28.9.09

DONDE HAY TERNURA, HAY CORROSIÓN


¿Puede crearse belleza en un mundo cuyos principales ingredientes son el sufrimiento, la hostilidad y el asco? Entre intentarlo y dedicarse a embellecer lo dado, el amor lucha en su para sí y a todo trance hallará nefando resultado, porque la belleza sin mácula sentida y compartida como tal no pertenece a este mundo, donde ha de quedar sepultada en un quebrantar impío de sus leyes y costumbres. Tal vez por ello o quizá sin tal vez, el amor verdadero debe morir... de verdadero amor.

Norbert Bisky, paisano de Richard Wagner, da fe en Sündenbock del nutritivo desayuno de un campeón en actitud tan pop como una nana de ácido sulfúrico.

23.9.09

LA TORRE SOBRE EL CASTILLO


En cuanto a ti, ¡sigue tu naturaleza! Nunca te faltará razón para aceptar los más locos designios de tu corazón.
René BURDOVSKI
Tormentos liminales

Haga lo que haga, ya esté maltrecho o hecho un deshecho, una de las primeras lecciones que aprende el filósofo es la de bastarse a sí mismo, mientras que el hombre de acción se aviene normalmente con el denuedo de seguir o perseguir las ideas de otros, así que nada sabrá hacer sin hacer nada, tesitura que lo expone en su derrotero interno como un inútil espiritual.

Debemos más revoluciones a los individuos de gabinete y salón, que a los curtidos en barricadas y campos de batalla. Un pensador irreverente que sepa clavar su aguijón con elocuencia es más agresivo para los viejos valores que mil guerreros dispuestos a la subversión, quienes tal vez vez alcancen su meta sin necesidad de él, pero nunca la comprenderían si antes no la hubiera soñado por ellos...

Electrificando estas líneas en laboriosa meditación, Nikola Tesla constituye un perfecto ejemplo de genio independiente a quien los poderes fácticos contuvieron por temor a sus planteamientos, lo que tampoco ha sido un obstáculo para que sus hallazgos menos polémicos revolucionaran el mundo durante los últimos cien años.

20.9.09

NUBES DE POLIEXPÁN


Es propio de hombres de cabezas medianas embestir contra todo aquello que no les cabe en la cabeza.
Antonio MACHADO
Juan de Mairena

La naturaleza carece de dimensiones morales —a no ser que entendamos por tales dominios las extensiones que nosotros mismos proyectamos—, pero puesto que la cultura y los valores asociados a ella configuran en la psique una suerte de segunda naturaleza, resulta inevitable reaccionar de forma moral ante los fenómenos que naturalmente nos suceden. Se ha dicho que el dolor que suscitan en el plano anímico los errores cometidos contribuye a mejorarnos desde el punto de vista moral y que la perfección del todo, que algunos identifican con el mundo real —por irónico que parezca, se trata de una noción idealista; ya sabéis: la de aquellos que creen que el nuestro es «el mejor de los mundos posibles»—, justifica la ausencia del bien en las partes. Sin embargo, son argumentos esgrimidos para introducir a hurtadillas la existencia previa e inherente de un imperativo categórico en el alma humana, lo cual no sólo es indemostrable, sino rotundamente falso: ese dolor de apariencia moral, que puede ser vivido de forma genuina aunque su origen se remonte a los condicionamientos recibidos —tan necesarios como arbitrarios, hay que decirlo—, tiene más que ver con el propio carácter y su permeabilidad a la experiencia acumulada. Además, el hecho objetivo de que pueda conocerse con detalle lo que la sociedad donde nos hemos criado entiende por los contornos definitorios del bien y del mal no aporta ninguna prueba para admitir como realidad absoluta, desligada del contexto, la fantasía de un juicio ético universalmente válido; incluso al obrar de acuerdo con este hipotético a priori, no haríamos más que tomar decisiones animadas por la necesidad subjetiva de ajustar la voluntad a las creencias percibidas como verdaderas y a través de las cuales lo único que en verdad se trasluce es la debilidad de una actitud traicionada por sus ansias de trascendencia. Ni punto de comparación, por otra parte, con los principios provisionales que a título particular adopte o elabore cada uno como un estilo para conducirse en sus relaciones con el otro, pues partiendo de la relatividad que envuelve toda conducta —la relatividad es inclusiva, no excluyente—, y sin ninguna garantía de analgesia deontológica contra el yerro, esta actitud representa un gesto esencial de autosuficiencia.

Muy a lo Pilatos, la deleitosa lectora que Petr Flynt retrata en Sanguinea fabularis narratio nos deja claro lo que podemos hacer con las virtudes morales.

15.9.09

LEY DEL COMPACTO UNIVERSAL


Me gustaría poder presumir de que el percance ocurrió mientras practicaba la unión del simio con una mujer de belleza apabullante o, quizá, tras un duro combate pugilístico con un oficial de la Guardia Suiza Pontificia al haberme sorprendido en una visita guiada por un odio henchido de gracia a las dependencias privadas del Santo Padre, pero lo cierto es que mentiría como un poeta. De hecho, para que el suceso tuviera efecto ni siquiera fue necesaria mi intervención consciente: me desperté y, sin preámbulo alguno, una linda y protuberante hernia umbilical me esperaba ufana en el punto más estratégico del abdomen. De forma muy simbólica, entendí que el ombligo quería salir de mí. Y aunque no revistiera un peligro orgánico inmediato, en un primer momento me sentí dominado por la extrañeza derivada de una alteración fortuita en mi cuerpo que desfiguraba la lisura de mi vientre con una adición ridícula. Sólo después de aceptar que tenía un problema propio de embarazadas, empecé a bromear con la idea de albergar un octavo pasajero, lo que me provocó una risotada irreprimible durante la cual un relámpago de clarividencia iluminó el significado de un secreto cósmico que llamé ley del compacto universal y cuyo enunciado, que transcribí enseguida, dice así:

«Cualquier punto del espacio-tiempo es accesible desde otro punto cualquiera del espacio-tiempo porque todos los puntos están contenidos en un solo punto o momento, de donde resulta que el espacio-tiempo no existe salvo como ilusión compartida por quienes están dentro del continuo sin poder cognitivo para aprehenderlo en un instante absoluto; limitados, en consonancia, a experimentarlo en un transcurso de duración y extensión relativas».

Un soplo de sinestesia fotográfica –que a mí me suena a Cocteau Twins– con la tierna Alice de Elena Kalis.

13.9.09

NATURALEZA NO HACE JUSTICIA


Como resultado de la flexibilidad y maleabilidad inherentes a nuestros límites, somos capaces de expresar nuestra esencia con una paradoja: estamos limitados en toda dirección y en ninguna.
Georg SIMMEL
La trascendencia de la vida

Se sufre queriendo y se quiere porque se sufre. Así es el yunque de la existencia. Y si el ser humano puede entregarse a la enmienda de sus excesos y defectos movido por una lucidez dolorosa aunque insuficiente para suicidarse, en lo fundamental nuestra naturaleza no se muestra perfectible, sino reticente, desbocada y hasta grotesca. Incluso resignada, hace ostentación de su más refinada fanfarronería.

El primer homínido que pudo recibir el apelativo de sapiens —título impregnado para siempre de timbres sarcásticos—, tuvo las mismas histerias que con posterioridad desenvolvieron las grandes tragedias y desastres que jalonan la historia de la especie. Pero antes que una cuestión de nequicia intrínseca, la desesperación de la que parten y a la que conducen todos los entusiasmos más bien parece el producto de una fatalidad antropológica, como si en la micropolítica de la vida íntima latiera la macropolítica de la muerte colectiva.

Nikolai Sednin proporciona la expresión erótica del pesimismo filosófico con Ambient Cage 2.

11.9.09

VINDICACIÓN DE LA VIRILIDAD

¡Cuánto tarda en disiparse la esperanza en la cabeza de quien se aferra a bagatelas y, escarbando con mano ávida en busca de tesoros, se da por satisfecho si encuentra lombrices!
GOETHE
Fausto

Antes de que el paradigma de la autoflagelación estética, anímica y metabólica, quintaesenciado en las revistas de papel cuché y los anuncios televisados —armas predilectas de la dictadura publicitaria—, destrozaran el seso de un amplio sector femenino con el señuelo de su liberación incorporado comercialmente al modelado ornamental de sus envases-cuerpos; antes de que los hombres también se unieran a esa gama de complejos resumidos en el precepto metrosexual —término que desbancó al mediáticamente incorrecto galletero, de gay más hetero, demasiado anfibológico para entrar en las modas—, existían formas de entender la masculinidad no sólo sin ser lechuguino de doble acera ni alfaneque enjaulado en un espejito mágico, sino con mucha clase y nada que envidiar a nadie por montura...


DE LA SARTÉN SIN MANGO Y DE LOS MANGOS SIN SARTÉN


Por muy sofisticada y cínica que se vuelva la actitud del público hacia los métodos de la publicidad, éste siempre tendrá que responder a las demandas básicas.
Edward BERNAYS
Propaganda

Pese a que no escasean los lugares donde el crecimiento de la población se ha estancado o incluso disminuye, a escala planetaria el problema que se halla en la raíz de los infortunios y otros graves trastornos colectivos es la explosión demográfica. Sospecho que si aún no se ha implantado un control de natalidad en los países que se tildan de estar más desarrollados no es por respeto a la exigua libertad individual que tan cara se nos vende (prueba de esta carencia es la consideración legal del suicidio y del consumo de drogas) ni por el lastre moral de los emporios monoteístas que, muy conscientes de que la esclavitud de las masas reside en su capacidad de proliferación, hacen de la reproducción humana un imperativo al tiempo que prohiben el acto sexual improductivo, sino más bien para conservar un excedente de miserables (virtualmente todo asalariado lo es) que compitan entre sí por acceder al feroz mercado de la prostitución laboral. En otras palabras, para que los trabajadores no estén en condiciones de imponer sus términos de venta, pues una escasez de manos los aventajaría en sus relaciones con la élite y pondría el futuro de los negocios bajo su poder de presión. Tal vez a algún genio se le ocurra espetarme que los Estados democráticos disponen de sistemas jurídicos y regímenes fiscales que garantizan el equilibrio de los intereses enfrentados, además de reducir las fricciones inherentes a los mismos mediante la integración de la lucha de clases en el funcionamiento normal de la sociedad. Os aseguro que sería una objeción que me haría reír sin almíbares, infundiendo a la quijadera una nota de tristeza que en modo alguno empañaría un papanatismo cuya credulidad, por no ser hija del cálculo, pone a rezumar tuétanos que nos advierten de lo fácil que resulta olvidar el origen y la finalidad de estas componendas: allí donde los ingenuos ven avances, una mirada atenta descubrirá concesiones (con-ceder denota dádiva más que reparación y, al menos así lo entiendo yo, connota un «de aquí no pasas» en vez de un «adelante, estás en tu casa»). En efecto, los acaparadores del capital han aprendido a realizar concesiones modestas cuando la economía está en expansión, lo que ha de interpretarse como una inversión que proporcionará beneficios múltiples en sus áreas específicas de influencia. Saben que las clases inferiores, motivadas por el incentivo, se vuelven menos ariscas, cumplen mejor sus tareas y consumen más. Naturalmente, no siempre es así. Durante los periodos de recesión, las concesiones se hacen a bocaperro porque interviene como factor predominante el temor a las pérdidas ocasionadas por la creciente hostilidad de quienes producen la riqueza y mantienen los servicios; es decir, que por cuestiones tácticas se admitirán ciertas reformas antes que exponerse a un desorden generalizado del cual podría surgir una revolución imposible de descabezar o, en su defecto, de ser volteada desde dentro y encabezada de nuevo según los dictados del oro, la receta habitual en estos casos.

Con la Visión de Fausto del granadino Luis Ricardo Falero se vislumbra que todo bicho muriente encuentra su pandemónium.

10.9.09

NOLI ME TANGERE


Todos los males deben ser juzgados junto con el bien que está en ellos, y con los males mayores que le acechan.
Daniel DEFOE
Robinson Crusoe

Los individuos que practican una mordacidad reflexiva y, consecuentemente, se alejan del vulgo en busca de un silencioso y reconfortante recogimiento, necesitan algo más que estímulos externos para actuar no sólo en las situaciones que comprometen el éxito de sus intereses personales, sino en aquellas que amenazan la propia conservación. Para este tipo de personas –entre las cuales me incluyo sin orgullo ni vergüenza–, la iniciativa llega casi siempre por la necesidad de dar otra vuelta de tuerca a la realidad: irrumpe como un irónico cansancio del cansancio. Por ello, cuando me desvelo en mitad de la noche y nada ni nadie alcanza a perturbarme, puedo sentir la inmediatez absorbente de mi propio cadáver, olfatear mi cuerpo enjuto en descomposición e incluso asistir en calidad de protagonista, con paradójico vigor, a la transformación acelerada de los compuestos orgánicos de mis tejidos en sustancias más simples. De este modo, una vez asumido el macabro desenlace, recupero para otro día las ganas de vivir...

No sabría identificar al artista que retrató a tan gallarda moza en su lecho, ignoramos si será de autoextinción o de asesinato. Se trata de una imagen que rescaté de una vieja carpeta mientras ponía orden en el disco duro.

4.9.09

PRESCINDIBLES POR NECESIDAD



Soy un muy mal ejemplo, debo ser desactivado y difamado para que no surjan imitadores, porque de lo que realmente tienen miedo, es de que mi modesto ejemplo pudiera ser una modestísima y grave amenaza si hubiera muchos más insurgentes contra el capitalismo, de ahí la importancia del castigo ejemplar como aviso a navegantes futuros.
Jaime GIMÉNEZ ARBE, el Solitario
Carta a la opinión pública

En mayor o menor medida, con una proporción que depende principalmente del tipo de economía implantada, las sociedades humanas producen más individuos de los que la clase dominante considera rentable utilizar. Cuando la estratificación social se sostiene mediante un sistemas de castas, incluso pueden llegar a concebirse una o varias clases impuras formadas por parias, seres intocables a causa de su ocupación, origen étnico u otras características juzgadas como innobles en grado sumo, propias de no-personas, por parte de quienes participan en la élite el poder. Ni que decir tiene que esta valoración del excedente humano como una masa prescindible o, por hablar claro, como desechos, obedece a criterios tan objetivos y de naturaleza tan loable como el lucro privado, la situación de los negocios especulativos (ese onanismo de los usureros...), los prejuicios religiosos de la oligarquía o el estado de ánimo del monarca de turno, por mencionar solo unos pocos. Por supuesto, ello no impide emplear a estas mercancías rotas como simples cobayas para las industrias más peregrinas, además de siervos de la gleba y de la pena cuando la maquinaria represora demanda sangre, sudor y lágrimas para lubricar su funcionamiento, pero son sacrificios que en modo alguno se traducen en un acceso más favorable a la distribución de la riqueza y del prestigio para quienes los realizan. Según interese, los prescindibles pueden pasar de ser una carga mal vista aunque tolerada, a un gravoso patrimonio que urge dilapidar. Mendigos, vagabundos, enfermos mentales, delincuentes de baja estofa, prostitutas, disidentes políticos, parados, jubilados, refugiados sin tierra, adictos a drogas no consagradas, población reclusa y un largo etcétera que el rabino Marx, con su proverbial y aburguesado desprecio, catalogaba como lumpen, componen en nuestras concurridas sociedades este peculiar mosaico de excluidos. Sin embargo, recomiendo invertir la gran distinción entre grupos necesarios y prescindibles en función del punto de vista de la utilidad pública, el desarrollo de la soberanía individual, la equidad en el uso de los recursos, la paz entre naciones u otras variables que redunden en beneficios directos e indiscutibles para el pueblo (y hago constar que no digo ciudadanía porque todo el mundo sabe, o debería saber, la forma en que los Estados de derecho vuelven a unos más ciudadanos que otros atendiendo a privilegios de hecho). De proceder así, saldría a la luz lo que cada vez resulta más evidente para quienes no acostumbran a prestar atención ni reflexión a problemas de índole sociológica: los peligrosos, los usurpadores, los mezquinos, los parásitos y, en definitiva, los sobrantes, suelen ser quienes se pretenden honorables, ilustres, expertos, inmunes e imprescindibles; en una palabra: los amos. Una denuncia que con su fuerte dosis de verdad también puede inducirnos a olvidar la razón, bien sencilla, de que haya amos: abundan esclavos y, más aún, los vocacionales frente a los condicionales. Si por añadidura estos amos (así como los consejos, gabinetes, comités y órganos colegiados que los aupan) no brillan por su inteligencia ni por las sutilezas de sus campañas, habrá que preguntarse si el lamentable estado de inopia en que se encuentran los sometidos permite convertir las habilidades superiores del cerebro en una herramienta de mando superflua.

Confío en que no se cometa el burdo error de diagnosticar este conciso análisis como un discurso tributario de alguna tendencia izquierdista, circunstancia que aprovecho para explicar mi posición al respecto. Creo que la noción de izquierda y derecha rinde pleitesía a un esquema de pensamiento obsoleto. Bastará referirse al uso que hacen de estas dos categorías los partidos parlamentarios para demostrar que se trata de un planteamiento inofensivo, completamente fiscalizado e inexacto si lo que queremos es desentrañar el nivel de compromiso o de oposición a un determinado régimen. Tanto la izquierda como la derecha, ya sean extremas o moderadas, remiten a un centro único incuestionable, a un rector universal: el Estado, cuya conquista rivalizan. Sería más esclarecedor plantear la ecuación política en términos de lucha entre dominadores y dominados, poseedores y poseídos, o, perfilando aún más el contraste, entre el bloque de quienes están a favor de conservar las reglas de juego (con independencia de su extracción social, pues se puede ser pobre y reaccionario), y quienes comprenden que un cambio de reglas sin caer en sus trampas exige desmantelar desde abajo el juego en su totalidad.

Al ruso Vereshchagin, cuya obra es recordada por los retratos de personajes típicos que observó durante sus largos viajes por Asia, le debemos estampas de destrucción nada desdeñables como El apoteosis de la guerra, similar en su elocuencia al arte, ya perdido, del tzompantli.
 
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