26.2.12

LLANTO POR ESQUICIO DE NADIE



Mientras el sediento busca agua, el agua también está buscando al sediento.
Yalal ad-Din Muhammad RUMI
Masnavi

En los sistemas capitalistas, la vida privada se ve aparentemente estimulada sólo para ser despojada con mayores frutos en favor de una comercialización sin restricciones de las costumbres y gustos personales, expuestos al tratamiento especulativo que los dirige hacia un insidioso rapto de la intimidad. En los sistemas socialistas, por el contrario complementario, la vida privada es un obstáculo que se interpone entre los objetivos del Estado y el control social, una interferencia que debe ser colectivizada y cuya actividad, pecaminosa de subjetivismo, siempre está bajo sospecha. En ambos casos, el efecto es similar: se produce una despersonalización progresiva del sujeto, que es objetivado de manera instrumental al servicio de fines ajenos a sus intereses; unos fines que exigen la desposesión de la individualidad por razones que nada tienen que ver con el desarrollo ni el ámbito de lo propio. Esta transferencia de la propiedad de sí mismo a corporaciones anónimas o entidades burocráticas exhibe procedimientos que difieren según el modelo económico, pero las variaciones en las formas no deben movernos a engaño acerca de su trasfondo común entregado a la usurpación de la identidad: a un lado del espectro, Facebook más toda la parafernalia de aparatos, aplicaciones y plataformas que registran cualquier alteración, por esperpéntica que sea, de la privacidad; al otro, la policía política que vigila acechante la corrección del pensamiento; en un futuro no muy lejano, la confluencia de cada método de asalto al firmamento particular en una síntesis perfecta destinada a conducir al individuo a la quiebra total dentro de un archicerebro universal.

La tríada de féminas de vanguardia ha sido hallada en el debutart de Benedict Campbell.

23.2.12

A CADA MONO SU HOMBRE


La casualidad es la gran maestra de todas las cosas. La necesidad viene luego. No tiene la misma pureza.
Luis BUÑUEL
Mi último suspiro

En el último sueño que recuerdo haber tenido esta noche me despertaba agitado por un ruido sin identificar producido en la ventana de mi alcoba. Al subir la persiana, un monito con una fisonomía demasiado humana para ver omitido el alto voltaje de un pánico instantáneo, hacía todo tipo de cabriolas balanceándose en los travesaños del enrejado. Con un impulso muy próximo al resbalón total, he tomado la cámara del bargueño poseído por la emoción de rodar un vídeo, pues tanto el singular rostro de la criatura como sus elásticos movimientos, más propios de un ser invertebrado, le conferían el aspecto que uno esperaría encontrar ante la aparición de una deidad ctónica. Sin embargo, de mi memoria se había borrado la más mínima noción sobre el funcionamiento del artefacto, y, por más que probaba diferentes combinaciones de teclas, no conseguía activar la grabación. Demostrando una perspicacia temible, el insólito humanoide ha compuesto una mueca burlona en respuesta a mi torpeza justo antes de acomodarse ofreciéndome la curvatura indefensa de su espalda, lo que he entendido como una provocadora incitación al juego. Con sumo tiento de poner sordina a mi acto, he abierto un batiente para poder alargar el brazo y atenazarlo por sorpresa, pero en el tramo final del alcance ha desaparecido de un salto dejándome en recuerdo un estruendoso pedo cuyo aroma a violetas aún perduraba cuando realmente he salido —o eso creo— de los encantamientos del lecho.

Representación mural de Hanuman, el dios mono venerado por los hindúes como una manifestación de la fuerza ilimitada de Shiva, quien asume el papel destructor en la Trimurti junto a Brahma, el creador, y Visnú, el preservador.

21.2.12

DETONADORIO


El hambre saca a los lobos del bosque. Echadles algo que llevarse a la boca y os lamerán la mano.
Patrik OUREDNIK
Instante propicio, 1855

En mitad de una conversación improvisada en un café, una señora a quien acabo de conocer me pregunta entre retórica y victoriosa, como dando compulsa de hecho a una respuesta favorable a su criterio: «¿Qué clase de mundo quieres para tus hijos?» Y yo, cogido por sorpresa tan de mañana, no tengo mejor ocurrencia que ser sincero: «¿Se refiere al pedazo de mundo que no ha podido arrebatarme la descendencia que rechazo?»

Puesto que en cada humano la naturaleza determina los límites que la cultura, en su sentido más amplio, rellena de contenidos, al áspero hilo de esta anécdota matutina me pregunto si es mi conocimiento el que se alza soberano sobre los genes decretándoles esterilidad, o si por el contrario soy el portador de un genotipo defectuoso que se sabotea a sí mismo a través de las actitudes que he asumido de manera consciente como una estructura interna. Al observar la constante interpolación entre natura y obra, entre lo heredado y lo manipulado, a veces los límites de la primera estallan por el incremento súbito de la presión que ocasiona la segunda, mientras que en otras situaciones los atributos adquiridos llegan a implosionar estrechados por las demandas urgentes de lo indispensable; en ambos extremos la mentira prevalece como uno de los recursos embrionarios de la verdad, que parece inseminarse a despecho de sus implorantes exploradores en una ubicua e inaprensible fuga hacia la nada. Muchos creen que sólo sabemos lo que vemos, pero tengo justo las antípodas de este lugar prejuicioso por enclave menos equívoco: sólo vemos lo que hemos conseguido entender, quizá bien poco en mi caso, pues lo que sé nunca me basta para desenmascararme sin entrar en agonía...

Por la propia experiencia de esa ficción tan convincente que llamamos realidad gracias, en parte, al traspiés ajeno que hemos aprendido a manejar como una literatura común, aceptamos de Perogrullo que «pocos sueños se cumplen, los demás se roncan». No voy a discutir si es mejor verlos frustrados que puntualmente cumplidos, y será el asimismo discutible Bernard Shaw quien me facilite un veredicto al haber dejado escrito al respecto que «hay dos catástrofes en la existencia, que nuestros deseos no sean satisfechos y que lo sean». Anticipada esta dificultad, lo cierto es que los senderos del querer son sinuosos y no los endereza el saber, que se pierde en perspectivas de instrumento catalejo del hacer o en el meticuloso microscopio del pensar. Casi todos, hasta el último aliento, nos figuramos tentados por cosas afines cuando en esencia casi nadie quiere lo mismo desde su orilla del ser, lo que permite al astuto atrapar con señuelos a su presa, así como al cautivo, en ocasiones preciosas, improvisar la trampa donde caerá confiado el cazador experto.

Forasteros, un acierto enigmático de Julián de Narváez.

9.2.12

GEOPATÍAS


El sueño capitalista es disiparse como sistema de coerción y filtrarse en nuestra existencia como un ambiente.
Vicente VERDÚ
El estilo del mundo

La humanidad se encuentra ante una disyuntiva histórica sin precedentes conocidos: o se impone el crecimiento cero gracias a un severo control sobre hábitats y habitantes que dote de equidad interna al balance entre economía y población, lo que parece obvio que no se logrará sin una tiranía universal, o se vuelve consciente de que los humanos constituyen una especie depredadora de planetas e invierte sus mejores ingenios, recursos y talentos en hacer posible la repoblación de otros astros a costa, seguramente, de romper el vínculo original con su esfera natal y, en consecuencia, de modificar con criterios artificiales su patrimonio genético para que las generaciones legatarias cuenten con mayores probabilidades de éxito en su adaptación a las condiciones reinantes del destino elegido como hogar anfitrión, un proyecto que de manera cautelar exigirá, a su vez, minimizar el gasto energético de la fisiología humana a fin de simplificar los viajes a través del espacio exterior o la permanencia prolongada en el mismo.

No es casualidad que las organizaciones ecologistas transnacionales más operativas —como Greenpeace y WWF— estén respaldadas por los feudos de magnates que controlan las explotaciones petrolíferas, así como los flujos mundiales de capital y los guiones de la política espectáculo. La toma de conciencia sesgada hacia la culpabilidad medioambiental forma parte de las primeras campañas ideológicas de un plan que tiene como objetivo instaurar una utopía global muy similar en sus planteamientos al eficiente más que feliz mundo concebido por Aldous Huxley. La siguiente etapa necesaria será la reducción drástica de la población, y después la división de los supervivientes en castas modificadas biológicamente, los alfa y los beta, en función de las características y aptitudes previstas para encajar dentro de un régimen de sostenibilidad —¿os suena el concepto?— consagrado a la armonía de un modelo social estático donde el conflicto, si lo hay, oscilará entre diferentes ofertas de conformidades libres de interferencias como la responsabilidad individual, el pensamiento crítico o la apatía. He ahí el futuro de la civilización tal como la interpretan los amos, pero ¿por qué van a limitarse a seguir uno de los dos caminos expuestos cuando actualmente disponen de la fuerza médica, mediática, militar y tecnológica para introducir los cambios de producción, régimen demográfico y estilo de vida que establecerán los requisitos de configuración a partir de los cuales podrá reiniciarse el sistema en ambas direcciones?

Visitor's Night, una viñeta retrofuturista bastante tranquilizadora de James Warhola. Pinchad en ella para ampliar.

7.2.12

CALAMBUR


En el nivel más profundo del inconsciente no hallamos fantasías sino telepatía.
Norman Oliver BROWN
El cuerpo del amor

Una atmósfera acechante de realidades añejas perfumadas en exceso, como de alta sociedad en la franja occidental europea a mediados del XVIII. Un juego social tácito del que son conscientes sólo algunos de sus participantes en diferente grado y significación. Una antigua fortaleza rodeada de exquisitos jardines transformada en asilo para demencias de lujo y empleada como escenario balbuciente para la ocasión. La única regla explícita e invariable de este rompecabezas es el compromiso, bajo amenaza de muerte, de que nadie debe revelar su identidad durante ni después del esotérico encuentro con independencia de las consecuencias que depare. Hay caudalosas riquezas involucradas, señal definitiva de que alguien compra caros los detonadores de su aburrimiento. Utilizando como referencias de permuta el papel que cada uno de los implicados representa en la vida, un remitente anónimo ha asignado los nuevos de manera que el doméstico a quien acabamos de insultar por pura vanidad bien puede ser en el cotidiano azar un célebre arzobispo, de igual forma que el senescal que a mí me ha tocado encarnar recibe en elegantes prendas de gala y seguros gestos de autoridad al jinete de posta que en verdad soy. Las instrucciones son escasas pero absolutas porque la distracción pretende imitar sin límites morales los resortes de lo que es más propio a la naturaleza desenvuelta de las relaciones humanas. Para mayor extremosidad, se sabe que entre los asistentes al lance se hallan regulares del lazareto donde las manías son examinadas por la moderna ciencia de la mente que prefiere tratar como enfermos a los endemoniados. Sin duda, la inclusión de este aliciente denota un gusto inaudito, aunque a mí no se me escapa la visión en el trastero de un bulto extraño; quizá el docto experimento de un grupo de elevada alcurnia aficionado al estudio del delirio baraja los naipes. En la misiva donde se especificaba mi rango y la apariencia que debía adoptar, también se me decía que debía aprender a reconocer a un venerable conde y defenderlo frente a una eventual adversidad, todo ello con suma discreción, prontitud y esmero; a gentileza del invisible repartidor de suertes, se me advertía igualmente que celase cuidados contra una dama a quien se le había indicado con profusión de detalles que yo era el responsable de una vieja fechoría que se cobró la honra de una niña destrozada, tal vez su hija o su hermana menor, ninguna otra noticia la condimentaba. Para improbable alivio, he de añadir que se tiene por acreditada la sospecha de que este tipo de informaciones suelen ser falsas porque sólo buscan intoxicar los ánimos del destinatario.

Con el plenilunio, da comienzo la aventura. Tras repartir órdenes a mis asistentes en las caballerizas que he querido inspeccionar por mí mismo para darme nota de avisado en pormenores bélicos como el estado de las bestias —por las que finjo velar incluso en establo ajeno—, pongo aseo en mi atuendo, que a la usanza medieval cuenta con la envoltura formidable de un ciclatón, y me dirijo a paso fresco hacia la sala donde se celebra la bienvenida. Por la galería a la que encomiendo el atajo entre la alquería y la alcazaba —el mozo de cuadra que habitualmente presta sus servicios en la ciudadela me trazó un escueto plano a cambio de un adarme de opio—, un cuervo enorme como un enano, pájaro de mal agüero que emponzoña las especulaciones paganas de los nigromantes, empieza a graznar sin que mi apostura baste para intimidarlo a pesar del vigoroso lapo que le arrojo mientras lo maldigo. Al llegar a la estancia que se nota improvisada como paraninfo pese a los tapices, tenebrarios y canapés de prodigiosa factura, ninguna cara familiar. Esto va en serio. La concurrencia, que ya ha tomado asiento, sigue mis movimientos hasta que hago lo propio. Deduzco que citarme con retraso compone parte del juego, puede que sirva de gozne para resaltar a otro rival o a un futuro aliado mi presencia. Al primer vistazo, compruebo que varones y hembras se encuentran en una análoga proporción comprendida dentro del abanico de edades útiles desde el punto de vista generativo. Alguna matrona subida de tono ha destacado con fijeza mi armamento natural al cruzar frente a ellas, pero de momento no estoy para desenfundar, ya se verá. Un caballero de rasgos filosóficos ennoblecidos por la plata de su cabeza me saluda con una cortesía muy calculada; sin pensarlo, por una de esas tonterías a veces listas del instinto, lo equiparo al conde a quien debo proteger y acompaño su cumplido con un visaje que delata mi servil ofrecimiento. Por si un error no bastara para sopesar mi conducta villana, al detectar una silla vacía a su lado vuelvo a estar en pie. Demasiada confianza en demasiado poco tiempo. El principio de anciano, bastante sorprendido por mi rápida desenvoltura, se resigna a aceptar mi decisión. Contra el pronóstico de brevedad que aseguraba el escaso espacio que me separa del objetivo, piernas sedentes y mobiliario se interponen trabajosamente en mi recorrido. No soy torpe, y tampoco hay habilidad que esquive a un ciego el tropezar con un tobillo improvisado. Para evitar caer de bruces, me aferro con ambas zarpas al respaldo de un sillón ocupado por una esbelta jovencita de mirada gatuna. Como si lo esperasen, al unísono varios de los presentes se lanzan a entregarme una ayuda que no necesito. Sin intervalo para lamentar el ridículo, en medio del alboroto una delicada mano de mujer intenta introducir algo en el bolsillo izquierdo de mi almilla. La sujeto por la muñeca para que no se zafe y, al instante, otra mano femenina me asesta un aguijonazo en el costado. Veloz, logro capturarla al vuelo de su retroceso y examino el objeto que en vano ansía ocultar en el reservorio de una joya diseñado a tal efecto. Nunca había visto un artilugio semejante, ni siquiera entre los trastos de mi tío que fue cirujano de guerra. Se trata de un rejo telescópico manufacturado con un material cálido como la madera, ligero como el lino y resistente como el acero. Una risa histérica me saca del arrobamiento: no es bella, sino mejor, resulta más atractiva que la promesa de un harén. Sus ojos no me odian, así que con seguridad no puede ser la ofendida. ¿Una loca, entonces? Con la diestra libre, me aferra por el cuello para acercarme hasta sus labios, que comparo con una golosina de fuego. El público que no ha dejado escapar minucia emite un suspiro que hasta un bebé sordo descifraría. Con el siguiente pinchazo, consigo despertar.

El poema visual pertenece a Chris Nurse, que lo ha numerado 5850.

4.2.12

CLAMOR DE SAUDADE


Debemos vivir antes que alcanzar inteligencia o control. Debemos dormir si no queremos encontrarnos, en la muerte, incómodos ante las nuevas condiciones. Y debemos morir antes de que podamos esperar un avance para ampliar nuestro entendimiento.
John William DUNNE
Un experimento con el tiempo

Tener la lumbre presente de que somos fragmentos de eternidad tan breves, diminutos y vulnerables entre la explosión de los seres como las propias imágenes mentales lo son entre nuestras experiencias, me hace sentir que crezco hacia dentro en un clamor de saudade. La vida transcurre volátil por tramos de secuencias mediante la sucesión concatenada de instantes que ella misma representa de forma lineal para su conocimiento a falta de la visión compacta de la totalidad que a intervalos puede ser concebida, con disolvente riesgo para el juicio, en las ráfagas de iluminación desde la cual se ensamblan las edades y sus probabilidades gracias al artificio aledaño de la continuidad. El tiempo que huye como una magnitud auxiliar de este límite, más que fundirnos a nuestro potencial infinito nos lo enajena y confunde por necesidad en duración, y si ser presa del imperativo temporal significa algo es por causa de la primacía del hecho de no poder estar en más de un momento a la vez, lo que convierte a cada momento en un acontecimiento irrepetible. Todo cambia cuando sobreviene la inmutable: con mayor precisión que acabar, morir es salir del tiempo, acceder o extenderse simultáneamente a las localizaciones trazadas por el itinerario de los episodios que han construido la existencia cual un derramamiento del ser en una abstracción vacía que se nos cierra herméticamente a este lado del problema. Quiero pensar con intuición que todo lo que ha sido permanece como un tatuaje preternatural visible para los muertos o, para ser más estricto, asequible a quien se halla en trance de finiquitar. Y aquí me vuelve la saudade: reconciliarse con el sufrimiento personal a costa del estrechamiento fulminante de la conciencia —el subterfugio de los narcóticos, por ejemplo— o del masoquismo metafísico que vuelca el suplicio contra sí mismo —dogma central en la ley del karma budista, así como en la noción judeocristiana del pecado original— no proporciona opciones admisibles para quien sabiendo que todo dolor es inútil no deja de padecer que toda comprensión del mismo lo agrava. El hombre está solo frente a su pena, no hay verdad más evidente ni evidencia menos falsa. La solución, a luces plenas, no está en este mundo ni en ningún otro. Y endurecerse por aclimatación a la amargura puede abrir los ojos del espíritu a la tiniebla, pero nunca elevará el alma sobre las claves de la realidad, sino que la hundirá poco a poco en una desgracia irresoluble donde el rencor y la envidia, refritos en el sebo de su morbidez, se ensañarán sobre el primer objeto de piedad al que se dirijan, que bien puede ser uno mismo o cualquier otro infeliz.

Desconozco el título de la pintura y el nombre de su autor. Sólo puedo recordar que la tomé de esta vitrina en alguno de mis ataques de saudade.
 
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