23.8.13

¿ASÍ QUE LA VIDA ERA ESTO?

Al ser humano le ha sido permitido, fatalmente, colonizarse a sí mismo; su ser y su haber. Y de haber sido esto el verdadero argumento de su vivir sobre la tierra, la palabra no le habría sido dada.
María ZAMBRANO
Claros del bosque

Lo que aspira a ser total transpira un origen monstruoso y, para entenderlo, hay que tener la mirada alienígena. Descomunal en su presunta inmensidad, cuanto más evidente parece menos fiable es la realidad, en la que por supuesto no creo. Salto entonces sobre el charco de mí mismo y me salpico de algo, llamémoslo luz aunque a la vista se desmienta, que al rebotar abre azarosos orificios por los que adentrarse describiendo curvas mentales cada vez más acusadas en una espiral descendente a lo largo de la cual se comprueba, con una sensación de incomparable frenesí, que la creencia en la propia existencia no es necesaria para desarrollar las turbulencias de la respiración...

Me tomaré un descanso indefinido, y lo intuyo suficientemente corto para traicionarme. Debo introducir un sesgo de equilibrio en mi mundo o extinguirlo, labores que demandan de mí un compromiso al que le sobran las palabras. Quizá, cuando regrese, me dedique a escribir fábulas inmorales o cuentos no infantiles para niños, tal como me ha propuesto un amigo de esos que te quieren por encima de crímenes y necedades.

No me falléis: desconfiad de todo lo que leáis fuera de aquí, puesto que sabéis hacerlo de forma natural con las cuatrocientas grietas que he autografiado.

Obra que a elocuencia tétrica puede prescindir del título. Su autor, Zdzislaw Beksinski, quería pintar «como si estuviese fotografiando los sueños». Sospecho que este artista y yo hemos tenido la suerte de ubicarnos al soñar en coordenadas similares.

21.8.13

INMERSIÓN

Se ha desvanecido cualquier sentimiento de esperanza, toda idea de futuro, es la desesperación lo que apabulla mi alma, una situación de herido ambulante que vive pegado a su lecho de clavos dondequiera que vaya, moviéndose de tortura en tortura, ordalías indistinguibles de nebuloso horror, este suplicio sin fondo, un simulacro de todo el mal de nuestro mundo, la desesperación más allá de la desesperación.
William STYRON
Esa visible oscuridad

Disculpen mi escritura gatillazo, algunos días soy incapaz de negarme a derramar mi tormenta de esterilidad sobre una pantalla receptiva:

El sabio aprende de su estupidez; así piensan, al menos, los que se creen menos estúpidos... Lo cierto es que todas las minas son oscuras y al salir de ellas la realidad sigue siendo una cueva donde el aire es una niebla irrespirable y la bóveda que la cierra un panel destinado a expectorar los insultos que los hombres se han dirigido a sí mismos desde que se reconocen en el escarnio.

La turba bebe, canta, bailotea y finge indultarse en la corta distancia: dicen que estamos en ferias. Aunque según el lugar de asentamiento los honores los reciba una imagen con el himen intacto o el santo varón de la tribu fundacional, por encima de lo demás se celebra lo acostumbrado, esas uñas que hunde en el bollo caliente quien acepta el guión torpemente reescrito de lo vivo.

En la soledad del campo donde cohabito con mi campo de soledad como en una estación orbital abandonada, la sensación de languidez entra en escena a modo de gravedad artificial y se agiganta sin control cuando hace presa en el único tripulante. En verano más, porque esta mancha inclemente de fotones cuélase hasta en el núcleo de las fantasmagorías aguzando las aristas que el recogimiento invernal suele aclimatar al baldío de sus penumbras. Hay que tener bien soldadas las piezas para no agrietarse bajo esta solarización absurda, pero el eco de mis pensamientos me acompaña en el sentimiento épico de ser inquebrantable, una irrealidad como cualquier otra que a veces me perfuma el alma en connivencia medicamentosa con el genio descorchado de la media botella que me guarda la dosis justa de templanza.

No soy William Styron ni falta me hace el parecido por más que a vueltas de cansancio haya llegado a reorientarme a lo largo de parajes muy semejantes a los que describe el autor en la crónica de sus desfallecimientos. La depresión muestra a quien la sufre la inutilidad no ya de la acción, inabordable por defecto desde el despertar, sino del mismo pensamiento descarnado que la espía, en ocasiones la incoa a su descenso y mayormente la desprecia. Opera como un centro antineurálgico que desprende, luego pulveriza, la objetividad adherida al sujeto durante su historia, dejando que el mundo —«lo que ocurre», según Wittgenstein— aparezca en su más deslucido telón de representación con el común denominador de grisura. Sin embargo, el individuo deprimido carece de la presencia de ánimo necesaria para sobreponerse a las convulsiones de la emoción cuyos reveses padece, y visto de esta guisa este trastorno no supone incremento alguno de la agudeza sensorial asociada otras alteraciones, como las ráfagas esquizofrénicas o la perspicacia paranoica; en este monocorde tremedal no hay didáctica de contrastes ni evasiones pardas que aprovechar. Me pregunto si existe un interés oculto detrás del desinterés sistémico que caracteriza a los procesos severos de devastación interna y, de entrada, no puedo descartar que se trate de la adaptación desesperada a un medio hostil en extremo o demasiado pobre en expectativas cuando otros recursos fallan, una especie de principio de economía nerviosa llevado a efecto mediante la desactivación paulatina de las funciones básicas. De no ser falsa esta interpretación, la paradoja inherente a esta entrega inerme al nivel máximo de hastío frente al mínimo requerimiento de participación en la pesadilla es que el dolor traiciona, también, su propio origen. Siempre que la depresión impide el disfrute elemental, el poder corrosivo de la disforia ataca por igual a las preocupaciones, que se ven allanadas en un plano de lento aniquilamiento donde sólo cabe atender la prioridad de abrirse una sepultura para esperar el beso seco de la muerte, majestuoso contacto que nada cura y todo lo remedia.

Sans titre de Harold Muñoz, pintor contemporáneo cuyo concepto artístico respaldo: «La belleza para mí debe ser temible, quimérica, beatífica, totalmente humana y por lo tanto totalmente divina. Yo tengo una profunda necesidad de armonía, por eso busco siempre el equilibrio entre lo espiritual y lo efímero».

18.8.13

CRIMINALES POR ALTRUISMO

El cristianismo usa y abusa de una paradoja que tendrá un gran éxito: los últimos sobre la tierra serán los primeros en el cielo (...) Este pensamiento por antónimos (el mal es un bien oculto, la miseria es una riqueza secreta, la ignominia es una grandeza por defecto) es sobre todo una máquina de legitimar el estado de las cosas y de no ser pillado nunca en falta.
Pascal BRUCKNER
La paradoja del amor

Por no perder la saludable costumbre de ejercitar el músculo crítico contra el cristianismo, mencionaré cinco de los abusos imperdonables que se le pueden imputar. Aunque los actos viperinos, errores alevosos y fraudes de toda especie acuñados por esta religión se manifiestan, principalmente, en los cuatro campos correspondientes a las dimensiones filosófica, moral, histórica y vital de su injerencia, esta vez me limitaré a señalar al trote algunos aspectos doctrinales que tienen una repercusión nociva en quienes han crecido, como yo, bajo su influjo:

— Adeuda la conciencia individual con un sistema de recompensas y castigos eternos.

— Confunde deliberadamente ánima y ánimo, de lo que resulta una merma para el alma y molificación para el espíritu.

— Hace de la igualdad en la sumisión un axioma.

— Despoja de toda reserva de magia y poder psicotrópico a los sacramentos, de los que se ha apropiado a imitación de antiguos ritos de paso para desactivarlos mediante pantomimas ridículas.

— Pervierte el valor genuino de la fe, virtud que debe ser entendida al margen de las argumentaciones teológicas que pretenden vaciarla de significado para volverla un patrimonio exclusivo de los exaltados que la acatan como moneda de cambio con la que comprar la salvación personal, y en cuya defensa se creen justificados para imponer su indigencia dogmática a quienes no comparten sus prejuicios o se atreven a cuestionarlos. Habría que devolver a la fe su sentido original tan bien resumido en la fides latina, que es la lealtad basada en la confianza que se reconocen libremente quienes poseen una conciencia de hermandad dentro del caos generalizado de las relaciones humanas.

Fotografía de Patric Rochon.

17.8.13

SUBLIME Y MONSTRUOSO

Todas las ortodoxias empezaron siendo herejías.
Miguel de UNAMUNO
La agonía del cristianismo

En el acto pausado mentalmente hasta volatilizar todo parecido con la realidad que lo precipita, la búsqueda de la identidad secreta de las apariencias se revela inane por las secretas apariencias que toma la identidad. Ilusión y realidad no sólo no se oponen, sino que se complementan: lo real tiene tanto de ilusorio como lo ilusorio de real. Como agitador de ideas y demoledor de mundos, fundador de cultos sin fieles e investigador privado de la nada, certifico que por esta doble cualidad de extrañamiento ante sí misma que posee la materia ni la ciencia puede ser el único criterio de verdad, ni la técnica la solución a los principales problemas humanos. En el mundo hay mucho vacío transubstanciado, y la técnica es para la última cultura del hombre la eucaristía que le devuelve la imagen de estar en algún sitio, reaparición que en ausencia de Dios se confía a la iniciativa legislativa de la ciencia.

Las religiones hacen alarde de una gran inventiva de recursos cuando nacen y evidencian una atronadora escasez de imaginación cuando pasan de la vejez a la decrepitud, aunque ni aun entonces les falten fieles que acudan a ellas como insectos para depositar sus larvas. En el presente, somos testigos excepcionales de un proceso donde ambos fenómenos coexisten. Sobre la agonía de ese credo amamantado entre sepulcros que ha sido el cristianismo, tiene lugar el auge de las ciencias del artificio que reciben, todavía, el nombre de naturales. Y no es preciso recordar que bajo cualquier cambio de paradigma, sin el comercio con lo monstruoso lo sublime nunca es convincente.

Beautiful lonely people de Khoa Le, artista en quien presumo un talento hiperestésico además de una cara bonita.

15.8.13

ERROR 404

Por su misma naturaleza los actos humanos son inestables y están sin cesar sometidos al cambio. Hay que respetar esta continua variabilidad de lo real y no pretender abarcar todas las acciones humanas dentro de una sola y misma ley universal, lo real no debe acomodarse a la regla, sino la regla a lo real.
Alberto MAGNO
Politicorum

Para el tema del momento sólo cuenta la audiencia; para el momento final, la clarividencia. Mira hacia atrás, reconstruye tu vida: ¿no sientes que todo ha ocurrido, punto por punto, como debía ocurrir? ¿Por qué habría de suceder de modo distinto en el futuro? Es natural pensar así, lo que hoy es oscura incertidumbre mañana resultará de una diáfana evidencia y, sin embargo, aun al coste de perder naturalidad, más literal sería cerciorarse de que tanto incertidumbres como evidencias son excusas para atribuir a los hechos la objetividad de la que carecen y redimirlos con la ilusión que los presenta estructurando una congruencia o significación especial.

Vuelve a mirar hacia atrás, destripa tu vida: puede que aún no lo sepas, pero cuando los mayores acontecimientos a los que estés llamado a participar sean los funerales de tus amigos, la rememoración en borrosa fidelidad de los coitos pasados y el desenlace de las próximas citas médicas, ¿qué duda o seguridad adquirida podrá ayudarte a obviar la demostración inequívoca de estar fuera de plazo? Irónicamente, si en las tramas novelescas las partes más aburridas son invariablemente las felices en las que cada elemento parece montado a la medida, la vida particular empieza a volverse literariamente interesante a partir de su declive, cuando la naturaleza y la sociedad parecen colaborar con todas sus fuerzas para humillarla. Otro magnífico pretexto para eternizar el objeto del sujeto...

Antes de administrarme mi viático, espero vivir lo necesario para que se cuenten de mí cosas terribles o se me calle para siempre.

La ilustración pertenece a Emiliano Ponzi y apareció publicada en Los Angeles Times el pasado 19 de mayo.

14.8.13

MINORÍAS ABSOLUTAS

La muerte no la conocéis, y sois vosotros mismos vuestra muerte: tiene la cara de cada uno de vosotros y todos sois muertos de vosotros mismos. La calavera es el muerto y la cara es la muerte: y lo que llamáis morir es acabar de morir, y lo que llamáis nacer es empezar a morir, y lo que llamáis vivir es morir viviendo, y los huesos es lo que de vosotros deja la muerte y lo que le sobra a la sepultura.
Francisco de QUEVEDO
Sueño de la muerte

A los antiabortistas y demás grisalla estabulada que compone ese cabildeo mal llamado provida, habría que grabarles en la frente con láser de holmio su calaña de vulgares asesinos por querer forzar el nacimiento del ser en gestación y, por ende, condenarlo a una muerte segura. Puestos a elegir entre santos y diabólicos oficios, por odiosa que sea su presencia en el mundo encuentro menos peligrosa la influencia de las actividades sanguinarias de un sicario de cualquier cártel mafioso, que los rasgos psicópatas presentes en los propósitos de todos los microdictadores que encubren su voluntad de matar con el atuendo de la rectitud moral, aunque, bien prensado el complejo social del cual forman parte, ambos sectores contribuyen a imprimir el mismo curso patibulario a la realidad, trabajan para emporios con intereses muy afines cuando no concomitantes. Los primeros, sirva de ejemplo, pueden violarte y hacerte concebir un hijo no deseado si el infortunio de la genética que te ha hecho mujer se agrava con el azar calamitoso de cruzarte en su camino; los segundos, recurriendo a su típico arsenal de argumentos capciosos y asaltos taimados a la legislación, te impedirán tomar una decisión soberana sobre ese engendro inesperado alzándose como jueces absolutos de tus órganos y reservándose la concesión del atenuante según su antojo, siempre bajo sus condiciones y nunca según tu criterio, que debería ser concluyente en este y cualquier otro caso relacionado con lo que pueda ocurrirte piel adentro. Cerca de ellos, tanto de los que se dedican a masacrar en el cuerpo a cuerpo como de los que claman más cuerpos para sacrificar a su Señor, la libertad individual, referencia básica para conceder un mínimo valor a la vida, se anula bruscamente o se rebaja hasta la parodia. Conscientes o no de ellas, lo que sus actitudes represivas revelan sin poder admitir es que sólo lo que muere es cierto; lo que en su falsedad admiten sin poder revelar es que no hay error mayor que el de estar aquí, y su venganza consiste en que nadie se salve de padecerlo. Ya lo dijo el arúspice rumano: «El nacimiento no es el signo de la decadencia sino la decadencia misma».

The magnetic storm de Viktor Safonkin.

11.8.13

EL CAMALEÓN EN SU CAMERINO

La naturaleza, al crear a fuertes y débiles, indicó suficientemente que ella no destinaba bienes más que al más fuerte, y que el otro no podría gozar de ellos más que sometiéndose al despotismo y al capricho del más poderoso. A éste le inspira que robe al débil para enriquecerse; y al débil, que robe al fuerte para realizar la igualdad.
Marqués de SADE
Juliette o las prosperidades del vicio

Anhelantes de fascinación, prostérnanse las masas ante el culo de algún ejemplar alfa de la especie —actores, deportistas, estrellas del rock— para recibir la bendición archimística de una flatulencia. Si esto no es el fin de la civilización, debería serlo...

Ninguna sociedad puede subsistir sin religión, y la occidental, hastiada de los credos tradicionales, se organiza desde hace varias generaciones en función del culto al éxito, lo que supone respecto a otras una significativa desventaja anímica. Al contrario que las grandes doctrinas del pasado, cuyos embrujos eran resistentes a la fatiga de la decepción por la índole trascendental de sus gratificaciones, esta nueva idolatría no provee de engañosos consuelos a los crédulos, sino que resulta enormemente frustrante para los ansiosos que la siguen e importuna para los escépticos que la despreciamos. Funciona con premisas que exigen el fomento de una rivalidad a ultranza donde prevalezca sobre los demás un sentimiento de inferioridad que canalice la disconformidad espoleada contra uno mismo en una rentable obsesión por ascender de nivel. El mecanismo de acción es sencillo: empequeñecer a alguien lo empuja hacia una búsqueda de compensaciones que, debidamente estimuladas, se traducen en un incremento del trinomio conductividad-docilidad-productividad. No por sabido deja de arañar el pensamiento el hecho de que mientras la hiperexcitación de los instintos se promueve a un ritmo de apuro artificial que impide el reposo, así como su potencial emancipador, persiste la incoherencia de abandonar a la suerte individual la satisfacción de las mismas necesidades sobre las que actúa, originándose un excedente energético por catexis que el sistema económico explota en su beneficio.

Dolor cinético de la carencia, el motor del mundo es el deseo, y si desde tiempos inmemoriales ha constituido el salmer que sostenía una mínima ilusión de estructura social basada en el interés mutuo, en la actualidad sirve más que nada de clave a una forma de depredación controlada que sólo sabe engendrar monstruos, mutila los espíritus que no encajan en su cadena de montaje y representa una amenaza constante para cualquier proyecto alternativo de convivencia. Entiéndanme bien: no hago mi perorata desde una posición humanista, pues ningún proyecto de convivencia puede sacudirme la pereza que me suscita imaginarlo, los monstruos vengan de donde vengan ya no me asustan y mi espíritu se ha convertido en una inversión tan arisca que nadie en sus cabales estaría tentado de emplearlo; sin embargo, no es más incierto que pocas cosas me molestan tanto como el estruendo causado por esta factoría de afectos defectuosos especializada en poner en movimiento a seres acomplejados que se creen triunfadores, que se suman a los idiotas dispuestos a multiplicarse para agravar las consecuencias de su fracaso. Más dignidad demostraron los dinosaurios, que cansados de hacer riza reptiliana optaron por sumirse en la depresión que los extinguió.

Grendel fue un poderoso ogro que asaltaba brutalmente a los hombres durante la noche cuando la música y otros signos de regocijo llegaban a sus oídos. La ilustración procede de Monstruos, editado por Plesa en 1978, uno de mis libros de cabecera en la infancia.

8.8.13

IMPEDIMENTA

Ser víctima de una ilusión es considerarla verdadera, ser, por tanto, incapaz de señalarla como tal.
René GIRARD
Veo a Satán caer como el relámpago

Hay cosas que se comprenden mejor gracias al vino. No porque la sangre fermentada de la vid desanude la verdad —lo único que desata es la lengua— o aquilate los engaños preciosos que la fraguan, sino porque su fuego contribuye al artificio de mantener las cosas calientes, que hasta pueden llegar a purificarse con un súbito y pegadizo esplendor báquico. Antibiótico en las duras y elixir en las maduras, lubricante social y paragolpes afectivo, sin el genio efusivo de la uva las realidades aguadas se suben a la cabeza y rebosan. ¿Cabe suponer algo distinto de quien no logró impedir a la clariosa abrazarlo cuello arriba? Una vez se hinchan, todos los ahogados salen a flote. Pueden entonces centrifugarse los cuerpos para desalojar el encharcamiento con la esperanza de volver a esponjarlos de alma, pero no ha de esperarse que el resucitado aplauda la moción: ni vivo ni muerto, desde esa efeméride será sólo un conjurado existencial, un ser detenido entre dos mundos que lo reclaman ¿cómo a mí? Frío, frío...

Todo lo que bebo me coagula el corazón, que llevo como una morcilla estrujada en el pecho con la que hubiera cocinado un manjar de mala madre si tuviera talento de mecenas para apadrinar suplicios y criar jejenes. No tan bueno para el mal como malo para el bien, me sorprendo a diario en un indeciso aplazamiento. Soy prisionero de mí mismo y no espero que alguien me libere. Antes de preterir la cerradura, tuve a gallardía tragarme la llave del calabozo. No es que sea incapaz de relacionarme estableciendo un equilibrio nutricio con la sociedad, es que la perspectiva de recompensarme según sus reglas no me excita el interés. Pese a ser un perjuicio aceptado, no por ello me alivia la paralizante amargura en la que cualquier animal sensible se sumerge al verse privado de la disposición natural para realizar intercambios satisfactorios con sus disímiles. Examino la apariencia fragmentaria de los hechos en busca de un atisbo de coherencia interna y no dejo de tener la impresión de ser objeto de un férreo y oxidable determinismo que, lo sé, resulta tan falso en sus fundamentos como las actitudes voluntaristas o la más filosófica resignación. El poder visionario y el síncope del deseo instauran una penetrante colaboración a partir de aquí: lo que aquél empieza, éste lo prosigue.

Desprovisto de entusiasmo uno está más cerca de la muerte que de la vida, y así es como sigo dando constancia de los abscesos de este estado de aféresis, asegurándome un juicio por lo que pienso, no por lo que otros puedan decir que pienso. No descubro nada, sólo y solo me descubro. ¿Es virtud o imprudencia poner en conocimiento de cualquiera lo que muy pocos se atreven a mostrar sin el habitual mascarón de la obscenidad que los hace parecer idénticos a lo que son? Cierto que no muchos están preparados para apreciar el antídoto de la confidencia; unos pocos sí, y estos son los que cuentan... o contaban, porque pienso que no pienso ni podré pensar como pensaba cuando ascendía del morir que me siento revivir en este encogimiento, luego no hallo razón ni aun motivo para actuar respecto a otros, de los que apenas me late ya su opinión, ni su odio, ni su amor. Ahora que estoy más reo que nunca de no ser para nadie, la cuestión se centra en averiguar qué soy para mí. Si realmente conservara mi vigor autógeno, seguiría creciendo hasta que no me quedaran músculos por devorar ni huesos por roer, mas anchas ganas son de necesitarse, y no las poseo. El instinto de conservación, último baluarte por derribar, ¿en beneficio de qué impulso mayor o de menor evidencia puede interpretar la táctica de abandonar la mano del para sí? Rehusado, ¿es una fuerza que se prueba a sí misma para venirse a más por el menos que no aprueba, o la alarma fingida de una debilidad reticente al trance de la prueba que la reprueba? Podría objetarme que en ausencia de peligros reales he reemprendido la lucha contra mí; o justo lo contrario, que ante la presión de amenazas cada vez más duras e impostergables, no por taimadas faltas de violencia, me he replegado como un traidor a mis entrañas sin conseguir que la conciencia me permita descansar.

Hubiese sido fácil confiarse a un principio conceptuado de orden superior para defenderlo religiosamente hasta aplanarse el encefalograma; tampoco hubiera sido desdeñable el papel de precursor de la nada por la nada promoviendo el asalto de lo catastrófico sobre lo dialéctico: el hombre abatido sueña con abatir a los demás, su reserva de crueldad aumenta con su desgracia. No es mi caso. El caso es que me he perdido el gusto y de ningún modo me agobia la urgencia de recuperarlo, tesitura extraña que quizá pueda resumir en el sentido de una pulcritud que me nació guiada por la vocación de desprenderse de todo lo accesorio y creció, pérfida, para acabar persiguiéndome como el accesorio por excelencia, pues no soy mendaz ni hago causa de suposición cuando sostengo que ni en los momentos fetén me aguanto.

Simpatizo con L'homme blessé de Gustave Courbet y, sin embargo, mis heridas no son excusa para olvidarme de soslayar la chabacanería de divinizar a las víctimas o de culpar a los dioses. Unas y otros son errores que no ensalzo.

4.8.13

¿DÓNDE MIRAR?

Cada época se ha acercado libremente a su ficción para buscar las claves de realidad que la propia realidad acostumbra a escamotearnos-
Andrés TRAPIELLO
Las vidas de Cervantes

Cansado al fin de tanta batidora epistemológica, retornaré a mis caballerías psicodélicas recorriendo de nube a fosa este país al que roen los gusanos hasta en la caspa de sus falsos blasones. Sólo por la arcada de bilis que me produce presenciar a la fauna necrófila agitando en usufructo la bandera de la hispanidad, me siento animoso para impartirles una lección de casticismo en el buen español de faca, trabuco y pedernal hecho de santo. ¿Qué espíritu semoviente en el recto juicio de sus fuerzas no se hartaría de servir de monigote en este jelengue nacional? En un entorno condenado a fluctuar entre lo represivo y lo depresivo, el desfogue de la sátira no es suficiente retribución contra la afrenta. A veces hay que disponerse al punzó de obrar grueso y revalidar la condecoración de sospechoso habitual más allá de las palabras, que son poderosas, en definitiva, por los hombres armados de pensamientos que desenfundan. Como el disentimiento se da por supuesto, la situación pide genio para hacer cojones de capones. Pero antes, permítanme renovar mi esporádica dosis de cosmicidad:

Desde el principio fue el mal: un contagioso acontecer propulsado por la inercia desintegradora de energías y partículas mutantes; una clonación automática que se propician entre sí todas las cosas como estelas de vestigios expandidos a partir del sabotaje inicial. Desencadenada la complejidad de la complicidad dentro del sistema de ausencias que confiere a la fulminación del único instante un horizonte anamórfico de espacio y temporalidad ilusorias, el encuentro del sujeto con las apariencias no tendrá ocasión de producirse: salvo por el rodeo de la eternidad, juntos ya forman una mónada inseparable.

¿Es este despliegue holístico la interfaz de un juego montado sobre una ironía insondable? ¿Un mausoleo astronómico de biomasa y vacío? ¿O quizá una bomba generadora de mundos para un ente superior expatriado de sí mismo? No son ideas novedosas, sino llamadas a las que cabe responder: podría ser todo eso y más; incluso podría no ser. Nada de buscarle un sentido último, es nuestro aparato cognitivo el que le pone ojos al destino. Sin el genoma que codifica la intrínseca reversibilidad que los hechos se ocultan a sí mismos, la realidad se disiparía súbitamente. Y cuando la realidad se percibe como una ficción, el valor de sus artificios no puede recomponerse con espejismos: quedará en un estado difuso que irradiará la tensión aglutinante que le transmiten sus bornes, a los que no hay necesidad de agarrarse en busca de consistencia aunque vibren tentadores como pezones de sirena.

Sé que el universo no me necesita y confirmo que el sentimiento es mutuo. Puesto que su existencia carece de razón de ser, ¿por qué la mía habría de tenerla? Habida cuenta de que nada ha tenido lugar, nada me obliga a aceptar esta o cualquier otra realidad como premisa material: ni este cuerpo que alimento y atiendo lo mejor que puedo en la escenificación de mi curva de ilusiones, ni esta alma que malverso malogrando la transliteración del descalabro. Si fallo, habré acertado; si no acierto, también, pues habré fallado. Sea como fuere, mi vida traza en su tránsito descarriado un rumbo inequívoco: como el hombre de los Cohen, yo nunca estuve allí. Pueden apostar lo que quieran. Eso sí, en atención a su propia seguridad, procuren no tocar al desaparecido... ¿o acaso no lo ven?

Filosofía visual en Lust, de Anton Senkov.

3.8.13

RESOLUCIÓN


Lo peor de esta cárcel es que se parece a la libertad.
De la teleserie Curro Jiménez

Tengo un amigo que al ser emplazado por las circunstancias en el arte de tomar una decisión rauda, se ha adiestrado a preguntarse lo que haría un perro en su caso para actuar en consecuencia. Urgido por una coyuntura análoga, mi filiación mamífera no llega tan lejos, y ante la impracticable dificultad de extrapolar la cuestión al Psicópata Supremo, me limitaré a hacer lo que haría un muerto —disciplina en la que nadie me aventaja.

¡Menudo Van Gogh! Ya tocaba. 

2.8.13

DE LA HORRIBLE PERMANENCIA

La ideología dominante ha sido vehiculada, sucesivamente, por discursos religiosos, políticos y publicitarios. Los dos primeros promueven objetivos ausentes: después de la muerte el religioso, después en la vida el político. El tercero promueve objetos presentes: el premio por la integración en el sistema es el propio sistema (aquí y ahora).
Jesús IBÁÑEZ
Por una sociología de la vida cotidiana

Contra el desorden natural que empuja las cosas hacia un farragoso estado de disgregación, agotamiento y amnesia, las religiones proselitistas, las utopías políticas y los imperios financieros tienen en común su pasión petrificadora por perdurar a cualquier precio, proyecto no por inverosímil lo bastante desdeñado que parte de la necesidad de unirnos en una maleable compactación social, psicológica y ahora, además, cibernética, pero ¿cómo entregarse a esta clase tan grosera de anexión si afortunadamente nada es igual a sí mismo? Ni a fe suya puede nadie propiamente identificarse consigo, ¡cuánto menos con los otros! Por mucho que cohesione las ilusiones narcisistas de los más crédulos, existe también un principio de violencia en la identidad implantada mediante la maniobra de desalmamiento ejecutada por los dispositivos dotados de capacidad reproductora para capturar la fugacidad del momento con sus actores, a los que otorga la persistencia accesoria de su reaparición virtual siempre que se solicita. Solo el trato erosivo de la costumbre puede suavizar la extrañeza ante la plusvalía de realidad que experimenta el sujeto cuando se contempla retenido por vez primera en el medio que lo refleja hasta en sus mínimos detalles: como un objeto colocado entre dos espejos, se pierde en el espectro de una perspectiva inaprensible; perspectiva que al ser multiplicada de nuevo en lotes de archivos potencialmente inextinguibles, me sugiere una definición complementaria del horror: la permanencia que hace posible la imposibilidad de desaparecer.

¿No sentís una leve conmoción cerebral, la intuición quizá de una remota semejanza, al observar Dead bird de Albert Pinkham?
 
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