubro por casualidad que soy capaz de emitir una vibración craneal ensordecedora combinando secuencias respiratorias que amplifican los tonos más graves de mis cuerdas vocales a través de las trompas de Eustaquio. Decido entonces dirigir el chorro de la onda recién parida hacia el oscuro rosetón de la fortaleza que domina la ladera, desde donde se propaga por la corteza terrestre con una ondulación creciente hasta herir el núcleo... o lo que allí more. El malhumorado rumor sísmico de una náusea ancestral emerge en titánica respuesta a mi reclamo; me bastaría una leve variación infrasónica en la intensidad del meneo inducido al centro del globo para reventarlo. Pienso en los millones de vehementes que me agradecerían alcanzar el punto de no retorno tan poco como en aquellos que darían el alma a cambio de que este grano de polen siga su errático viaje con todo el lastre de colonos descorazonados que transporta.

Prodigio o purísimo ejemplo de fatuidad, mi primera sorpresa al migrar del despertar al desayuno ha sido descubrir hechos harina el decantador y las copas de cristal de Murano en las que escanciaba cada noche mi cariño.

Tomé The sword and the rose de Raoul Vitale de la Cuna de Carbono.

7.6.14

¿PODEMOS CONTRA JODEMOS?

El papel de la zorra en los cuentos es el de servir de espejo a los pensamientos de los hombres, el de desvelar sus más recónditos deseos y el de suscitar en ellos la conciencia de de la responsabilidad de sus actos. Simbolizaría una especie de segunda conciencia.
Jean CHEVALIER y Alain GHEERBRANT
Diccionario de los símbolos

Arcángel de la indignación enroscada a la tertulia y prendida con coletero, torero de casta revuelta que en el falso albero de los platós tienta en lidia la calaña de esos moruecos capados que entre rescates, amnistías, aforamientos y otras cornadas giratorias más que bravura de raza blindan su ausencia de clase humillando al respetable... que tampoco la suele tener, dicho sea sin faltar a la mía, la propia de un casi lumpen consciente de cuán feos resultan los altares civilizados al ser vistos sin el maquillaje aplicado a sus detritos. A ti, Pablito, que te presentas como el rival mejor preparado del sexto Felipón, a quien superas además en ambiciones; a ti, sólo porque logras intimidar con tus trinos de hoz y tu flamante currículum arremangado en veintitrés páginas a quienes añoran la caspa de paredón sobre la que pusieron gomina de transacción democrática los embalsamadores de trabajos forzados, quiero anunciarte una cosa: como sigas avanzando por la inusitada elocuencia de ese camino de perfección o de impecable pose que has emprendido junto a tu sóviet de docentes, voy a tener que desvirgarme en mi rol de elector dándote la oportunidad de corromperte a lo grande o de equivocarme como mi suspicacia antiutópica, quizá, merezca. Y asimila bien el valor de lo que apunto, el acto de votar conlleva para mí una contorsión moral equiparable a la de un padre viudo y tetrapléjico que, privado de más loables recursos, resigna su manutención a los oficios bivalvos de su única hija.

A woman under the influence de Gilles Vranckx.

5.6.14

ALCORQUES

Ayer creíamos que bastaba despreciar lo que el hombre logra, hoy sabemos que debemos despreciar además lo que anhela.
Nicolás GÓMEZ DÁVILA
Escolios a un texto implícito

Cuerpos extraños, entrañas almas. No he perdido la facultad de creer, hermosa dote para el eremita que ha sobrevivido al naufragio de sus motivaciones, pero gano a la apariencia en certitud porque dudo de todo en cada parte y a cada momento, cual si llevara extraños cuerpos clavados en el alma o almas que gimen por escaparse atravesadas en mis entrañas.

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Panindividualismo. «Hónrate a ti mismo porque hacerlo es honrar a Dios. Él es tu savia indestructible, la misma que conecta cada ser con su trasfondo universal y nadie, nadie mejor que tú, conoce las dimensiones del monstruo solitario que te ha correspondido irrigar con ella en usufructo». De seguido, acto rendido, me dormí...

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Hasta el fin de esa edad prisionera ineludible del absolutismo juvenil, no es anómalo que al espíritu rasgado de curiosidad los libros le interesen más que las gentes; después, con el comienzo de la primera madurez, pueden ocurrir dos cosas: que el saber escrito decepcione tanto como las personas, triste e hiperrealista conclusión, o que se empiece a leer en ellas, errores vivos de elocuencia, como en un inmenso volumen repleto de historias que, no por ser reiterativas, se facultan menos dignas de ser estudiadas.

*

Para Baroja, el Baroja que saldó sus noches oscuras parapetado en su vocación de aurora roja, «somos grandes constructores de ilusiones, hasta que hacemos lo posible para derruirlas». Uno es siempre la primera y última ilusión para sí mismo; podemos exagerarla o arruinarla, amalgamarla con otras ficciones o desmontarla hasta provocar su fúnebre desmoronamiento, cuando lo sabio quizá sea tan sencillo como detenerse en ella a contemplar con realeza lo que cada irrealidad nos vaya deparando.

*

Bufonadas conmutativas. Tan grave y, de sólito, tan proclive a hacer el payaso... Quizá suponga uno de los últimos recursos que puede proporcionar alivio a quienes entre demolición y demolición seguimos demasiado averiados por el vicio de la existencia; un alivio altivo, ciertamente, aunque para afianzarlo haya que agigantar las propias torpezas, ataviarse con carcajadas prestadas y escupirle babas de colores al espejo sobre el que irradiamos las muecas más grotescas, porque si reírse de sí mismo denota un signo diáfano de majestad, reírse del mundo vale todo un imperio.

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«Si el universo es de hechura divina —atestigua Zambrano—, al hombre toca sostenerla. Y así ha de ser su corazón vaso de inmensidad y punto invulnerable de la balanza». Lo auténtico nos descubre en todo aquello que exige del corazón la lúcida generosidad de recibir la metralla del cosmos sin aprobarlo ni condenarlo.

*

A vista gruesa parecería que el pensamiento libre, no adscrito por esencia a ninguna bandera ni sujeto a otra frontera que sus propias limitaciones cognitivas, hallaría mayor amplitud sumándose a los planteamientos cosmopolitas de la organización social; sin embargo, a nadie dotado de activa conciencia de su autonomía le pasará inadvertido que ser ciudadano del mundo significa, por encima de otros contextos y consideraciones, ser un paria en todas partes, mientras que en territorios menos masificados es relativamente factible que se produzcan las condiciones propicias para mantener con ciertas garantías las potestades individuales.

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Salvo en asuntos de cuerpo y de conciencia, en los que cada uno debe ser respetado como regio dueño de sí aunque no esté a la altura del cargo, donde la libertad no es una burda falacia los conflictos entre la costumbre y la legalidad suelen dirimirse en favor de la primera; defender lo contrario, incluso si se invocan derechos fundamentales, es incubar la tiranía de lo categórico sobre lo provisional.

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El poder político trata de legitimarse por la altura de sus fines porque teme que sin ellos sus sórdidos orígenes y sus más nefandos medios queden expuestos con una llaneza inaceptable.


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Simetrías del fraude. Si malo es quien impide que lo bueno circule para que lo malo se conserve o, de forma más simple, quien vende lo malo como bueno, quien lo adquiere sabiendo que no es bueno, además de convertirse en malo por complicidad, consiente que lo tomen por tonto.

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La virtud que se jacta de serlo cae en el vicio, pero el vicio que se avergüenza de serlo no llega a ser virtuoso por ello, solamente eleva sus flaquezas a un lastimoso exponente.

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Habría que analizar con detenimiento cuanto debe el prestigio del especialista a su tenacidad por incrementar el conocimiento en un campo o al ansia por adquirir una importancia que lo proteja de ser cuestionado.

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Los hallazgos y su tino, como la felicidad, se disipan velozmente del recuerdo dejando una impronta en el carácter que llegará a confundirse con el sabor de las experiencias ilusorias. Lo que un hombre lleva siempre consigo y de una pieza, como un bulto que no acierta a soltar o el peso fofo de un miembro tullido, es la constelación cuajada de propósitos malogrados entre desastres, pifias y desmesuras.

*

Fomes. Actos e intenciones revelan ser datos insuficientes para juzgar al agente que los enlaza a guisa de puente entre el mundo interior y el exterior. Para juzgar sin lagunas a un sujeto se necesitaría conocerlo a cada instante en todas sus dimensiones, seguimiento desde luego temible y a todas luces imposible para el estado actual de la psicología, de manera que sus semejantes han de conformarse con los vestigios de su paso por los hechos descartando el resto de su ser, esa parte donde acaso palpita el cociente de la cuestión.

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Iniquidades. Que se persiga la mediocridad ajena acentuando la propia es un fiasco común, mas no por ello dispensable; que se huya de la excelencia como de una mediocridad evidencia, antes que un tremendo error de juicio, la pésima índole de quien evalúa.

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Dando testimonio del arte filosófico que asume por disciplina cansarse de cansarse para volver deseable lo indigerible, mis problemas parecerán ridículos a quien los haya superado análogos y exacerbados al que con un gesto de arrogancia los desprecia. Me situaré, en consecuencia, allí donde nadie los interrumpa con las trabas que ha cosechado y padece como soluciones.

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Habida cuenta que desde mi más correosa infancia surco mi caída en el tiempo a bordo de la sensación de presenciar la vida como un oyente, soy inmune a cualquier presión cultural que me obligue a matricularme en ella.

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Procura no hablar de las tonterías que has cometido, porque la peor de ellas, la que más te ata, es la palabra donde se desatan.

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Autoayuda. ¿Qué me aconsejaría si pudiera enviarme un mensaje conciso veinte años atrás?  Francamente, no lo sé. Es decir: «Francamente, no lo sé».

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Cuando las circunstancias resultan demasiado adversas para fajarlas y en las contingencias de cada jornada se agita un nido de angustias irreductibles, el fatalismo persuade sin estridencias porque diluye fácilmente las pesarosas responsabilidades que uno arrastra consigo, mientras que en los momentos álgidos donde los elementos del mundo parecen orquestarse a nuestro favor tendemos a ser voluntaristas para ostentar sin menoscabo de fortuna el mérito de las propias decisiones. Existe, todavía, una postura intermedia según la cual el azar reparte las cartas que cada individuo ha de jugar como le vienen, pero el sentido común implícito en esta lectura termina recabando el desagrado de todos, más propensos a identificarse con larvas aplastadas o dioses emergentes.

*

Avestruces. Un chaval de veintipocos años se registra en una conocida página de contactos. Después de dedicar la flor de sus horas de ocio a deshojar ofertas y provocar tentaciones, descubre a una mujer interesante que dice rondar los cuarenta pero mantenerse en la plenitud de su físico. Como los estímulos que ella exhibe han sido calculados en escasez para incitar, el joven toma la iniciativa de una tanda de charlas privadas donde las atenciones recíprocas fluyen hasta convertirse en una ocupación adictiva para ambos. En apenas tres centenares de líneas de texto, labran una confianza de terciopelo que pronto crea el clima idóneo para el intercambio de primeros planos, algo cándidos, de esas zonas que a todos los vivitos ganosos de colear nos pierden. Día sí, noche también, se juran romper el hielo lo antes posible, anhelo que parece estar condenado a no resolverse nunca, pues una fuerza oscura promotora de azares fastidiosos parece impedirlo en el último momento siempre que se lo proponen. Cuando al fin logran quedar en un lugar público, madre e hijo se encuentran. Ni los años de convivencia ni los vínculos de consanguinidad los han preparado para el impacto de esta experiencia; madre e hijo, por tanto, fingen desconocerse. Fue uno de los protagonistas quien me contó el suceso, y añadió como oropel a su contrariedad la leyenda, grabada al ácido en su memoria, de un cartel publicitario ubicado sobre el punto donde se habían dado cita: «El vértigo desaparece cuando el deseo por saltar supera al miedo a caer».

Lienzo de Paolo Troilo, artista que se vale en exclusiva de sus dedos para pintar haciendo uso de dos solemnes colores, negro y marfil.
 
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