25.2.13

HORIZONTE DE MEMBRANAS

A Bea, por su infinita comprensión

Llegado a ese momento tan importante, ojalá no tema a las legiones de las divinidades pacíficas e iracundas que son mis propias proyecciones.
Bardo THODOL
El libro tibetano de los muertos

Oscilante y múltiple para quien está dentro, siempre incógnito a la observación y el padecimiento, se mire por donde se mire el cosmos parece una broma macabra, un galimatías cruel, una burla errabunda que pesa eternamente sobre la tragedia concreta de cada uno de sus actores. Desde que una experiencia traumática me convalidara en este plano a mi condición actual, me ha gustado especular que la muerte, por cerrar al círculo que se inició con el nacimiento, deja el tiempo abolido y restaurada en su plena curvatura la imagen original de la existencia en la que el ser se extiende en simultánea conexión con todo lo que fue, permitiéndole fundir potencia con memoria, presencia con virtualidad, variación con repetición, hasta completarse recorriendo en un instante absoluto los eventos dimensionales atrofiados, las ramificaciones de las vidas que pudo tener; mas ahora, cuando he apurado sin convicciones la poética de mi visión, tiendo a representarla como el tránsito imparable hacia el otro lado del espejo, una diástole que nos devuelve por su reverso a la sístole del devenir, donde seremos proyectados en sentido regresivo para arribar de nuevo al alumbramiento, ese otro extremo desde el cual se reanuda el ciclo... ¡Y al diablo de las fluctuaciones cuánticas con la segunda ley de la termodinámica! Mientras una parte se ilumina, la sombra generada oscurece otras siguiendo un modelo sostenido de expansiones y colapsos que, a escala de mi apariencia, apenas puedo concebir: por eso sé que es real.

Struggle de Bradley Jay.

23.2.13

HIPERESTESIA

El espíritu sólo conquista su verdad cuando es capaz de encontrarse en el absoluto desgarramiento.
Friedrich HEGEL
Fenomenología del espíritu

Me desayuné campeón las perezas hogareñas al enrolar en mi organismo la primera centella en asiduidad de las cuatro que completan mi rebotica solar —café, guindilla, vino, M—. Una llave que abre tras otra que cierra, y alguno de los seis cilindros en línea de mi rompehuesos volvió a toser las humedades de su descanso roncado a la intemperie. En la tiara celeste, las nubes remedaban al raso despejado con un zarco carente de lacras al que había que mirar más de tres veces para sacarle su falsa impostación bajo un pantallazo de tropopausa que no impedía a las radiaciones del mediodía trazar el alto contraste de mis arrugas interiores, sólo comparables con las muecas de las sábanas que despedí deshechas y con un llameante refrendo de carmín. Fuera otra vez del carricoche, que aparqué con una esgrima de volante digna del travieso Steve McQueen, una tórtola camino de la hiperglucemia se hizo injuriar como la opulencia de un Papa por una deyección de mampostería que fue a colgarse de la cornisa de mi sombrero galán, el que muy sacrificadamente forré de vello púbico durante años de recolección entre las gratitudes lúbricas de mis mejores amantes. Dicen que la segunda siempre va en pos de la tercera, y el jitano con jota de joder al paisano elogió desde su castillo de esquina mi condecoración accidental mediante una jerga irreproducible que denotaba el hábito de hacerse ofender. No soy veloz en las réplicas, y me tragué la alabanza sin afectar interés en comprender las causas pretéritas para llorar un genocidio insuficiente, aunque sí las emanaciones sofocantes que desde su carretilla de ajos mantenían a distancia mi naturaleza, que ese día, como si ya fuera de luna, amaneció vampiresca y un no obstante dadivosa para seguir anunciándome en el intermundo como donante de semen con fines no reproductivos, porque, lo sepan o no, todas las mujeres que avizoro por deseo pertenecen al serrallo de mi imaginación, donde en mi incorregible espiritualidad de rezacoños las someto a juegos de extravagancia acrobática con la esperanza de incitarlas a soñarme de esa suerte en la realidad, cuyos absolutos tienen al menos la ventaja de ser más oxidables a la sensibilidad que empieza a dislocarme de privanza justo por el centro impenitente del arco triunfal.

Ilustración perteneciente al cómic The Story of Gardens de Kuba Woynarowski.

21.2.13

TRISTES LISTEZAS

Me sobraba inteligencia, pero inspiraba desconfianza. Dondequiera que fuese fomentaba la discordia; no porque fuera idealista, sino porque era como un reflector que revelaba la estupidez y futilidad de todo.
Henry MILLER
Trópico de Capricornio

¿Qué es preferible, ser listo y no parecerlo o parecerlo y no serlo? En un emplazamiento aséptico, esto es, irreal, una gran inteligencia está capacitada por naturaleza para resolver más problemas de los que genera con su actividad y retroalimenta con sus inercias, pero al suscitar la envidia y la sospecha de los mediocres, que siempre superan en número a los extraordinarios, lo más probable es que se vea involucrada en toda clase de contratiempos que no podrá arrostrar por sí sola; se convertirá, gracias a otros, en un grave inconveniente para sí misma.

Listen del fotógrafo checo Marin Stranka

20.2.13

HOMBRES, MUJERES Y VICECUERPOS

Hay pocas mujeres honestas que no estén hartas de su oficio.
François de LA ROCHEFOUCAULD
Máximas

Me atenúo de juzgar a las personas por su físico, salvo que físicamente quiera algo de ellas, como es natural. Demasiadas mujeres se ofenden por ser apetecidas o rechazadas según su aspecto exterior, aunque raro es hallar a una sola a quien no le agrade sentirse bella ante ojos propios para mostrarse en confianza al cumplido ajeno; si esto les sucede a las más, debido a mi condición masculina encuentro absurdos los motivos por los que debería obviar los atributos que desean para sí mismas, a no ser que hacerles la contra sea lo que muchas pretenden a falta de mejores atractivos. 

Anticipándome a una poco improbable acusación de misoginia —¿yo, que adoro al otro sexo en mis sueños y vigilias aun después de gozarlo hasta el hastío?—, ni siquiera a modo de fallo generalizado tengo inconveniente en aceptar que me reprochen haberme convertido en lo que todo hombre es, un falo fisgón con momentos de cerebración, porque fue precisamente en un lance de fulgor cuando discerní que la facilidad con que se arguye este tipo de recriminación pone al descubierto una constante sintomática: no por asimilar los cambios más desbordantes las hembras dejan de ser iguales que siempre.

Raupture de Hannes vs Jana.

19.2.13

ASAMBLEA

Toma sin orgullo, abandona sin esfuerzo.
Marco AURELIO
Meditaciones

Cunde la impresión de que o uno acaba con el gobierno o el gobierno acabará con uno y, en verdad, el calamitoso estado de cosas da buenas pasiones y quizá mejores razones para opinar, cada vez con mayor ahínco, que para sobreponerse al desastre hay que ser monje o terrorista, lo que en ciertos lugares y episodios de la historia tiende a ser representado en un único papel. Reflexionando en mi actual trabajo sobre mi curre anterior —es lo que tienen algunos oficios manuales, te permiten levitar paralelamente en lo tuyo—, he recordado un incidente que a fuerza de vulgaridad redunda significativo para comprender dos concepciones radicalmente opuestas sobre la distribución de las suertes y riquezas. En aquella ocasión, debido a una reestructuración de la plantilla, hubo que organizar desde cero cada uno de los más de cincuenta puestos con sus respectivos cometidos. A excepción de los veteranos, que se vindicaban en los privilegios de su antigüedad en el centro para gozar de prioridad en la elección de las tareas que habían de asignarse, la mayoría estuvo de acuerdo en realizar un sorteo y establecer una rotación periódica para que todos tuvieran las mismas oportunidades de pasar por las diferentes funciones. Hasta ahí, ninguna divergencia había conjurado calorías para encender la hoguera de la discordia, hasta que se me ocurrió adelantarme a los hechos asegurando un bastión para mi libertad, que tal como me la formulo implica también la de los otros: propuse que una vez conocido el resultado de la rifa, se abriera un plazo razonable para que cada cual calibrase su fortuna y permutara de mutuo acuerdo su adjudicación con quien le conviniese... Lo de Pandora fue poco en comparación. Por encima de los dubitantes, que no eran pocos, se definió un sector claramente dominado por mujeres de armas tomar y cuerpos a ignorar que negaba la licitud del intercambio en nombre de una concepción finalista de la igualdad, por contraste con el otro, más heterogéneo y a la sazón mi abanderado, que preveía las ventajas de poder conjugar tratos ventajosos para ambas partes entendiendo como un preludio lo que el azar hubiera dictaminado. Nada tuvimos en común los polemistas, salvo acusarnos de querer implantar un juego trucado, y de nulo efecto fue mi facundia, ni siquiera se votó la moción, pues bastaron los cacareos de timbre fosforito para crear jurisprudencia y barrer la propuesta en minutos.

Si injusta es la desigualdad de cuna mantenida artificialmente, no menos lo es la igualdad impuesta de frutos, desenlaces y rendimientos. Puede que tuviera en mente algo parecido Pascal Bruckner cuando pronunció su ley de hierro a propósito de cualquier revolución: «Combatid la opresión, desconfiad de los oprimidos».

Como Diógenes con su farol, así de solitario vaga el monstruo en el afiche para la emisión sueca de Frankenstein, la película de James Whale que muchos recordarán por este acto de turbación.

18.2.13

LA CAJA SKINNER

El aparato disciplinario perfecto permitiría a una sola mirada verlo todo permanentemente. Un punto central sería a la vez fuente de luz que iluminara todo, y lugar de convergencia para todo lo que debe ser sabido: ojo perfecto al cual nada se sustrae y centro hacia el cual están vueltas todas las miradas.
Michel FOUCAULT
Vigilar y castigar

Skinner, el controvertido psicólogo conductista, afirma lo siguiente en uno de los párrafos finales de su ensayo Más allá de la libertad y la dignidad, una obra que a cuarenta años de su publicación aún puede ejercer una fascinación poderosa en el ánimo dispuesto a recibir argumentos capaces de levantar ampollas a las sensibilidades conservadoras: «El hombre autónomo es un truco utilizado para explicar lo que no podíamos explicarnos de ninguna otra forma. Lo ha construido nuestra ignorancia, y conforme va aumentando nuestro conocimiento, va diluyéndose progresivamente la materia misma de que está hecho». En líneas posteriores, se extiende: «La concepción tradicional del hombre es halagadora; confiere privilegios reforzantes. Por consiguiente, se la defiende con facilidad y sólo puede llegar a cambiarse con dificultad. Fue planificada con vistas a que el individuo quedara configurado como un instrumento de contra-control, y así resultó efectivamente, pero de tal forma que frenó el progreso. Ya hemos visto como las literaturas de la libertad y la dignidad, con su preocupación por el hombre autónomo, perpetúan el uso del castigo, al mismo tiempo que justifican el uso de técnicas no punitivas solamente débiles». Comparto los vectores generales de su análisis por el atractivo amoralizante, aunque discrepo con el valor progresista que le otorga a la ingeniería social, motivo central del libro; en todo caso, la programación consciente del animal humano habría que intentar justificarla desde la necesidad extrema de establecer un límite voluntariamente aceptado al crecimiento demencial, corrección que de ninguna manera llega a ocultar el absurdo que se presupone al atribuir a los tecnócratas encargados de diseñar los condicionamientos ambientales una clarividencia superior al representado por el colectivo que ha de experimentarlos y hasta de los patrones que rigen los sistemas complejos de la naturaleza, como son las sociedades, cuyos entresijos sólo estamos en proceso de engranar. Veo acertado al autor cuando puntualiza que «el hombre, tal como lo conocemos, para bien o para mal, es lo que el hombre ha hecho del hombre», y pasado de fecha cuando por muy científicas que barnice sus teorías acerca del comportamiento incurre en un entusiasmo ontológico más propio de un teólogo exótico como Theilard de Chardin o de la evangelización materialista al estilo de Comte; así, cree que «la evolución de una cultura significa un ejercicio gigantesco de autocontrol» y «todavía está por ver lo que el hombre puede hacer del hombre», perspectiva halagüeña a su entender que le da motivos para mostrar una erección de optimismo en un sermón de lo más florido: «Es difícil imaginar un mundo en el que las personas convivan sin pelearse; se mantengan a sí mismas mediante la producción del alimento, el cobijo y la ropa que necesiten; se distraigan y contribuyan a la distracción de otros, por medio del arte, la música, la literatura y los deportes; consuman solamente una parte razonable de los recursos naturales del mundo y eviten en cuanto sea posible la contaminación ambiental; no engendren más hijos de los que puedan criar y educar decentemente; continúen la exploración del mundo que les rodea y descubran métodos mejores de dominarlo; y lleguen, finalmente, a conocerse exactamente a sí mismos con eficacia. Con todo, por difícil que parezca, todo ello es posible, y aun el más insignificante signo de progreso debería proporcionar una forma de cambio que, en términos tradicionales, podría decirse que aliviaría la vanidad herida, eliminaría el sentido de desesperanza o nostalgia, corregiría la impresión de que “ni podemos ni necesitamos hacer nada por nosotros mismos”, y promovería un “sentido de libertad y dignidad” mediante la creación de “un sentido de confianza y valor”. En otras palabras, ese signo de progreso reforzaría cumplidamente a cuantos han sido inducidos por su cultura a trabajar en pro de su supervivencia». Yo no iría tan lejos... acusa pésimo gusto. Históricamente hemos llegado a un momento crucial sin precedentes conocidos: tenemos la técnica necesaria para seleccionar las características de nuestra especie modificando directamente los genes, y si para el creyente en alguna clase de árbitro universal puede parecer un disparate o hasta una ofensa imperdonable el intrusismo de la criatura en la obra del creador, es innegable que el hombre puede actuar ahora de este modo porque ha perdido por segunda vez su inocencia al adquirir la oportunidad de desarrollarse biológicamente como crea —matizo: probablemente, a riesgo de como crean los que intentan volvernos archiproductivos—, una labor de criba que antes se abandonaba a los azares de la procreación, la cual nunca ha dejado de ser una forma de alterar, por elección estética o por hábito de incontinencia, el patrimonio heredado por las generaciones sucesivas. Aclarado este punto, especialmente para prevenir contra la pacatería de los que viven abolidos de sí mismos en el prejuicio de algún credo soteriológico, debo insistir en que al ser la personalidad poco más que un mero trámite dentro de la empresa social según la fecunda el comprensivo utopista —«bajo un sistema perfecto nadie necesita la bondad»—, lo coherente para Skinner es que tampoco haya afán de entrometimiento o abuso de poder en la propuesta de un nuevo despotismo ilustrado que permita a los delineantes de la humanidad dirigir metódicamente el pensamiento. Jesuita por lo que insinúa en todo lo que calla, se perciben mejor los pliegues totalitarios de su catadura al advertir que en ninguna parte del texto se atreve a preguntar qué tipo de cultura es vitalmente más deseable, si una en la que la ineficacia de castigar la conducta criminal sea la consecuencia de no intervenir en la que se muestra respetuosa con los derechos individuales convenidos, u otra en la que se controle cada parcela de la vida individual, desde el nacimiento hasta la muerte, con la intención de reducir al mínimo la incidencia real de las conductas destructivas.

Segunda escena de la serie Dust de Olivier Valsecchi, porque polvo somos en las garfas de los expertos.

16.2.13

EL ESTILO DE LA CONTRARIEDAD

El simple hecho de que una opinión sea irrefutable, no implica en absoluto que exista la menor razón para creer que sea verdadera.
Alan SOKAL y Jean BRICMONT
Imposturas intelectuales

Olvidé mi nombre cuando se me cruzó el acto de escribirlo y en el tranquillo mismo de la sorpresa inventé un delirio impropio para encubrir el bochorno que comportaba mi verdadero delirio, esa incógnita todavía turgente en el momento de alzar los néctares y derramar entre vehemencias el desinhibidor que manchó con esa copa de menos la luna apenas guiñada en creciente. Al salir a los inviernos de la trasnoche, en la que fingí olvidar que ninguna caricia me esperaba a la vuelta, me impuse la solvente estrechez de mi abrigo hegeliano, engañador al tacto de su árida viscosa y más espacioso por dentro que por fuera, como descosido por el forro de un pensar que ganaría en mordacidad a una famélica colonia de polillas. Huía de esa actualísima sensación de acoso por la que se sabe a despecho de saberlo atajar que todo contribuye a la distracción, que hay demasiados focos para poder atender a uno solo como exige su apagón. Alguien —¿iba con alguien?— desenvainó por la espinal la palabra decrecimiento y hube de espetarle, un poco industrial, el taconeo torpemente aflamencado de mis botas tácticas inglesas mientras le explicaba, creo que por duodécima vez, esa teoría deambulatoria —peripatética, corrigió otro acompañante—, y quizá prestada, según la cual soy portador de un metabolismo ondulatorio que constituye un sínodo en sí. «Soy tan incorregiblemente liberal —me recuerdo decir—, que lo primero y después de todo hago sospechas de mi liberalidad en un juego que a falta de reglas confunde la magnanimidad con el hecho de ser cremosamente inapresable. Y si en asuntos de economía política el mejor impulso para una actividad comercial es el impuesto que no se le exige, la subvención más provechosa que pueda recibir la que no se le da y la protección menos insidiosa a sus intereses la que se limita a evitar que voluntades ajenas intervengan en ellos, en lo que se refiere a mi gobernanza, a pesar del nihilismo filosófico que me es afín, me mantengo en una ambivalente formalidad que aporta sus propias seducciones y benevolencias sin menoscabo de la más estricta discrepancia universal». Abandonado este aporte al viento, unos por otros y otros por unos, en un orden de factores que no es indiferente a sus operaciones algebraicas, nos hicimos llegar de mofa en efusividad a la capilla de Cloto, la tabernera de sonrisa hiperactiva, donde hube de descubrirme la tonsura ante los presentes que se jaleaban entregados a quién sabe qué lío de conmemoraciones recíprocas. Allí, disolviendo el burujo de mis recientes imprecaciones, a la de tres vidrios empinados contra todo derroche de perspicuidad —suelo concederme un cerebro de ventaja— di en cederme a comprender que en ausencia de pensamientos creativos y de escapadas duraderas, he entrado en la fase revisionista de mi historia, muy comparable en sus circunloquios a la situación baldía que atraviesa la cultura presente, que saturada de borborigmos en medio de la más explícita carestía de grandes filósofos y artistas, se ha especializado en producir críticos cuyo mayor mérito es hacer del pasado un combustible estupendo para la incineración del porvenir. Partiendo de este desasosiego por reinterpretar con otras claves —ni viejas ni nuevas, aunque deudora de ambas; ni vivas ni muertas, como en un ensueño— la heteróclita naturaleza de la existencia, no tanto para dotarla de sentido como para desfigurarla a fuerza de confrontarla con sus aporías y lograr, en los casos más agudos, que se traicione a sí misma inmolándose a la vista de quien la quiera mirar, lo más significativo de este proceso algo transido de exploración irreverente, que ni siquiera se desea fiel a su espíritu de autoexamen, es el vaciamiento del ser no por, sino gracias a la obra, que para eso se nos llenan de rutas de aseidad por donde el ingenio haría bien en resguardarse la coherencia de eludir cualquier posicionamiento, ganándose de antemano a la superchería por no quererse ganar o no temer perderse en los bretes de su dialéctica interna.

Una norma no impresa dicta que cuanto más bonita sea la camarera más fea será la música, y con el toque de abandono que la repetición del repertorio de disonancias estableció a partir de las tres, hora habitual en que secuaces y contragéneres empiezan a cruzar en masa la niebla de suponerse jóvenes y guapos, me apresuré al inodoro pisando dedos, nucas y hasta los restos de algún ave de corral que nunca batió sus alas más allá de la distancia hasta el siguiente humilladero. Según el estado general del atrincheramiento, a considerar entre una serie de factores para los que el raciocinio no basta como escuela, tuve que decidir si era más conveniente de espaldas a la galería disimular lo que hice dejando alzada la tapa o bajándola. «Dejad hacer, dejad pasar, el mundo va solo» y así lo aflojé a mi regreso porque uno tampoco se destroza por necesidad cuando sabe que ha nacido muerto; a lo máximo, se asume crecer sólo para comprobar hasta dónde le será posible descreerse. Contrariado ya antes de robustecerme a este lado positivo de la negatividad, probablemente desaparezca en un estilo que no acarrea auténticos peligros, ni en la ficción que toda expresión libera, ni en la realidad que todo dolor convoca: un muladar semiótico hacia el cual termina por dirigirse el que nada entiende, salvo que los demás son el cemento de sus introspecciones fallidas.

Fotomontaje escogido de la Caperucita Roja firmada por Anna van Gogh-Kaulbach. Para un psicoanálisis de este cuento, os remito a la página 188 del ensayo de Bettelheim.

14.2.13

ANAGAMÍN

Habría valido la pena, 
arrancar de un mordisco el asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
y echarlo a rodar hacia algún interrogante abrumador.
T. S. ELIOT
Canción de amor de Alfred Prufock 

¿Por qué no hay altares para la ausencia de respuestas y aun las exequias por las motivaciones que naufragan en la búsqueda de una certeza una vez se alzan desafiantes los tabernáculos lastimeros donde se honra a mayor perplejidad ese festival de autodestrucción que ciñe a sus sienes las espinas? Ahora que agonizan las carnestolendas y podemos disfrazarnos de lo que realmente somos, ha de darse todo por el todo no en la atadura de poder recibirlo a perpetuidad, pues nada es lo que es, sino en el trance conjeturable de superarlo, para ponerse a prueba en la argucia de hurtarse a las combinaciones de la transitoriedad.

Si el universo puede ser planteado como la odisea de un Dios en busca de sí mismo o aburrido eternamente de encontrarse, el reconocimiento ha de llegarle después de haberse pergeñado el extravío, en el mismo e inconmensurable instante que la fatalidad esclarece su canon. Algo paralelo nos ocurre a nosotros, que sabemos lo bastante poco para querernos identificar con sus remedos literales o renegadamente figurados.

Superviviente chamuscado de la iluminación que atestigua como un cronista ímprobo a los censores de la pauta de tiniebla que envuelve al éxtasis tras haberlo saqueado en su enclave de excepción, un escéptico es lo que queda de un místico que ha consumado la unión con el cosmos salvándose de caer en la fe, que aparece como tentación última del visionario cuando a su regreso de las alturas tiene que sucumbir al propio éxito de la plenitud y ser devuelto a una reproducida noche oscura del alma que se burla, con una ciencia infinita, de la conciencia apenas revelada a través de los misterios.

Slow to speak, acrílico de Chase Tafoya.

12.2.13

PROFILAXIS

Cuando las imágenes del poder ensombrecen la realidad, los que no lo tienen se descubren peleando con fantasmas.
Christopher LASCH
La cultura del narcisismo

Cuando me cruzo con la palabra virgen, lo primero que hace vibrar mi hipotálamo es la impoluta verticalidad de una página retroiluminada a la espera de transformarse en mi sementera haciendo uso de un arado sencillo pero galante, como Sabon Baskerville. Casi de seguido, como no puedo probar mi veracidad sin demostrar previamente la falsedad de los adversos que me la niegan, recuerdo que «por la boca muere el pez», y ya que me expongo a ser pescado fresco en bocas ajenas, mejor dejar la raspa ingénita atravesada desde el saludo que ser escabeche póstumo distribuido en diferentes formatos de hojalata. A partir de ese instante, ni yo mismo en horas necias me podré borrar la certeza de que no «toda la desdicha de los humanos proviene de una sola causa: no saben permanecer en reposo, en un cuarto» —¿y por qué no en un féretro, señor Pascal?—, sino de empeñarse en exhibir lo que difícilmente es decoroso queriendo prolongar por otros medios lo que por naturaleza es fugaz y, menos que memorable, de un ínfimo inconsistente... como este provisorio alarido.

Stranded Whale, en este caso un cachalote, de Esias van de Velde.

11.2.13

BAHÍAS

Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.
Licenciado Márquez TORRES
Aprobaciones a la Segunda Parte de Don Quijote de La Mancha

También yo quiero acostarme temprano con la cabeza desocupada de corales antropológicos, los nervios desfibrados de voltajes foráneos, el redoble silencioso de haber aprendido a enseñarme cosas que ya sabía y la satisfacción estética de haber hecho del mundo un lugar menos horrible, o al menos más inmune a los ecos de tanto hormiguero para bípedos desplumados, pero como apunta el escalpelo de Lardín «lo más penoso de la tarea de escribir es que tiene que hacerse con los ojos abiertos». Puesto que el aludido tampoco yerra al asestar hachazos dialécticos y tomar por las bravas esa luz agraz que bien puede acogerse como reserva de lucidez, suscribo el tajo donde asevera que «destinar energía a hacerse entender me parece un derroche, ha de ser el mundo quien haga el esfuerzo, alguien ahí fuera, y así el que escriba podrá dedicar sus herramientas a intereses mayores, más atroces»... ¿Más aún? Aplazado el asesinato de los demás en uno mismo, que no es del todo un mal recurso, queda pendiente el asesinato de uno mismo en los demás, cual es dejarse de escribir, es decir, de describirse, es decir, de desdecirse: más atroces, que subiditos, para el propio interés del juntapalabras. Y aquí podría intervenir La Bruyère cuando reparte oficios al oficiar que «escribir bien es gloria y mérito de algunos hombres, de otros sería gloria y mérito no escribir nada».

El escritor de casta —bastardo, padre y espíritu santisacrílego de un incestuoso cruce en la continua encrucijada de la que es centro— sabe que no se debe a sus lectores —si lo hace, su musa está condenada a prostituirse en cada renglón—, sino a la matización de sus experiencias llevadas al colmo de la videncia, mas le conviene no apartarse por completo de las miradas que lo recorren para que su mensaje, si realmente es meritorio de ungirse en las babas de la atención y no sólo en los escopetazos de su diarrea mental, pueda remontarse allende su travestismo literario hasta estrujar el gaznate de los destinatarios que claman al urdidor del verbo ser vapuleados con estilo. Sin demorarse por asimilar la actitud en que pudieran hallarse sus otros unos, encerrado a me callo y canto en su torre de espejos —una Bastilla para la conciencia creadora—, el escritor, ambicioso de subyugar su nadería existencial con el enristre de sus secretos, pronto moriría de inanición entre personajes desidiosamente endiosados, conceptos multiplicados por sí mismos que, en el mejor de los casos, dotarían a su agonía de una caleidoscópica autofagia muy digna de ser contada, amena de recibir el último amén.

Death and the maiden de P. J. Lynchun clásico tema que quizá por ello admite ser leído como el trato de obscenidad que media entre el escritor y su obra. 

9.2.13

TALIÓN REVISITADO

Yo, como el demonio, llevaba un infierno dentro; y al comprender mi aislamiento, deseaba arrancar los árboles, sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor, para sentarme luego a gozar en aquella ruina.
Mary SHELLEY
Frankenstein o el moderno Prometeo

Como correlatos menores del mundo cosmológico, psíquicamente vamos de la luz a la oscuridad, de lo unido a lo disperso, de la potencia a la disipación, de lo simple a lo complejo y, sin embargo, la expansión hacia un mayor grado de caos puede albergar fluctuaciones transitorias dentro de las cuales la autoproducción de sentido sea hacedera para volver más respirable el descalabrado sustrato social sin claudicar en un sistema exhaustivo de censores. Desde estas turbulencias excepcionales, me pronuncio a favor de un ejercicio responsable de la venganza como instrumento válido a disposición de quien demuestre aptitudes para emplearlo; de quien no tema llegar hasta el último recodo de su intención.

Habiéndome cultivado mediante un esfuerzo disciplinado entre los estudios y tanteos necesarios para ser un individuo meridianamente civilizado —tradúzcase tal aserto como templado en el autocontrol no a expensas de una asimilación pasiva de los condicionamientos morales recibidos, sino por un interés propio cuyo barrunto mejora al sentirse interrelacionado a larga distancia— no tengo por qué tolerar los desmanes, que son deseos descontrolados o heterodependientes —síntomas y causas de un proceso donde el sujeto se abandona a la barbarie por no dominarse frente a los demás sin el freno de un vigilante externo— de aquellos a los que tenemos la ocasión no buscada de sufrir al cruzar sus intemperancias en nuestro camino. Lo normal al verse atrapado en circunstancias de este jaez, especialmente si el asunto amenaza con desbordarse fuera de toda posibilidad de capearlo o escapa de una razonable corrección inmediata, suele ser recurrir a un representante del orden que haga prevalecer por la fuerza los límites al avasallamiento impuestos por la ley, que con las armas en su poder suele ser la gran avasalladora después del dinero. De antemano nunca doy por descartada esta opción —mis impuestos, mal que los usen, también contribuyen a los gastos policiales—, pero antes debo ponderar si hacerlo supondrá complicar el problema e incluso desposeerme de la oportunidad, no reconocida legalmente, de desagraviarme a mi manera, que para mí sigue siendo la más justa, pues por justicia concibo a rasgos gruesos darle a cada uno lo que merece, tanto en lo bueno como en lo malo, lo que para este específico conflicto exigiría desarrollar una acción contraria proporcional al daño causado más otra que pueda perfilarlo en tonalidad de escarmiento si la gravedad del mismo así lo inspira a la conciencia; por supuesto, no para que el agresor aprenda a conducirse —reeducar a los adultos, terrorífica fantasía moderna— como para que acate la demarcación biopolítica que no le conviene violar: una lección que hasta el mamífero más primario entendería.

Con esta imagen sobran los escolios.

7.2.13

QUITE Y ESTOCADA



Excelente cosa es tener la fuerza de un gigante, pero emplearla como un gigante es propio de un enano.
William SHAKESPEARE
Mesura por mesura

¿Y aún me preguntan por la actualidad, a mí, que toda fortaleza me parece chica y toda pequeñez un volcán por explotar? Hablar del régulo es honrarlo, y desde el mismo momento en que el sometido se aviene a rendir admiración al tirano, a quien puede incluso contemplar como un héroe mancillado, deja de ser esclavo sin reserva alguna, pues ni siquiera a título de menosprecio es digno de tal nombre el hombre que ha sobrevivido al suicido de su dignidad.

El Arcángel Miguel enfrentándose al Dragón, advocación de Satán, en un vitral de la Catedral de San Nicolás, en Newcastle, obra del prolífico taller de William Wailes.

6.2.13

ENCOMIENDA RUPTURISTA

Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece indecente abusar aún de un cadáver del que ya nada puedo sacar.
Emil CIORAN
Silogismos de la amargura

Me brotan tantas yemas de ideas que no se me sostiene ninguna y en ninguna me llego a sostener. Más que vacío, me atañe tañerme desprendido en la ventura que se denueda por despojarme de los besos, ahora convictos, robados a las ambivalencias. En esta casa movediza donde nunca se pone la luna y el placer de los aplazamientos solamente es superado por el alivio de la consumación, una pleamar de impronunciables rupturas que hubiese adjetivado de haber podido curarme sin irrigar mis pensamientos con alcohol, pronostican que toda vocación de destino nace con doliente voluntad de rechazo en un parto de ventanas rotas blasfemo por igual para víctimas y verdugos. Comparado con las trampas del mundo, mis asechanzas de contino se revuelven en una contracción en la contradicción prestas para ejecutar la enorme higa abacial que doy por honra de castigo a cuantos próceres e ilustres gendarmes de la vana se rebozan de estupendos márgenes de irresponsabilidad en la fechoría: entiéndase, sólo cuando me creo lo que creo, porque a lo casi mejor, contra toda apariencia, el cosmos es inmutable gracias a los cambios que creemos introducir en el orden temporal de los acontecimientos, y en tal caso nada importa, o no lo es porque cada cambio representa la reestructuración completa del orden temporal, de lo que se extrae en lógica patatera que lo inmutable no es la secuencia de los acontecimientos, sino la propia llave del cambio, y entonces todo vale, como poco, lo que salpica cuando estalla...

Indagando en las arquitecturas quiméricas de las necesidades humanas sin las cuales las triquiñuelas laterales de las que se sirve el instinto de conservación serían más que cuestionables difícilmente creíbles —hemos aprendido a defender de forma automática nuestra integridad física porque damos comúnmente por hecho demasiadas relaciones que no nos exigen ser conscientes para su efectividad—, se descubre que así como el valor de un bien o servicio no depende del esfuerzo ni del tiempo invertido en realizarlo, sino de la relación entre disponibilidad y demanda que define la utilidad marginal de cualquier mercancía, el valor de la libertad no está en consonancia con su papel específico dentro de la conducta, que biológicamente es mínimo, sino con lo que llamo utilidad de conciliación incentivadora; dicho de otro modo: si el libre albedrío al que se remite la espontaneidad fuera una propiedad objetiva del ser, no precisaríamos creer que obramos libremente, como en verdad sucede. Cada decisión individual, por reflexiva que sea, obedece a causas de origen inextricable cuyo proceso de maduración interna ignoramos en lo fundamental a costa de producirnos el convencimiento posterior de su autenticidad. Recordando el hallazgo onírico de una secuencia causal inversa con que ilustraba Nietzsche uno de los cuatro grandes errores en El ocaso de los ídolos, cabe preguntarse con la más sensible de las intuiciones y la razón alerta si es plausible advertir en la voluntad una especie de ensoñación cursada por otros medios, una reconstrucción mental retrospectiva que genera el hábito de una ilusión inteligible como causalidad interactiva. Al rememorar del revés los eventos aceptando el sesgo de poner al sujeto como responsable de los mismos, sólo nos queda alimentar el fetiche de nuestra volición, hambrienta de motivos, para reducir los márgenes desconocidos del ingrato mundo que nos rodea contribuyendo a la creencia de que de un modo u otro lo creamos, todo sea para mitigar el desamparo existencial con una sensación de alivio e integración en la trama de la naturaleza que escapa a nuestro control, pues «es preferible contar con una explicación cualquiera que no tener ninguna» y «la primera consecuencia de esa necesidad es que determinemos que la causa es algo que ya conocemos, que ya hemos vivido, que se encuentra grabado en nuestra memoria. Queda excluido como causa lo nuevo, lo no vivido, lo extraño».

Como a nivel ético soy un inconsecuente funcional con mi visión fatalista —entra dentro del destino la anomalía de negarlo en la proporción que a uno le plazca—, encuentro tan ridículo el poder que otros buscan en mandar como la seguridad que otros hallan en obedecer. La ficción de mi voluntad no se novela entre promiscuidades jerárquicas, más bien lo hace entre pedregales recurrentes donde nada está a salvo de rodar. Lamentable es que me haya perdido de nuevo en un anciano problema de mucho humo y poca lumbre, pero que lo haya hecho con una elocuencia menguada respecto de ocasiones anteriores me preocupa, y cierto que no debería, veo en ello el remanente de un positivismo que adquirí por bisoñez juvenil y en función del cual tiendo a veces a conjeturar que mis orgasmos serán mejores, mis excrementos menos olorosos y mis palabras más sabias, transitables o expertas en disfrazar su torpeza con ropajes evasivos, como esa socorrida amalgama entre pesares propios y malestares generales. «¿Es la Tierra una fruta pasada —podría decir— y la especie humana el peculiar e hiperactivo hongo de su podredumbre noble?» Alto. Me veo llegar. Cuando los sueños conducen al error de la arrogancia, que es la ignorancia entrenada para disimularse, es que ha llegado el instante de despertar.

Imagen cazada en un vagabundeo por estas meditaciones en blanco y negro.

5.2.13

TRIBUNO OVÁRICO

El sabio actúa por conocimiento, no por esperanza; confía más en el hueso que en la flor; acepta lo que tiene, rechaza las promesas futuras.
Lao TSÉ
Tao Te King

Más o menosculino según se me pretenda por delante o por detrás —hecha está la gracia—, por causa de las mujeres soy diestro en cometer y autoinculparme dos de las mayores tonterías cíclicas de mi existencia: la primera, darme en perder la cabeza por consquistarlas; la segunda, volverla a perder por dejarlas... Desdeñoso con la providencia malparida que me advierte siempre al prevenir la catastrófica deflagración, ¿qué clase de ser hubiera encontrado en mí de haberme temido el topetón con las excelsas necedades de estos extravíos? Sublime desdicha e insuperable profusión de alegrías, el amor es un juego que se torna indistinto de una guerra donde quien gana, se pierde; donde quien pierde, se desgana. Coaxial redención en su fase ascendente, derrite las almas que crúzanse por tocarse; asíntota condenación en la descendente, alejándose hasta el infinito las separa cuando se han buscado demasiado o demasiado poco se aciertan. Poderoso no por todo lo que extingue después de hacerlo resucitar, sino porque a raudales enloquece al prudente y ciega al loco con la inspiración de un delirio mejor, más próximo al absoluto, aun vencida sin rastro de convicción la duda entremetida, metomentódica, que el arrebato de amor merece, no me equivocaré al pregonar que nada lo iguala en ímpetus, paisajes, intrigas y defecciones: para vivirlo, hay que morirlo. 

Ahora sé que la principal diferencia entre varones y hembras es que pensamos igual lo que cada cual siente como suyo, lo que nunca será de nadie.

Siete tormentos como siete dagas o siete coños ultrajados desangran de ineluctables el corazón de La Dolorosa.

4.2.13

PILLARLES LA VUELTA

Preferiría servirles a mi manera que mandarles a la suya.
William SHAKESPEARE
Coriolano 

Confiándome al gesto inconquistable de saber salir antes de entrar con mi explícito rechazo a la celebridad del plutoteísmo, quiero esquivar la confusión que pudiera colegirse de exponer el gusto que me da ver correr el dinero al servicio del ingenio. Así como todo hallazgo creativo alcanza un apogeo impredecible cuando descansa sobre su explotación comercial sin subordinarse a ella y logra obtener el reconocimiento popular de su mérito sin buscarlo —piénsese en la exitosa historia del libro impreso—, parecería que el medio más eficaz de destruir el reino de la tiara y del misil ha de pasar por la censura pública de sus cometidos no sin antes haberse encargado de que armas y planificación moral sean productos más costosos de fabricar que de vender. Sin embargo, este depurativo empeño por favorecer el laicismo y la desmilitarización de las formas políticas implicaría concitar una fuerza de intervención mayor que las combatidas con el efecto indeseable que supone desplazar una hegemonía empleando otra de signo opuesto en su lugar, aunque indistinguible en la tiesura de su vocación controladora. Previstas las consecuencias nocivas de una estrategia que nunca chirriará bastante a muchos de los revolucionarios que en lo fundamental se sienten autoritarios, habrá que buscar un remedio imaginativo que atraiga la inversión económica hacia una independencia real, concebida como entereza civil, desde el vigor de las libertades para hacer y deshacer que sólo pueden funcionar en ausencia de las parodias de orden impuestas bajo la sombra vigilante de la clerigalla y de los mercenarios estatales, ostentadores respectivamente de la última palabra en los negocios celestes y pedestres, pues no hay mejor programa de transformación que el sentido utilitario —del que carezco— para adaptarse al caos sin delegar en instancias superiores, sin permitirles monopolizar, las decisiones que conciernen a la gestión de los criterios que definen al amigo y al enemigo, lo que en suma beneficia el intercambio espontáneo y la rivalidad incruenta entre unos y otros.

2.2.13

CONTRIBUCIÓN AL EXCIDIO


Tan poco práctico es engañar al mundo como tratar de desengañarlo.
Francisco NIEVA
El viaje a Pantaélica

Zelotes en tanto que partículas de identidad propensas a suscitarse un despellejamiento universal, perdonamos antes los sentimientos que nos desaprueban que la repulsa, con razones o sin atornillarse a ellas, que puedan causar nuestras más queridas aficiones. Intuitivamente a nadie se le escapa que los gustos no son ramplona cuestión de capricho, loca inconstancia de una realidad ni cuerda ni constante, sino la materia prima de una fe que se avergüenza por el origen de su parvedad, por su escasez de ironía.

Como en esta necrocéntrica hecatombe de autor no averiguado, hasta la muerte necesita ubicarse fuera de sí para ir tirando.

1.2.13

ISEGORÍA INVERNAL

Desconcertaré a este pueblo con extraordinarios prodigios, y la sabiduría de sus sabios perecerá, y la sagacidad de sus prudentes se eclipsará.
Isaías 29,14

Normalmente —es decir, cuando la galerna no me arrecia por dentro con sus avispas de candelizo— me basta saber que puedo lograrlo para no necesitar hacerlo; eso incluye no huir hacia delante en pos del deseable hechizo que centrifugue mi presente en el quizá de una mujer bonita, ni demorarse en los subterráneos enmohecidos por nostalgias mortificantes. Tan obvio es para mí el atemperado consuelo de vivir para morir, como engullirse periódicamente en lo contrario. Sabiéndome adversario en un respiro de nadie, acabo de desprenderme del lastre que representaba mi follaje de ánimos caducos y con las ramas desnudas que no pienso podar corroboro que soy el símbolo de otro símbolo, una obra figurada de otras obras que se corresponden a la no menos alegórica manera de ser que en este instante, que sería perfecto si me hubiera excusado de dibujarlo, se deja sentir por un abrazo de sol que me caldea de la corteza al cepellón mientras acompaño con gentiles pensamientos polinizadores el canto de los jilgueros, petirrojos y ruiseñores que han venido a saludarme cuidándose mucho de no ser vistos, pues todavía me ven hombre. Se felicitan en festiva rivalidad por esta eclosión prematura de plétoras donde, por primera vez en los millones de existencias intercaladas que caben una estación, estoy invitado a participar en el carnaval de luces sin preocuparme por nada más, ni siquiera por este moscardón que acertando en su extravío ha tenido la mala gracia de inmolarse contra mi ojo derecho, el que por vicios de la costumbre me relata con mejores deslealtades los pormayores allás del acá.

Cerca del suelo, entre la maleza que apenas puede mirarse de soslayo, las naturalezas de Otto Marseus van Schrieck no se cansan de perseguirse.
 
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