28.4.12

BLANCO NEGRO

Nunca malogres tu carrera de perdedor por un éxito de mierda.
Jorge OTEIZA

No debería evocar a los duendes del asombro que Dios haya sido concebido por el hombre como el ego del cosmos cuando el hombre ha sido engendrado por el cosmos con su ego como único Dios. Y si, además, es ley de leyes hincarle las rodillas al vacío tras verse caer frente a los retos crudos que plantea la existencia sabiendo, para mayor pena que gloria, que en la espesa fracción de realidad donde a uno le corresponde vagar y navegar el prójimo consagra en público el desinterés porque en secreto recauda los efectos del hundimiento ajeno, quizá no sea pólvora mojada anotar que la desgana puede ser transformada en una ventaja táctica sobre los problemas que el orgullo inflama en este mundo pandemoniado de pequeños egos divinizados por la presunción.

A la Diana de Gilbert Garcin le va de aleluya esta exégesis sonora.

21.4.12

LAMEDORES DE CONTUMELIA

El mayor problema al que nos enfrentamos los monstruos es el de la soledad.
Francisco CHAVES GUZMÁN
Galería de Inmortales. Hamlet

Es fácil creer en sí mismo si la suerte provoca la sonrisa reiterada de las sombras y el deleite acompaña con sus ecos al sentimiento, pero cuando la vida persiste en representarse a través de los sueños y vigilias como un desfile carente de propósito que transcurre con pesar entre las interrupciones frecuentes, las humillaciones diversas y las necedades que jalonan sin enmienda la historia personal; cuando se la padece como una acumulación constante de renuncias en el tránsito difícil hasta el agotamiento que se mofa incluso de las inmunidades otorgadas por la desafección, quizá sea el momento de empuñar un arma y hacer poesía de verdad... 

Entiendo que Breivik, el paliducho matarife de Oslo, se sienta despreciable por haber sobrevivido a la metódica vileza de sus crímenes y pida al tribunal la absolución o la muerte: al igual que el personaje Jesucristo, por encima de todo quería proporcionarse un suicidio por cuenta ajena sobre un escenario grandilocuente que le asegurase prestigios futuros; sin embargo, a diferencia del espinoso fruto de la inmaculada eyaculación, la empresa le ha salido mal. Setenta y siete veces mal. Quizá en España, donde una disidencia política transmitida mediante un mensaje de texto pronto valdrá para conceder el certificado de oficios terroristas sin tener que recibir una costosa preparación técnica, y donde la policía se ha aficionado a reventar cabezas de estudiantes por la alteración del orden que supone el feo gesto de negarse a recibir la bendición de sus porras, su aventura hubiera tenido un desenlace más satisfactorio. Satisfactorio según sus planes allí, porque aquí tales sujetos son más útiles a los avisperos mediáticos al olvidar sus artefactos explosivos en los vagones de tren bajo las órdenes amnésicas de alguna poderosa agencia central de inteligencia. Realidad y ficción nunca han sido tan promiscuas compañeras de noticia.

Las risotadas ya no proceden del monárquico rubiales que, bajo el efecto sinérgico de videojuegos y anabolizantes, fantaseaba con epopeyas chungas nibelungas de templario, sino de las ínclitas alturas del empíreo cuando no de los biliosos pobladores del averno, ¿acaso no las oís? Sanguinarios o benévolos, hagamos lo que hagamos seguiremos siendo un espectáculo jocoso para los dioses que hemos visionado en el pueril intento de sentirnos dignificados por la tragedia, que como cualidad desesperada del ingenio responde, donde otras fallan, a las vanidades heridas de la ambición. ¿Quién puede decirse creo en mí porque soy nada, porque a fracasos llenos he vaciado mi voluntad con un tratamiento de apatías capaz de aniquilar cuanto toca?

En el interior de cada uno, la razón y el absurdo se buscan fogosamente como dos amantes proscritos. Tras la cópula vivaz, el verdugo se queda solo con los instrumentos de su oficio. Nada tiene que ver este solemne sacrificio con la magia negra; más bien se trata de una renegrida psicomagia concebida para perder el debe en el haber.

La dolorosa tatuada fue diseñada por Mike Giant y el amor a primera vista surgió en este banco de imágenes.

17.4.12

CABRONERÍAS




Nunca he arrojado un cuerpo bonito desde un coche. Mi sentido artístico no me lo permite.
Humphrey Bogart como Steele en In a lonely place de Nicholas RAY

Urgido por la malevolencia cuando otras emociones más amables no bastan para precederla o sofocarla, con frecuencia se gana perdiendo y el amor, siempre mutante, nunca ha constituido una honrosa excepción. Como todas las alegrías, las que proporciona este ecosistema afectivo existen para que las desgracias obtengan mayor realce. Entre las razones irracionales para abandonar al ser amado, no es una de las menores tener el conocimiento prematuro, mas no por ello inseguro, de que al continuar a su lado pronto se convertirá en un nudo irremediable. Y si tal como recelo las rupturas sentimentales son los clavos que sujetan la conciencia a los troncos ardientes de su propia cruz, los amantes que más convienen no son aquellos que le permiten a uno conocerse mejor, sino los que ayudan a soportar con mejor tino todo lo que uno sabe ignorar de sí.

Alegoría de la vida humana de Cagnacci con un andrógino en pose filosófica sostenida que a mi gusto se verifica menos sugestiva que la de su Magdalena inconsciente.

15.4.12

FORNITURAS O QUIZÁ MENOS



El hombre es reemplazado en todos los campos por la máquina no porque la máquina pueda hacer las cosas mejor, sino más bien porque todas las cosas han sido reducidas a lo que la máquina es capaz de hacer.
Theodore ROSZAK
El nacimiento de una contracultura

Una libertad que necesita patrocinadores para adquirir cuerpo de expresión solo es la metonimia perversa de una esclavitud a la que le sobran piezas de repuesto. En nombre de la austeridad y de otros viáticos para necios cuya mención es regateada por las autoridades, involucionamos del arcaizante pan y circo al distópico inmediato hambre y alambre. La transición de uno a otro modelo de envilecimiento no hubiera sido exitosa sin la intervención sistemática de un potente régimen propagandístico, definido por la voracidad comercial de lo caduco, donde las atrocidades de la verdad se someten, por defecto, a los excesos plásticos de una cirugía de urgencia a tenor de la cual lo cercano y lo remoto, lo actual y lo anacrónico, lo auténtico y lo simulado, lo bello y lo repugnante, se vuelven fácilmente permutables, entre la avalancha de inconfundibles confusiones, dentro una exhibición permanente de mentiras.

Aunque reacio por incrédulo desde que probé las alucinaciones de la experimentación política —quizá el coeficiente menos corrupto de un revolucionario intrínseco—, y a muy corta distancia de las dársenas de la resignación cuando inspecciono las expectativas para rebelarse de los más justamente encrespados, si esta novadora cruzada que los hacendados y cabildos recolectores del divide y vencerás llaman Crisis puede desgajar alguna oportunidad compartida, habrá de ser la activación revulsiva de la intemperancia para abrirse paso en la guerra psicológica que llevará al común de los angustiados hasta el extremo de tener poco o nada que perder y todo o casi por reconquistar; pero antes que dotarse de armamento ofensivo con el que repeler sus ataques, el mejor modo de combatir la dictadura de los mercados, salvo que se quiera sufrir el escarnio de una derrota prematura en las calles, es procurarse los medios más sagaces para desarmarla, y puesto que desacreditarla no parece causar el menor efecto subversivo —ella sola se basta para capitalizar a sus oponentes—, el primero de estos medios, contrasintiéndolo mucho, consiste en demostrar que se dispone de la presencia de ánimo necesaria para oponerse a sus maquinaciones incluso con la muerte...

El croquis se explica sin ayuda ni mayores incentivos, como las luces que te guían a casa.

14.4.12

RASPAS


Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza.
Gilles DE RAIS, de sus declaraciones en el juicio que lo condujo a la horca


Quienes en el antro de su fuero interno se sienten señalados por la culpa, tienden a soportar dócilmente los sufrimientos innecesarios donde recala su conciencia porque una vez acorralados contra la deshonra, y en ausencia de mejores lenitivos, creen que las injusticias que han cometido se avienen con el estado natural de las cosas. Para ellos, esta creencia funciona como una purga por trasvase en un doble sentido ascendente y descendente: a la materialización de infortunios que experimentan como un castigo del que los hacen acreedores sus abusos, síguele la integración de los mismos en un orden superior regulado por los designios vindicativos de la providencia. Nada más fácil, así como propicio a lo engañoso, que convencerse de la naturaleza moral de los hechos cuando la atención no ha captado la naturaleza imaginaria de la moral. Y si bien sobre bien detrás de cada idea moralizante puede ser detectada la huella, no siempre obvia, del interés pesonal, tampoco está descartado que las bases biológicas sobre la que se sustenta la conducta que persigue el provecho propio sean ajenas al origen espurio de la moralidad: la invención es un recurso estratégico muy extendido entre las criaturas malogradas por las raspas que pone el pecado en sus carnes.

Náyade postmoderna que es a la gravedad cavilosa de este párrafo lo que una yema floral a un cactus. Repertorio ampliado, aquí.

12.4.12

DESPRENDIMIENTO



¿De dónde obtiene el paraíso toda su luz? Lo sé: ¡lo ilumina el infierno con sus llamas!
Lucian BLAGA

He sido aojado por una gitana que se presentaba antes de ser vista por el cerco de untuosas emanaciones pilosas lanzadas a lo ancho de varios metros en derredor. Ni siquiera me miró para efectuar la operación, que administró con el ojo del culo sahumando por la callada una maldición bajo la forma de una horrenda sentadilla. Sucedió mientras aguardaba mi turno en la caja de un supermercado. Ella estaba delante de mí y disimulaba el protocolo de sus malas artes mediante la colocación distraída de los artículos sobre la cinta, básicamente docenas de abortos de gallina, patatas como cabezas de enano y yogures de aditivos chillones que yo no comería ni a cambio del supremo don de la esterilidad. Iba acompañada por un ser indescriptible, revoltijo de roedor pelagroso y urraca senecta, pero no fue este engendro lo que me sublevó; uno puede ser sensible sin llegar a los remilgos del delicado, y tampoco tras el agriado contacto visual con el escaso alicatado de azulejos rotos que decoraba sus mugrosas encías o con sus greñas perladas de grasa, me espanté. Una barrera más sutil se interponía entre nosotros, un atributo abstracto que daba visado de pesadilla a su osadía cañí para aprehenderla en su dimensión antropológica más nauseabunda.

Según la mecánica cuántica, la naturaleza de la realidad se comporta según el estado del observador que la interpela: si crees en el azar, el mundo parecerá un enjambre fortuito de acontecimientos impredecibles; si crees en el destino, la totalidad de los eventos se sufrirá determinada por una constelación matemática de relaciones inexorables. Durante ese día, antes de aventurarme a hacer la compra, ya me había predispuesto a creer en el carácter residual de la humanidad, así que el mal de ojo supuso una esperpéntica confirmación para los fantasmas de mis aires misántropos de grandeza, y eso a pesar de que la desfacedora de encantos, a juzgar por sus trazas, muy humana quizá no fuera, pues por la cintura caída del pantalón de pijama que con inseguro vaivén cubría sus gibas posaderas pude captar el anticipo de una selva negra donde me imaginé forzado a moverme a golpe de lengua en vez de machete. Definitivamente, me siento convencido de que aquello no era mujer, sino un súcubo con tara procedente de los descartes del báratro. Lo importante para el caso que ahora me ocupa es que desde entonces acumulo pensamientos recurrentes, gobernados por conceptos elípticos, similares a este óbolo que os dejo:

La vida es como un anillo que se cierra con la muerte, rendija a su vez de acceso a la continuidad donde confluyen el principio y el fin, un enclave despeñadero de irremediables despojos paradójicos para la consciencia donde ser y no ser espéjanse simultáneos cual llave y cerradura de irrompible cópula al margen, también reverso, de la otrora temporalidad. El tiempo es una gramática adaptada a la percepción humana de los hechos, pero su fenomenología no implica que sea menos arbitrario o más cierto que otras convenciones útiles para acomodar las apariencias que creemos vivir con la necesidad de poner en crédito de evidencia a ese habitar fugazmente corpóreo, en progresivo proceso de disipación, que pensamos ser. Piénsese lo que se piense que sea, no hay suma de edades que escape a su refutación natural ni duración cuya tiranía no fenezca con la identidad ceñida a lo efímero concreto, y del precario transcurso unidireccional que comparo con un punto de lectura en el que las palabras del libro surgen a medida que se va recreando la historia, todas las páginas de la existencia vuelven a condensarse —o así me lo figuro— en una sola visión asaz destripadora y desde sus múltiples sentidos absoluta, porque absoluto es disolverse en la eternidad del instante que iguala al cosmos con el cosmos.

En pírrico homenaje a mi libido dañada, frangollada tras la nalgaria imprecación de la calorra, reproduzco la Marcha fúnebre de Don Juan de Norman Lindsay.

5.4.12

SALMO TERMONUCLEAR


Vivir de manera segura es lo peligroso.
Irving YALOM
El día que Nietzsche lloró

A falta de imperios que ganar a la redonda desgana o de ganas angulosas que rendir al imperio de la ruina, me tomo la libertad de no elegir al profeta que no soy y en que a menudo, cuando me invocan, me convierto...

Todos somos póstumos, pero pocos entienden la vida como un género literario y casi nadie halla en su destino la vocación escrita de una obra maestra. Concluida la época en que tuvimos el deber de destrozarlo, por una vez tenemos la visión que descifra nuestro derecho a inventarnos a Dios, a un Diablomundo que inspire la deuda saldada de un «tomadme, soy el que se abandona», y al que poder confiar nuestras pesadillas más íntimamente universales como plegarias de incendiarias catarsis. Tras los dolores del parto en el que abortarán los ídolos futuros, estéril de todo punto vigente a la suplerfluidad de adorar, nacería esta devoción nutrida de orfandades pletóricas a las que enroscarse como la sierpe al árbol del Edén con su naturaleza mayestática, no por ello menos deslizante; una potencia comestible que yo mismo quisiera transubstanciar empezando por el coño de la mujer amada: a cada cual su atanor y la llave mágica de su alacena que también es puente de cosquillas siderales, tronera luciferina y manto de moléculas bravías dispuestas para sincronizar la propia peripecia termonuclear. A través de la eucaristía de la autocombustión donde la paz solo es uno de los múltiples estados de la guerra —vulgar encarnación para los pobres de espíritu—, me abrazaría a mi fe hasta fundirme finalmente con esa deificante belleza creada a imagen y semejanza de Nada, la vacua plenitud.

Estampa rizomática de la sagrada víscera, una imagen que tomé de este ameno lugar.
 
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