6.5.11

LA POTENCIA INCUMPLIDA


No sin mencionar la estoica indiferencia que de sólito me produce la teatralidad difusa de las modernas campañas imperiales, en todo este relato con múltiples versiones acerca de la caza y captura de Bin Laden no dejo de echar en falta algo más de señorío al estilo romano y algo menos de hipocresía perfumada de moralismo puritano (esa grosera ética bifocal que permite visitar por sorpresa a alguien para darle un susto de espanto cuidándose a continuación de no difundir las imágenes del mortalmente sorprendido anfitrión para no vulnerar sensibilidades, por ejemplo). Ignoro quién será realmente este sujeto hirsuto premiado con aplausos de plomo por la democracia más prestigiosa del mundo antes de ser masajeado por una caricia de rítmicas dimensiones oceánicas: bien podría ser el artífice de una carrera frustrada hacia los Óscar, el oportuno chivo expiatorio de las conjuras conjeturables que se ofician en despachos ovales o quizá, por qué no, un amienemigo con rango de títere multiusos puesto en nómina por el incuestionable club de los magníficos, pero a fin de no enredar aún más mi observación, supondré que es quien dicen los corifeos que es, la bestia parda temida desde 2001 por el mérito feroz de haber rubricado el mayor atentado terrorista que registra la historia reciente.

Asegura el Príncipe Negro que dar publicidad a la carroña de su triunfito equivaldría a incitar a las Furias, encarnadas en la red de células de fanáticos islámicos, contra los intereses americanos, pero yo no dudo que tal reacción sea justamente el efecto deseado por quienes orquestan la globalidad de los desastres pánicos. Si el gobierno estadounidense ha preferido ocultar su trofeo seguro que no es tanto por miedo a las consecuencias de enarbolar tal arrogancia como por incubar el pretexto adecuado para que su franquicia Al Qaeda, prefabricada con humanoides reciclados procedentes de toda la hez mundial, pueda seguir operativa en las regiones que está previsto invadir, bloquear o desestabilizar (lo hicieron con fines similares en Madrid y en Londres; lo están haciendo ahora por razones distintas en Libia).

Me pregunto que hubieran hecho los antiguos emperadores paganos de estar en la situación del soberano, que no majestuoso, Obama. Con toda probabilidad, un Augusto hubiera capturado vivo al iracundo y lo hubiera conducido, con gran espectáculo de fieras exóticas y bronces litúrgicos, hasta el mismísimo centro de la Zona Cero, donde se procedería a su crucifixión ante la voraz mirada del vulgo. Cabe incluso imaginar que adelantándose al último aliento del ajusticiado, con un gesto de auténtico poder, le concediese la gracia de un indulto trocando su suerte por la de una especie de mascota áulica condenada a vegetar convertida en una reliquia canija de los sótanos de la White House. ¿Qué hace, sin embargo, este Nobel pistolero encumbrado por la etnia elegida? Esconde la presa cual perro furtivo y ni siquiera se da el placer de relamer en público la osamenta del difunto (tal vez en privado se atreva a emprender cosas peores). Sin duda avergonzado por las recurrentes exigencias del guión, y carente de argumentos humanitarios para justificar la secuencia completa de su cólera vindicativa, logra al fin que el asesinato del cómplice número uno del fundamentalismo neoliberal deje inmortalizado a ambos lados del eje al personaje bárbaro que fue, pues su efigie sirvió en Occidente de retostado y necesario icono satánico tras el no menos necesario óbito divino. Y sin una foto que nos estampe en la retina sus despojos, a fuerza de ausencia seremos mayoría quienes lo recordaremos exhibiendo galas de farruco con su turbante blanco mientras arenga a los suyos en la lengua franca del AK-47.

Benito Mussolini y su amante Clara Petacci vistos por el pueblo.
 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons