27.11.13

DE RARIFICAR LAS EVIDENCIAS


Nadie puede impedir que un perro callejero se orine en el monumento más glorioso.
Consigna de Porfirio BARBA JACOB o Miguel Ángel OSORIO, como se quiera.

Me gusta aprender nociones de la gente problemática, porque en ella está menos velado el reino de la ficción. Y se exagera al dar por hecho que estos sujetos de polémica actividad cognitiva se toman demasiado en serio a sí mismos: si cada uno de sus problemas fuera tan obvio como el mundo real, es previsible que no los tomarían por verdaderos...

Ignoro qué pueda ser la realidad, pero a esa lumi envainada en su arrogancia, cinegética e impenetrable en cada tramo de su compostura, le he husmeado el soma hasta en las ingles tratando de asimilar su sema. No puedo afirmar que mi arrimo haya sido un completo fracaso, pues llevado a sus extremos, por donde huye y se renueva el horizonte, lo real obra como aquello que más necesitado está de no ser discutido.

Boca del infierno según la representa el Libro de Horas de Catherine de Cleves, manuscrito creado en Utrecht, hacia 1440, y actualmente en poder del Morgan Library & Museum, de Nueva York.

26.11.13

ÁNGULOS MORTECINOS

El universo entero apesta a cadáver.
Samuel BECKETT
Fin de partida

La metrópoli, por servirme de un sustantivo aún vibrante en la escenografía de los acasos, tañe evocaciones sobrevaloradas con la aceleración de un motor de posibilidades que saca notas de reclamo a las pocilgas donde cada cual se revuelca en busca de la perla de su anhelo; la gran cochina ciudad, venía a decir, aplasta al visitante sensible, no menos que al habitante desacostumbrado al engranaje genérico de felonías, bajo millones de formas, a cual más descriptiva, de adjetivar la sensación que documenta lo microscópico que el individuo ha de sondearse dentro del azar indescifrable a los designios de la cáfila, además de devolverle en plena cara, como un gargajo calentado durante decenas de generaciones, el sentimiento de desprecio por la humanidad que pueda llevar consigo, arrebujado entre otras amables perversiones, con la esperanza —maldito coladero— de que la aglomeración de misereres le confirme lo errado o acertado que está. Así buceo yo a ras de calle cuando salto al mundo desde mi tabernáculo de dudas, y así termino orientándome en las opresivas amplitudes del «laberinto de gente apresurada que su misma prisa aparta del camino» (Séneca) para volver de una pieza al rompecabezas de mi cubil sin que se advierta demasiado la presteza del rechazo a permanecer adherido a estos tapiales de autismo progresivo y malaventuranza social, muy avizor también a la penumbra de esos ángulos en los que no quepo aunque parezca apremiante hallar el hueco en el que ni muerto —¡voto a Nut!— me acomodaré. Una vez transpuesto el glacis del arrabal por las rutas iletradas que conducen a mi tierra de reposo, dejo colgadas en el perchero las últimas prendas de ciudadanía y me enmascaro en la desnudez del amor propio para contarle en serio a mi retraimiento, al que ahora llamo en broma misantropía, que sólo un hombre fiel al trazo de sus disgustos puede darse el gusto de difuminarlos en el olvido, un ritual tan necesario para purgar el efecto viral que le hace perder fuerza ante sí mismo a medida que empieza a creerse la caricatura pública pintada con sus menudillos, como lo es para el juego erótico abandonarse a las sombras durante el goce.

Alfred Rethel grabó los compases de Der Tod als Würger.

24.11.13

REY DE LOS FILIBUSTEROS

Al amigo que insulta

En la barba del necio, todos aprenden a rapar.
Refranero

Acuciado por las incontinencias del infierno cotidiano al que su visita frecuente había logrado reducir los paraísos artificiales de diván y cenicero, volvió a solicitar de mí socorro para un alivio que hube de negarle, por primera vez, en atención al cautiverio febril al que me habían conducido los énfasis impostergables de una gripe. De los ruegos pronto pasó a la impertinencia, y cuando el efecto deseado abortó en el desdén que la reiteración de sus desmanes instiló, toda arbitrariedad le pareció escasa para empuñar una vehemencia sorprendente en alguien que dice estar maltrecho. Previsto el destino de sus derivas por las precedentes, cerré los puertos donde podía atracar su esquife y comprendí, tras el frustrado abordaje, que el enojo de quien se ofende por el favor que no obtiene demuestra dos cosas: la inmensa coacción que hay en sus súplicas y lo poco que merece recibir ayuda.

Oros y plomos de este mundo semejan amancebarse en el Paisaje de invierno de Julius Sergius von Klever.

23.11.13

EXCULPATORIO

Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
Jorge Luis BORGES
Fragmentos de un evangelio apócrifo

Si juzgar al padre por el hijo y al hijo por el padre manifiesta atamiento de criterio aun sabiendo lo mucho antes que poco pueden deberse el uno al otro, ¿cuán inaceptable no será tomar enteramente al hombre por su obra, o a la obra por el hombre que le sirve de partera, una vez se entiende que ambos, emparentados por la causa y el efecto, no obstante pertenecen a especies distintas?

Como la incomprensión que lo motiva, todo juicio es a mi juicio inevitable; inevitable, múltiple y fugaz cual esa verdad mutante que se chotea de cuantos la quieren en propiedad y juega al arte de engañar manteniendo veredictos irreconciliables para desmentirse mejor. Sólo desde el último tramo de su declive puede ser juzgada la vida, y sólo un nivel de creciente desengaño puede aproximarla a la objetividad funeraria. Mientras la huesuda urde, júzguese a cada uno por los actos que materialmente lo delatan, pero hágase el arbitraje sin ignorar que el espectáculo humano no está hecho para ser ordenado, que el iluso alarde de enderezarlo nada más lo afea, y que nadie sujeto a su trama es culpable, salvo quien tal se siente. Recuérdese que en cualquier régimen de tasación moral no se castiga por reparar, sino por venganza, y tampoco se perdona por amor, sino por vanidad. La única indulgencia posible la concede el olvido al que se llega, en ocasiones, por querella de necesidad.

Una de las seis piezas del Políptico de la muerte que se conserva en el Museo Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán, y yo tuve la suerte de encontrar en El blog de la Muerte.

22.11.13

ALODIAL

La invención del barco fue también la invención del hundimiento.
Paul VIRILIO
Dromología: la lógica de la carrera

Inmune al discurso que lo imita, vivaz en el recurso que improvisa, el poder de la palabra desvanece la palabra del poder que, abismado, se envanece desde un fondo al que sería una pérdida de significado buscarle veneros más allá de la confusión de pensares, sentires y procederes que pretende su oropel. El poder de la palabra no se irradia por lo que activamente expresa ni por aquello que callan los tasadores del saber y a casi nadie place escuchar; el poder y la palabra convergen en la diferencia efectiva que se da entre ambos como un campo alodial por donde fluye el discernimiento hacia fines no definidos por nadie, ni siquiera por su autor, con funciones desenfundadas a través de su interlocutor, a quien tampoco pertenece. El poder de la palabra es una fístula que invita a meterle el dedo al poder y a la palabra para sacarlo inmaculado.

Una de las muchas cucas del grimorio lésbico de Ozabu.

21.11.13

LA MANO IZQUIERDA DE LEVIATÁN

El comienzo de todas las sociedades grandes y duraderas no ha consistido en la buena voluntad que los hombres se tenían unos a otros, sino en el temor recíproco. 
Thomas HOBBES
Tratado sobre el ciudadano

En parte porque el Estado ya no puede permitirse el coste de ejercer un poder anquilosado a la usanza cuartelera, en parte porque la implantación de las nuevas tecnologías —que, como internet, tienen su origen en el ámbito castrense— dotan de medios y servicios autodisciplinarios que mejoran los modelos tiránicos de gobierno con todos los efectos del totalitarismo aunque sin algunos de sus defectos más acusados, está en la lógica de nuestra época que el orden exterior que rige para los bienes acceda al ordenamiento interior de las experiencias. Congruente con lo antedicho pero escandaloso para un concepto retributivo de la justicia, más que trivial como dato resulta revelador que cada vez extrañe menos a especialistas y profanos que los tribunales, a la hora de juzgar a alguien, consideren prioritario el examen de la personalidad sobre los actos. Lo importante para la regla instituida parece residir en la disponibilidad o indisponibilidad de la forma de ser, en conocer el grado de tolerancia a la deformación de cada ser.

Como una continuación por otros cauces del adagio en el que Claude Bernard aseguraba «no hay enfermedades sino enfermos», Foucault ha señalado correctamente que «se juzga al criminal antes que al crimen», y lo que esta observación pone de relieve es que en los fundamentos del código penal preexiste la tentativa de corrección moral según los criterios de quien, valiéndose del aparato legislativo, trata de diseñar a su ventaja y entender la estructura y el contenido de las relaciones humanas, motivo inmortalizado en la paremia «hecha la ley, hecha la trampa» y excelente razón para argüir que en todos los delitos, lejos del discurso oficial que juega con procurar el tratamiento médico preciso a las conductas que reinventa como patológicas y para las que busca la reinserción cuando falla la prevención, subyace una cuestión determinada por las asimetrías y eventuales confrontaciones de poder; todos los delitos, por tanto, alteran en primerísima instancia una susceptibilidad política concreta. Para Hobbes, muy afecto a la sentencia categórica, «donde no existe ley civil no existe delito», dejando a la vista una fisura social que otros, más aguerridos, han tomado después como punto problemático de partida para blandir la teoría de los izquierdos frente a los derechos.

En realidad, las leyes no combaten la ilegalidad que han previsto por el peligro que puedan representar las transgresiones para la seguridad pública, más bien persiguen las expresiones que escapan de su control con el objeto de sistematizarlas en la regulación del crimen que, como cualquier otra actividad, cae dentro de los cometidos, explícitos o silenciados, del derecho, cuya potestad no funcionaría sin arrogarse la inocencia para evaluar y castigar a los súbditos bajo la excusa de un conjunto de abstracciones que remozan el artefacto simbólico encargado, en tiempos premodernos, de sancionar en el regente la majestad personificada de Dios sobre las almas. Para el poder, la delincuencia no supone un conflicto por sí misma ni es un accidente aparejado al desvelo de su enmienda; lo dota, por el contrario, de una herramienta estratégica que timonea mediante dispositivos específicos de transacción y maneja en su propio interés a modo de mesnada soterrada.

Huelga añadir que cuanta mayor alarma causen los hechos criminales, con mayor grado de conformidad asumirá la población la vigilancia y represión policiales. Siempre que se declara desde arriba la voluntad de atajar un mal se da alas a otro. Y mal por mal nunca fue bien, sino remal.

Hoy tomo por insignia a Jasón encantando al Dragón de Salvator Rosa.

20.11.13

LOS DEFENESTRADOS

Bajo nuestras máscaras somos dioses, dioses y monstruos, disfrazados de arrogancia, disfrazados de indiferencia.
Demian RECIO
Buenos samaritanos

El hombre no puede ser pensado desde el hombre, y que sus misterios retrocedan a medida que se los descubre nunca será una forma de resolver el problema, sólo de obligarlo a saltar por la ventana que se abre a un enigma mayor. El hombre únicamente puede dar fe ante sí mismo de las incógnitas que finge plantearse cuando de verdad pierde la fe en dar una respuesta concluyente a su condición.

Uno se ve mirando el esbozo Búho en una ventana gótica de Caspar David Friedrich.

17.11.13

EL AMILAGRADO

A plena luz el mundo puede desintegrarse. Ante unos ojos débiles se torna firme, ante otros más débiles es como un puñetazo, ante otros aún más débiles aniquila sin pudor a quien osa mirarlo.
Franz KAFKA
Aforismos, visiones y sueños

Vivía como nómada en una época indeterminada en la que pieles mal curtidas nos servían de abrigo durante todas las estaciones y el alimento, escaso, había que cazarlo batiendo amplios espacios reconquistados por las malezas. No éramos una comunidad numerosa, a lo sumo treinta individuos, en su mayoría adultos más interesados en la defensa mutua que en conectarse afectivamente.

Bajo los ópalos del crepúsculo decidimos acampar al amparo de un valle casi invisible gracias al robledal que cubría las dos vertientes y en cuyo fondo corría un arroyo de rumores tan caprichosos como el deshielo que lo había producido. Al amanecer, cuando muchos llevábamos largo rato activos, nos llegó un alarido espeluznante de algo que parecía acercarse veloz hacia nosotros. Los que teníamos más experiencia reconocimos de inmediato al temor sin nombre que, musitando, llamábamos El Ser. No hubo necesidad de tocar el cuerno, y mientras los demás se dispersaban para no ofrecer un blanco fácil, yo me dirigí al peñasco en el que habíamos ocultado el artefacto más poderoso de la tribu, una suerte de lanzagelum artesanal alimentado con mineral de ciniso. Al tiempo que lo preparaba, operación bastante delicada que requería dedos fuertes y cabeza fría, divisé al asaltante a unos centenares de pasos penetrando en el claro donde una vanguardia de cuatro camaradas procuraba distraerlo debatiéndose indecisos entre el horror y la fascinación. El Ser tenía el aspecto de una masa eclipsada, de volumen cambiante y sin rasgos nítidos, que vibraba estuosa en su negrura como si ardiera por dentro, a la vez que profería gritos de una ferocidad patógena, capaces de abismar en la catalepsia a cualquiera que tuviera la desgracia de oírlos sin acertar a rememorar las preces que pasaban de cabila en cabila como un tesoro ancestral dotado de virtudes inmunitarias. Aceleré las piernas en dirección a su encuentro dispuesto a combatirlo, pero al llegar al sitio exacto había desaparecido. Sabía muy bien lo que su ausencia significaba; probablemente, se había introducido en alguno de los circunstantes. Faltos de disciplina militar, desistí de ordenarles a mis compañeros que formaran un escuadrón, ni ellos, pertenecientes a una generación más asilvestrada que la mía, hubieran aprobado el liderazgo de alguien mayor. Pese al desconcierto, había que hacer un recuento urgente, lo importante era detectar al sujeto que servía de anfitrión a la monstruosa criatura antes de que el mal se propagara. Con una persuasión ajena a las argucias del verbo, conseguí reunir a los rezagados. Más angustiosa que la amenaza indefinida fue sentir la disolución instantánea de los vínculos grupales de confianza. Nos inspeccionábamos unos a otros buscando los signos inequívocos de la posesión, tardos en aparecer, nada extraño considerando que el clima de tensión emocional constituía un medio idóneo de contagio, nunca súbito cuando es masivo. Aunque al producirse el breve contacto con El Ser yo estaba lejos del foco, el hecho de haberme convertido en el portador del arma más destructiva me obligó a anticipar a viva voz mis intenciones. Declaré que no depondría el artilugio mortífero hasta identificar al infectado, a quien no vacilaría en inmolar, asegurándoles que en el improbable caso de que fuera yo, tendrían que matarme por la espalda seccionándome la médula espinal por la base del cuello. A desdén de padecer el cumplimiento profético de mis aprensiones, poner de manifiesto mi actitud y provocar mi sentencia de muerte se concretó en un mismo albur. El razonamiento jamás ha impulsado a los hombres tan eficazmente como el recelo, y en esa coyuntura hasta los niños me dedicaron suspicacias. Alivio incomprensible para quien no sea un decadente cansado de sobrevivirse, con lágrimas retrasadas durante décadas me alegré de tener un fin próximo a manos de mis conocidos. Más jóvenes que yo, y por ende más rápidos y menos juiciosos, no vi acercarse el golpe que me derribó.

Al recuperar la conciencia, comprendo un tanto azorado que me he quedado dormido en el retrete. La postura adoptada durante el desvanecimiento me ha dejado las extremidades ateridas y un dolor atronador en un lado de la cara que, lejos de remitir al despejarme, aumenta en los maxilares. Me examino la boca ante el espejo y descubro horrorizado que las encías que rodean los cordales inferiores se han hipertrofiado hasta cubrir por completo la dentina, además de presentar un aspecto estriado y pulposo, como si estuvieran a punto de deshacerse con una fragilidad comparable al estado corroído de un trozo de magro sumergido en vitriolo. Temiendo la gravedad de una infección purulenta, utilizo cuidadosamente un escalpelo para dejar al descubierto la cavidad de esa zona de la mandíbula, de la que voy extrayendo fragmentos cortantes, teñidos de un color violáceo, que tomo en principio por esquirlas de hueso manchadas con los pigmentos procedentes de los últimos alimentos ingeridos. Tras sacar todos los restos, una observación más minuciosa me saca del error al poner en evidencia que no se trata de material orgánico, sino de un plástico similar a las carcasas de los aparatos electrónicos. Mucho hay que heñir todavía, y sin preterir la calamidad en que ha quedado convertida mi dentadura, subordino mi atención al examen de las posibles explicaciones del hallazgo. No sin dificultad, ensamblo las piececillas del anómalo rompecabezas. El objeto resultante se asemeja a la concha de un molusco que coincide morfológicamente con los bivalvos sintéticos que instalaron por su función filtrante en el estuario limítrofe a la finca —¡cómo he podido olvidarlo!— en la que me espera mi familia para una cita ineludible...

Muy sufrido por el trayecto nocturno martillado bache a bache contra el esqueleto por carreteras en peores condiciones que mi herida, llego a la senda que se interna en el Bosque del Ahogado y rodea el remanso de agua en dos tercios de su ondulante perímetro. Ubico enseguida el islote donde se alza, aún imponente, la vieja casona construida con bloques de cuarcita que mi madre heredó de una tía sin descendientes directos. A poca distancia del puente levadizo que comunica ambas orillas, hago las señales luminosas convenidas a fin de evitar una alarma innecesaria; sería una amarga ironía que mis parientes abrieran fuego sobre mí al confundir el ruido de mi avance con el que originan en ocasiones los letargianos que merodean por la comarca: seres ni vivos ni muertos, semihumanos sumidos en un trance insensible del que solo salen de forma inopinada, siempre que haya una estricta oscuridad, para alimentarse con los jugos vitales de cualquier animal de sangre caliente, a los que pueden inmovilizar con el simple esfuerzo de una mordedura, pues su saliva posee toxinas análogas al curare. Apenas he dado tres zancadas cuando una agitación en los arbustos colindantes me obsequia una descarga de adrenalina. La batería de la linterna se halla tan debilitada que nada logro distinguir con sus fotones enlatados, y en un alarde de imprudencia alargo un brazo para retirar el ramaje que me oculta la causa de tal estrépito. Otra zarpa agarra la mía con una aspereza conocida: mi gata me está lamiendo las uñas. Normalmente cierro la puerta de la alcoba para evitar que sus veleidades felinas interrumpan mi descanso. Tras acariciarla como si fuera mi único asidero a la realidad recién recuperada, maúlla insatisfecha exigiéndome comida. De regreso a la horizontal, tras acomodarme en mi cobijo de mantas tibias y densidades viscolásticas, vuelvo a despertarme bruscamente a partir del episodio precedente, que se me antoja falso desvelo, como en efecto compruebo al ver que el comedero está vacío y mi pelirroja de ojos turquesas duerme en otra estancia enroscada sobre sí misma, como debe de estar haciendo desde hace horas. Terne frente al agotamiento, me decreto inconcebible consentirme una nueva oportunidad para la ensoñación. Al recostar el insomnio sobre el ángulo más mullido del sofá, justo de espaldas al ventanal que desafía al campanario vecino, una majestad absoluta me abraza por detrás susurrándome los acordes cenceños, desprovistos del menor aliento, de sus facecias:

—Te inoculé hace cuatro décadas y te retiraré sin previo aviso cuando me plazca. Acepta esta incertidumbre como un presente. Nada nos debemos el uno al otro. Estamos en paz. 
—Me trajiste sin haberlo pedido —protesto.
—Me avergonzaría de mi obra si creyeras lo contrario.
—Y yo de expirar si no me sorprendieras.
—Supón que todo cuanto existe no es sino el polvo levantado por lo que no es; supón que esta polvareda en la que estás inmerso solo es la apariencia de otra apariencia dentro de una escala sucesiva de apariencias. Puesto que tus dudas no son suficientes para conjurar lo que hay tras los enlaces y desenlaces de cada mota que compone el vendaval de este mundo; puesto que tampoco insemina tu ignorancia el caos que incesantemente lo mueve, nada debe impedirte seguir aquí o acompañarme ahora. Tú eliges.
—¿Así de fácil?
—Querido, nada más impropio que alejarte de mí —añade la cautivadora apretando su descarnada fuerza contra mi diafragma.
—Y nada menos propio que hacerlo sin haber vaciado correctamente los intestinos.
—No seas bergante y mírame: te desvanecerás en un suspiro infinito.
—Igualmente.

El trofeo Autumn muertita lo brinda Krisztianna.

8.11.13

A LO QUIZÁ

No obtuvo el universo provecho a mi llegada,
ni aumentará mi marcha su rango y esplendor,
ni de nadie escucharon mis oídos jamás
por qué un día llegué y otro me marcharé.
Omar JAYYAM
Robaiyyat

LEMA

No me sorprendería que encontrases sabores de tu agrado en estos condimentos si supiera sorprenderme por otros tantos que hallarás acreedores de tu aversión.


1.
Todo se sobra. Irreal como la vida que a sí misma se engaña en sus excesos, de eco en eco se va perdiendo uno en otros a los que se llega por defecto bajo el efecto de su demasía.

2.
El estuche. Aunque siempre digna de agradecer por el malestar que ahorra presenciar, parvo refinamiento es menester para mantener la compostura en público y demasiado cuando se está a solas.

3.
Consciente de que la materia es una prolongación del alma y el espíritu un producto de aquélla, obra en pujanza el iniciado. Por contraste, el sacerdote es deficitario de una imagen del mundo invertida por cuyas estribaciones anda siempre cabeza abajo, con el sieso por encima de los pensamientos; carente de competencia para la sabiduría, sus misterios son una ecuación montada sobre burdos engaños donde la lucidez se suple con un manojo de ensalmos e ingentes dosis de retórica; privado de poder nativo, por poder ruega, implora, amonesta, intimida, y en su condición de parapoco ha de robar por vocación lo que no puede obtener honestamente a cambio de una profesión. 1


4.
Contemplo la alfombra ajada del mundo, a sus líderes que aunque efímeros la pisan ufanos, a sus lacayos no menos vanidosos postrados a su paso y a la masa indiscernible de las manchas que dejaron los aplastados. No puedo avanzar, ni retroceder, ni detenerme en ella. Mi corazón, no más que una brizna a lo quizá, posado en el momento de su rompimiento susurra a hostias contra el viento la negociación. Sé que lo oyen porque nadie lo escucha.

5.
Mandóciles. Los que gustan de ser dominantes en un lugar, son esclavos en otro.

6.
Si un país A quiere saquear a B pero la distancia geográfica se lo dificulta, puede servirse de su aliado C, cuyas fronteras están próximas a B, y provocar disturbios en D, aliado de B, de modo que éste se vea obligado a intervenir en aquél, lo que a buen seguro ocasionará que C, con intereses en D, se alerte y haga causa con A, que a partir de ese momento podrá orquestar sin grandes riesgos la confrontación entre B y C hasta que se produzca una situación favorable a la ocupación militar.

7.
Transmilitancias. De forma funcional podría considerarme anarcoide en mis beligerancias por complexión de carácter, no por la asimilación de un contenido ideológico concreto. Desconfío en neto de la naturaleza humana y de las organizaciones sociales, con las que siempre ando descafilado, así que es nada lo que cualquier tentativa política puede obtener de mí en su búsqueda de instrumentos que la asistan. Laureando el calambur maquiavélico, que es como hacer la comulgada con los adalides del rebaño, podría parecerme interesante la proposición de servirse de las causas colectivas en vez de servirlas, pero la virguería deja de ser estimulante en cuanto se descubre que dicho planteamiento exige, igualmente, un acto de fe colosal: el compromiso con los fines.

8.
¿Hay mejor poder que sofocar el incendio que uno mismo ha provocado?

9.
Sátiro místico. En el latido de su mirada de exterrícola brillaba umbilical el ardor de un coñocimiento tragicósmico...

10.
Por el hecho de ser, todo hombre se encuentra escindido entre el amor que quiere dedicarse a sí mismo y el odio que no puede negarse.

11.
Nadie me nada.

12.
Espeleología del tormento. Cambiar de caos para seguir en orden, desmontarse para volver a articularse y pegarse el golpe justo de desapego para no contar sino consigo en el cuento majadero que uno inventa a cada instante.

13.
Vaya mal o vaya bien, la honradez empieza por admitir lo molesto que uno es para sí mismo.

14.
Rara especie de amor fati, más que reconocerme en lo que he sido siento nostalgia de lo que seré.

15.
«Donde fueres, haz lo que vieres»... ¿Y si lo que vieres no te conviniere? Proverbio sospechoso de conformismo ramplón que teniendo por mayor bien el culebreo de pasar desapercibido enaltece la actitud imitativa por si aún quedaban dudas acerca de lo monos que somos en sociedad. No es poca la proeza de ser aéreo en la tierra y telúrico en las nubes.

16.
Dos especies. Es una impostura hablar de sexos opuestos porque entre hombres y mujeres no hay comparación posible; no estamos enfrentados, sino que coexistimos en planos asimétricos que funcionan con sus respectivos códigos. Y así como lo ilusivo no se opone a lo real, puesto que lo prolonga y complementa, es erróneo pensar que lo femenino está en pugna con lo masculino, cuando lo que media entre ambos, a pesar de los conflictos que puedan desarrollar, es un juego continuo de tanteos que se extienden más allá de la relación sexual en la cual culminan o se malogran.

17.
Sólo puede negociarse desde la singularidad, pues el planteamiento implícito para que sea posible excede las nociones domésticas de identidad y diferencia, de las que puede prescindir olímpicamente. El intercambio no pretende la integración de los elementos que participan en él —lo cual supondría la reducción al absurdo de los mismos a partir de un antagonismo impracticable—, sino mantener viva la disparidad esencial necesaria para que pueda darse el engranaje recíproco.

18.
¿De qué vale el derecho a la vida si no se respeta la libertad de ponerla en juego?

19.
Para acabar con los partidos políticos, bastaría que fuera cierto aquello de «un hombre, un voto» siempre que el cálculo pudiera corregirse con la regla de «un necio, medio voto».

20.
Si todos quisiéramos lo mismo, seguramente el mundo sería más simple de gobernar, pero los siete mil millones de infiernos ambulantes habrían de multiplicarse entre sí siete mil millones de veces más. Si todos quisiéramos igual valor, nadie valdría lo que querría.

21.
No me importa compartir el viaje con un canalla de la peor especie si ello no obsta para que el transporte llegue a mi destino sin que nadie indague cuál es mi trayecto ni qué intenciones atesoro en el equipaje.

22.
Purgamos en el ser la ausencia imperfecta que es la vida. Cuando uno vuelve a sí mismo por reacción a la extrañeza del mundo exterior, entra a ninguna parte, una parte que ninguna totalidad puede completar y supone un lanzamiento hacia lo insondable desconocido.

23.
Mientras el libertinaje hace su oficio de la caída en el desenfreno, la libertad es casi un vicio de autodominio. ¿Cómo valorar la calidad del autodominio sin ponerlo a prueba con el desenfreno? ¿Cómo entregarse con gusto al desenfreno sin dejarse perder el autodominio?

24.
Sabiendo que todo lo que uno hace se vuelve contra él y «la moral protege a los peor dotados del nihilismo» (Nietzsche), ¿qué protege de la moral a los mejor dotados? Un acto de torsión sobre sí mismos, el nihilismo del nihilismo.

25.
No he sido natural desde que con tres años alumbré la conciencia al no poder imaginar el mundo sin mí.

26.
Si te defienden en los media, aunque pretendas tomar la calle, es que nada tienes ya que defender.

27.
No sigas los caminos que te abre la desesperación, sus itinerarios están muertos. Resiste hasta poder entregarte al que reconozcas como tuyo tras haber pisoteado tu corazón.

28.
Introspección. Refutable sólo en sueños, me tengo enfilado en un desierto cuyas arenas alojan un mar subterráneo que nadie puede cruzar sin ahogarse.

29.
Maniqueos. Porque es verdad que no teme menos la libertad ajena que la suya, para sentirse seguro el totalitario necesita acabar con todos los que piensan de modo distinto a él; mas no está menos necesitado de ser excluyente el libertario con los que transgreden sus criterios dualistas, a quienes excomulgará diatriba en ristre como encarnaciones a exterminar del mal autoritario.

30.
Mirad la mariposa debatiéndose en la oruga; besad la calavera que anida en el rostro amado.

31.
No ama desengañarse quien pregona su amor a la verdad, pero miéntese de verdad cuando queriendo descifrar lo que desconoce olvídase de lo que da por sabido para no ir descifrando querer. Nadie más sincero, por tanto, en su amor a la mentira.

32.
El sentido de la desproporción sigue siendo un sentido, y para no perderlo hay que perderse más allá de todo sentido de la medida propia. Así es como se gesta el laberinto que hace de templo donde se templa quien gesta en él.

33.
Autosantísima Trinidad. El éxtasis para los cuerpos, la ascesis para el pensamiento. Primero vivir en sí como Padre, Hijo y Espíritu Santo; después, si procede, interpretarlo. Desaciertan los que hacen de la entrega al conocimiento su forma de vida, porque la vida que se entrega a sí misma es la forma por antonomasia del conocimiento y el único modo de poder arraigar en los misterios del alma, aunque sea en un alma seca de aura perdida.

34.
No temáis el rechazo que habréis de cosechar por remover tabúes. En un mundo podrido, es la exclusión, y no el aplauso, el estandarte del valor.

35.
No busco lectores, sondeo algo que está, a la vez, más lejos y más cerca del vínculo literario con el receptor: quiero testigos de mi soledad que puedan llegar a sentirse tan cómplices de ella como fieles de la suya.

36.
Para el lúcido, la vida contemplativa es la única forma aceptable de actividad; lo que tampoco escapa a su visión es que la mirada transforma siempre aquello toca. Ni hundiéndose en sí mismo se libera uno del mundo.

37.
Consortes. La servidumbre no tiene su origen en el que ejerce el dominio; la intrínseca verdad del poder es que está vacío y toda su fuerza procede de quienes se someten a él tomándolo por algo que está lleno.

38.
Carezco de fe en mi propia obra, por eso transcribo religiosamente las más enojosas pruebas que soy capaz de reunir contra mí mismo.

39.
Las ideologías revolucionarias parten de una premisa errónea: quieren salvar al hombre reestructurando las instituciones sociales y económicas, de donde resulta la catástrofe del hombre y, en consecuencia, de la sociedad.

40.
Dadme un gigatón y moveré el mundo; poned el mundo en mis manos y no moveré un dedo por él. Empiezo pensando con dinamita y termino viviendo con ironía.

41.
No tengo miedo a querer; quiero, desde el rayo a las tinieblas, soltar nudos, cortar ataduras, correrme a quemarropa donde encañone el ánima. Para algunos, malamente socializados por su bien, una actitud propia de valientes; para otros, moralizadores de moral financiada, un testimonio de cobardía; para mí, más grumoso que miscible, gusto por abrir fuego con cartuchos de coherencia. Si la libertad, en efecto, solo es una fantasmagoría, no es menos cierto que solo ella, con sus figuraciones, puede burlar los atolladeros que acarrean las demás.

42.
¿Dar la vida por otro? Eso lo puede hacer cualquiera; dar la magia del momento, ¿quién puede hacerlo sin naufragar en la obviedad o triturarse en la repetición?

43.
En el sexo, y he aquí el raigambre de su poder adictivo, ocurre un poco lo mismo que en la virtualidad de la fantasía literaria: estás en el otro, el otro está en ti y nadie sabe dónde está en realidad. La tentación erótica no radica tanto en lo que se da efectivamente como en la presencia absoluta del otro aguardando el gesto que la defina.

44.
¿Y quién no sufre por gustarse de añorar lo que no sabe y quisiera saber hacer? Se hace saber a sí mismo, y quizá a nadie menos, que su merma crece tras el parapeto que ciñe a los desengaños de la vida una sensibilidad inaccesible, solo presentida, donde mengua en paralelo el sentimiento que la estima, que la conmina.

45.
Para cualquier humano es preferible desear la nada que dejar de desear; para mí, lo deseable es que el humano desee como nada romper del todo la continuidad de lo que es.

46.
Los sucesos reales nunca son tan excitantes ni tan terribles como los imaginamos; la realidad parece persistir como un residuo factual en virtud de una constante devaluación del sujeto que se la representa.

47.
Los mismos atributos que consolidan el poder de un individuo son los que minan de debilidades su destino.

48.
¡No mames, güey! ¿Qué pendeja chingadera es esta? Pocas lides soliviántanme tan de rebato como sentirme clavo bajo martillo ajeno, pero a la desesperada —sin hijos, compromisos conyugales ni grilletes de dependencia familiar—, nada vulnerable he de guardar fuera de mi cáscara, a la que por descontado no le prevengo mucho apego, mohín preliminar que en la tregua y en la guerra vale sin más floritura para aprestarse diplomacias por montera... Deberíamos particularizar el descontento contra los responsables visibles de la apisonadora política, hacerles sentir un pavor reflexivo cada vez que tengan que ejecutar una decisión gravosa, y devolverles la precariedad que nos deciden con una virulencia desmedida a la medida.

49.
Es fácil amar en la distancia; lo arduo es no enfadarse contra el ser amado o hacerlo enfadar contra uno cuando su proximidad se mezcla con el necesario reducto de independencia.

50.
Nadie piensa enteramente bien de nadie, pero se habla bien de algunos para beneficiarse del mismo trato que se dispensa al aludido.

51.
No se piensa bien por el bien sentir, sino por el sentirse bien que un mal pensar enturbiaría.

52.
La generosidad que se practica con pesar revela en su ceño lo mucho que tiene de cicatería enmascarada y lo poco que hay en ella de genuino don.

53.
Aunque matar sea un quehacer deleznable, también lo es que deba ser así. A los dirigentes pésimos habría que hacerles, por honesta concordancia, meritorios de pésames.

54.
Me río a carcajadas con un ojo de lo que lloro a cascadas con el otro.

55.
Los únicos pensamientos dignos de tal nombre son los arrullados por la desgracia.

56.
Se persevera en la realidad con el deseo oculto de ver superadas las quimeras que se conciben con la fantasía.

57.
La ambición es vicio ruin por dos motivos: pone al que la sufre por encima de su verdadera capacidad y por debajo de cuantos tratos le son útiles para ascender.

58.
No es más estúpido arder en impaciencia por hacerse notar que la obsesión resentida por censurar al notable, que la iguala o excede incluso en artimañas; es, sencillamente, más propensa a enfangarse en el ridículo.

59.
Está en la estrella de cada uno ser confundido en algún brete con aquellos de los que ha hecho burla sin excusa o con los otros, juzgados menos hábiles, a los que ha pretendido engañar por el gusto de parecer sagaz.

60.
Al hombre sensible todos los reveses le aciertan en el corazón, mas a tenor de sus derrumbes diríase que todos yerran en sus piernas.

61.
Ufano en su consagración al entusiasmo venéreo, mi amigo A. siente necesidad de muchas amantes pero sólo una, de la que menos necesidad tiene, le presta atención. En parte por afinidades anatómicas, en parte por hacer ironía de la ironía, acepta servirla como a una verdadera ama, hasta que ella vislumbre que no lo desea a su lado.

62.
Guapas. El tiempo es más veloz en vosotras, y lo que rechazas hoy con frescura mañana será tu amargura.

63.
¿Con quién estoy cuando conmigo estoy? Soy un hombre averiado, roto por donde más duele, que intenta hacer magia sin ilusiones, con sus desilusiones.

64.
Si la moral es un invento para volver aceptable lo que en su crudeza es intolerable, el amor se pergeña para volver intolerable en su atracción lo que es banal. No es más virtuoso el amor que se desvive, sino el más vivo sentimiento que se da sin perder el corazón y se toma sin hacerlo perder.

65.
Incluso sabiendo que las reglas son convenidas y facilitan el trato adecuado para entrar en conocimiento de los otros, siempre que empleas la palabra juego lo haces con la molestia de formular una acusación de falsedad. Sin embargo, querida M., nada más sincero que compartir máscaras donde se sabe esconder lo que no se teme mostrar.

66.
La actividad filosófica se escarba en el alma, pero se escarcha en la expresión facial. No se puede pensar en profundidad y conservar la lozanía del rostro.

67.
En un hombre, negarse a procrear es señal de independencia y de buen juicio; en una mujer, además, denota fortaleza, pues en razón de su fisiología debe superar todos los condicionamientos biológicos y culturales que la encaminan a ello. ¡Alabadas sean por la bienaventuranza de su calor, que funde los rigores del mundo!

68.
Justo al contrario que los grandes a quien la sociedad ensalza, soy fácil de tratar pero complicado de entender.

69.
Literatura y vida. Como cualquier otra droga, cada uno debe dosificar para sí la medida de ficción que deslinde el enriquecimiento del envenenamiento. Aunque los libros puedan ayudar a exprimirla mejor, la única literatura de la que hay que ocuparse con estilo es la corriente sintáctica de la propia vida.

70.
Providenciado. Tener vocación suicida no significa querer morir en cualquier momento y de cualquier forma, sino estar en la audacia de decidir la forma y el momento en que uno debe exir del escenario.

71.
Quien observando el funcionamiento de la economía no vea que muchos deben ser miserables para que unos pocos puedan ser opulentos, ¿qué está mirando?

72.
Nunca camines descalzo en la casa de un bebedor.

73.
A la vista de los desechos sociales que producen los negocios de los grandes, sería de obligado juicio pensar que la primera necesidad de un magnate es poner todos los obstáculos imaginables a los menos afortunados.

74.
Dijo el Creador a su Critatura: «Eres como yo, pero en pequeño». A lo que respondió ésta: «Te pareces a mí, salvo en la grandeza». Y no había juntado aún sus labios, cuando un soplo inaudito de su alma abrasó el barro de su hechura original convirtiéndolo en quebradiza porcelana.

75.
Los mejores besos, esos besos infalibles que cautivan, hay que robarlos, nunca se piden; pero el contexto, como en cualquier ofensiva memorable, debe ser preparado con una estrategia glacial, imperturbable.

76.
Si una mujer no es guarra en la cama por pulcra que sea fuera de ella, ¿quién querrá limpiar sus melindres?

77.
Tras una noche en que no ha faltado de nada, salvo sueño, recibo por escrito el reproche de mi ex ante un doliente soneto de homenaje: «Lástima que no quieras pensar de otra manera y decidas sufrir creyendo que lo evitas». Mi respuesta ha sido inmediata: «Pensar de otra manera acaso sea no pensar, pero convengo en que pensar a veces supone la salida más airosa para el espíritu, cuando no la única ni la más vituperable para el intelecto».

78.
Fluye en lo que hagas; evapórate en lo que no.

79.
Ni santos ni sabios. ¿El origen de la filosofía? Tíos semidesnudos que caminaban sobre sandalias y, entre chismorreos de vecindario, lo mismo especulaban sobre problemas de la experiencia inmediata que sobre los límites inaprensibles del ser. Estaban tan cerca de la naturaleza como distantes de los abismos que comportan las soluciones civilizadas.

80.
Me decoro con mis derrotas, y la primera de ellas fue nacer.

81.
Me tengo un respeto que no merezco. Ojalá pudiera alzarme contra mí como si fuera una mosca.

82.
Ley de WTC. Lo que sabemos sobre lo que hacían nuestros enemigos hace diez años siempre será más de lo que sabremos dentro de diez sobre lo que hacen ahora.

83.
Cras. Un hecho dura lo que su recuerdo; un recuerdo, lo que tarda en ser concebido, lo que dura un sueño.

84.
Muchos hombres agraciados por naturaleza se sorprenden del éxito como seductores de quienes no exhibimos atributos físicos tan magnéticos como los suyos, pero es bien sabido que a los feos no nos queda otro remedio que ser valientes, tenaces y encantadores.

85.
¿Qué tiene nadie de especial para decidir procrear y hacer que la humanidad asuma otra carga? ¿Qué clase de perfidia intelectual inspira en nombre del amor la imposición de la vida, que en su aspecto más indeleble equivale a una condena de muerte? ¿Quién en su sano juicio puede considerar como un regalo adjudicar una bomba de relojería al inocente que no tiene forma de desprenderse de ella? Si sondeásemos las causas reales por las que se producen hijos y las ventilásemos a la vista de sus progenitores, serían muy escasos los padres que no se avergonzasen en público de su veleidad.

86.
¡Que existan los dioses solo por el alivio de responsabilizar a otros de los accidentes y sufrimientos arbitrarios del mundo, de sus terribles absurdos e incertidumbres! ¡Que los dioses encarnen la ilusión de actuar a su antojo a condición de poder vivir en nuestra inconsistencia una realidad atenuada de cometidos!

87.
De los celosos de ti. Al discurso blandito lo alienta una actitud carroñera. El altruista escoge a sus víctimas y las pone al servicio de la especulación que reviste previamente de conciencia. Ese benefactor que proclama velar por tu interés necesita tu desdicha, con una caricia su mano amiga te abrirá la tumba.

88.
La rectitud de torcerse. Cada día me empujan hacia esa ruptura sin consenso ni conciliación en que un individuo ha de valerse, antes que nada, por lo que invalidan sus insobornables furias. Cuando uno contribuye fiscalmente a su propio escarnio sabiendo que en lugar de esos servicios que no recibe o se le restringen de forma alarmante paga por mantener los vicios privados de todos los gobernantes que no ha elegido, la objeción de conciencia contra la insuficiencia de las autoridades es el único camino coherente, aunque deba recorrerlo en solitario y sufra el acecho de los salteadores burocráticos, que tienen reconocida por ley la patente de corso expeditiva pese a la razón que impugna a los poderosos señalando ya la miseria de sus excesos, ya el desenfreno de sus faltas.

89.
Ley de Ho Chi Minh. Una nación que trata de resolver sus problemas internos creándolos en  el exterior, está condenada a perderse el respeto a sí misma tras haberse ganado el odio de las demás.

90.
Me gusta criar cosas que se suban a la cabeza; es mi modo de despegarme de esa debilidad general, tan tristemente profesada, que conduce a la creencia en la realidad de nuestra existencia, piedra angular de la mentalidad religiosa. Sólo en la muerte, en el sueño y en el trance orgiástico somos lo que somos; esto es, demasiado evidentes para ser reales...

91.
Privado de sentido críptico, el sentido crítico no traspasa la coraza de las apariencias, sino que se estanca en ellas y termina corroborándolas. Dando por intuido lo que no puede saberse, aceptando que el universo siempre burlará el afán de conocimiento puesto que es eternamente ininteligible, habría que invertir la marcha histórica volviendo al mito desde el logos. Los verdaderos seres depresivos son los partidarios del optimismo social que, reformistas o revolucionarios, tratan de transformar el mundo ignorando el orden secreto de las cosas, tratando incluso de extirpar al hombre de su naturaleza salvaje, sin ser capaces de transmutar su propio espíritu desde una óptica donde la realidad sea vista en alta definición poética como un enorme y fastidioso simulacro que debe ser conjurado con reglas esotéricas y estratagemas simbólicas que proporcionen vías de escape al pensamiento contra la turbadora transparencia de los acontecimientos.

92.
Fábula del perfecto sorprendido. Salmer, también conocido como El Asilvestrado, vivía solo en mitad de un bosque poblado de cedros, higueras y vides de una variedad productora de racimos tornasolados cuyo mosto, aplicado sobre la piel, solía volverla transparente durante el proceso natural de oxidación. De las relaciones formadas durante su pasado como forajido, aún mantenía algunas que jamás hubiera llegado a comprender de haber hallado cobijo dentro del cortijo de la ley. Recibía periódicamente la visita de sombras simiescas procedentes de Espuria, el satélite de detritos radiomagnéticos próximo a la Luna, que solicitaban de él un incienso especial elaborado de forma rudimentaria, aunque con esmero, a partir de las esencias que recolectaba en los montes de los alrededores; a cambio, ellas le facilitaban el don de la clarividencia por paquetes de horas que había de negociar en cada transacción. Para estos seres crepusculares, el contacto con el sahumerio tenía la virtud de solidificar las pasiones, que al adquirir consistencia podían ser excretadas de sus organismos etéreos, constantemente amenazados por todo tipo de anomalías relacionadas con la interacción entre las partículas afectivas y los campos gravitatorios. A esta operación depurativa la llamaban flimar. Salmer, que aguardaba con ganas la aparición inminente de una de estas comitivas, abrió de inmediato la cancela cuando urgieron tímpanos los repiques de aldaba. Fuera de aviso, contra cualquier pronóstico, irrumpieron en su lugar los furios del maizal en un estado de pilosidad ocular que delataba sus intenciones... Si detengo aquí el relato, el lector podría pensar que la moraleja vibra en el sarcasmo de la vicisitud que padece el protagonista, quien deseando volver a ver con despejo precipita por imprudencia el asalto a su morada. La lección primigenia, en cambio, es harto decepcionante: me he cansado de esta parábola antes de concretar la más remota idea para decantar su conclusión. No intentaré salir del aprieto metiéndome en un apuro.

93.
Tan explícita es la realidad en sus matices que no puede ser cierta en sus fundamentos. Por honradez hacia sí mismo, el primer deber del sujeto es restarle credibilidad a todo, empezando por el fenómeno de ser.

94.
El sexo femenino empieza por los pies y termina por la cabeza.

95.
Ineluctable. Nadie decide nada, la voluntad es una noción estrábica, un vehículo errático, un objeto extraviado dentro de una trampa en cuyos bucles convergentes estamos sumidos por obra de un proceso de imbricación real, y por lo tanto imaginaria, del que seremos devueltos de la forma más inverosímil o menos pensable al estado precursor. En el ínterin, la ilusión de la vida onírica permanece envuelta por la ilusión de la vida despierta, que a su vez lo está por la ilusión de la muerte, a la que cabe suponer enredada por la ilusión de estar vivos. Para creer en la realidad hemos llegado a olvidar que estamos muertos, y como en la vorágine de una ensoñación, donde cualquier aspecto de la historia es susceptible de experimentar su mutación en otra cosa, esa ilusión juega con el mundo real del mismo modo que la extinción no niega la vida, sino que juega girando con ella en una dimensión ubicada en el más allá y absoluto aquí mismo del vivir y del morir que es la identidad perdida.

96.
Lo que antaño se cuidaba por la salvación del alma, hogaño se desvive por la salud del organismo; mas yo, que he desaprendido a orar y no admito otra divinidad sobre los vivos que la muerte, ¿me asestaré la indignidad de preocuparme por una obsesión tan pedestre?

97.
—Eres mu listo para unas cosas y mu tonto para otras.
—Lo sé, soy un hombre asimétrico, y como todo ser deforme, un incurable romántico por lujo de necesidad.
—¿Romántico tú?
—Romántico tururú: sigo buscando la frase perfecta que cronifique la anacronía... en el papel y en la cama.

98.
Condenados a ser amantes. Los políticos, que son especialistas en exigir lo que no se les debe negándose a dar lo que es debido, pecan además de una visión reduccionista de la sociedad según la cual quien no está con ellos está forzosamente contra ellos. Conociendo la exquisitez de estos caracteres, que con sentimiento y con razón resultan odiosos al pueblo —que no siempre se expresa con insensatez—, lo extraño es que no mueran de forma violenta más gobernantes, de lo que se deduce, y probablemente con certeza, que entre la clase política y los tributarios prevalece un cambalache de mediocridades al que ninguno está inclinado a renunciar de verdad, pues la primera da motivo con sus escándalos a la indignación que hace sentir moralmente superior a la muchedumbre, mientras ésta, con su propensión a escenificar la revuelta, da pábulo a la necesidad de control cuyo garante, de cara al montaje, suele ser aquélla.

99.
Sería fácil ceder a la tentación de arrancarle la cabeza a la humanidad si solo tuviera una, tanto como difícil es soslayar la evidencia de que el bosque se compone de árboles diferentes. Aborrezco a los humanos en general sin menoscabo de celebrar en particular un ánimo cultivado con gusto que sepa guiarse por una inteligencia despierta donde haya espacio para elevar los afectos sin doblegarse ante la tiranía de las inercias colectivas.

100.
Demasiada claridad. Hágase la luz, y los ciegos se multiplicaron. Poeta del vacío, profeta de la inconsistencia, filigranista de la disolución y violador de musas, he galanteado por el haz y el envés de la palabra lo que no puede contarse ni de mentira; puedo decirlo ahora porque estoy fuera del discurso de los actos, porque me he metido en un sueño telescópico donde no importa que mi cerebro sea una red diminuta en medio de este océano de simulaciones que se tragó a los que se fueron y a los que nunca volverán; no importa porque estoy insonorizado contra el exceso de luz.

101.
Para La Bruyère, como también para muchos pensadores antes y después de sus gentiles ejercicios de perspicacia, «nada hay que los hombres deseen conservar más y cuiden menos que su propia vida». Ahora bien, si la humanidad fuera inmortal ¿cuidarían los hombres con mayor equidad la organización de los asuntos mundanos o cuidaríanse mayormente de ser organizados como proventos del mundo?

102.
Cacogenesia. Entre algunas de las teorías conspiranoicas menos inverosímiles, merecen ser sometidas a examen las que denuncian la existencia de una intención eugenésica en la élite que dirige la historia desde hace varias generaciones. El problema serían los grupos sociales costosos desde un punto de vista productivo, así como los individuos que por una combinación de cualidades, dinamizadas por el pensamiento divergente, pueden resultar refractarios al control externo de su conducta. La imprevisible y polémica independencia de criterio, al ser objeto de repudio para los canales de replicación del sistema, provocaría la reacción pertinente de los mecanismos institucionales desde los frentes más diversos, impidiendo su desarrollo natural a fin de evitar que contagie su entorno social y transmita pautas inadecuadas a su descendencia. En este sentido, los armadijos que se le pueden poner a un espíritu libre a través de las redes gubernamentales son inmensos, y van desde el asedio económico a la extenuación psicológica, pasando el ostracismo académico y cultural hasta llegar a una esterilización literal o incluso la muerte en casos extremos. No obstante, el conspiranoico denota escasa agudeza en su comprensión de la excelencia de esa minoría por la que rompe una lanza al dar por hecho que un sujeto vigilante de su libertad y perfectamente consciente de la miseria que supone venir al mundo pueda estar, al mismo tiempo, interesado en reproducirse. Es un contrasentido. Poca o ninguna duda cabe de que el miedo y la estrechez de miras, íntimamente fundidos, constituyen un negocio boyante para las finanzas que especulan con la invención de hostilidades, además de ofrecer un sustrato de estabilidad idóneo para el arraigo de cualquier tipo de ideología autoritaria; mas guste o no, con ayuda o sin ella, los mansos siempre se han multiplicado con éxito, mientras los discrepantes, en sus antípodas, sin desactivación selectiva o con ella, rara vez se propagan por iniciativa propia. Disintiendo de los disidentes que tejen lo temible a fuerza de suspicacias, más que ver un hilo conductor eugenésico en la política trazada por la factoría global, lo que hiere las pupilas allá donde se enfoque es una permanente cacogenesia, un ascenso y expansión de los peores, cuyos protagonistas no precisan ser programados para ejecutar esa función, pues ellos mismos son prisioneros del automatismo biológico que les induce a sentir como deseable la necia misión de perpetuarse.

103.
Cónclave improvisado a tres voces. Desde puntos geográficos distantes, el mediodía otoñal exalta con su telón nuestros latigazos e inquietudes:

Yo: Tenía intención de tomar unos apuntes sobre la profesión del terror y encuentro que el asunto puede plantearse partiendo de dos hemisferios: el terror ejercido por los mayúsculos, como ciertas campañas sanguinarias efectuadas desde el poder ejecutivo de un Estado, y el empleado por los minúsculos, que es característico de los prosélitos de la acción directa que actúan en pequeñas bandas o en solitario.
J: Situándonos en el caso español, hemos soportado un terrorismo de Estado que cumplió un doble objetivo: funcionó como operativo al servicio de los intereses particulares de cargos bien situados dentro de las fuerzas de seguridad, a la vez que captaba para una causa controlada desde arriba a los sujetos potencialmente hostiles al poder establecido en las zonas, como Euskadi, donde subsistía un tejido social simpatizante con la rebelión contra el gobierno central surgido del legado franquista. Hay quien se sorprende al escucharlo, pero las letrinas de España son inescrutables. Los jerarcas del país han practicado desde antiguo fiestas rituales con sacrificios humanos para asegurarse la fidelidad de los convocados mediante parentescos de complicidad criminal, como en el consabido secuestro y asesinato de tres chicas en un municipio valenciano...
R: Por grave que sean estos hechos, desde el golpe de efecto de las Torres Gemelas (que culminó el proceso iniciado con la masacre de Bolonia veinte años antes), el terrorismo ya no es un patrimonio nacional, sino una empresa mundial con numerosas filiales presididas al más alto nivel en connivencia con la clase política.
J: Sí, empresas como la Organización Terrorista del Atlántico Norte.
Yo: Por no hacer mención de las guerras de la última centuria, cada vez menos discernibles de un atentado contra civiles y siempre tan oportunas para el capitalismo antiliberal, que desatasca gracias a ellas sus periódicas crisis internas. En cuanto al terrorismo de los minúsculos, tengo la certidumbre de que en la intrahistoria de la disidencia nunca hubo verdaderos nihilistas, que todos los adeptos de la violencia extrema fueron devotos, en diferente medida, de algún premio: el mito de la revolución social, el derramamiento de sangre por venganza, el prestigio personal, el botín... todo, salvo remover los cimientos de la civilización.
J: Hubo variedad de disidentes, con todo tipo de brutalidad, afiliación y afinidades.
Yo: Supongo que el nihilismo extremo, por coherencia filosófica, conduce a la inacción y el distanciamiento de los hechos. No hay forma de posicionarse en el mundo cuando no crees ni en tus genes.
J: El anarquismo, el nihilismo y sus variantes han sido movimientos del hampa y desde luego los más lumpen, y famoso es ese ecosistema por ser territorio abundante en informadores.
Yo: El resentimiento es un caldo de cultivo idóneo para la contaminación... Muchas veces me he preguntado con qué clase de gente me hubiera gustado luchar de verme inmerso en los albores de la Guerra Civil.
J: Una cosa es la idea y otra la actitud.
Yo: Cuentan las actitudes, las ideas son accesorios.
R: Ciertamente David.
J: Yo pienso que hay tres actitudes.
Yo: Veámoslas.
J: Constructora, destructora e indiferente. Difícil mantenerse puro en ninguna de las tres, por lo menos para mí, independientemente de la idea que sigas.
Yo: Buen análisis. Además, siguen ese orden lógico porque a cada una le corresponde un nivel de ilusión menor. Añadiría la actitud inmovilista, definida por ser reticente al cambio, tanto si es para construir lo nuevo como para destruir lo viejo, una actitud que al mismo tiempo es inepta para permanecer indiferente.
J: Curiosamente, también van en orden alfabético.
R: Es inevitable la acción, aun por omisión... Lo saben los jainistas.
Yo: Es inevitable e igualmente despreciable, aunque al final solo cuenten los hechos, o quizá por eso mismo.
J: A mí, si me dieran a elegir, como puesto ideal en ese episodio que mencionabas me gustaría haber sido dinamitero en el asedio al Alcázar de Toledo.
Yo: Ja, ja, ja.
J: ¡Buenas cargas habría puesto!
Yo: Me vienen al magín otras coordenadas de actitudes, como las que distinguen entre enfoques autoritarios y autónomos, las que favorecen el mérito frente a las que postulan alguna clase de parasitismo, o las que separan a quienes aceptan la complejidad de los dogmáticos que la persiguen acorazados en la misma simpleza que temen perder. Por matizar con un toque subjetivo tus categorías, me veo el ánimo constructor con el afecto, el destructor con las organizaciones basadas en la tutela y cada vez más indiferente al destino de mi especie. Adicionalmente, no sé si construyo con indiferencia mi propia destrucción, pero estoy convencido de que quienes más se emperran en construir son los verdaderos destructores de todo lo que es excepcional... Producir ¿para qué?, ¿para quiénes?
J: Buenas actitudes.
R: Es inevitable producir... incluso muertos.
Yo: La destrucción es un modo de producción, como bien han demostrado sobre el terreno las teocracias y utopías. ¿No es precisamente destruir la historia, crear amnesia, lo que han hecho siempre los fanatismos?
J: Me gustaría construir el ocaso de los ídolos y de sus sacerdotes.
Yo: Hermosa antítesis.
J: O eso, o como decía mi abuelo, «atizador de brasas en el infierno».
Yo: El atizador seguro que arde por partida doble, tiene visos de castigo mitológico. En su favor, puede al menos puede decirse que se trata de un destino con una épica fuerte.
J: Hay que desmontar la historia, está en manos de los mismos de hace 10.000 años. Y ahora, más que nunca.
Yo: Mucho me temo que la historia se convierte en literatura de forma ineludible cuando desaparecen quienes la protagonizaron.
R: Las dictaduras son estados de ánimo social. La masa forja las cadenas. No existen los paraísos más allá del ámbito privado. No me comprometo nada más que con los cercanos. No tiene sentido la transformación de las viejas dictaduras en nuevas dictaduras.
Yo: Lo que ahora ocurre es que la ficción se ha convertido en la comadrona mediática de los hechos y cada dispositivo que se hace eco del relato contribuye a crear la ilusión del suceso. Ya no es importante lo que pase realmente, sino que cada hijo de vecino tenga derecho a participar sin comprometer las reglas del juego.
J: Nuestros paraísos de ámbito privado de cuarta categoría penden de un hilo, formamos la clase baja-alta y seremos los primeros en caer si esto va a peor. Y como ya está decidido que irá a peor, en fin, a ver lo que nos toca en este capítulo de la literatura...
Yo: Hay un proceso de continuo montaje cinematográfico de la realidad en el que la plebe participa activamente con su derrota. Realmente hay democracia: la que permite contar que no la hay. Para muchos, poco exigentes, eso representa una fuente abastecedora de sentido y legitimidad.
R: Somos más evolucionados en ese sentido...
Yo: Puede que tengas razón. Evolucionamos en virtud de aquello que no necesitamos, por habernos desprendido de la perversión que empuja a otros a buscarle un sentido último a las cosas. Hay tantas versiones sobre un mismo acontecimiento, que el juicio tiende a suspenderse por pura saturación. Como baluarte, para compensar la zozobra tras este arriesgado salto cualitativo, no está nada mal apelar a una alianza de actitudes que nos conecte a realidades concretas, al margen de los delirios generales.
R: La única forma humana de acabar con el dolor, que es de lo que estamos hablando, es una sociedad de viejos que afronten su extinción. La forma divina, no existe.
Yo: Ni la forma política. Creo que hemos anticipado el corolario con unas décadas de adelanto sobre nuestros congéneres. Estamos más acabados, en todos los significados de la expresión. Sabemos que la indiferencia, siendo la más cabal de las visiones, facilita al enemigo la tarea de socavarnos. No sé a ciencia cierta cual es la piedra angular de este tinglado, pero desde cualquier ángulo que se la busque tiene que ver con la gestión del miedo; en especial del miedo a uno mismo, a ponerse en peligro por desatarse, por atreverse a vivir y morir sin pedir permiso.
R: Ante el ámbito público nuestra obligación es mostrar normalidad.
Yo: Debemos enmascararnos por necesidad. Y practicar la ironía, que es el armamento de los sabios, incluso cuando son arrastrados al matadero.
R: La mayoría son como niños, mostrarles el Tao es como quitarles un juguete.
Yo: ¿Taoizarlos para destetarlos? Je, je, je... Por mi Tao estoy maravillosamente perdido en mí.
R: Ahí le has Tao.

104.
Entre la muerte y el deseo media un lazo de desasosiegos que nadie puede soltar. No sólo el deseo de muerte conduce a la muerte del deseo —y viceversa— por existir una atracción fatal entre ambos que amenaza con irrumpir en los momentos superlativos sorbiéndoles la médula con el sentimiento cutre de pastiche procedente del tedio subliminal que nos rodea, sino que aún puede rastrearse otro vínculo de naturaleza más tenebrosa. Lo que el deseo revela acerca de la muerte, lo que la muerte refleja cuando el deseo se mira en ella, es un hoyo dentro de otro del que uno ignora cómo entró pero sabe que no saldrá.

105.
El parpadeo. La vida es un instante demasiado largo para recordar, pero demasiado corto para aprender a olvidar.

106.
Melancómano. Quiero recordar que fui lúcido porque ahora sólo me luzco en las derrotas. A este ritmo de autodepredación, si no muero por ventura antes de que me alcance la vejez, tendré que atajarme por pudor antes de que el gusano que me roe engorde hasta hacerme sombra.

107.
Entregarse al frenesí constructivo de las relaciones humanas extrañamente suscita un disfrute comparable al que produce sacrificarlas.

108.
Talento. Me llegan explosiones de imágenes, conceptos, palabras... Yo sólo recojo los cascotes.

109.
Cuanto más se expande el mundo interior, más se advierte la estrechez del mundo exterior y menos la diferencia que los iguala.

110.
Aceptar que nada es lo es todo.

111.
El aburrimiento es una sombra vital que varía para amoldarse a cada uno en función de sus debilidades, que incluso superadas son reemplazadas puntualmente por otras, acaso más terribles. De niño, me hastiaba con todo aquello que dificultaba los juegos con la imaginación, divertimentos que celaba como el culmen metafísico de la realidad; de adulto, más torpe para fluir en mí mismo sin ennegrecerme, tiendo a volver insufrible lo que me obliga a permanecer demasiado tiempo con las resonancias de mi fantasía, donde los pecios han cobrado vida propia.

112.
Miembros descabezados. En un régimen que por hiperactiva y por interpasiva tiende a homologar hasta el infinito el comportamiento de esos mamíferos uncidos que eufemística o sarcásticamente son tratados como ciudadanos, reivindicar otra norma, con independencia de su nervio cismático aparente, se ha convertido en un acto reflejo incorporado al extenso repertorio de balidos del establo. La libertad de expresión —es un decir, más no se diga—, consentida desde la organización pública del malser, otrora malestar, se ha relajado en su renombre hasta quedar inmunodeprimida en las tres palabras de su emblemática; perdidas sus defensas naturales en los sujetos que tétricamente la desusan, no es más que una expresión libre de efecto, una causa desbravada de hecho mediante su absorción garantizada por derecho.

113.
El destino particular es un pozo interior donde se precipita todo lo que a uno le ocurre y de donde nada de lo que le suceda puede rescatarse.

114.
Generosidad del tomar. Sólo pido que me permitan dar, que sepan recibirme.

115.
El emparejamiento monógamo fue una estrategia de adaptación cultural que ya no cumple su función destinada a proteger a la madre con su prole durante los años de crianza. Desde que las hembras pueden controlar su fertilidad y no dependen económicamente de un varón, todos los hábitos de conducta adquiridos que respondían a los preceptos tradicionales de unión heterosexual se revelan como una pesado atavismo carente de utilidad. Sin embargo, no hemos de olvidar que a lo largo de milenios la selección genética de la especie ha estado gestionada por las mujeres, que salvo cuando eran forzadas a emparentarse por motivos ajenos a su interés, han sido las encargadas de elegir a sus inseminadores, decisión que han subordinado comúnmente a criterios tan preclaros como la posición social, el patrimonio acumulado y el atractivo físico. Si tenemos presente que las taras sociales son también una expresión de nuestra herencia biológica, y que ésta ha dependido en gran medida de los gustos particulares de las damas, miren a su alrededor y juzguen por sí mismos: lo mejor que puede comentarse sobre dicho criterio es que ha hecho gala de una inconsciencia imperdonable.

116.
Se sufre por una insignificancia y se hace sufrir por cualquier bagatela. El proceso civilizador puede ser denunciado como responsable de una agudización de la susceptibilidad individual que coincide con un chantaje gradual en nombre de intereses colectivos cuyos móviles reales, sirviéndose de mecanismos psicológicos de desplazamiento, han sido desviados de la atención para ser convenientemente sustituidos por otros afines al espejismo del orden impuesto.

117.
Indigentes de espíritu. Doy gracias a clérigos y enemigos parejos por mostrarme con tanta nitidez que bajo un cielo sin dioses no hay quien juegue a redentor sin muñecos ni muñecos que se salven de jugar en serio.

118.
Releo con astuto interés algunos párrafos de Séneca sólo por la fruición de volver a comprobar que no he perdido una habilidad diametralmente opuesta a la suya, la de hacer flaqueza de fuerzas.

119.
Ambicioso de no serlo. A falta de maestría para ganarme la vida, abrazo el talento de echarla a perder.

120.
El error de ser perfectos. Prepararse para lograr un desembarazo óptimo, que tienda a lo inmejorable, en un mundo pésimo, que tiende a lo insoportable —demasiado voraz, por arriba y por abajo, para ser justo y deseable—, es aceptar el mal estado general de la sociedad como principio rector del concepto de perfeccionamiento tomando como axioma la falacia de creer que ser mejor para sí mismo depende de ser mejor que los otros.

121.
Inocua como forma de lucha y gravosa en primer lugar para los mismos que la hacen, la huelga solo sirve para justificar el papel de las organizaciones que la convocan y sosegar la conciencia de quienes la secundan esperando un cambio que saben de antemano no se producirá sin poner en jaque al gobierno ni jugarse algo más que el salario. Si realmente se quiere nocir a las élites extractivas que se aprovechan de la precariedad laboral y de una política fiscal abusiva que no redunda en una mejora de los servicios públicos, ¿no sería más inteligente boicotear el consumo de sus principales productos, entre los que no puede olvidarse la confianza depositada en las entidades bancarias, cuyas cuentas corrientes habría que vaciar en la mayor cuantía posible; la participación en los procesos electorales, a la que habría que negarse como a una estafa; el colaboracionismo ciudadano con el ejecutivo, que vuelve más poderosos a los que ya lo son; y la audiencia televisiva, que desde luego no hace más listos a los tontos que la engrosan?

122.
Némesis I. Nunca te burles de alguien a propósito sin tener presente que al querer destrozar la opinión que tiene de sí mismo poniéndole un espejo delante donde no pueda verse sino ridículo, abonas tu propia imagen con el odio que la injuria labrará hasta el momento en que tu estima, desprevenida, reciba la venganza.

123.
Némesis II. Uno rinde caras cuentas de su lilao cuando las mismas cualidades que adelanta por darse ornato sirven a los demás para lanzarle un desacato. Nadie presume a la ligera de las más egregias facultades que cree poseer por temor a tener que demostrarlas y añadir al desprestigio de no estar a la altura la evidencia de un error de mayor enjundia: el haber preferido mantener el velo de la ignorancia al esfuerzo de juzgarse a sí mismo.

124.
Némesis III. Así como al espíritu diminuto cualquier responsabilidad se le hace inmensa, al espíritu que se cree ínclito y llamado a sobresalir la mayor de ellas le parece escasa para sus aptitudes, dejando ver al trasluz de su presunción una necedad que supera a la del más pequeño, pues nadie debería considerarse grande hasta que no lo demuestre asumiendo las tareas más ordinarias con el mismo cacumen que si gobernara un país.

125.
El bienestar que ahorra el sufrimiento roba, a su vez, la empatía necesaria para comprender al que pena sus días con dolor, mas la experiencia prolongada en los pesares no hacen a los hombres mejores de lo que son ni más fuertes para sí mismos, a no ser que se entienda como un enriquecimiento crecer en el rencor que se descarga contra cualquiera y adobarse en el asco hacia la propia existencia que no hay manera de arrojar lejos de sí.

126.
Canónico. Nada pidas a favor de la razón ni en nombre de la ilusión si va en contra del instinto.

127.
Quien se ufana de su éxito contemplando el descalabro ajeno es tan poco merecedor de su prosperidad como el que se avergüenza de su buena suerte ante el espectáculo que ofrecen los más lastimosos infortunios.

128.
Conocer antes los defectos propios que las virtudes revela una forma de discernimiento que nos afea frente a nosotros mismos pero nos embellece a la vista de los otros, quienes rara vez desdeñan la oportunidad de gozar gratuitamente de nuestra debilidad.

129.
Sólo me permito una clase de orgullo: el que me proporciona todo lo que no quiero tener y se pone a prueba con todo lo que no temo perder.

130.
No estoy al corriente de las últimas noticias, es decir, que he dado un paso rotundo para enterarme verdaderamente de quién es el mundo.

131.
No es imposible entender este mundo; lo imposible es entenderlo y seguir respirando.

132.
En la guerra parcialmente encubierta de todos contra todos, lo que diferencia a un individuo de otro, más que la fuerza de combate y las tácticas utilizadas, es el temor sobre el que está presto a avanzar aun sintiendo la punzada natural de retroceder. Por tanto, dado que después de la muerte el miedo es el mayor nivelador social, la distinción empieza con un acto de desobediencia consciente contra el propio impulso de conservación, contra la esperanza.

133.
Al margen de su densidad semántica, no hay obra que no parezca inútil a quien carece de talento, ni oficio que no sea vilmente mirado por el que vive de manos prestadas.

134.
Cuento con el raciocinio suficiente para saber que tener demasiado, lejos de ser un don, es una locura que todo lo devora, excepto a sí misma.

135.
«Donde los demás no llegan comienza mi andadura...», osé rubricar en tiempos donde romper era virtud. Hoy, habiendo surcado a toda vela esa parte procelosa de mi historia, puedo aseverar sin mentirme que no sé donde habrán llegado otros, pero en este lugar desde el que compongo mi fracción del laberinto rara vez sonidos ajenos interrumpen mi taconeo.

136.
La idea de no hacer doctrina moral al dilucidar los entresijos de las acciones es deudora de un exquisito principio de integridad donde la fabricación de preceptos es desechada como un elemento superfluo e incluso dañino para el entendimiento gracias a una visión más estricta, capaz de sostenerse a sí misma en el pulso con la realidad, que centra su interés en penetrar los hechos con el hecho, no en empobrecerlos con el dictamen a fin de amoldarlos a un determinado credo.

137.
Días de vino y espinas. Se me enroscó una botella en la mano y no tuve más enmienda que acabar con ella para soltar su mordedura.

138.
Desaprovechado. Mi destino es ser un bálsamo; mi bálsamo, ser sólo un desatino del destino...

139.
Un buen principio es el mejor fin, y como todo se engloba en sí mismo al colapsar, dotarse de buen fin es el único principio que no puede mejorar.

140.
El tiempo no arregla nada, sólo da retrospectiva entre intervalos de amnesia, y siempre que miramos atrás llegamos con retraso a ser quienes somos. El fruto que madura cae por sí solo; hoy es el primer día de ayer.

141.
Nadie ha aprendido nunca a vivir pensando, pero ¿hay alguien que viviendo haya aprendido a pensar sin haber renunciado, desde el conocimiento de la experiencia, a seguir buscando la experiencia del conocimiento?

142.
La clase política actual ha reemplazado a la antigua nobleza dinástica con un agravante respecto a su precedente en el acceso al dominio de los privilegios. Si antes la sucesión de gorrones dependía de una cerrada transmisión hereditaria y uno de los mayores riesgos al que estaba expuesta la carrera por el poder eran los estragos endogámicos, trastorno que suponía en primer lugar un grave perjuicio para las familias aristocráticas, que generación tras generación empezaron dar mayores muestras de su bobocratismo, con los sistemas parlamentarios se ha implantado un sofisticado método de selección de cuadros de mando en el seno de los partidos para que sea la peor calaña de embaucadores y desaprensivos quienes obtengan los puestos más prominentes dentro del Estado.

143.
Los mejores hallazgos de la filosofía sirven para armarnos contra el suplicio de las experiencias adversas; son ardides de ingenio inventados para conciliarnos con nuestro declive, aprender a consolarnos con clarividencia de las bajezas de quienes nos hostigan y, en síntesis, un buen entrenamiento para soportar los males consustanciales de la vida o dotarnos del coraje indispensable para abandonarla. Para ilustrar la felicidad, en cambio, no parece haber una filosofía complementaria; la felicidad contiene en estado larvario el desmoronamiento donde hallará su correctivo.

144.
Quien se deja dominar por pequeños disgustos, ¿qué no hará por maximizar una alegría al sentirla desfallecer?

145.
Ventajas de la interrupción. Bien asimilada, la inconstancia en la prosecución de las metas que uno ha convenido consigo no es una falta, sino un aditivo ventajoso: al interés por alcanzar los fines que se ha propuesto, le añade la irreverencia sin la cual no puede perseverarse ni en el ser ni en su circunstancia. Ni el descuido merece el descuido que todo empeño infunde a quien sabe que nada conviene a su condición de pasajero en un mundo extraviado, ni la extrañeza hacia el común ajetreo que lo empuja debe ser un obstáculo para reírse a bordo del dislate ecuménico de cuantos toman por objeto del vivir el encadenamiento a sus inercias.

146.
Quien teme por sus bienes la única posesión que conserva es el miedo.

147.
Quien mucho ama mucho quiere, pero el querer no es poder ni el poder hace el querer. Cuando se quiere bien a otro, su libertad no debería ser una amenaza para la propia tranquilidad, sino el deleite de recibir por confianza lo que no puede obtenerse por la fuerza. Si no se acepta que la fidelidad hay que ganarla por deseo, es porque aún no se entiende que su exigencia no dista de ser una forma indirecta de declarar su pérdida. No se es infiel por falta de respeto, se es infiel por no serlo hacia sí mismo.

148.
Rutas ladinas. La verdad, que es la más creíble o la menos cuestionada de las mentiras, tiene múltiples caminos de ida y uno solo de vuelta. Nada distingue hallarla de perderla.

149.
Pierdo la identidad cada vez que la encuentro, y aunque me hechiza la sensación helicoidal de atravesar el extravío a partir de un núcleo engranado en la ausencia, no puedo consumar la impavidez de elidir la alarma que me impele a correr para trazarme en el espejo, donde constato, con mayestática certidumbre, que uno es responsable del cincel que va tallando su semblante, si bien nunca hasta el nivel de averiguar el patrón que escarba y pone gesto a su porqué.

150.
Si se pretende ser uno, paradójicamente hay que olvidarse de querer serlo. En la esfera subjetiva, representa un anhelo extralimitado de cohesión destinado a desbordarse en acciones que caerán en la maraña de las realidades sociales, donde la propia potestad se verá sitiada por un conflicto de magnitudes asombrosas que la fragmentarán con las turbulencias proporcionales a cada movimiento del ánimo. Fuera del individuo, en el crisol de los proyectos políticos o de las creencias multitudinarias, la aspiración a la unidad entraña un billete sin retorno a la amasadura de miedos e impotencias donde fermenta, como una pasión por atraparlo todo en un puño, el despotismo que confunde catacumbas con seguridad y anulación de las divergencias con paz.

151.
Ninguna incógnita fundamental puede ser resuelta porque cada interrogante está acotado por la estructura delusiva del conocimiento que toda respuesta parodia.

152.
El grito. Si hubo una génesis musical del cosmos, como sostienen algunas tradiciones cuya reputación realiméntase de sus errores, ante la cantidad de pruebas que avalan la hipótesis todo indica que en el acto primordial más que armonía se produjo la estridencia.

153.
Al final, reina la oscuridad, todos los colores de los estandartes se apagan con el polvo del que proceden. Al final, todas las banderas son grises.

154.
Por forma, por contenido y por ritmo narrativo se me da mejor estropear una historia que zanjarla... siempre hay algo en ellas a lo que no estoy dispuesto a renunciar sin intrigar. Los tentáculos de la fascinación son alargados.

155.
La lealtad, que es virtud perruna, la adquiere el humano como un vicio ladrador. ¿Podéis oírlo? ¿A quién arma tal estruendo ese faldero que anuncia sofocado los dominios su señor? Lo mismo enseña furibundo los dientes que se agita prisionero de un picor del que en vano buscaríamos la causa en el manto de su pelaje; lo que le bulle por dentro es la sinceridad de la que nunca ha sabido defenderse por sí solo.

156.
La decisiva oquedad. Dueña absoluta de la creación, la muerte supera en intensidad a todo lo demás, es la única que borra de un buz amores y odios, ambiciones y recuerdos. Su verdad restituye la nuestra; sabemos de nuestra pertenencia a la falsedad porque remite a su franqueza.

157.
No es la desidia, ni el hastío, ni la mala fe la causa que me instiga a exiliarme de todo lo que mi corazón sigue queriendo: amantes, amigos, familia, escritura, estudio, festejo, memoria; es la falta de una fuerza motriz que me persuada y contrarrestre la gravedad con la que tienden fatalmente a estrellarse los entes contra sí mismos.

158.
El consuelo de contradecirse no hay buscarlo en lo proclive que se muestra nuestra naturaleza a incurrir en este supuesto error, sino en la amplitud de contener varias versiones de un mismo ser.

159.
No se piensa igual sobre un mismo asunto, ni se siente de forma constante a las personas que despiertan interés o rechazo; nada está hecho para la línea recta, todo lo que el sujeto puede hacer se limita a urdir curvas alrededor de unos contados temas entre lances de convergencia y de divergencia que distraen su atención del páramo donde ni se halla, ni se espera.

160.
La bondad de las soluciones no exonera las calamidades cuyo origen reside en la ruindad humana, solo las incita a superarse.

161.
Antecámara.En el mejor de los casos, la hospitalidad no es un deber moral adquirido pasivamente en las redundancias de la costumbre, sino un acto voluntario de generosidad basado en un principio de reciprocidad latente según el cual se ofrece asilo a quien lo solicita con el deseo de poder recibirlo de igual forma cuando quien lo da pueda verse en el compromiso de pedirlo. Bien entendida, la hospitalidad es un préstamo que, no por estar libre de usura, incumple la condición tácitamente admitida de quien a ella se acoge: proteger al que está de paso. Muy distinta habría de ser la actitud frente a los intrusos que pretenden invocarla para quedarse en predios ajenos, a quienes con toda tranquilidad se está en pleno derecho de rechazar. Y si nada obliga a recibir a los foráneos que no han sido invitados a compartir nuestro hogar, ¿por qué razón, inmune al capricho individual de los progenitores, habría de adoptarse un principio distinto de cara a los seres que están por venir? Puesto que procrear se traduce en echar más leña de penalidades a la hoguera en que nos abrasamos por cuenta de otros, tener descendencia adquiere responsabilidades de importancia colectiva amén de la individual. Como los reproductores, al ser una facción amparada en las huestes de los irreflexivos, detentan el privilegio de imponer su relevo generacional al mundo, los que padecemos su arbitrariedad deberíamos conjurarnos no para lidiar por la infecundidad universal, loable como apogeo colectivo de la lucidez individual pero irrealizable en la espontaneidad; bastaría que nos aliáramos para poder rivalizar contra los irresponsables impidiéndoles engendrar cuando el panorama de condiciones para hacerlo exija gabelas y darle en las mataduras al resto. El sesgo prolífico está tan bien instalado, que muchos de los que hoy considerarían abusivo que alguien sin coche tuviera que pagar los impuestos específicos que se aplican a los vehículos motorizados, obvian con demasiada frivolidad que se produce un desafuero análogo al no eximir de ciertos gastos, como mínimo fiscales, a quienes carecen de las cargas familiares que otros han escogido a su albedrío... ¿Se ve o no se? Aunque socialmente irrelevantes de momento, la victoria pertenece a los yermos.

162.
El geco. Las ideas que se toman por válidas se adoptan normalmente según el gusto de los sentimientos, a los que dotan de justificación antes que de aclaración, por eso casi nadie se encona en conflictos morales con sus afectos; yo los he tenido desde la infancia, en eso soy recalcitrante: no niego mis sentimientos, pero los adapto a mis principios, que elaboré en un árido día de invierno cuando aún sentía la superioridad de los animales de sangre fría...

163.
Nunca te protejas con la mano que escribes; si te la cortan, ¿cómo vas a atacar?

164.
No hay que temer la mala opinión que hagan del propio criterio los espíritus reducidos, ni tener a mucha lesión las infamias que profieran los de carácter desabrido contra la honra de quienes los aventajan en temperamento: en las tachas con que tachan la venganza está servida.

165.
Nada libra a un hombre de talento de ser brutal; suponer que ambas facetas no pueden darse juntas es tan erróneo como creer que un hombre religioso ha de ser justo o uno de buen juicio respetuoso con las leyes.

166.
Por necedad general del público, la misma observación que en lengua de una eminencia se ovaciona por la cercanía que parece promover, suena en boca de un cualquiera como la bofetada que otros muchos, pares a él, le asestarían.

167.
Entre las efemérides más estomagantes que la época nos depara, la espuma de tipejos que habiendo triunfado en los negocios con algo de capacidad y un espaldarazo de suerte nada escatiman por manifestar fuera de ellos el fraude que conlleva su mediocridad.

168.
No están sujetos a territorio, lengua, moneda o credo alguno. Nadie sabe con exactitud quienes son ni de lo que realmente son capaces. Con un arte magnífico para volver invisible lo notorio, han conseguido que sus malas obras no los delaten. Conocen millones de formas de apagar a alguien, pero no hay manera, ni pacífica ni cruenta, de poner en claro sus dominios. Todo lo que puede deducirse de su modo de actuar es que lo mucho que tienen se solapa con lo que más temen.

169.
En balde auspicia su autoridad en los libros el autor que no es capaz de callar lo más ordinario que piensa ni de decir, padrinos mediante, lo que por experiencia haya podido aquilatar. Sin privarse de ser «las abejas que llevan el polen de una inteligencia a otra», como poetizaba James Russell, los libros también acreditan la difusión de la estupidez.

170.
En los más, vicios y virtudes son secuelas del hábito; en los menos, el recurso es mudar de hábitos.

171.
Fulcro de samadhi. Mis fantasías de simio despierto, fecundas en estériles epopeyas sexuales, más asiduamente terminan muriendo en el pie de guerra que sus umbrales de evasión recrean; mis ensoñaciones de bestia durmiente, omnímodas por sistema en sus inicios, desembocan para subsanarse en una parálisis nada heroica del hombre al despertar.

172.
Tener numen o temerlo. Futuro sin esperanza y pasado sin culpa hacen que mi presente florezca y se marchite sin miedo.

173.
La mayor tentación para el que despierta es abrir todo lo que está cerrado; para el adormecido, la tentación es no ver nada de lo que puede abrirse.

174.
El cielo empieza en los placeres terrenales y expira en los no menos terrenales desencantos. Los infiernos son paraísos arruinados.

175.
Existe una clase de absolución que ni a los muertos puede otorgarse. De muchos desearíamos que resucitaran solo por la pasión de decapitarlos tras haberlos visto fenecer a salvo de la ponzoña que inocularon al mundo.

176.
Cuanto más alto es el concepto que se tiene de los humanos, peor es el trato que se concede a cada uno de ellos. A la inversa, mediante un curioso retruécano de la conducta, tampoco es extraño que el descrédito en que tiene a sus congéneres el misántropo quiera verse amenizado por la buena estima que en un gesto de amor a la excepción del desengaño general cultiva a título individual. Ni la afabilidad está reñida con las actitudes más duras, ni la ausencia de probidad con los talantes que se precian de ser benévolos.

177.
Gánase el tonto un justo epíteto de prudente si habla poco, y mejor, el de discreto, cuando el silencio es elegido por el inteligente.

178.
Renunciar al bien presente por el hipotético y pensar en la conveniencia ajena más que en la propia es como enterrarse en vida con avíos forrados de terciopelo.

179.
Los pobres fantasean con todo lo que podrían comprar con dinero, mientras los ricos lo hacen con aquello cuyo valor está fuera de precio. Por sus ansias de apoderarse de lo que no tienen unos y otros dan fe de cuán poco lo merecen.

180.
Fantasma que vuelve al nicho. No es infrecuente abandonar lo que más se ama por devoción a la idea, usualmente inflacionaria, de que uno siempre es digno de un destino mejor. Para cuando descubra la tremenda desigualdad entre el tamaño de su ambición y el de su valía, ya habrá perdido todo lo que quería, será sólo un figurón cautivo en la jaula de su error.

181.
Entre quien se siente integrado allí donde los avatares lo sitúan y quien no encaja en ningún lugar, más que de maña o desenvoltura la brecha es de índole filosófica, como la habida entre el poder de motivarse para el mundo y el de apartarse de él para vadearlo.

182.
En un mundo menos desastroso y más dueño de soltar sus lastres, la esterilidad sería innata y la sexualidad, desvinculada felizmente de la cadena reproductiva, más allá de la saciedad libidinal reservaría sus delicias a los amantes de las bellas artes, no a los cafres que la practican como un acto auxiliar de su proliferación.

183.
Manejados vulgarmente como antónimos, lo democrático no se opone a lo totalitario salvo de reclamo. Interconectando algunos pormenores históricos cruciales, puede verse sin ambages que las democracias apenas han contribuido a atemperar los gobiernos ni a hacer más libres a los individuos, más bien han perfeccionado la violabilidad de los mismos en nombre de aquello que ayuda a domesticarlos con menos fisuras, como la salud pública, el bienestar social, los derechos civiles y la seguridad vial, que consolidan un modelo de control exponencial con el que sólo podían soñar los caudillos de los Estados colectivistas. Con la persecución de las drogas ilegales, por ejemplo, una invención del buenismo democrático afín en muchos aspectos a la censura de libros heréticos en el pasado, se ha dotado de pretextos jurídicos a la supervisión de actos y estados de ánimo que antes dependían en exclusiva de la conciencia. La propiedad de uno mismo, requisito de una sociedad inteligente y segura de sí, no es una premisa para la leyes, sino su trofeo de caza moral. La decencia argumenta en propaganda farisea y legisla al estilo mafioso colmando las cárceles de delincuentes sin víctimas, de víctimas criminalizadas por daños a ninguno; pregúntese por la justicia donde mengua con tal lustre la libertad, no se hallará. 3

184.
Los humanos se sienten tan nimios y prescindibles entre sí, y lo demuestran asaz irasciblemente por tan poca cosa, que me admiro a cada instante de no ser arrollado por un maremoto de vísceras ensangrentadas.

185.
Autárquico. La confianza en sí mismo, a la que han dirigido en toda época la andanada de su enemistad las religiones gregarias, es el torreón del ánimo que sabe mantenerse en pie sin partidarios ni tutores y no vacila en alzarse impenitente sobre el ataque que, al pretender derribarlo, lo purifica.

186.
Amanerados. Hay tanta debilidad en huir del peligro que ha de encararse como en ir a él cuando está fuera del rumbo.

187.
A la par que nauseabundo es prodigioso tropezarse en cada parroquia del trajín con feligreses de raleas a cual más de moda que, sin niebla de burundanga en las venas, compiten por acatar órdenes que no han pedido de los trapaceros que las dan para no seguirlas.

188.
Tan grave es conceder a los mediocres la aprobación que no merecen como negársela al idóneo que la sobrepuja, pero se acepta sin mayores alharacas ni estridencias porque siguen siendo legión los que trabucan la valía con la gana indecorosa de ganarla sin tenerla.

189.
Fácilmente se engaña al que se cree listo sin serlo, pero aún es más fácil que el inteligente se desengañe de sí mismo.

190.
Non plus ultra de la democracia, jamás el poder había contado tan soberanamente con el pueblo: para salvar la liquidez de una casta, es preciso que se pierda toda una generación y buena parte de las antecesoras. ¡Benditos sean los parlamentos por los siglos de los siglos!

191.
Todo puede ser expresado mejor arrostrando su inexactitud; nada peor puede expresarse que el hecho escurridizo de ser desde el no ser hacia el no ser. No hay paz para el guerrero que afila la pericia de su verbo en la novela del vivir; es una paz que a nadie otro disputa en la batalla campal de la transliteración. Mientras lucha, por consiguiente, está tranquilo.

NOTAS
1 Que no disloca el refranero con su «aramos —dijo la mosca, y estaba en el cuerno del buey».
Sobre esto y algo más ya discurrí con más acierto en otra ceremonia.
3 Tema recurrente de mis pensamientos que he abordado en otros soliloquios, como aquí.

En la imagen, vistiendo la explesis en paños menores, Carpet Surfing de Thomas Saliot.
 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons