14.6.08

COSAS Y CASOS QUE MAL SIENTAN Y PEOR SE SOCORREN


— El fútbol y los futboleros.
— Los deportistas de élite que a pesar de estar forrados se prostituyen heroicamente por una causa publicitaria.
— Los señoritos andaluces y los catetos venidos a más que aspiran a ser como ellos.
— Los hombres enamorados hasta el extremo de padecer el síndrome de la covada. Y las futuras mamás, también.
—  Los hispanohablantes que dicen basket en lugar de baloncesto, staff para aludir a la plana mayor de una empresa o casting en vez de audición porque les resulta más chic estar a bien con el colonizador, así como los petulantes que saben lo que es un flashback pero ignoran la existencia de una palabra más antigua y bonita para indicar lo mismo en nuestra lengua: reminiscencia.
Los (hombres y mujeres) gazmoños idiomáticos que, para no ofender a las sexistas, cargan su discurso con un ortopédico desdoblamiento de género («todos y todas», «compañeros y compañeras», «ciudadanos y ciudadanas», etc.).
— La compañera de curro que insiste en que veas las fotos de boda de alguno de sus hijos.
— Los policías jóvenes, vigoréxicos y con patillas perfiladas que exhiben el uniforme como un gallo su plumaje.
— Los coches tuneados.
— Los correos electrónicos masivos que, para mayor sufrimiento del destinatario, incluyen alguna gilipollez en formato pps.
— La moda con toda su feligresía de cabezas huecas que repiten a cada momento el palabrón nada encantador glamour.
— Los fanáticos del reciclaje que se creen imbuidos de una misión evangélica y tratan de generar sentimientos de culpa en quienes no comulgan con esta forma de autoengaño.
— Los agricultores que después de envenenar el campo con pesticidas, arar las cunetas, malgastar el agua anegando cultivos de regadío en zonas de secano, embolsarse las subvenciones europeas para el desarrollo y llenar los depósitos con un carburante mucho más barato, no hacen más que quejarse.
— Los engreídos con estudios universitarios que piensan que en una democracia perfecta sólo deberían votar los titulados.
— Que se asignen fondos procedentes de las arcas públicas a esa falsedad institucional de la cultura y el espectáculo con sus respectivos repertorios de insufribles, entre los que siempre tendrán un lugar de honor las corridas de toros, las películas de Almodóvar y la promoción de grupillos de música fabricados en cadena para distraer a coro la pesadez de otras cadenas.
— Los abogados.
— Los que se enfadan porque, al contrario que ellos, no te atas al teléfono llevándolo siempre contigo.
— Los que visten ropa de marca con el alivio gregario de haber sido marcados.
— Los vasos usados como ceniceros a rebosar.
— Los hombres que se sienten más seguros de sí mismos por haberse depilado el vello corporal.
— Las feministas resentidas que prefieren dejar los puestos de responsabilidad a otras mujeres porque no se fían de los hombres.
— Los lameculos y correveidiles, plaga de todas las relaciones laborales.
— Los que no vacían la cisterna del retrete después de usarlo. Puede que de manera inconsciente obedezcan al instinto básico de marcar el territorio con sus excreciones, quién sabe.
— El american way of life y sus catastróficas consecuencias para otras culturas.
— La actitud de consentimiento que por hipocresía, miedo, estupidez o un poco de todo ello se manifiesta hacia algunas minorías por el simple hecho de serlo, sin tener en cuenta sus acciones irrespetuosas o el racismo que impregna sus valores, como es el caso de los gitanos.
— Pagar los mismos impuestos al comprar un artículo que alguien cuyos ingresos multiplican cien veces los míos.
— Que una parte nada desdeñable de la recaudación fiscal se destine a mantener parásitos como, por ejemplo, los profesores de religión, la SGAE o, sin ir más lejos, el funcionario de cierto nivel que amuebla su casa a costa de engrosar una factura por reformas del centro que administra.
— Los que confunden servicio con servidumbre cuando lo presta un trabajador.
— Los patronos que creen ser la mano que da de comer cuando en realidad son la mano que pone el collar.
— Las entidades bancarias que se consideran dueñas de tus ahorros en vez de deudoras de tu confianza.
— Los que aprovechan el acceso público a un foro para insultar a diestro y siniestro sin tomarse la molestia de hilar un argumento.
— Los que conducen amagando con el morro de su vehículo al que va delante.
— Las peroratas que se trasiegan a partir de las tres de la madrugada en la barra de cualquier garito.
— La furia de los conversos.
— Los conductores que circulan extremadamente despacio y cuando ven el semáforo en ámbar aceleran al máximo.
— Los papás y las mamás que no entienden tu falta de entusiasmo para secundar la criminalidad de su imperativo reproductor.
— Los que dejan abierta la puerta que encontraron cerrada.
— Los que presumen de la amistad trabada con alguien que no conocen y que probablemente no se dignaría en conocerlos.
— Los que interrumpen la palabra ajena porque creen prioritaria su ocurrencia o, también, porque intuyen que si la callan, la extravían.
— Los que van de ceñudos y ceñudos quedan por la gravedad que alcanzan sus flaquezas.
— Los que se arriman mucho al desembuchar escorias de dimes y diretes como si temieran derramar fuera de la conversación el oro de un secreto.
— Los que imponen la ocasión para comentar las tonterías de sus hijos (o de sus mascotas cuando no los tuvieren) empañando a los presentes en un instante con una nube de aburrimiento.
— Los que se jactan con todo lujo de detalles de sus conquistas sexuales para convencerse a sí mismos de una suerte que no merecen.
— Las damitas que visten escaso deseando que las deseen y cuando las miras más de dos segundos te espetan: «¿Qué cojones miras?»
— Los que quitan el aislante a los tubos de escape para que todo el mundo se entere de que van en moto.
— Los que se ofenden de pura envidia porque duermes hasta muy tarde y no tienes reparos en proclamarlo, como si hubiera que avergonzarse por descansar a placer.
— Los ingenuos que ante una amenaza de huelga compran provisiones para varias semanas.
— Los que preguntan a lo tonto ¿qué tal? y, para colmo, esperan una respuesta inteligente.
— Los que critican duramente al egoísta que va a lo suyo y en nombre del altruismo (o de alguna otra filantropía a granel) exigen a los demás que se comporten como ellos quieren, ¡menudos cínicos!
— Los bobos que se obstinan en creer que el hábito hace al monje.
— Los que por hablar de cualquier cosa opinan sin saber y llegan a afirmar barbaridades tales como que el mercado libre facilita la distribución equitativa de la riqueza.
— El leísmo.
— La verborrea de los ecologistas que han reemplazado el obsoleto sacrificio cristiano de la vida terrenal por una versión no menos decadente de abnegación en aras de los que carecen de existencia, es decir, de las fantasmales generaciones futuras.
— La masificación del mundo actual en todas sus formas. Entre las tragedias asociadas a la presión demográfica, habría que destacar que el humano, al volverse omnipresente, ha descubierto una nueva incontinencia para una vieja pasión: la de ser voraz para sí mismo.
— Ese peligroso afán dictatorial de salvar al individuo de sí mismo que empieza por prohibir a destajo con el objeto de acorralar al ciudadano e inculparlo de crímenes imaginarios tan espeluznantes como fumar en sitios públicos, conducir sin llevar puesto el cinturón, compartir música a distancia, negarse a pagar el tributo de la zona azul, cultivar plantas cuyo uso produce estados poco lucrativos para el Estado o ayudar a alcanzar una muerte digna a alguien que sufre sin remedio.

11.6.08

MONUMENTO AL VERBO FUTURO


Bajo el signo de un señuelo eficaz disfrazado de necesidad, hemos pasado de la colmena al laberinto y de la producción crispada a los letargos de un consumo asistido, pero agazapada entre los retortijones de la ficción, retorcida sobre sí misma en un torbellino de transfusiones colectivas de imágenes, existe una regla incondicional que mantiene su justa simetría a pesar de los enredos a los que se expone el sujeto que recorre las sombras del imaginario: los libros que nos gusta leer son aquellos que hubiéramos querido escribir; los que queremos escribir, aquellos que nos hubiera gustado leer.

De los libros que me seducen hablaré en otro momento, pues encuentro más interesante y menos agotador mencionar, de manera concisa, las obras que todavía me planteo inseminar. Verbigracia:

- Arca de pretextos útiles para salir airoso de situaciones difíciles con gran ahorro de gestos y palabras, tipo: «Nos encantaría hacer un referendo, pero los ciudadanos no están preparados para tomar decisiones sin el dominio previo de complicados parámetros técnicos».

- Piropos proscritos que sólo un sinvergüenza se atrevería a decir públicamente, como: «Con ese Cristo colgado entre tan buenas razones hasta el mismísmo Dios irá de cabeza al infierno», o el casi quebrado abstinente: «La firmeza con que evito la tentación de tu anatomía es la misma que pretendo sofocar en otra parte de la mía».

- Catálogo de maldiciones que de sólo pensarlas cruje el alma. Por ejemplo: «Así te entre un dolor de muelas que te salten como palomitas», o la terrible advertencia: «Que te encuentres la puerta de tu casa atrancada con el espinazo de tu madre».

- Sermones posprehistóricos dirigidos a los primeros pobladores de la Edad de Piedra por un grupo de intelectuales y científicos desencantados procedentes del siglo XXI que aspiran a disuadirlos de querer innovar al objeto de impedir que prospere el germen de crecimiento insensato típico de las fases más sofisticadas de la organización social. Como puede preverse, la aventura está destinada a fracasar en un sarcasmo de proporciones milenarias: al entablar contacto con los clanes primitivos, los peregrinos del futuro serán en la práctica los responsables de incitar a la curiosidad que servirá de acicate para sentar los rudimentos de la cultura neolítica y, a partir de ahí, la decadencia civilizada.

- Recetario de gastronomía antropófaga... qué digo, si hace años (unos diez) lo escribí con el amable título de Delicias carnales e incluso creo que colgué varias entradas cuando estrené blog. Un segundo... sí, aquí y acá.

- Colección de epitafios, aunque sospecho que si me pongo a ello con tesón encontraré bibliografía especializada. Posteé una avanzadilla hace meses.

- Tratado sobre 100 formas distintas de romper un vaso sin herramientas, disciplina zen. Una sugerencia: «Póngase el vaso boca abajo sobre una superficie pulcra y uniforme. Sitúe la cabeza en posición perpendicular al eje longitudinal del vaso. Respire hondo, trague saliva y golpéelo con el hueso frontal empleando todas sus fuerzas. Grite si es necesario, nadie le aplaudirá. Por último, no sea guarro y recoja los cristales rotos».

- Vergüenza, dedicado al ilustrativo desarrollo de ejercicios prácticos para superar el miedo escénico. Pongamos por caso: «Acude a las puertas de una céntrica galería comercial en horario de máxima afluencia. Desnúdate por completo, salvo por un detalle especial: un espejo de mano que has de sujetar a tu cara de manera que quede frente a los espectadores. Inicia un lento y esmerado masaje masturbatorio al tiempo que pones a reproducir al máximo volumen una grabación donde tú mismo increpas al público a escupirte mientras les ofreces una palmeta matamoscas para que te golpeen el culo, en cuyas nalgas te habrás molestado en rotular con letras bien legibles la palabra IDIOTA».

- Indiscoteca, presentación crítica de álbumes sacados de un mundo paralelo con sus respectivos diseños, crónicas e intrahistorias. Ya tengo unos cuantos glosados.

- La risa de la calavera, novela irónica y negrísima en la que el protagonista se ve obligado a cometer un asesinato por cada crimen que resuelve.

- Historia e histeria de la duda, filosofía rompecabezas en re menor que se complementaría a la perfección con una Genealogía paradójica del entusiasmo: inspiración y desesperación.

- El fundamento alucinógeno de la naturaleza, ensayo de materialismo mágico sobre las características ilusorias de los fenómenos biológicos.

No he podido averiguar el autor de la tremenda ilustración donde se representa el suplicio de Tántalo, monarca mítico que osó servir a los Olímpicos un guiso confeccionado con la carne de su propio hijo para poner a prueba la omnisciencia divina.

6.6.08

SUUM CUIQUE



Tras un breve careo (sin cacareo, afortunadamente) con el Canciller General del Obispado, mi compañero de abjuración J. A. Millán y este mal servidor de Dios que os escribe, ya podemos sumar otra A a nuestras respectivas colecciones de adjetivos infames: la de apóstatas.

Agradezco desde aquí a mis enemigos la diligencia y sencillez con que han gestionado el trámite. Tan grata ha sido mi sorpresa en este sentido, que si fuera malpensado podría albergar la sospecha de que estaban deseando librarse de nosotros.

A cada uno lo suyo.

1.6.08

LA APOSTASÍA COMO RETO DE SENSATEZ


Las expresiones audaces retumban como insultos en los oídos cobardes.
Lewis F. HARRIS
Zancadas

Todo el mundo necesita enemigos para calibrar sus fuerzas y definir su carácter; hasta el pacifista desbloquea sus instintos más territoriales cuando se pone a combatir la guerra de boquilla o con la ofrenda tramposa de la otra mejilla. La especie humana es un producto evolutivo de la caza, llevamos una impronta genética depredadora. Me atrevería a decir que puede detectarse un sistema de confrontaciones intrínsecas al fenómeno de la complejidad biológica (donde hay vida, hay lucha) que desde luego nada tiene que ver con la moral y admite extrapolaciones a otros niveles. De ahí que no ande muy descarriado quien acierte a calcular el poder real de una nación en función de la capacidad ofensiva de sus rivales. Los antiguos romanos, por ejemplo, tuvieron que cincelar su prestigio contra celtas y germanos, pueblos duros de vencer a los que finalmente lograron domesticar (aculturar diría un antropólogo) una vez asimilados como provincias con las ventajas que implicaba el reconocimiento de la ciudadanía imperial. El contraste es obligado, y no callaré que demostraron ser estrategas más hábiles que los chapuceros USA de ahora, protagonistas rapaces de una campaña de agresión contra países que siendo militarmente insignificantes (¿por qué no se atreven con Rusia o China, eh?) les resultan útiles, o eso creen, para representar su agrietado papel de potencia absoluta en el teatro del pánico global.

Os preguntaréis a cuento de qué viene este preámbulo divagador en una entrada que promete un tránsito por la apostasía. Bien, dejaré los adornos para otro momento: viene a cuento de que quienes me conozcan, ya sea personalmente o a través de lo que escribo, se habrán cruzado con uno de los rasgos más inflexibles de mi personalidad cuyo trasfondo mordaz, que tampoco me molesto en camuflar, sigue siéndome valioso para entrenar bravuras; me estoy refiriendo al anticlericalismo, consecuencia lógica no sólo de mi sentido ateo de la existencia, sino de mi profundo sentimiento anticristiano, al cual encomiendo siempre que puedo la embriaguez de lo feroz y mis más barrocos crímenes imaginarios. Donde veo una cruz encuentro un enemigo; donde encuentro un enemigo ardo en acechos y le preparo una pira que se enciende con hemorragias de ingenio.

Acometí mi última batalla contra los alabadores de llagas el pasado miércoles, día de asueto que aproveché para formalizar mi solicitud de apostasía por segunda vez (la primera sin éxito hace años, pero falló el cauce de entrega). Quedo a la espera de la ratificación de mi victoria, que me ha de llegar por correo certificado dentro de un plazo razonable so pena de que la diócesis correspondiente tenga ganas de dirimir el asunto en los tribunales. Puede que yo sea un vehemente cuando se trata de manifestar mi irreligiosidad (proporcional a las pestes recibidas, por otra parte), pero mis peculiares estados de ánimo no quitan ni un átomo de sensatez al acto de apostatar, que deberían plantearse libres de aprensiones quienes se sienten ultrajados por formar parte sin su consentimiento de una secta con innegables signos de putrefacción que disfruta todavía de prebendas, paraísos fiscales y una extensa red de organizaciones especializadas en el blanqueo de capitales... y cerebros, ñam-ñam.

En el país donde vivo, que nada tiene que ver con una tierra de maravillas aunque conserve trazas de alucinación colectiva, a la Iglesia Católica hay que darle donde más le duela (autofinanciación, devolución de lo usurpado, persecución por crímenes impunes, etc) y un primer paso sería inutilizar definitivamente la tergiversación estadística según la cual cuentan con el aval de una mayoría de la población que, caso de ser cierta (lo cual es suponer demasiado), en realidad fue bautizada por dictamen familiar cuando sus integrantes llevaban sólo unas semanas fuera del útero y, huelga decirlo, carecían de conciencia acerca del sucio juego de manipulación en el que participaban al recibir el sacramento (¿podría tipificarse como abuso de menores?). No me extraña que al Estado sucesor de la dictadura se le impusiera la fórmula aconfesional, pues en un Estado laico estaría suprimida la colaboración gubernamental con cualquier credo. Sin embargo, habría que aclararle a esa hipotética mayoría consentidora que la libertad religiosa es ante todo un acto de negación, de sacudirse cargas de encima, de resistirse a ser presa abatida, que consiste en estar libre de creencias religiosas antes que en creer la doctrina que a uno le venga en gana, que sería más bien un fenómeno de consumo o de acceso a la oferta de atontamientos espirituales, pero nunca una liberación. La apostasía se nos muestra, por tanto, como la práctica más genuina y el reto más urgente de esta dimensión pagana de libertad.

Adenda: pido disculpas a mis visitantes por haber vuelto a editar la entrada, sólo han sido unos retoques. Cuando uno se pone a escribir textos que le afectan de lleno nunca sabe la medida de su desaliño hasta que los suelta.
 
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