30.4.09

RECERCADA


En los más meditados simbolismos cósmicos y espirituales la expansión implica el regreso a las fuentes y, comunicada directamente a ellas, la matriz con su principio maximizador de principios, idea generativa de donde se desmadejan las manifestaciones ulteriores. Lo que en rara ocasión hacen patente estas abstracciones primordiales (filosofías herméticas son incluso para el experimentado en desgranar su riqueza) es que la eternidad puede asimilarse al infierno y su más refinada tortura revela a golpes de incrustación en la realidad que una vez agotadas todas las posibilidades volverán a surgir de la materia las mismas formas que fueron, idénticos actores y aconteceres. La repetición exacta de los estados múltiples del ser, versión extensiva del uno en todo y del todo en uno, contradice la imagen mística tradicional de un universo cíclico unido por correspondencias en lugar de identidades tanto como la noción espuria y aún vigente de tiempo lineal, pero es el descubrimiento que Nietzsche quiso anunciar a los iniciados y acabó convirtiéndose no en su ambiciosa piedra filosofal (empecinado él...), sino en su piedra de la locura, convertible también en muro de lamentaciones contra el cual arrojar por igual la agonizante búsqueda de panaceas y el actual desprestigio de las que se alzaron como tales. No hay escapatorias de la existencia desde la existencia; sus puertas, incluso forzadas, remitirán siempre al punto de partida (marchar fuera es la obsesión que hostiga a quien se sabe dentro) y el nirvana, un invento de cobardes recetado en épocas temorosas, ni siquiera es concebible, pues concebirlo sería alcanzarlo. Tampoco el viaje sin retorno que nos propone la muerte en su visión más simplificada deja de exigir un acto de fe, ya que proviene de la interpretación positivista y democrática de una paz segura mostrada al alcance: la salida del fin. Hasta puede que el siguiente paso a través de las cavernas solo nos aplaste el corazón (tranquilos, tenemos garantizadas las convulsiones de la duda a perpetuidad) y, sin embargo, nadie sería capaz de demostrar a estas alturas que la mayor obra que los humanos han acometido supera al arte de volverse expertos profanadores de su propia obra mientras se revuelcan en la ciénaga de ese monumental suicidio aplazado que algunos insisten en llamar historia.

¡Brindo por ello!

Le debo a Escher el grabado de ese Dragón con virtudes mercuriales.

CON CIENCIA ARDEN TUS MANOS


Si a la proyección exhaustiva de acontecimientos ilusorios como si fueran hechos reales la consideramos ciencia ficción, al tratamiento de los hechos considerados reales como si fueran acontecimientos ilusorios deberíamos apreciarlo por ser clave para poner en práctica una ciencia veraz.

La estampita que trae ornato y fantasía a la entrada es Sophia's Bubbles de Mark Ryden.

27.4.09

PERVERSIDAD


Amigos tengo que me tachan de platónico por pasar largas temporadas en el mundo de las ideas, lo que también es un modo diplomático de acusarme de estar en las nubes, desde donde poseo o me poseen perspectivas privilegiadas a las que encomiendo mi verdadera vocación de sofista. Pero como todo lo bueno tiende a finiquitar, vuelvo a descender a lomos de una corriente de convección y presto me pongo a opinar de lo que suele destacar a ras de tierra con la panoplia habitual de eventos cuyo mayor lustre consiste en ponerle miel a las moscas. Para iniciar la lid confesaré de una vez que me gustan las historias que apelan a la imaginación y al intelecto, que te expanden la conciencia con prodigiosos matices y comprimen con esmero la imbecilidad acumulada, pero el desprecio me florece socarrón cuando la magnitud de lo historiable se centra en las muy previsibles crudezas del impacto emocional. Una reacción defensiva tajante que no desato, lo reconozco aliviado, a instancias de un sospechoso ataque de rigidez ética, pues no considero que al traficar con los sentimientos se mancille la parte más sagrada de la naturaleza humana —antes al contrario, son su herencia más salvaje—, sino por la burda relación de sometimiento afectivo que se establece entre el autor y el receptor de la obra sin la menor muestra de elegancia, tacto o pudor; valores tan denostados en la actualidad como necesarios en todo tiempo y lugar donde se aspire a vivir con una maestría abundante para prescindir, al menos, de soponcios compasivos y empachos de carmín.

Por fortuna o por simple trayectoria circunstancial, mi carácter no es dado a producir fantasías donde las pasiones cometan la desvergüenza de situarse en primer plano. Sin embargo, de vez en cuando es inevitable que la siempre popular delectación morbosa en el drama se filtre en el ánimo mejor templado y descargue la venganza histérica de sus miserias en nombre de los derechos que, con demasiada ligereza, se conceden a los asuntos del corazón. Así me sucedió con la pesadilla que me disponía a relatar, cuyo desenlace era luctuoso hasta la arcada y, si bien no recuerdo dónde se tramó —acaso fue en mi cama o en la butaca de un cine; quizá fingiendo ingravidez tras una voluta de humo o aparentando currar cual villano anestesiado—, no puedo olvidar, pese a sobrarme, su peculiar dosis de horror gulusmeando en el inconsciente con unos contenidos que, cuando el artífice los juega sucio, hacen gala de una mala leche digna de patriarca bíblico interrumpido en pleno furor místico, por lo que prefiero censurar el impulso de contar las algaradas de murrias sufridas en previsión de efectos lacrimógenos nada oportunos. Calle yo, por tanto, como deberían callar quienes más ovaciones reciben por divulgar infiernos dotados de un desenlace moral. Para aprender a narrar, lo prioritario sería ejercitarse en el arte de saber silenciar, que a su vez es un requisito para expresarse con los recursos de la insinuación sin contribuir a la globalización romanticona de la estupidez, fenómeno que soy partidario de catalogar como una forma premeditada y punible de terrorismo psíquico. Por ello, aunque es lamentable que el sentido del ridículo sea el primero en perderse cuando uno decide escribir, dirigir una película o componer una canción, lo imperdonable es que exista un gran público dispuesto a seguir lamiendo el rastro pegajoso de la sensiblería, la más obtusa de las perversiones.

Ondeando a la siniestra de esta torcedura del caletre, The Lovesick Man (1916) de George Grosz.

17.4.09

POR UNA MIRADA


Seguramente estaré pálido, caminaré haciendo eses; pero, ¿qué significan las piernas en todo esto? ¡La bestia que hay bajo el hombre!
Pierre François LACENAIRE
Memorias de un asesino


Busco la Mirada que me devuelva al instante la ilusión concreta de acelerar a fondo el mantra de un entusiasmo absoluto; busco unos fanales inabordables que me traigan la combustión de los míos multiplicados hasta la extenuación de un orgasmo que desencadene tormentas atómicas y sirva de culminación a un calvario donde se agoten las aventuras del éxtasis, el caso es morir matando y merecer un sacrificio feroz en el altar de los hombres innombrables, tal vez los únicos proscritos de la historia por haberle arrancado las costras a la razón para dejar refulgir en su lugar las huellas indelebles con que trazaron emblemas prohibidos sobre las olas de los pueblos. He creído ver ese túnel ocular maravilloso muy cerca de mí e incluso me ha parecido rondar su clave de acceso mediante el conjuro de un singular disparate que me ha situado todo lo cerca que se puede estar de un amor omnidireccional sin que aún haya logrado desprenderme del regusto amargo de la invención, como enamorarse de un muerto por las palabras que escribió o de un nonato por las acciones que le imaginamos en un futuro incierto. En el ciclo de mis transformaciones no ha habido delirios que sufrir, pero sí lo que queda después de la trituración de los pilares elementales.

Veo el mundo a través de esa Mirada y en él me reveo atrapado en una patética superposición de sueños hechos andrajos de andrajos que fueron hechos de realidad. Una sima se abre a cada paso y cada paso cierra un círculo potencial dentro del cual se siente el aleteo de otros firmamentos que recuerdan por su vehemencia a una mosca atrapada en un puño. No poder pensar más y poder, de puro frenesí, succionar el conglomerado inmediato al vacío perfecto. Ruinas orgullosas de haber perecido ajenas a la deuda con la eternidad, despojos que anuncian cimas nunca antes exploradas, tronos que exigen imperios a la espera de narradores que sepan describirlos. ¿Se puede alcanzar el acto a fuerza de querer o es queriendo como por fuerza nos vamos alejando del acto? Las pasiones abstractas, al igual que las Parcas, jamás defraudan, pues las abona la misma locura que mueve a los astros en su devenir y dicta a los genes su combinación ganadora...

A veces he rozado la certeza de que podía atravesar la pantalla y filtrarme en una orgía de megabytes por los intersticios del ciberespacio persiguiendo una imagen agraciada con el reflejo de esa Mirada. Acto seguido, ceguera: ¿existen acaso pupilas capaces de resistir ese colosal rosario de iluminaciones?

La fotografía la obtuve del tablón Pixdaus mientras intentaba distraer mis retinas de alguien que a punto estuvo de fulminarme con sus ojos matadores.

12.4.09

IRREDUCTIBLE


Al rebaño le asustan los perros; los perros obedecen al pastor; el pastor teme a los lobos... Lobo en nuestro idioma no suena tan amenazador como el wolf sajón pero, en contrapartida, tiene esas dos os que son sendos pozos de fuego hacia los cuales confluyen las miradas y cuya presencia absorbente basta para sugerir significados que superan los propósitos científicos de atajarlo como especie. A mí el Canis lupus de zoólogos y taxonomistas no me dice nada, remite a bagajes descriptivos que se hallan cerrados al hallazgo de nexos más profundos. ¿Qué o quién es, en tal caso, un lobo? Un ser despabilado que respira vientos y transita solitario las circunvoluciones de la noche; un icono de luz sombría que irradia antiguos misterios donde el animal y el arquetipo se funden en una estirpe irreductible para desvelo de ovejas, envidia de chuchos y pesadilla de mayorales. La aparición del lobo rompe las relaciones jerárquicas habituales e introduce factores que obligan a cuestionarse las reglas de juego. El lobo, como un antepasado directo que hemos olvidado o quizá nos negamos a reconocer, nos revela con el relámpago de sus aullidos el carácter indómito y venerable de su existencia; el carácter, en definitiva, turbadoramente humano de su destino.

7.4.09

AHORA EMPIEZA NADA


El hombre común puenteará el río; el hombre sabio riará el puente.
Arcipreste de VÍRGULA
La propia ausencia

Me va bien —bueno: medianamente—, por eso sé que estoy acabado o estacionario en sus aledaños de espigada encefalomaquia: desdicho deshecho, entero lo mismo que partido por hacer...

Entre los estragos manidos de la futilidad y la geografía opalescente de la melancolía, soy la línea que se tuerce mientras dibuja la pupila que todos creen ver y nadie puede mirar. Línea estribillo, rima fácil, que me sirve de castillo improvisado donde ahora —sin lamentos ni palabras de peso— empieza —con el peso de no tener palabras que lamentar— nada: porque quien nada se cansa, pero no se ahoga.

En síntesis,

~ FIN DEL BLOG ~


La ilustración viene de la mano del moscovita Dmitry Vorsin y ha sido bautizada como Entomologist.
 
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