30.6.13

SOPLAR TODAS LAS VELAS

Aprende por ti mismo, yo nada puedo enseñarte.
Leyenda escrita en el bastón de Ejo TAKATA, maestro zen

Puede que el empeño de concebir un cosmos sin Dios sea un absurdo, una vela encendida que no pone ni quita arbitrariedad a la invidencia de cualquier empeño, pero un cosmos absurdo concebido por Dios es un ultraje. Y si cierta y desdeñosamente no es función de la vida aportar sentido a los seres que la experimentan, una falta recurrente de ficción en la fragura del tinglado puede impedir que la vida funcione cuando esos seres, además de tolerar la existencia en condiciones que no han elegido, deben ocuparse de vivir sabiendo que morirán en vano.

Arrojados uno a uno a esta manifestación biológica de azares que aun cerrada a las preguntas eternas se abre, sin embarazo, en canal a los sentimientos inabordables, el pecado no consiste en el extravío de todo contacto con la divinidad, máscara anónima del misterio irreductible, sino en haber corrompido el sentido mágico del humor que nos enseñaba a distinguir con elegancia la materia que nos compone de los sueños que la fermentan, así como la embriaguez metafísica a la que estos dan origen de los disparates organizados que llamamos religiones. En nuestro mundo inmundo, cualidad nativa de lo incompleto y mortificable, el pecado procede del concepto mismo de transgresión que impide pensar sin contraer deudas y obliga a actuar sin la seguridad de amarrarse a un destino ni la libertad de cambiarlo.

Con un receptivo despiste según la retrata Jan Mabuse, Dánae, madre del semidiós Perseo, siendo asaltada en su encierro por la generativa lluvia de Zeus.

27.6.13

AL PROPIO AVÍO

No tengo bastante fe para creer en la materia.
Gilbert Keith CHESTERTON
El hombre que era jueves

«Deja la espina, coge la rosa», acucia el aria; protéjase uno de los malhadados, no vaya a ser que por interacción con ellos se le trasmine el abrojo de su fatalidad, que en los tales sobreviene carácter estacionario por carencia o profusión del mismo dentro de la estructura disipativa de momentos perdidos que procesamos en la animalesca delusión de existir. Entre los muchos que se malhayan, no escasean quienes por temor a desagradar aplauden a cualquiera, y tan nocivo es quebrarles la condición en su avenencia perpetua como empecer en el caso opuesto a los ogros domésticos, no menos abundantes, que por afición a la inutilidad de ser servidos no complacen ni se complacen, chocando a cada instante con todo quisque como un estoque democrático que no para ni repara en distinciones, ni siquiera en los infelices que confundiendo amor con azoramiento y sumisión con respeto, hasta los buscan.

Enroscándose a sus sueños, Figura arrodillada de Clara Lieu.

26.6.13

EL PEDIGRÍ DE LA MORAL

Todo lo que es realmente moral comienza cuando la moral ha sido eliminada.
Emil CIORAN
En las cimas de la desesperación

Sobrevolando el planeta desde el espacio exterior a lente de satélite, pocas son las obras homínidas que fulgen, sin necesidad de iluminación eléctrica, como la membrana imperial de la Gran Muralla China, las hendiduras de Nazca y la acupuntura megalítica de Carnac. Sobrepensando colectivos civilizados desde el espacio interior a vista de redivivo, todo el mundo pretende la verdad y de verdad la cela, pero nadie se casa con ella; todo el mundo cree, aun en descrédito, estar en posesión del relumbrón de la suya, pero suya es la cabeza arrumbada en tierra con la que amasan los maitines del dogma la miga tierna del asenso que no llega a enmudecer el aroma provecto de la mentira. En este vencido mundo todo el mundo convencido es convicto de sus gustos, y sobre gustos, como todo está escrito, nada se deja sin contestar. Guste o disguste el hecho a quienes no dan sino el pecho por ideas preconcebidas, la moral se instituye, codifica y reproduce sobre el ventalle de los afectos. Por ello, las tachas que alguien recibe en materia de creencias se sigue de reacciones muy encendidas que hasta pueden deflagar iracundas, pues la crítica pone al descubierto la trastienda de los sentimientos particulares, raramente digna de enseñar, mucho antes que los absurdos y desmentidos de una determinada postura doctrinal.

Como algún trasnochado todavía pedirá una prueba para someter al principio de falsabilidad lo afirmado —no encuentran objetable la ciencia cuando les vale contra la ciencia—, obsérvela lucífera en sí mismo: si no atentara contra la afincada subjetividad de las aversiones y predilecciones, ningún aludido se importunaría tanto por ser cuestionado en la ética de los preceptos que identifica como buenos. Así que obviando la tentación de citar a Nietzsche, el más afamado transvalorador de las pasiones, de la moral téngase solo por fehaciente el prosaico pedigrí que oculta.

Muchos de mis próximos son más arrepticios que estos energúmenos de La Cruz, obra de Albin Egger-Lienz.

UN MAL EJEMPLO, EL MEJOR CONSEJO


«Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío»
Octavio PAZ
Elegía interrumpida

Oigo de continuo el murmullo de la eternidad, pero solo su silencio me deja nidrio. La vecindad de la muerte previene contra la intrusión del porvenir, y si uno, sin esa culpa que se siega con guadañas de pena, cariacontecido o cariafrutado debe asumir como propia la desvergüenza de existir, ¿qué no habrá de cargar sobre la flaquera de sus hombros quien ensancha sus mangas a la propagación de la calamidad para recamarla de cromosomas?

Creación de Viktor Vasnetsov en la cual el príncipe Iván Tsarévich, personaje mágico del folklore ruso, vuela sobre una alfombra donde porta la no menos prodigiosa Zhar-Ptitsa, ave embellecida por un plumaje de fuego frío que puede indistintamente redimir y gafar a su captor.

25.6.13

GEA, HIJA DE CAOS


Prefiero los peligros de la libertad a las seguridades de la servidumbre.
Atribuida a Thomas Jefferson, que la usó en su correspondencia con James Madison, la declaración pertenece a Rafal Leszcynski, padre del rey de Polonia Stanislaw I, y dudosamente hubiera llegado a conocimiento del americano de no haber sido recogida por Rousseau en El contrato social.

Fue Unamuno quien sentando cátedra maquiavélica indicó que «no es instinto de conservación lo que nos mueve a obrar, sino instinto de invasión; no tiramos a mantenernos, sino a ser más, a serlo todo». La generosidad, pericia que nos especializa en recibir como si fuésemos los que más damos, no se aparta de esta incontinencia conquistadora. ¿Es la Tierra generosa en este sentido?, ¿puede descartarse que lo sea sin apadrinar, de una u otra forma, comodines de prosopopeya?

No veo motivos para tratar a la Tierra como a una santa matriarca de intocable autoridad natural (ecologismo); tampoco como a una puta, que ajada y muda, puede ser chuleada impunemente en aras de una fábula tecnoeconómica (ideologías progresistas). Entonces, ¿será mejor entenderla como a una amante, a veces hosca y no siempre accesible, de la que aprender a gozar con la misma confianza que deseamos arraigar en su vientre?

24.6.13

SACUDIMIENTO DE DESNORTADOS

Sin información libre la misma catástrofe se cobra más víctimas.
Antonio ESCOHOTADO
Los enemigos del comercio

Nunca olvido la caución de que un exceso de ruido —y hoy la información se berrea a nuestro través— impermeabiliza contra el conocimiento volviéndonos no más conscientes del choque con la casi nada que sabemos, sino atiborradamente ignorantes en una orgía de frivolidad.

Extraña vez sigo las noticias, ese género de ficción prefabricada me hastía, su quiosco de mutaciones tasadas en almoneda de distrofias pronto me atora las entendederas a la vista de un retortero donde constato asqueado que la estrechez telescópica de sus formatos habituales, unida a la más laxa metodología de divulgación de patrañas, guarda la misma relación con los sucesos relevantes del ocaso cotidiano que la política de verdad, la que transcurre entre sombras y calima, con el formulismo de las sesiones parlamentarias. Y así como para sonsacar quien gobierna detrás de los espejos deben ser rastreados los grandes movimientos de capital, para tomar el pulso hodierno teniendo la erupción de la realidad fuera de plano encuentro más certero destripar la bazofia de los contenedores callejeros, viviseccionar los realitys en boga o pensar a contrahechizo el atontadero de la publicidad, que es donde el Golem, como obra crematística que devora a su creador, codiciélo o no se desnuda.

El verismo de los personajes que pueblan el índice de Jean-Léon Gérôme no facilita la elección de una obra. Valga para este sacudimiento un evocador paseo por El mercado de esclavos.

23.6.13

JANGADAS

El nuevo paradigma empresarial es un contrafuego, cuya característica es retomar por su cuenta los ideales de la cultura del ego para oponerlos a los efectos de la desmotivación.
Gilles LIPOVETSKY
El crepúsculo del deber

Luna llena, atacarse o morder. Nada más falso que sentir haber vivido mucho por haber visto demasiado, solo es un ganga viral de incentivos basura, un cosmético de diseño obsolescente que inocula a través del menor intersticio comunicativo las instrucciones de moda en el registro individual de las necesidades, que se mantienen así en un estado de alerta y permanente insatisfacción a la zaga de la última innovación corporativa. Pero la dieta hiperausente, inflada de sensibilidades averiadas, que tiene su ejemplo más procaz en las relaciones privadas mutuamente explotables, íntimamente rentables, visiblemente exitosas, promocionadas según el régimen alcista y progresivo de la moral del final feliz que la sobreproducción afectiva apremia a la demanda, enferma de gravedad tanto la inteligencia como la fibra emocional, que desvalidas se convierten en picadillo comercial para las industrias del descontento en expansión. Cuando pensar de más y pensar de menos se asemejan entre sí como dos gemelos monocigóticos; cuando ser es ser envidiado en función de lo que hay que tener para no ser despreciado, debe sacrificarse el alma a cambio de un pedazo de la tarta envenenada del mundo y poner, al mismo tiempo, toda la carne propia en el asador público para degustar, tragándose el vómito, el menú de muestra de la normalidad. La era del vacío huele a oferta de grandes almacenes.

A mi parecer, esta segunda versión de The nightmare pintada por Johann Heinrich Füssli es su mejor obra, que puede interpretarse como una prefiguración de las más agresivas técnicas de venta.

22.6.13

UN TERCIO DE UN DÍA CUALQUIERA

No es poco lo que basta, pues basta poco.
Francisco de QUEVEDO
Virtud militante

No todo se aplaca con tranquilidad, eyaculaciones y buenos alimentos: también hay que pillarse los dedos con la tapa de los sesos. Me armo la escafandra del despertar a las 08:30, dos horas de aceleración respecto al no menos ficticio cómputo temporal correspondiente a este meridiano terrestre —el partido de bufones que impugne este fraude tendrá mi voto, hasta ahora virginal—. Tras aflojar la bota de la vejiga, llenada con airén joven antes de un descenso onírico mejido durante de siete horas, para engarce indescriptible de mi fruición metabólica compruebo que no albergo atisbo de resaca que excuse la secuencia de fallos y rodeos metalógicos que pienso emprender. Por fresco que parezca por dentro, de esta guisa tirando a fritanga no suelo mirarme en el reflecto, demasiado pronto para poner de relieve lo que suele trotar comedido en lides mejor reposadas. Nada va sorprenderme el pequeño defecto en aumento de la calvicie que empleo socialmente con la finalidad de ocultar otros más graves, como el de apalancar una tercera pierna inarticulada que no me responde como a los veinte, cuando me desarropaba puntual con la caricia del alba. Gratuidad de bravatas al margen, predesayuno el zumo de un limón rebajado con agua filtrada por una jarra con nombre de meretriz, a continuación me dedico un tercio de café que muelo tres veces por semana y dos tostadas del tamaño de una compresa que chorrean aceite de oliva, miel de encina y el certificado de mi primera equivocación: acostumbrado a modelarlo yo, confundí en el estante el pan de nueces que buscaba en reemplazo del casero con este raterillo adoquín de linaza. Consulto en la Gran enciclopedia de las plantas medicinales del docto Berdonces que la semilla de lino contiene, entre otras virtuosas sustancias, ácido cianhídrico, pero al estar presente en trazas su potencial contribución al bienestar de la especie resulta despreciable. Mientras degluto con infantil alegría la farinácea refacción, anoto la frase que en la víspera no llegué a fijar acerca de la timidez, a la que imaginé como un huevo de granito que debe romperse para nacer de verdad a las mentiras del mundo real. De niño fui un hipertímido, un pozo emocional para mí mismo que por horror escénico ocultaba de la auscultación ajena con enormes dificultades de autocensura que no impedían, por otra parte, darme de sibilino al fornicio con toallas, servilletas y otros artículos textiles extendidos sobre el pisadero. Logré consolidar en el consciente estos recuerdos prematuros, anteriores a la escolarización, gracias a las sabias imágenes evocadas por mi abuela, que su Dios la tenga en gloria. Para tales ejercicios de coyunda algodonosa concentrábame en el primer juguete que tengo la certeza de haber manejado después del caballito rojo de muelles: un payaso bohemio debidamente engalanado con una lata de tomate derrengada a sus pies, tumefactas botas descapotables, birrete de talla microcefálica y, en perenne función de báculo, un paraguas estampado de naturalezas más decaídas que el maquillaje de un rostro obligado a la sonrisa indiscriminada, fatalmente detenida en una causa que me ocupaba de tantear repleta de excitantes posibilidades. Por inverosímil que suene a los puritanos, los primeros muñecos irradian una carga erótica que hemos de reformular durante el resto de la existencia. Medito a través de ello con el último trago de arábica en sincrónica celebración por haberme decidido a desempañar las ventanas; la luz matinal puede cosquillearme diáfana, libre al fin de cagaditas de mosca y huellas de macho cabrío, pues a pesar de lo que murmuren mis difamadores soy un tipo alegre que se ha habituado a cantar en la ducha y tocar dionisíacamente las palmas con los pies, que no siento reparo en enguantarme para la ocasión con calcetines de piel de ornitorrinco. Casi de seguido, acudo a retratarme de posaderas con un ímpetu polifónico perfectamente afinado que ya quisiera el Sumo Pontífice, y aunque me vaya a duchar cuando silencie la barahúnda de rutinas, encuentro con sentido consentirme una entrevista de bidé, a un periquete del cepillado ritual de mandíbulas con peróxido de hidrógeno —los dentífricos son productos inútiles, salvo para estandarizar alientos y sobredosificarse de flúor—. Aclarada la espuma bactericida, con el sabor tropical del eugenol que segrega un clavo náufrago en mi saliva, corro a colgarme de la barra de dominadas, donde cuento hasta treinta izadas sabiendo que nada define más por menos. ¡Qué gran soldado hubiera sido sin mandos! Enciendo de un salto el ordenador, una pasada tecnológica hace siete años. Ejecuto algunas tareas de pacotilla pantalla mediante, las ventilo en un intervalo de varios prolíficos minutos que duran segundos y me cuelo por el tubo colorao buscando en las vistas previas una estación de paso que maximice los esplendores de la maravilla orgánica que conocemos como hembras. Prisionero alígero de una premura totalmente innecesaria, me decanto por un clásico, el de las tres damiselas que se aplican enemas con los cuartos traseros en una insuperable panorámica sonriente. Mácula maculando, la utopía se halla lista para el reciclaje entre los residuos más infectos de la civilización. Tantos siglos decantando alta cultura para llegar a la conclusión de que aquello que no imparte la experiencia, lo enseña el cine porno. Filosofía de vertedero para encontrarse atrapado bajo los arreos de un cambio insustancial de guión que permite por todo modo solo modos, gélidos o salaces, de contarse la película de siempre. Reconciliado con la entropía de mis instintos en honor a las intangibles libertinas de mi primera ofrenda seminal, agarro el monociclo para aleccionarme, por debajo de mis perspectivas, una intensa sesión de aplastamiento de gónadas. Como mi habilidad equilibrista no supera las cuatro pedaladas, pronto desisto. Me lanzo entonces a la piscina familiar, donde me mido el fondo con largos que no tengo la desfachatez de contar. A mi regreso, tiendo una lavadora de paños menores de espaldas al gualdo que, según declaran los canónicos climáticos, nos bajará el calentamiento local a consecuencia del calentamiento global. Me guarezco en casa, donde la ocarina yace a la primera vista para que procrastine mi procrastinación musical. Me podo el careto con la milimétrica ideal para seguir apaciguando facciones. Aspersión estuosa con gel de extracto de iris verde procedente de núbiles taheñas, atuendo de camuflaje cívico para cubrir desvergüenzas hecho el secado y de nuevo a internet, donde sorteo paradojas, visito actualizaciones y remezclo el octanaje de mi subjetividad furente con los motores de búsqueda booleana. Leo el excelente artículo que un artista desencajado ha escrito sobre el fenómeno diastrático bautizado como Generación Tippex, un subproducto con anteojeras homologadas por la ESO y cronológicamente posterior a la Generación Nocilla, con la que me podría untar por coincidencia de electrocuciones mediáticas, despistes educativos, fecha de salida uterina y óptica de bisagra inconformista amartelada entre lo analógico y lo digital. En sus filas me constan algunos talentos de pro que en esta plaza de lidiar ovejas llamada España torean con denodada personalidad, aunque los encuentro asaz endulzados de pop para mi gusto —ellos hablarían de referencias pulp, de estilo sampler o de eclosión subcultural— y, quizá, traumáticamente impostados por la época en la que un cambalache de cromos te podía transportar hasta un pico de felicidad tan alto como condimentar un capítulo de Curro Jiménez con un cacho de hogaza morena y grasiento chocolate de genealogía filibustera envuelta en presunciones extrafinas. Al trasluz de sus descomposiciones puedo verles las mañas con que renuevan los tótems imprescindibles para facilitar conectores de identidad a las masas y restaurar la comunidad de pulsiones conmutables, un pase ultramoderno destinado a follarse al pueblo a estilo perro y guiarlo en un olé al adúltero bodorrio... Mis respetos por una faena cuyo desenlace no comparto. Tengo mis autores talismán, cómo no, a quienes lo único que exijo es que estén muertos. Desconfío de mis coetáneos, especialmente si son homólogos; prefiero ser interrogado por voces de ultratumba. ¿Cuántas veces puede responderse a la misma pregunta? Infinidad, porque una pregunta planteada como el universo desmanda es un monstruo semántico que crece mordiéndose la cola para no dejarnos salir de nuestras propias trampas. Con cada acto creativo se prolonga el anhelo autobiográfico de desmembrarse, que es la forma más honesta de multiplicarse, y no es sino la pura necesidad de reconocerse la que nos lleva a profanar la blancura prístina del medio de expresión elegido. De repente tiendo a olvidar los rudimentos del lenguaje, velo como un alma en so pena de revelar sus penas y me limito a transcribir la fragancia de mi chicha requemada en el martirio de traducir la visión en concepto, el concepto en pensamiento y el pensamiento en verbo medianamente visionario. ¿Dónde quedan las acciones? Antes de que esté demasiado ebrio de no estarlo, debería mencionar que acabo de violar mi promesa de no gastar más dinero en libros en el momento aproximado de ser interrumpido por el señorito Uda, amiguísimo y viceabad de cónclaves superfluos, que entre asaltos a mi nevera y usurpación de especias ilegales viene a contarme chismes cuando el plato de arroz rosa —amorosa reacción entre lombarda y ácido cítrico— está sobre la mesa. Acerca de mi laburo, contra el que apresuro el torcimiento pasajero de estas líneas, no graznaré mucho: hasta un engendro borbónico podría realizarlo con soltura. Ave indoctrinada, llegaré tarde adrede para evitarme la dulzura de visaje medicamentoso y culo mal besado de mi patrona. Justo antes de partir, reparto el despacho instantáneo a mis atenciones distantes, nubes de charlas cruzadas que completo enzarzando esta minimáxima en el marbete del espionaje entre conocidos:

Gánase en fortaleza lo que no se teme perder

Por supuesto, All is vanity, vida y muerte entretejidas por Charles Allan Gilbert.

20.6.13

BARBECHO

Lloro torpemente, como si fuese la primera vez que no muero.
Félix Francisco CASANOVA
El don de Vorace

Todos estamos perdidos, pocos afianzamos el valor de admitirlo y menos aún el buen gusto de abandonar la esperanza de hallar de una salida. ¿Cuánto lo habré bramado? La batida del sentido, como cualquier otra búsqueda enconada, genera una lógica adictiva, una bulimia específica que nada tiene de especial salvo su causa, pues en sus efectos se iguala con la voracidad elemental que quien la padece aduce en seguimiento de una propensión congénita. En el sistema humano de depredaciones sin paréntesis y disidencias controladas, querer ganar es confesar la derrota por anticipado. Según Baudelaire, quizá sin sorna, «el gusto por la ganancia productiva debe reemplazar, en el hombre maduro, el gusto por la pérdida». Para La Rochefoucauld, empero, «ganaríamos más dejándonos ver tal y como somos que intentando aparentar lo que no somos». «La ganancia es insaciable», opinaba Pítaco, uno de los siete sabios de Grecia; otro de ellos, Quilón, señaló con un enfoque complementario esta advertencia sobre las victorias de pedestal ultrajante: «Elige antes un castigo que una ganancia vergonzosa. Lo uno aflige una sola vez, y lo otro para siempre». No estoy muy seguro de que un castigo escandaloso no mancille la conciencia del agraviado hasta que la tumba lo desmemorie, pero dejémonos de verbos ruiseñores para volver a devanar la sutura.

Para mí —acabo de iniciar una frase en desgracia con estas dos palabrejas—, ni siquiera tener el triunfo asegurado justifica la guerra cuando no existe la necesidad de repeler al enemigo o de tomar una venganza proporcional contra las vejaciones que haya podido causar. No por espolear el ardor frente a las actitudes flébiles que alardean de pacifismo, sino en un primer asalto para evitar sus insanias, mejor exponerse a ser temido que compadecido, y si la contienda se resuelve a nuestro favor, un sentir no desmochado mostrará como preferible el acto de acabar con el adversario que no se humilla a pedir clemencia, que el desacierto de sembrar rencores en su ánimo por allanarse a apiadarlo. En cualquier posición conflictiva, más en la subordinada que en la aplaudida, luce superior la dentellada exacta que ladrar coagulado de miedo a la espera de una caricia tranquilizadora. El canguelo nunca es un aliado, ni para quien lo azuza ni para quien pegajosamente lo carga. Y si alguna providencia disfrazada de diablo musita que no es así, que las aprensiones pueden domesticarse, rómpase una decisión que lo demuestre: la incertidumbre es peor que la desdicha porque los temores reales rara vez superan a los imaginarios; tan importante como conocerse a sí mismo es atacar la ocasión próspera para desconocerse, para ponerse en barbecho.

En una sociedad perfectamente imperfecta, dispuesta a jugar con las destrezas del equívoco, la eminencia estética de las acciones habría de legislar sobre las muecas, calenturas y calambres de la moral.

Derritiéndose, Hope de Simon Siwak.

18.6.13

A HONDO

¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido.
Juan RULFO
Pedro Páramo

Mordaz, nunca canjearía el fuste de mi solemnidad por una filfa de genialidades. Mis ocurrencias audaces, las que allego sin exir de la fiambrera, ni exigen ni excluyen entendimiento, ganan el barlovento de reaprenderse en la certitud que improvisan, desembarazan y sobrepasan como ninguna de mis experiencias puede atinar a ensartar las niñas de la verdad, esas covachas del rupestre mirar galeote de un vivo porque no vivo. Pensar en esto es pensar en lo otro y en los más de los menos fulcros que afloran por acullá, entre las últimas fundas de humanidad que acabo de arrojar al suelo, junto a la libido, viéndolas flotar tersas con la imaginación, ceñidas perfectamente a mi fe de proletario icástico, exento ya de ambición, para no atiplarse con el helio que hace ascender este principio de fecal exceso de confianza en el que despido, a una honda y somera vez, todo fulgor de coexistencia:

Alrededor de tres cuartas partes, si no más, de las personas con quienes se adeuda la desgracia de entablar contacto a lo largo y baldío de la vida procuran abusar de uno. ¿Por qué inflar ilusiones de cambio político cuando la guerra civil late disonante de proximidades y el mayor alivio cotidiano se computa celebrando la extinción de los vecinos?

Scabiosa simplex, ornamento de filosofía natural que corre parejo a cada parpadeo del Guadiana.

13.6.13

LOS EMPEDERNIDOS

Un acontecimiento histórico justificará el haberse producido cuando sea entendido. Esto podría significar que las cosas suceden, que la historia existe únicamente para obligar a los hombres a entenderlas.
Mircea ELIADE
Diarios

Dos décadas atrás, coyuntura en la que yo ponía puntos suspensivos a mi adolescencia, un hombre que recortara su vello corporal por higiene, comodidad o alteridad estética solía ser evaluado por sus camaradas de género como un amariconado y, difícilmente, podría resultar apuesto a una mujer de su generación; en la actualidad, al varón que no se depile desde el gañote hasta las pezuñas, la mayoría de las féminas en edad de reproducirse y una proporción en aumento de los nacidos con pene lo invalidarán como sucio, descuidado, asqueroso, cual si fuese un organismo apestado o el portavoz de un repelente anacronismo.

Testimonio multitudinario de inanidad antes que contribución a la complejidad de los perfiles privados, uno de los problemas contemporáneos más insoportables, merecedor de provocar enfurecimiento a todo individuo que ame su soberanía frente a la enajenación publicitaria, es que la sociedad está manejada por tendencias, lucrativos patrones de identidad agregados a la demanda pasiva de fetiches, que contagian con sus cíclicos cambios de apariencia las múltiples facetas de la actividad humana para que la estructura de consumo, deudora de la mentalidad mágica, permanezca inalterable funcionando al mayor rendimiento creíble. Aunque a rasgos generales la vida cotidiana se mostrase más sencilla antes, cuando las masas estaban adocenadas por tradiciones que convenían a otro régimen de producción de bienes, iconos y valores, los moldes que delimitaban la convivencia y los programas que regulaban la forma de relacionarse no eran menos sofocantes para la conciencia crítica, ya que la tradición poco difiere de una tendencia anquilosada en la costumbre que se reverencia por su iterativa resistencia al desgaste, signo de aguante a la mutación cultural que proyecta para muchos un horizonte casi mítico cuyo carácter normativo da la impresión de ajustarse lapidariamente, de principio a fin, al espíritu intemporal de lo que debe ser.

Indefinidos por condición o condicionados por indefinición, venimos a ser inconclusos para la peripecia. Ninguna tradición, por sagrada que se la precie, sirve de escudo con sus precedentes contra los avatares de la existencia que cada uno debe padecer, recorrer y, en el mejor de los casos, comprender, reinventando las claves de su asimilación; ninguna tendencia, por sugestivo que sea su realce, proporciona mayor sentido que el absurdo convenido como simulacro de aceptación. Cancaneando con el diapasón estridente de las nuevas tendencias o arrastrándose al compás percusivo de las antiguas tradiciones, el humano demuestra siempre su insalvable disposición para alabar la vigencia de la estupidez.

Quienes comentan con desenfado este veraniego recreo a orillas del Sena donde los bañistas acudían a compartir banalidades entre chapoteos, no advierten la ironía de Monet, que atravesaba por entonces un periodo de angustia vital en el que no faltaban las estrecheces económicas. El título, La Grenouillère, significa charca de ranas...

12.6.13

CF. CATABOLISMO

A María y Pablo, por sus armónicos tras un anochecer desafinado

La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor los consuela de lo que son.
Anónimo atribuido, de mayor a menor frecuencia, a Winston Churchill, Francis Bacon, Oscar Wilde y Quevedo. 

Salgo a tirar la basura —debo deshacerme diariamente de un impronunciable rastro de secuelas para que otros crean hacer— y advierto a un hombre de cáscara negra que se aproxima en dirección al parque colindante acompañando a una niña blanquísima de talla inferior a cualquiera de sus antebrazos. Desde la perpendicular, el abisinio me enfoca con visible reojo hasta que empiezo a sentirme timbrado por su atención de escleróticas bermejas, desperezándome un principio de aspereza territorial que aprovecha para atizarse una santiguada. Puede que se trate de un monomaníaco católico y, estando por concluir el enjambre cerebral de su rosario en el instante de cruzarse conmigo, haya transmitido a su mano de los oficios una urgencia hipercinética para no contaminar el mantra gemebundo con mi aparición; o quizá sea uno de esos machos que temen quedarse calvos —conjetura avalada por sus entradas— y haya persignado las ralas razones de su inseguridad al divisar una cabeza desbrozada como la mía para impugnar el apercibimiento que represento, aunque tampoco quiero dejar de escariar otra posibilidad menos mundana que las anteriores: como un Baltasar extemporáneo camuflado en holguras de chándal, al entrar en el campo psíquico de mi presencia el tipo ha reconocido de quiebro la sarmentosa imagen de Dios... o del Diablo, si es que alguno de ellos vale por separado una pestaña del Jano maniqueo que forman juntos. En todo caso, no hay modo de esculcar el mensaje de su gesto sino al candilillo de la religión.

Cuando el misterio finaliza, comienza la atracción de feria.

Apolo y Marsias de Bartolomeo Manfredi trayendo a escena la desolladura del sátiro a manos del divino jefe de las musas.

11.6.13

EL CANDIDATO

La ironía es la flor de la libertad de espíritu, es el arma más sutil y más eficaz contra el prestigio —prestigio quiere decir engaño— del principio de autoridad y contra la disciplina sin magisterio.
Miguel de UNAMUNO
Discursos y artículos

—¿Adónde vas, peregrino?
—Vengo a olfatear la miel de estos campos antes de que el verano se la libe. Y a tentar al águila que anida por aquí cerca y midió su envergadura la otra tarde echándole vuelo avizor a mi cometa.
—Mal rayo te parta si entiendo algo.
—Este lugar me merece y el arrendajo, que se calló la alarma, así lo confirma. Da gusto quererse mientras uno se sumerge en la maraña de esta brisa juguetona que exprime la reverberación de las flores en cuyo canto tardío, como una espuma rumorosa de silencios, colorea la alegría de contonear la conciencia, ¿no cree?
—¿Qué has fumado, chaval?
—En la noche a la que puse en celo de madrugar un sueño de trompicones he amansado a una mujer que ardía como cien Nagasakis. Aparte de los retazos de este triunfo extintor, no llevo más munición en sangre que las ganas de pasearme lejos del polvo pateado de la vereda.
—Aquí no se puede estar, lo pone bien clarito en el cartel: «Finca particular. Acceso restringido al personal autorizado».
—¿Está usted autorizado?
—Soy el guarda.
—Y yo el nuevo dueño, si a eso vamos.
—Muy gracioso. No te muevas, tengo que hacer una llamada.
—Hágala y márchese pronto, no quiero intrusos en mis montes, sobre todo si se encopetan de postizo llevando al hombro la hombría de una escopeta.
—Falla la cobertura. Lo intentaré más tarde.
—Di orden de retirar la antena de telefonía que se alza en Juntavientos. Supongo que los operarios han sido más diligentes de lo que esperaba.
—¿Quién dice que es usted?
—Me parece que aún no se hace cargo de la situación. A partir de ahora, seré yo quien haga las preguntas. En primer lugar, quisiera saber cuándo desaparecerá de aquí. ¿O acaso cree que le voy a remunerar el salario correspondiente a la semana transcurrida desde que el notario remozara a mi nombre la fe de las escrituras?
—¿Cómo?
—Le explicaré lo que su responsable inmediato debería haberle comunicado antes de llegar a imponerme su prescindible presencia: me llamo don Ernesto Silvestre y el suelo que usted pisa en estos momentos me pertenece.
—Comprenderá que me resista a tomarlo en serio sin un documento que acredite su aserto.
—¿Desde cuándo y con qué derecho el empleado exige explicaciones al propietario? Créame, estoy siendo más que paciente con usted.
—Tiene que tratarse de un malentendido.
—Desde luego, un malentendido que corre por entero de su parte.
—Mire, no quiero causar problemas, solo desembrollar este lío.
—En tal caso, ¿por qué no me echa de aquí?
—Señor, mi obligación es...
—¡No se hable más!
—Podría tratarse de un impostor.
—¿Me está insultando?
—Oiga, que no hay ánimo de ofender, pero debo averiguar...
—Haga el favor de esperarme en su caseta. Le aseguro que todas sus dudas serán disipadas. ¿Me permite?
—Allí estaré. Por su bien, no se demore.
—Perfecto. Únicamente me falta exponer una información crucial que le concierne.
—Dígame.
—Para su antiguo patrón, que permanece a la escucha gracias a este transmisor, usted nunca ha reunido las dotes adecuadas para el puesto. Ayer mismo me propuso quedarme con la plaza de agente forestal que usted ocupa si, valiéndome de la persuasión de mi palabra, conseguía que me franqueara el paso tras ser sorprendido en los dominios cuya custodia tiene encomendada. Como ve, eso es exactamente lo que acaba de hacer. Le comunico que a partir de este instante, según lo acordado, está despedido.
—¿Es una broma?
—Para usted, ojalá lo fuera. Recibir la noticia de labios de quien lo ha desplazado le resultará tan feo como azotar a la propia madre con unos calzoncillos jaspeados de semen. No es nada personal, se lo aseguro; el mercado laboral exige competitividad y usted se ha relajado hasta el punto de que justificar mi engaño con su desconfianza.

Yacija titilante de corolas y tiernas yerbas para atenuar las bobadas del poeta.

8.6.13

LA ISLA DE LOS NECIOS

No sentía sed ni hambre. No sentía nada, aparte de una indiferencia general por la vida y la muerte. Pensé que me estaba muriendo. Y esa idea me llenó de una extraña y oscura esperanza.
Gabriel GARCÍA MÁRQUEZ
Relato de un náufrago

Me hubiera gustado encabezar la pieza con la frase que Romain Rolland depositó en su Clerambault, novela que narra las antinomias de su protagonista, un tipo pacífico y sensible, cuando es empujado a la guerra contra el invasor; sin embargo, al haber amanecido estampada en un blog cuya calidad aforística invita a posar con frecuencia la mirada, la deshojaré de segundas intenciones para que no se me acuse de plagiario: «Todo verdadero hombre debe aprender a quedarse solo en medio de todos, a pensar por todos y, si fuera preciso, contra todos». Así es, en efecto, como me veo de ordinario entre mis coetáneos, y así fue como no pude evitarme ser visto en cierta ocasión fértil para criar presunción de personajes. Se me exigió el trámite de rellenar un cuestionario que, al parecer, serviría de carta de presentación y salvoconducto para moverme libremente por un sitio dedicado en exclusiva a establecer reinos de taifas sexuales. A las pocas horas de mi recorrido, la previsible decepción se cumplió, y como cualquier empresa alimentada con el combustible desmañado de la concupiscencia, comprobé que los acordes insinuantes de su escenificación publicitaria prometían más intensidad de la que realmente favorecían sus apretados confines, infestados de travestidos, vestales con remiendo, hetairas sin remedio y nuncafollistas, pero esta objetable industriosidad de fiascos promete bocado para otro pasto...

Siendo corriente en su planteamiento, obtener el moliente de una de las preguntas del mencionado sondeo me dio demasiadas excrecencias en las que cavilar: tres cosas para llevar a una isla desierta. De entrada, aunque sea obvio, quise entender que desierta se refería por adjetivación a un lugar despoblado, no al territorio donde lo mineral ahoga lo biológico. Tomando como válido este punto de partida, la cuestión no resultaba, ni remotamente, fácil de dirimir, pues a poco que se la explore nos sorprenderemos implicados en enormes desafíos lógicos que desencadenan, a su vez, nuevas series de interrogantes, a cual más capcioso. Para contextualizar correctamente la pesquisa, habría que determinar si se trata de un retiro voluntario con posibilidad de regreso tras un plazo concretado de antemano, o si se ha llegado a la ínsula a consecuencia de un exilio impuesto por circunstancias adversas, quizá huyendo de una hecatombe o cumpliendo una condena de ostracismo. Al mismo tiempo, centrándonos en la estricta semántica del asunto, ¿qué hay que objetivar como cosa? ¿Un dispositivo integrado por varios elementos, como por ejemplo un ultraligero con el depósito lleno, constituye una sola cosa o hay que rechazarlo por ser un complejo de muchas con funciones claramente diferenciadas? Si hacemos predominar la simplicidad rechazando, por continuar con mi variable, cualquier vehículo apto para volver al continente por aire o agua; si aceptamos que quedaremos excluidos del mundo durante un lapso indefinido —es el espectáculo que todos esperan, ¿no?— en una latitud provista de flora y fauna clemente; si las tres cosas que constituirán nuestro breve equipamiento deben ser cómodamente transportables por la fuerza de un solo hombre, nos situamos frente al problema de la subsistencia con sus dos vertientes principales: la relacionada con las necesidades puramente somáticas, y la anímica. Atendiendo a la primera, un cuchillo Bowie, un encendedor y un saco de dormir serían muy útiles, sobre todo porque en la entretela del último podríamos ocultar una Biblia —vale, no cuela—. No menos interesante sería llevar un lote de semillas —cereales, hortalizas y plantas medicinales— aptas para crecer en el clima isleño, que por otra parte tampoco servirían de ayuda si mientras tanto no tenemos con qué alimentarnos, ¿o se nos supone una destreza innata para cazar, pescar y reconocer vegetales comestibles entre otros muchos tóxicos para el organismo, despreciables por su falta de nutrientes o desagradables al paladar? Con franqueza, creo que lo que en ningún caso debería faltar es una dosis letal de morfina por si nuestras tentativas de supervivencia se frustran. Mejor morir con santidad opiácea que perecer de ímproba consunción. Y para los consuelos y distracciones del ánimo, la verdad, no me veo auxiliado en los paraísos digitales de un smartphone, un ipad, un ereader o cualquier otro ingenio de pantalla hechicera que pudiera recargar con un pequeño generador solar. Enjuto de carnes y frondoso de pensamiento, ni siquiera tendría necesidad de libros para nutrir la soledad de mi espíritu. Sería estupendo poder afirmar que me bastaría la contemplación del firmamento para cubrir este menester; estupendo y, además, completamente falso. Sabiendo que lo mejor es que lo peor está por llegar, pronto me cansaría de obligarme a fingir una razón vital para seguir; no por ser propenso al pusilánime desdén, sino porque con denuedo o sin él, ante una situación donde la única recompensa es ir durando maltrecho, nada habría ya que desdeñar. 

Como provisión llamativa de los restos de un naufragio, me vienen a la memoria algunos retales de un ensayito de Stanislaw Lem que leí cuando era viejo. Incluido en su poliscópica colección de relatos Vacío perfecto, en él se analizaba la experiencia de Robinson, el famoso personaje de Defoe —prolongado por la imaginaria versión de Marcel Coscat—, como la alucinación de un ser hambriento a nivel cognitivo de participar en las convenciones de la teatralidad social, por lo que su excepcional aventura vuelve a ser interpretada en clave de autosimulación. Según esta premisa, Viernes fue uno de los inventos suplementarios de su psique para hacerle más soportable la crudeza del aislamiento, que en una fase inicial le induce a sentirse asediado por desconocidos que lo solicitan en sueños para formularle consultas cuya solución ignora hasta que ellos mismos las zanjan. Carente de contacto con el prójimo, el abandono terminará por deslizarlo hacia un estado extremo habitado por criaturas emergentes, producto de multiplicar vigilia hermética y afanosa ensoñación, en el que sus visitantes figurados adquieren entidad propia. «Puesto que estoy solo —comenta el Robinson que Lem atribuye a Coscat—, no tengo que hacer caso de nadie; pero, como sé que para mí la consciencia de estar solo es un veneno, decido no estar solo. Reconozco que no me puedo permitir el lujo de la presencia de Dios, lo que no significa que no me pueda permitir la de Nadie». Meditar en esta especie de síndrome de abstinencia civil me ha hecho el exhecho de concebir otros derroteros distantes de la urgencia original de entregarme por vencido en la respuesta. ¿Tres cosas para llevar conmigo? Puede que una me colme: la fantástica certeza de que todo lo que hace humano al humano no es humano; el escabroso esfuerzo de haber comprendido que todo lo que el humano hace con el medio es un medio con el que se hace la naturaleza que lo contiene. En definitiva y a pesar de mis pensares, a una isla desierta me llevaría la colonizadora virulencia de un taumaturgo. Hipnotizaría la sede geográfica de esta Venecia sin gente grano a grano, hoja a hoja, bicho a bicho, para que estallara salvajemente convertida en un volcán que me hiciera un traje de lava a la medida.

¿Consentirían las femilistas que me llevara a una mujer como la Viuda india de Joseph Wright?

6.6.13

SALOMA PARA FICHAR

Me volveré contra vosotros y seréis derrotados ante vuestros enemigos; os tiranizarán los que os aborrecen y huiréis sin que nadie os persiga.
Levítico 26, 17

Vuelvo a ponerme el traje de faenar pasados para exhumar un documento sepultado entre otros cientos de archivos que nunca vieron más luz que el monitor donde a brinco de línea los concebí. Son gavillas de textos recogidos en una carpeta de interés disipable y, al recorrerlos, se perciben con los bandazos de su irregularidad los accidentes de un trayecto contraorbitante. En esta ocasión, recupero algo así como un carnet intelectual de actitudes y coordenadas de pensamiento que hube de enseñar o tuve a ocurrencia escribir para retratarme por dentro ante alguien que ya no recuerdo por fuera:

ARTE. Embellecimiento personal que combina horror y maravilla hasta alcanzar un estado mayor donde ambos polos se agudicen o resuelvan.

CIENCIA. Relativismo metodológico frente a empirismo racionalista.

COSMOGONÍA. Palingenesia entendida como el eterno vicio de regeneración de un universo increado. Sin ánimo de hacer afirmaciones inconcusas en este como en ningún otro asunto, vale la pena referir que, tras una de mis primeras aproximaciones extáticas al conocimiento simultáneo de todos los puntos de vista, agotado de abrirme al torrente inefable, escribí:

«Cuando el universo toma conciencia se suicida; no sin probar antes el hastío de la divinidad».

ÉTICA. Individualismo de temple estoico que procuro mantener elástico en perspectiva y matizar con esa elegancia epicúrea para la cual todo placer es loable si no impone mayores dolores.

FILOSOFÍA. Escepticismo por activa, por reactiva y por pasiva que busca desbloquearse, al mismo tiempo, en el pragmatismo.  En cuanto al libre albedrío, que es el callejón sin salida al que conducen el resto de las disquisiciones, matizar que supone una frontera mental insuperable. A nuestra inteligencia, condicionada para ser operativa a niveles biológicos, le está vedada la experiencia directa de lo que apenas puede deducir en abstracto. No es verificable ni, desde luego, aprehensible la concepción, argumentada con lógica, de que la realidad funcione como un sistema de causalidades de tal manera organizado que el azar sea solo una creencia derivada de la incapacidad para captar cuantas variables intervienen en un escenario de acontecimientos del que, no se olvide, el sujeto interrogador forma parte. Como cualquier observador humano (o hecho por humanos) no tiene, por definición, forma concluyente de obtener la certeza necesaria para asegurar si la realidad está determinada o, por el contrario, es aleatoria, la incertidumbre ha de extenderse también a las posibilidades de desarrollar un método fiable de predicción que logre resolver la incógnita.

MEDICINA. Apuesto por la calidad vital frente a la conservación. Así como la paz es una burbuja de calma pasajera dentro de la guerra, considero que la salud lo es de la enfermedad, que a su vez lo es de la descomposición orgánica. Concepto dinámico que implica una fisiología de antagonismos integrales, la salud consiste en un proceso de sobreponerse a la propia existencia mediante continuas destrucciones y reconstrucciones. Tanto la capacidad de autolesionarse como la de autorreparar buena parte de sus daños constituye una característica común a los seres vivos dotados de un mínimo vigor.

MORAL. Inmoralista en el sentido de abogar por reducir al absurdo de cualquier tentativa de achicamiento moral de la complejidad real. Todo es cuestión de fe para el que no sabe abrir los ojos; todo resulta peligroso para el que espera recibir castigos. La ambición agita el mundo y el miedo evita que se desborde.

POLÍTICA. En un mundo de falsedades consagradas como esas madres de Dios de sexo precintado, o esos dirigentes parlamentarios amputados de conciencia y responsabilidad, asumo el suntuoso deber de no dejar títere con cabeza. Y puesto que rara vez estoy de acuerdo conmigo, salvo en que una galbana cualquiera es menos incorruptible que la participación en el proyecto político más luminoso, suelo decantarme de la actitud vacilante al salero vacilón por un nihilismo combativo a la rusa cuando se me nubla estrafalaria la visión de un despotismo ilustrado que sintetice benignamente, con una pujanza inmune al delirio, la experiencia de los sistemas previos y tenga presente el conocimiento antropológico del hombre más la fractura histórica de su naturaleza, escindida entre el absolutismo de las pasiones y el rechazo alérgico a las utopías, entre las convulsiones del cretinismo temerario y el voluble apocamiento de la inteligencia temerosa. Mis estados más desafectos hallan su correspondencia en el simpático anhelo del suicidio colectivo, pero cuando la alegría impulsa mi imaginación, puedo elaborar teorías fascinantes, como la expuesta en... Lo siento, no quiero que me arresten por fantasear, que es mi forma de inspirar cambios radicales. Los sueños del poder surten monstruosas realidades para escapar de su atracción.

NACIONALIDAD. Cualquier enclave de beatitud donde la percepción se desasga de su vieja armadura y pueda renacer incrementada.

RELIGIÓN. Destino inscrito en el sueño de la materia. Adaptación a la fatalidad que gobierna este mundo incognoscible, depravado (la mayor parte de la humanidad, en cualquier momento histórico, habita durante la mayor parte del tiempo en alguna forma de calamidad) y carente de propósito a pesar de lo que sugieran las irrealidades construidas por nuestros antepasados que, como un legado mágico, empleamos para compensar la dureza de las evidencias.

VOCACIÓN. Coñomante, profeta de los últimos partos y psicopompo de los continentes perdidos en la biblioteca sináptica de la realidad.

Cabeza de Medusa condimentada al arbitrio de Rubens, el célebre apóstol pictórico de la celulitis, como puede constatarse en su Baco.

5.6.13

QUE DIOS NOS PILLE ARMADOS

El principio de legitimidad ha terminado por convertir las leyes en pastelería industrial y a los gobiernos en pasteleros de malas hostias.
Raúl SÁNCHEZ

En Europa, no se vivían tan buenos tiempos para la lírica desde los romances de Stalin con el gulag. Con el chantaje de la seguridad ciudadana y las coacciones de la estabilidad presupuestaria, que se agravan con el imperativo latente de preservar nuestras aparatosas ruinas a la posteridad, cualquier atentado contra las generaciones  presentes es factible; uno de los mayores, por la ilegítima legitimación de hechos consumados que exuda su planteamiento, señalar como terrorista al disidente mientras no consiga demostrar lo contrario, sea por sus acciones reacias a ensalivar las almorranas del cacique o por las pretensiones de sus salidas tangenciales de pensamiento. Prueba de ello, el actual equivalente a la ley Corcuera de 1992 para perseguir sospechosos a través del ámbito virtual, una nueva parida desabortada por el ministro Gallardón que, siempre tan clueco, siempre tan encrestado, se propone cacarearnos después de haber exprimido su agenda de devociones hasta encontrar su inclusivo Monte de los Olivos en nuestras libertades. Aunque lo vemos desatado, es el mismo poco gallardo zorrón sobre el que Juan José Millás advertía, hace varios años, que «si unos extraterrestres de derechas hubieran diseñado un Caballo de Troya para invadir la Tierra, les habría salido Ruiz-Gallardón». Por entonces, parecía un personaje que quintaesenciaba con paciencia la sal y el azúcar de la política morigerada, un tartufo metódico comparable en su trayectoria individual al catálogo de desdoblamientos morales que el Vaticano oferta dentro de las instituciones de referencia consagradas al animismo de lucro. Desde el principio, cuando empezó a descollar, anticipé que siendo un cánido de los de tragarse el ladrido por gruñirlo para sí, habría de esperarse lo peor al menor ataque propicio por la espalda. Otro hazañoso segundón en la línea trapacera del difunto Generalito o de Aznar, el androide de microprocesadores gorjeantes. En España esto nos pasa (y digo esto por evitar hablar de sodomización civil) porque estamos desrazados, interaislados, arrojados al terruño como expósitos de nacionalidad. Cualquier estudioso del ruedo ibérico sabe que la expansión a fuerza de mestizajes se ha usado desde antaño como una herramienta natural de conquista con la que roturar política y culturalmente los territorios patrios, en un primer avance los peninsulares, seguidos con diferente grado de éxito por los archipiélagos y las abandonadas colonias imperiales. Más aún que en las fecundas regiones de ultramar que dieron motivo a Carlos I para flipar según ley de pureza alemana el lema de nuestro escudo, aquí se ha hecho país a golpe de extractivas cruzadas y apaisados cruzamientos, de santos tribunales y devotos cipotazos; por aquí, yo el primero, todos somos odaliscas con genética ladina de término medio procedente de cristianos viejos, judíos obsesivos, musulmanes rijosos y corsarios berberiscos, por no rememorar las lechadas acumulativas de suevos, vándalos, alanos, gitanos, romanos, cartagineses, celtas, íberos, griegos y fenicios, a las que habría que añadir las recientes incursiones de moros, chinos, rumanos y primos bastardos de las Indias latinas. Gazapo tras gazapo, que para eso se trata de un solar cuniculoso (Hispania significa lugar abundante en conejos), inseminaciones las hay en esta piel de cornudo para todos los disgustos.

«Sólo los ricos pueden permitirse el lujo de no tener patria», señalaba Ramiro Ledesma, quien además de escribir bien y pensar a su aire revuelto de motocicleta, tenía como cierta la muy pertinente premisa de que «la oposición a la democracia burguesa y parlamentaria es la oposición a los poderes feudalistas de la sociedad actual». No escasamente se han exagerado las bondades de la demagogia parlamentaria a petición de las cúpulas mimadas por la economía capitalista durante la última centuria; quizá más que el agigantado esputo de tergiversación contra las estrecheces del feudalismo medieval estirado por las plumas de los principales ideólogos de la modernidad. Desbastemos, por tanto, la comparación hecha por Ledesma: antes que un remanente feudal, esos poderes que denuncia en la sombra del régimen burgués obedecen a racionalizados criterios instrumentalistas, precarizadores, que se desentienden cristiana o científicamente, tanto da, de sus reemplazables vasallos.

Encontrando lo que no buscaba, he vuelto a recordar la observación que hizo Gracián acerca del carácter de sus paisanos: «Abrazan todo lo extranjero, pero no estiman lo propio. No son muy crecidos de cuerpo, pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria, y trasplantados son mejores». Cuando alguien me pregunta por qué no tengo hijos, suelo responder que no encuentro un padre digno; cambiando el género del progenitor, contestaría de igual manera si me inquiriesen por qué me aflijo forastero en mi rimbombante cortijo natal. Desarraigado en cualquier suelo salvo en la Luna que no piso, hay días en que me siento tan patriota que quisiera sumar al cielo, cabeza por cabeza, a los tratantes de ruindad que nos restan en sus macelos por el productivo gobierno del interés general.

Así como aquí abajo, arde arriba el Apocalypse de Albert Godwin.

3.6.13

ROMANZA DE UN REPTANTE

El hombre sensato se cura de la ambición por la ambición misma.
Jean de LA BRUYÈRE
Los caracteres o las costumbres de este siglo

Me quisiera grande en la prosperidad y aún mayor cuando la suerte me sea hostil; gustaría de aderezar el talento de emprender acciones valerosas y poder bruñir con orgullo las infames que he decidido no hacer, mas nadie hay tan excelso a sus semejantes que merezca la salvación, ni ninguno deja de proporcionar motivos para que otros bailen jubilosos sobre su tumba.

Con méritos que no son de víctima ni de culpable, hermosea en sus atributos la maja de El pecado de Franz von Stuck no menos que el bienaventurado ejemplar de culebra de escalera con el que he tenido la fortuna de coquetear esta mañana.



2.6.13

ANAMNESIS

El hombre enmascarado es siempre un monstruo subdeterminado, o sea un híbrido en el que unos valores pertenecientes a seres dispares van a unirse confluyendo en un conjunto nuevo.
Massimo IZZI
Diccionario ilustrado de los monstruos

Las pesadillas lucen zopencas y sinuosas maneras de cumplirse. Ayer salí un rato para acompañar a un amigo que festejaba sus treintaitantas lapidaciones en un bar de calculados desaliños donde otro carnal ofrecía una sesión de fibroso rock & roll. Asistimos al evento cuatro mininos coribantes y pronto arrumbé mi estampa de osario en casa, pero antes, cuando empinaba mi tercera y quizá última cerveza, hizo entreacto subterráneo de presencia el cronista más cojonero de la hez y roña de nuestra ciudad. Frente a frente, él armado de una sobriedad aparente con su botella de agua desnaturalizada y yo parapetado tras el tibio desdén de una incipiente narcosis, me preguntó si era usuario de internet con la actitud de quien se dirige a un carcamal queriendo averiguar si sabe leer. Gracias a un súbito automatismo recordé que en noches previas soñé que el mismo personaje, convertido en un enquistado sosias inquisitorial, me calificaba de «retrocognitivo polifuncional» a título de reproche por mi frecuente consumo de alcohol, amonestación que se insertó como mero episodio anecdótico dentro de un tinglado argumental que ponía a prueba mi lucidez con pruebas que, por pereza, no voy a relatar. Celebré para mis cavernarios adentros la coincidencia, a la que le negué la hospitalidad de participar por una razón muy sencilla: en este desafuero de sonrisas falsas y puñaladas honestas que es la vida social, su interpelación no pretendía descortezar una conversación sustanciosa o siquiera polemizar provocando un desacato a mi talante cordial, sino solo la prescindible arrogancia de darle postín retórico al engendro de su nuevo cotilleo ciberinoculado. Sin embargo, raro es el azar carente de filosofía y ahí queda plasmado el hecho como una certeza inverecunda de que la realidad, fiel a ninguno, acostumbra a dar menos de lo que promete a la imaginación, que siempre la borda porque la desborda.

Por aquello de reconducir la precognoción hacia su nicho narrativo aunque parezca austera remembranza vista desde una estancia ulterior, tenía intención de argamasar esta obertura con otro acontecimiento que me ocurrirá a no tardar en demasía. Que nadie se altere, en consecuencia, por el imperfecto futuro de las acciones y acéptese que me seleccionarán para un experimento realizado a expensas del Kinsey Institute que consistirá en relacionar dos conjuntos de imágenes, suministradas aleatoriamente por separado, con los rostros y las vulvas de cien mujeres escogidas entre edades y grupos étnicos distintos. Contra todo pronóstico —la raíz libidinosa de mi encéfalo se autoinculpa por mi nada ingente historial sexual—, de los mil varones participantes seré el que logrará un mayor número de aciertos, ochenta y tres para ser exactos. ¿En qué se basará el secreto de mi habilidad? ¿Existe acaso una secreta equivalencia figurativa entre la forma de los labios de la boca y los del sexo, como sugieren los peritos en recolectar el néctar de tan sublimes cálices? Me reservaré el canon del misterio, especialmente porque en reconocimiento oficioso a la finura de mi capacidad de conjugación sensorial lamentaré las secuelas de intimar con una de las hembras más bellas retratadas para el estudio, que a la sazón estaba empleada como azafata en una de las sedes de la institución. Será otro caso de redundancia ejemplar que me casará con el único deseo de gustar —así de simple y rotundo— que pediré al rayo una vez caiga sobre mí, partiéndome la historia, sin recordar el didáctico desenlace de la olorosa novela de Patrick Süskind. ¡Venga a nosotros tu reino de fluidos ardientes; hágase lúbrica tu voluntad en la piltra como fuera de ella; danos hoy, engullidora, nuestro coito de cada día! «Hasta las flores nacen de un polvo entre el sol y la tierra», observó D. H. Lawrence; le faltó precisar que si bien la violación es mutua, incluso en la inocencia de una amapola la tierra vence al cielo y el mayor botín de su victoria se verifica en hacernos creer que la materia puede ser espiritualizada...

Si por su flanco abierto a la intemperie el espíritu se halla amenazado por las fuerzas disolventes del caos que conforman la realidad en la que brota desprevenido de todo sentido, desde la más ajetreada matriz de la misma caen sobre él los sentidos declarados que componen la trivialidad embalsamada con los miedos de las generaciones precedentes, un curso de temores donde corre el riesgo de perderse creyendo estar a salvo. Entre la urgencia de dotarse de sentido y la constatación primordial de su ausencia, entre el abismo epistemológico y el molde cultural de las significaciones acuñadas por otros, cada uno debe experimentar sin auxilio ni tutela la tensión desgarradora que se establece o huir de pensamiento en sentimiento hasta que le acierte la cierta. Vanas son las esperanzas que anuncian en el sinsentido literal de las cosas la expresión literaria de un sentido oculto. El mundo dado de lo pensado es un cadáver enterrado a medias, el cuerpo intraducible de lo que quiere ser retirado de la atención. No hay que interpretar el más allá como una escatología; el allá no más está en el origen, representa la irrupción dolorosa de una oscura poética. Por ello, morir es retornar al principio subyacente y el sufrimiento biológico late inmanente, una ebullición de todo ser en su ser no sujeta a evolución que se manifiesta como la enseña de un accidente cósmico inaugural.

Fiebre áurea, trance blanco. Cada partícula aúlla en el organismo que la aprehende como el perro en El minero muerto, un lienzo de Charles Christian Nahl.
 
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